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domingo, julio 14, 2019

Pareja de ases

La sala al principio tenía el típico rumor suave de un espacio que se va llenando de gente diversa. Al ser un auditorio amplio inicalmente había suficientes espacios vacíos como para que las conversaciones no surgieran inmediatamente. Poco a poco, el murmullo fue subiendo. No sólo por una mayor presencia de gente, si no porque empezaban a intuir que algo raro había. Cada una de las personas presentes había recibido una invitación a un evento relacionado con su campo de trabajo o de intereses de ocio. Todo había sido muy cuidadoso, las formas de llegada también, hasta el punto de que no había levantado sospechas en tanto no se habían puesto a hablar entre ellas allí.

Porque, claro, no tenía sentido ninguno que en el mismo sitio y a la vez se fuera a dar una charla sobre las autoras del siglo XX, se fuese a proyectar una película independiente de estreno o se fuera a representar una obra de teatro, entre otras cosas.

De esta forma, unos diez minutos después de que se hubieran abierto las puertas y con el recinto casi lleno, empezaron a oírse algunas voces airadas, otras asustadas y mucho movimiento de gente. En esas estaban, con algunos presentes pensando en salir fuera y pedir explicaciones a quienes les habían acomodado.

A quienes intentaban salir se les indicaba amablemente, pero con contundencia, que permanecieran en sus asientos y se les aseguraba que nada malo iba a ocurrir. No todo el mundo se lo tomaba de la misma manera, pero estaba claro que quienes custodiaban las puertas estaban bien entrenadas. 

Realmente, no les dio tiempo a montar mucho más jaleo. 

De repente, las luces de la sala se apagaron y surgió un foco de luz que iluminaba el centro del telón. El rumor cambió a un silencio de expectación. Poco a poco fueron sentándose de nuevo todos los presentes. 

Antes de que volviera el runrún, ella y él aparecieron en el foco. Miraron la sala que se percibía llena y, al unísono, dijeron:
— Sois idiotas.

Sin mediar ninguna palabra más, volvieron a desaparecer.

Dejaron tras de sí gritos, protestas, estupor, reclamaciones,... Todo inútil. Las luces habían sido encendidas, todas las puertas estaban abiertas y no quedaba nadie a quien quejarse. Exactamente como cada individuo presente les había hecho.

A Joaquín. Algún día...

domingo, noviembre 19, 2017

Casa ajena

Recorre los metros de su piso y vislumbra en todos ellos los recuerdos de un pasado que le hizo daño. Reflexiona en sí y se descubre ajena al hogar que se ha construido en los últimos años. Terreno abonado por otros, ausente de su propiedad que la acoge por herencia, si bien lleva toda una vida desheredada.

Intenta recomponer el lugar al que pertenecer, pero los cimientos sobre el regalo de quien le quitó al nacer la capacidad de pertenencia, tiemblan bajo sus ya trémulas piernas. Los ladrillos se le transforman en anclas adheridas a profundidades que abandonó a duras penas en la adolescencia. Vacía cada hueco que puede para limpiar la maleza, con espinas que aún le pinchan y crean tormentas mojadas. Deja espacios en blanco para permitirse respirar sin marcos. Elige amorosamente cada nuevo objeto, escasos. 

Y, a pesar de todos los intentos, se mantiene ajena. No dirá que es su casa. No sentará las bases de la familia que es ella. No se consentirá bajar la guardia. Las lanzas siguen en ristre y los tambores de guerra retumban desde el pecho, aunque no los deje salir fuera. Presta a la guerra, no olvida heridas años ha cicatrizadas, las siente sangrantes y dolientes. No las deja y, con ellas, continúa el miedo y se mantiene presa. De sí misma, sin saberlo, ahogando las posibilidades de encontrar el lugar donde reposar la cabeza, los brazos, el cuerpo entero y su alma en pena. 

Escruta cada pared, que es el horizonte delimitado, para descubrirse en ellas. Es sus propias fronteras de las que no sabe salir, se enreda. Corta las ramas que ha creado y empieza a ver el claro. Dentro, muy dentro. Quizás lo logre. Ser su hogar. Llegar a él antes de volverse una viva muerta. 

sábado, octubre 28, 2017

Tras la puerta

Corre a la mirilla, como cada vez que escucha la puerta del bloque cerrarse, ventajas de vivir en el bajo. La mayoría de las veces es para nada y vuelve desilusionado y arrastrando los pies al sofá. Esta vez ha habido suerte: ahí está ella. «Provocando como siempre», se murmura, bajito, para que ella no lo oiga. Lo tiene clarísimo: ella se cimbrea así para él, porque sabe que la está mirando. Mucho quejarse, mucha denuncia, pero está clarísimo que se pavonea en sus narices, allí, detrás de la puerta que los separa, con esos aires de suficiencia por haber estudiado más que él, «hasta el final».
«Quién se habrá creído la putilla ésta», con esos conteneos ¿cómo se va a controlar él, que ya tiene la mano en la entrepierna, agarrando su polla dura contra esa maldita madera que los mantiene lejos? «¿Cómo va a poder controlarse un hombre ante semejante espectáculo?», se dice, por comodidad, inconsciente de que, precisamente, por su condición de hombre, y no animal, no sólo puede, sino que debe controlarse, respetar a su vecina del cuarto, por mucho que ella le sonriera, sea educada, aceptara una vez su invitación a una copa en su casa. Él no está para eso, no está para nada que suponga aceptar que ella es otro ser humano, y menos ahora que su mano sube y baja por su miembro, pantalones de chándal ya a sus pies, mordiéndose el labio y con el ojo derecho tan pegado a la mirilla que casi podría salir por el otro lado. 

Ella lo nota. No puede tener la certeza absoluta, pero sabe que él la vigila detrás de la puerta cada vez que entra en el edificio. LO SABE. Porque siente ese no sé que le eriza la piel y la hace casi correr hasta el primer tramo de escaleras. Por desgracia no tiene escapatoria. No le quedan más ovarios que pasar delante del vano de ese «desgraciado, asqueroso, baboso» que le repele tanto como la asusta.
Cuando se mudó no calibró correctamente el nivel de garrulismo de su «amable» vecino del Bajo C. Aceptó ir a su casa, sin saber que acabaría manoseada antes de lograr traspasar el umbral asqueada y casi gritando auxilio, para nada, porque los vecinos preferían ser testigos que parte.
Alguna vez había pensado encararse, llamar, aporrearle la puerta, que sería como hacerlo en su cara porque seguro estaba detrás, a veces había notado movimiento por la mirilla. Al final había decidido que era imposible dialogar con semejante animal, que ya se había cansado de explicarle por qué no la estaba respetando. Llegó a sonreír al recordar la vez que se le ocurrió llevarle un libro, a ver si así lo entendía. La cara de él, incrédula al principio, colorada poco a poco y de absoluto cabreo cuando empezó a gritarle que quién se había creído ella para insultarle, que si se pensaba que él no había leído nunca... Y, la verdad, hasta ese momento no se lo había planteado, pero entonces comprendió que, quizás, ni había acabado la enseñanza obligatoria.
La sonrisa le duró poco, se puso alerta en cuanto escuchó un ruido en el Bajo C, un espasmo, un gemido ahogado que la asqueó cuando alcanzó el primer escalón y se sintió algo más a salvo.

viernes, octubre 27, 2017

El sueño de la felicidad

Lo tenía clarísimo. Nada más ver la imagen lo comprendió. Era su futuro, ni más ni menos. Y se lo dijo a sí misma: «así voy a acabar, desnuda y rodeada de libros que serán mis muebles, mi cama, mi todo». No sólo es que se lo dijera, lo sintió en su piel. Cada milímetro de su cuerpo reaccionó a la que sería la caricia suave del papel, al tacto delicado de algunos cueros y telas de sus ediciones más queridas. Su olfato despertó con el aroma de tinta, tan conocido, tan querido, tan absolutamente suyo. Sus dedos se crisparon levemente ante la idea de toquetear, a saltos, páginas y páginas; sus ojos se entrecerraron soñadores de las mil y una historias que descubrirían para deleite de su espíritu, que dormiría tranquilo en las narraciones. 
La desnudez sería la alegoría de la ausencia de mayor necesidad que sus queridos libros y el resto de su tiempo estaría destinado a ellos.
No podía haber imagen que la hiciera sentir más feliz. Y así, poco a poco, y con delicadeza, fue descubriendo su cuerpo. A la vez que se quitaba la camiseta, recorría las pilas de libros que ya ocupaban su pasillo desde hace tiempo. Quería más. Se desprendía del sujetador mientras vaciaba la primera estantería y recolocaba los ejemplares por el suelo de su salón. 
Caía la falda desde sus caderas a sus pies con gracia, a la vez que la segunda librería de la sala era despejada. Aquí se detuvo con mayor delicadeza. Eran sus ejemplares de poesía, a algunos de los cuales les tenía especial cariño. Se regodeó, tirada en el suelo, ya desnuda, releyendo versos, poemas, dedicatorias y se dejaba mecer por el embriagador poder de la rima.
Continuó por toda la casa, desparramando libros y libros, pensando en las nuevas adquisiciones para cubrir algunos pequeños huecos en el suelo del dormitorio, y tras acabar, satisfecha, se tumbó, juguetona, sobre todos aquellos que ocupaban su salón. Alargó la mano, perezosa, para alcanzar cualquier libro al azar y lo abrió, igualmente, dejándose ir. 
La felicidad ocupó todo el aire y allí quedó, sin mundo alrededor, sin otros que no fueran los personajes que leía, hermanos ya, hogar. 

Para Á. cuya foto me inspiró, y para V. cuya conversación me llevó a este texto.

viernes, octubre 13, 2017

El regalo

Hacía tiempo que no se decidía a entrar. Le daba ese respeto, ese pudor del sentimiento de culpa judeocristiano que consiguió arrancarse, a bocados de su amante, con 20 años. Lo que pasa es que el peso de la cruz había dejado una pequeña marca que aún escocía a veces. Esta no era una de esas ocasiones.

Sacudió la melena, planchó la falda hacia abajo y entró haciendo repicar los tacones, que calzaba sólo porque sabía que era la única manera de cimbrear sus caderas «como una mujer». Siempre que entraba la sonrisa de la dependienta desde el mostrador hacía que su rabadilla temblase. Era ese escalofrío entre placentero y alarmante, como cuando vivíamos en cuevas y olíamos a un depredador y pensábamos por un lado que podríamos tener cena y, por el otro, que igual la cena seríamos nosotras.

Habitualmente se paraba mucho en los aceites y cosas así. Las plumas, los pinceles, la pintura corporal, cualquier cosa que pareciera un juego de dos. Ni siquiera se había atrevido a comprar allí su vibrador. Ese vino a domicilio en una caja enigmática a prueba de vecinos cotillas (literalmente era la publicidad de la web). 

Sin embargo, esta mañana se había despertado de otra forma. Cuando alargó la mano hacia el espacio vacío de la cama no sintió ni el más mínimo rastro de la punzada habitual ahí, en mitad del pecho tirando a la izquierda. Ahí, en la boca del estómago donde antes volaban mariposas. Ahí, en la entrepierna que tantas veces despertó húmeda por la expectativa del roce nocturno con esa piel que no era la suya.

Para nada. Hoy se había despertado descansada. Sonriente. Se había desperezado estirando todos y cada uno de los músculos de su cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo había apoyado sus manos en el cabecero para estirarse cuan larga era y arquear sus caderas con fuerza para sentir los tendones de los muslos tensarse, la espalda descontraerse y saberse fuerte y viva. Y había movido, con la rutina cargada de años, la mano hacia el otro lado de la cama. Desierto, de nuevo, no había percibido el amargor en la boca. La sonrisa había permanecido resplandeciente como el sol que amanecía tras sus cortinas y se había atusado el cabello con determinación, mientras se permitía levantarse perezosamente, con ese ritmo pausado de quien se sabe dueña del día.

Llamó al trabajo. No tenía intención de quedarse encerrada ante un ordenador insípido escribiendo inútiles cartas sin contenido. Iba a aprovechar la luz que brillaba en el cielo, pero también dentro de ella. Se iba a hacer el regalo con el que llevaba soñando años. 

Nunca lo había hecho. Le parecía un gasto inútil, sobre todo «si no lo va a disfrutar nadie». Bien sabía ella que no era el momento de que alguien llegara. Más bien, cualquiera chocaría con el muro que había construido con su esfuerzo titánico. Porque otra cosa no, pero como semidiosa griega no le ganaba nadie.

Sin embargo, este momento que estaba viviendo y que había empezado temprano, que se iba haciendo grande hasta ocupar cada una de las horas que pasaban de la jornada, le gritó desde dentro que lo inútil era estar esperando. Y, sobre todo, que había alguien que quería, deseaba, anhelaba, se merecía disfrutar del ansiado obsequio.

De esta forma, por una vez, devolvió la sonrisa a la dependienta con la misma candidez y seguridad, pasó de largo de los estantes hermosamente colocados y se dirigió a las perchas. No era de gustos baratos y con esto no iba a ser una excepción. Se tomó su tiempo y no miró etiquetas.

Dejó, primero, que los colores le alegraran el alma. Desde negros brillantes a satinados azules, rojos vibrantes, verdes diociochescos, estampados bordados en fucsias noctámbulos... Era un arcoiris que crujía en sedas, encajes, crepés cuyo tacto fue la segunda seducción. Acarició las piezas que más le llamaron la atención y les permitió despertar ese instinto amurallado. Jugueteó con las lazadas, toqueteó las hebillas y broches, incluso olisqueó ese aroma de ropa nueva. 

Finalmente se decidió por tres modelos, uno de ellos sólo de cintura, para comprobar el efecto. Se giró sobre sus talones, y, por primera vez en tantas veces que había entrado, avisó a la vendedora con voz suave, cálida y rotunda. 

— «Vas a tener que ayudarme o enseñarme a hacerlo, si no te importa».
La chica, diligente, se le acercó relajada y le comentó que si era la primera vez, ella le ayudaría, pero que, en el caso de que se decidiera por algún modelo, le explicaría como hacerlo sola. 
— «No nos gusta que nuestras clientas piensen que la única manera de disfrutar de esta prenda es con ayuda. Es más, para nosotras es algo para cada una».

Esta respuesta, quizás repetida cientos de veces, seguía teniendo el convencimiento que su propio despertar había tenido. Y sonrió de nuevo.

Dentro del probador fue más sencillo de lo que había esperado. Parecía que llevaba toda una vida colocándoselo. Quizás llevaba varias haciéndolo. Se ajustó todo lo que pudo desde su inexperiencia y llamó de nuevo a la mujer de la tienda. Con su ayuda, apretó las lazadas y convirtió su cuerpo en lo que siempre había deseado: un sinuoso camino que le llevaba hasta su más temprano deseo. 

Cuando la dependienta se retiró y le dejó espacio para que se contemplara no pudo menos que soltar un grito de asombro. Sintió la presión unos segundos. Esa que desmayaba a sus hermanas en siglos pasados. Y también experimentó el poder de sentirse erguida como nunca, sustentada como nadie, bella porque para ella eso era belleza. La cintura que de niña la llevaba a chillar a su madre que apretara y apretara y apretara los lazos de sus vestidos (y que le granjeó el mote de Escarlata, por la O'Hara), estaba ahí, de avispa, perfecta. 

Y era sólo para ella.

— «¿Es complicado ponérselo una misma?» — preguntó acariciando la seda y pensando que no podía dejarlo ahí, que no podía perder esa sensación de grandeza que le salía en cada, por ahora, exangüe respiración.
— No, no lo es. No sólo te enseño ahora mismo, si no que vas a probarlo para que te convenzas».
«Convencida estoy —se dijo para sus adentros — tan convencida que espero que no te des cuenta de que tiemblo de miedo».

Pocas veces se había permitido salir de las paredes que le habían construido otros, y mucho menos de las almenas que ella misma había dejado crecer más adentro. Así que sí, temblaba de miedo, pero también de una emoción tan infantil y a la vez tan de la mujer que era que sabía que le iba a dar igual el precio. 

Hizo la prueba, hizo y deshizo la lazada como si se hubiera dedicado a ello desde siempre y pagó sin remordimientos. Puede que su banquero no pensara lo mismo, pero por fin le importaba un bledo. Él y el resto que siempre se consideraba con derecho: a juzgarla, a reñirla, a encorsetarla.

Pues ahora sería por voluntad propia que se iba a ceñir, pero con el corsé de sus anhelos. Lo que siempre había considerado un fetiche se convirtió en su arma secreta. No contra los demás, sino su aliada para recordarse. Su luz, su fuerza. 

Y respiraba. Profundamente. Limitada por ballenas, exhalaba como un Buda de esos que siempre le pareció que miraban con suficiencia. 

Y sonreía. Por una vez y para siempre, hacia dentro.

Para I. la mujer que crece conmigo, me enseña, me acompaña, me anima a que me quite esos miedos a  mi cuerpo y a que lo toquen. En definitiva, una amiga a la que quiero.

martes, septiembre 26, 2017

Al otro lado del muro.

Ella los mira. Los ha convertido en un foto fija. Los ha transformado en lo que siempre acaba siendo ella: una imagen sin movimiento que debe estar callada y bonita. 

Los contempla. 

Observa a su vecino. Allí, encaramado al muro, ha decidido ignorarla de nuevo. Como hace desde el momento en que a ella se le desarrollaron los pechos y empezaron a murmurar. Lo hizo por el bien de ella. Eso le dijo: «no quiero que no encuentres un buen marido por mi culpa». Que ella quisiera o no tener marido no se contempla. Que quisiera su amistad tampoco. Que quisiera. Punto. No le dieron opción a elegir. Aprendió pronto que esa sería una constante en su vida.

Ahora él está haciéndose el distraído. Disimula girándose al otro lado, pero ella sabe que no es así. Siempre se le escapan los ojos hacia donde se encuentra. Y dibuja una sonrisa triste y casi levanta la mano para saludarla. Pero no lo hace. Nunca lo hace. Ahora es ella la que lo curiosea.

Tras el velo que difumina su rostro también mira al vendedor ambulante con su bici a cuestas. Ése que intenta rozarla cada vez que se la encuentra. El que le susurra libidinosamente, sabiéndose protegido, porque si protesta tiene toda las de perder. El que sueña con recorrerla con su lengua y forzarla, porque si es con su consentimiento no tendría gracia, no dejaría huella. Le ve ajeno, también ignorándola porque la última vez se arriesgó y llevó un cuchillo que le rozó la mano que pretendía tocarla. La hoja afilada rasgó su piel como el papel y la sangre debió ser aviso suficiente. Fue tan sutil que él no supo reaccionar, no vio la herida hasta que fue a alcanzar la fruta que le pedía otra clienta.

Se cruza el estudiante. El que se negó a sentarse a su lado porque «no era digna de educarse». Ni la miró en ese momento, no lo iba a hacer ahora, por la calle. Donde la sabe menos protegida, más fuera de lugar. Porque las plazas no son de ella. Son de él. Son de ellos. Y por eso camina erguido, ajeno, libre. Mientras ella permanece atenta.

Los niños. Los niños siempre la ignoran. Son aleccionados casi desde la cuna en que no hay que acercarse, salvo a la madre y a la hermana «para protegerlas».  Así que directamente se lanzaron al muro, al otro lado. No tenía importancia. A ellos apenas les culpa. Les da el beneficio de la inconsciencia infantil. 

Sin embargo, esta vez no les va a valer de nada todas sus argucias. Podrán intentar no verla, lucharán con no verla y acabarán trepando el muro que tanto les interesa. Porque en esta ocasión ella no está sola, ninguna de ellas. Han ido sumándose, de una en una, silenciosas, ignoradas, no vistas, de cada punto de la ciudad, caminando kilómetros. 

Y se acercan.

Paso a paso, empiezan a formar una masa que observa.
Que analiza como las analizan a ellas.
Que susurra, pero no lo que están acostumbradas a escuchar, lo que les han obligado a escuchar, si no su propia fuerza.
Murmuran quiénes son.
Explican de dónde vienen y adónde van.
No se paran.

La foto cambia.

Ellos miran.

Ellos se asustan.

Ellos corren.

El muro que las encerraba a ellas será su paredón. El lugar donde dejen de ser quienes las manejan.


A  J. A. cuya foto inspiró esta entrada.

sábado, septiembre 16, 2017

El coño y el corazón palpitan juntos, es la cabeza la que nos putea

Pensativa. Analiza una y otra vez. Empieza de nuevo. No es que sus ojos no vean, no están mirando. Ha permitido que desaparezca el latido unívoco y al unísono. Se está alejando de sí misma sin darse cuenta, mientras cree firmemente que es ella más que nunca. Porque piensa. Se piensa. Da vueltas y revisa mentalmente cada ángulo. Incluso los suyos propios. No lo nota. Pierde el contacto y el ritmo se diluye en una cuenta atrás que será sin retorno. Le va a quedar una única baza y la vida no es eso. Son muchos fragmentos caminando sobre el mismo pentagrama. Porque hay un ritmo. Acompasado. Ahora distante, pero tan fuerte que no nace de una única entraña. Se aleja. No se ha movido ni un milímetro del lugar y casi está extraviada. 

Por un instante, se despista. Ahí vuelve. Ese palpitar conjunto intenta revivirla. Su coño se moja y su corazón le grita desde el pecho para ser oído. Ha bastado un roce. Agita la cabeza ensimismada. Intenta dejar de oír. Dejar de sentir porque es lo aprendido. Apreciar, percibir, malo. Analizar, ser lógica, bueno. 

Grito: ¿qué lógica hay en perder lo que nos hace humanas? ¿Lo que aúna alma y cuerpo en una sinfónica y placentera vivencia que estalla en el coño, corre al corazón y explota en mil pedazos en la cabeza, convirtiendo un pensamiento en un universo en expansión?

Está mal. Eso es lo que piensa. Está mal porque es demasiado bueno y prefiere irse al carajo antes de que se vuelva daño y queden esquirlas sangrantes durante años. La mente vuelve a la carga con más fuerza. 'Sufrirás, llorarás, querrás estar muerta'. 

Está muerta ahora si se queda quieta. Porque hay muchas formas de escuchar y la única que habla no es la cabeza. 

Cabizbaja, reflexiona. Y palpitan más fuerte desde el pecho, desde la entrepierna. Los demás tienen que oírlo, se dice. Pero es sólo ella. Y no quiere escuchar. Llegar al cielo no es suficiente cuando aprendió un silencio extendido a su cuerpo, que también debe callar. No compartirse, ni con ella. Ser inmaculada, impoluta, fría, distante, razonable, protegida por el muro de la indiferencia. 

No ser humana. O ser la humana que otros decidieron que fuera. Caminar por una sola ruta marcada por las pisadas de millones de mujeres que antes que ella se dejaron arrastrar por considerar que no tenían más remedio.

Otro roce y vuelven a la carga. No se van a callar tan fácilmente. 

Se quedan. 

A Á. cuya frase dio pie a este texto.

viernes, septiembre 01, 2017

Un enchufe, un mueble y mi padre

Una se piensa que estudiar sirve. Que el saber es útil y que tener la carrera ayuda. Y aquí estoy, llorando como una magdalena y mirando estos cables pelados en mis manos, sin tener muy claro si las lágrimas son por el enchufe, por mí o por mi padre.

Aquí, tirada en el suelo en medio de las convulsiones del llanto, sólo pienso en las veces que no lo escuché, las veces que pensé que yo estaba por encima. Yo había estudiado, había viajado, sabía más. Y no lo escuchaba. Ahora, aquí, en el suelo, con el hueco del enchufe desafiándome desde la pared y estos tres cables en la mano, sólo pienso lo tonta que soy, lo poco que sé, lo estúpido que fue no escuchar porque ¿qué iba a enseñarme él, un pobre paleto de pueblo con toda una vida dedicada a sus labores?

Como un cine en HD, mi cabeza se ha llenado de escenas, aquella en la que él me hablaba de temas en el hogar que podrían ayudarme y que yo ignoré, centrada en mi próximo viaje y en lo pesado que era mi padre. Retazos mínimos de cuando, con total paciencia y aún sabiéndose medio ignorado, me llevó a la pared, me repitió que primero había que cortar la luz y se dispuso a enseñarme cómo se cambiaba el enchufe. 

Me habría venido mejor recordar esa parte hacía diez minutos, antes de que los vecinos comenzaran a salir de sus casas porque había saltado el diferencial del edificio, después de que yo recibiera una bonita descarga.

Aquí estoy, llorando, intentando ir más allá en ese recuerdo para aprehender qué más había que hacer, dónde se colocaba cada cable y si el tornillo se apretaba antes o después de encajar esta maldita pieza negra con esta otra blanca, que realmente es la única que me parece un enchufe.

Sorbo las lágrimas y me apoyo en el mueble celeste, este aparador, más bien de cocina, blanco y azul cielo por el que peleé con uñas y dientes sin pensar si encajaría allá donde acabase viviendo. Qué estupidez sentir perfectamente cada milímetro de la madera como una historia de incalculable valor y no poder poner en pie ni una de las palabras de mi padre sobre el enchufe.

Puede que llore por él, que se fue sin saber que yo me iba a sentar en el suelo una tarde, delante de un enchufe que arreglar porque él intentó enseñarme. Que estaría aquí, con sus palabras rondándome la cabeza, acordándome de él y prestándole toda la atención que no le di en vida. No sabrá nunca que estoy llorando, frustrada, sin tenerle para poder llamarle y que me diga qué hago con el maldito cable que sobra, porque la clavija sólo tiene dos agujeros.

No sabrá que no me acuerdo de ni una maldita frase de las que me dijo acerca de enchufes, grifos, cisternas..., pero que recuerdo cada historia que me contó sobre este mueble que me apoya y que estaba en la cocina de su madre. Que siento su abrazo cuando era niña, y su voz diciéndome que por querer coger las galletas del último estante se subió a la puerta abierta de abajo y acabó con una brecha en la cabeza de la caída. 

No sabrá que siento en la yema de mis dedos el tacto de esa cicatriz que él me hizo tocar con delicadeza mientras me contaba esa historia después de encontrarme a mí trepando por el aparador. 

No me voy a dar por vencida. Voy a enjugar mis lágrimas, respirar profundamente, cortar la luz de mi piso y no pelearme con el enchufe como hacía con mi padre. Voy a escucharle y mirarle con atención. 

Él se lo merece.

Dedicado a A. A. que me dio el título. 

jueves, agosto 10, 2017

El pueblo

Llamó a la primera puerta. No tenía muy claro cómo acabaría aquello, ni tampoco, en realidad, por qué lo estaba haciendo. Pero ya sonaba el picaporte girando y una voz medio confusa con un ¿quién es? que, confiado, no miraba por mirilla alguna y, simplemente, abría la puerta.

Casi nadie es capaz de responder mal a una sonrisa rotunda. Menos mal. Dijo hola, se presentó, preguntó el nombre, por la salud, el estado de la familia y, antes de que el morador de esa primera vivienda pudiera reaccionar preguntando, dio otro apretón de manos y se dirigió a la segunda puerta.

Todo un pueblo. Quería conocer a todo el pueblo. No es que fuera a mudarse allí. Ni siquiera tenía un interés familiar, histórico o de ningún tipo. Estaba de paso y algo le había impulsado a presentarse a todos y cada uno de los habitantes. Al menos, acudir a sus casas. Puede que no llegase a conocerlos a todos si estaban trabajando, en la ducha, dormidos... No tenía intención de cruzar el umbral, a menos que le invitasen a ello. Aunque eso tendría el inconveniente de que su tarea llevaría más tiempo del que tenía pensado.

¿Tenía prisa? No lo tenía claro. Suponía que no. No había destino al que quisiera llegar. ¿No había nadie esperándole? Eso era algo que no nos iba a dejar averiguar. Su intimidad quedaba al descubierto en lo mínimo. Cada presentación era la misma y no. En realidad no quería hablar de ella. Se interesaba por los otros. Quizás ese fuera el principal motivo por el que les costase tanto a los lugareños centrar su extrañeza para dirigirla en forma de interrogantes.

Tan era así que ni siquiera se les ocurría llamar al vecino, al amigo, a la madre, al padre, al hermano a contarle que le acababa de pasar una cosa extraña. Porque habitual no era que una desconocida se les plantase en la puerta para saludar, presentarse e interesarse por uno. 
Mientras deshacían el pasillo hacía lugares más frescos de la casa, alguno llegó a pensar que sería una moda moderna. Pero no era tan joven la visitante como para estar metida en 'esas cosas raras de los móviles'.

Tampoco estaba haciendo fotos. Y llevaba una cámara al cinto. No hacía fotos a las personas, verdaderamente. A las fachadas sí, al entorno. Amante de los retratos, por una vez se estaba decantando por objetos inanimados. El disparo lo hacía cuando la puerta se había vuelto a cerrar. Es como si las palabras del habitante del hogar le hubiera dado la clave de quién era y que ésta fuera claramente visible en la fachada, la acera, el jardín, la verja... O la nube prendada de una chimenea dormida bajo el calor aplastante.

Seguía su recorrido sin cejar. Nunca un fruncir de ceños al ver que las calles (no demasiadas) no habían terminado aún. Algún gesto de contrariedad si no oía ruido alguno detrás de alguna puerta y no era abierta. Sacaba una libreta, apuntaba calle y número de edificio y continuaba con su ruta.

Lo cierto es que la sonrisa que tenía era contagiosa. Algo hermoso debía haber en el gesto, porque la mayoría de los vecinos se sentían con una extraña alegría. No se les exigía nada, ni atención ni escucha. Sólo tenían que hablar, si querían. Ninguno fue capaz de darle con la puerta en las narices. 
La tarea duró día y medio (no era un pueblo grande).

Cuando terminó, recogió sus cosas del hotelito en que se había alojado, abrió el coche en el que había venido y salió del pueblo tal y como había llegado. La cámara cargada de imágenes sin vida muy vivas, la cabeza repleta de ojos brillantes e historias que contarse a sí misma en esos momentos en los que perdía pie.

A P. que inspiró este texto.

viernes, julio 14, 2017

Noche de verano

Agitación. Movimiento incontrolado e incontrolable. Aceleración múltiple. Reposo imposible sobre un colchón de sueños partidos. Anhelo. Asfixia. Lo idéntico en la diferencia. Cristalera rococó con diferentes prismas, aleja el horizonte. Insatisfacción perenne convertida en amiga a base de tanta cercanía. Paredes variables que oprimen laceradamente para salpicarse. Aire sin existencia como inflamable aviso de llegada. 

Levanta el párpado caído sin atreverse. El cerebro procesa las imágenes en penumbra clara por donde se escapan propuestas silenciadas. Ahí, donde reside el ostracismo griego. Ahí, lugar sin espacio. Ahí, en la guarida del anima propia. 

La osamenta contra la dura solería retumba en ecos inaudibles. Recubre el golpe de glotonería manifiesta, de forma que puede levantarse dignamente. El cerebro no entiende lo que el corazón parpadea en morse. Desbocadas señales audaces que se estampan contra el cortado.

Ahora, tormenta imparable. Ahora, sólo existe este instante.

domingo, junio 25, 2017

Olvido

Oí por ahí que los humanos no tenemos memoria térmica y por eso cada verano nos parece el más caluroso de nuestra vida. Ni sé si es verdad. Y, sin embargo, hoy me agarro a esta idea. 

Puede que ése sea el motivo por el que no recuerdo el calor de tu piel en la mía. La temperatura de tus labios recorriendo mi cuerpo provocando frío y calor. El fuego que nos encendía tantas veces y nos consumía como a las cerillas de las que sólo quedan unos restos míseros, apenas cenizas. 

Puede que esa falta de memoria sea la que me impide re-sentir la calidez de tu abrazo, cuando sabías que sin él caería. El abrigo de tus palabras, que calentaban hasta los más gélidos rincones de mi ser, como las buenas calefacciones. El candor de tu discurso, para convencerme de que podía. Y pude.

Será nuestra desmemoria congénita de la temperatura en la que pierdo la sensación de tu fuego dentro de mí. La explosión que ardía placenteramente y me enseñaba que la sangre es caliente cuando hay vida. La quemazón de tu mordisco apasionado sobre mis hombros desnudos, el deseo de quemarme y acercarme al sol para ello.

Quizás es cierto que no tenemos memoria. O, quizás, simplemente, se diluye en mí tu recuerdo, frío sobre aquella metálica mesa, para no ahogarme en las lágrimas que oprimen mi pecho. 

A A., que me inspiró sin quererlo.

viernes, junio 23, 2017

Suicidio fracasado en la jaula de los leones

Si su vida había sido un completo fracaso, ¿por qué no iba a ocurrir lo mismo con su muerte? O, más bien, con su intento de fallecimiento. Con un recorrido vital al revés de lo programado, esta ocasión no iba a ser distinta. 

Y ¡pensar en las innumerables veces que había quedado paralizada de pavor ante el pensamiento de una muerte sangrienta! Todas ellas se sumaban a las incontables horas perdidas en actividades sin futuro ni fruto que recoger. Vida malgastada. 

¿Podría ser ése el consuelo que le quedaba? Es decir, la existencia de vidas gastadas tenía que implicar necesariamente que había lo contrario, un mal uso del poco tiempo que pasamos en este mundo incierto (más para ella que para los otros, según se veía). 

Llegados a este punto, no estaba segura de si había sido peor el rechazo por parte de unos animales salvajes cuyos propios cuidadores evitaban, o las miradas incrédulas con risitas apenas ocultadas de los bomberos. Porque, claro, no bastó con que los malditos bichos no quisieran ni acercarse a olerla. Que va. Al ver la inapetencia que provocaba en los enormes felinos se dijo: pues habrá que salir de esta jaula. Ja. Ante la mirada cada vez más atónita de los reyes de la selva, intentó primero trepar por el escarpado de rocas que servía de freno a los animales. Luego, convencida ya de que no le iban ni a dar un triste zarpazo que pudiera provocarle una hemorragia lo suficientemente grande como para morir desangrada, pasó tranquilamente junto a la manada para tirar, pelearse y empujar inútilmente la puerta por la que les lanzaban la comida. 

No le quedó más remedio que echar mano del bolso y llamar a los bomberos. Mira, al final la ridícula idea (o eso había pensado al entrar) de llevarse la bandolera a su segura muerte no había sido tan absurda. Sí lo fue la conversación con el telefonista. Le costó varios minutos que entendiera que no, no era ninguna broma; que sí, que estaba encerrada en una jaula de leones; que no, que no tenía miedo porque los bichos no querían ni olerla; que sí, que se había metido voluntariamente, pero que ahora no podía salir y necesitaba ayuda.

Estaba quedándose amodorrada, ya sin rastro de temor, acurrucada en un rincón del ficticio hábitat cuando unas luces potentes desde arriba la cegaron. A esos fogonazos y las voces de los bomberos sí reaccionaron los animales. Inquietos, comenzaron a dar vueltas y rugir, siempre con la distancia prudencial hacia ella y esa mirada de desprecio que estaba segura que le dedicaban.

Fue un poco complicado aislarla, porque sus rescatadores no se fiaban de ser atacados. Tardaron horas en decidirse en desplegar una especie de biombo portátil para luego bajar por cuerdas hasta ella y subirla, no sin darle unos cuantos golpes en la cabeza contra las rocas, ni siquiera suficientes para una conmoción que la dejara en coma y la librasen de la vergüenza.

Podría haber sido una historia que almacenar en lo más profundo del baúl de su mente. 

La factura que le llegó por el rescate meses después no le permitió olvidar que, ni para morir, había sido buena.

Gracias a F.  y M. por la frase y a A. por hacer posible el encuentro.

miércoles, junio 14, 2017

Arte dramático

'¿Qué tal tu familia? A ti no te pregunto cómo estás que ya se te ve: genial'. Mantuvo su sonrisa hasta que salió del establecimiento. El sol cegó sus ojos, que se contrajeron al igual que sus labios. Poco a poco se borró la sonrisa, conforme del oscuro rincón donde las tenía escondidas, empezaron a aflorar la tristeza, las dudas, la desesperación.

No era la primera vez que oía esas palabras: estás genial, qué guapa estás, que buena cara, qué relajada se te ve, qué feliz luces. 

Siempre con la respuesta de su sonrisa que, al parecer, impedía al interlocutor descubrir el destello de los ojos. No tenía nada que ver con el gesto de su boca. Había extrañeza en ellos, había una petición de socorro, existía un océano completo donde ahogarse sin más salvavidas que esa contracción de labios que intentaba agarrarla a la tierra.

Conforme caminaba por las calles recalentadas por un sol de verano en primavera, sus pensamientos volvieron a sus grandes dotes de actriz. Tan bueno era su arte que nadie sospechaba el peso de un alma que miraba como única salvación la muerte. Al principio había sido una caricia a ese deseo de desaparición. Con el paso de los días, y, sobre todo, de las noches, aquel pensamiento se fue transformando en ideas, formas de acabar con todo que no supusieran sangre.

Quizás era una suerte que fuera de letras. Así no tenía claro cuántas pastillas serían necesarias para que el sueño no tuviera despertar. No quería equivocarse y acabar abriendo los ojos en una ambulancia y avergonzada. Tampoco quería dolor. Para suplicios ya tenía la vida. 

Lo bueno de la repetición continua de lo bien que se la veía era que su cabeza, analítica a pesar de todo, comenzaba a darle vueltas a cómo era capaz de esconderse de sí misma tan bien. O, quizás, de verdad vivía en un mundo en el que a nadie le importaba nadie y soltaban esas frases como meras fórmulas sociales vacías de contenido e interés. No podía ser así, se lo decían también personas que la querían. O ¿el amor se había vuelto a convertir en ese escurridizo sentimiento que nunca comprendía y por eso se le escapaba entre las manos de la falsedad? 

Antes de que se quisiera dar cuenta, sumida en las reflexiones, volvió a toparse con el lugar tan conocido. Agarrada a la barandilla, miraba el río cuya corriente no cesaba. Igual que su vida. 

Quizás necesitaba una presa que cortara el camino. 

viernes, junio 09, 2017

Ciclo

Como reptil con uñas afiladas que deja las marcas en el suelo que pisa, enroscándose y haciendo sangrar un barro fértil que prefiere estar desierto. Se queja la arena con gritos descarnados que estremecen el centro de la tierra para convertirse en terremoto. El temblor tambalea las piernas y acaba en el suelo dañado.

Es un círculo deforme que no terminará nunca, como uroboros ardientes que atraviesan paredes, puestas ahí por algo. Vueltas de bailarines turcos que no se desmoronan porque saben mirar al punto fijo que los salva. Mientras, esos saurios no son capaces de salir del huracán en espiral y son despedazados por las fuerzas centrífugas. Partículas que se pegan en los muros instalados para ser agarre.

Escurre sin llegar a tocar el fondo. No existe gravedad que marque un abajo, sólo hay un centro. Bombea y bombea. A golpes de metrónomo estropeado en un ir y venir inestable que crea el tiempo para estar. 

Cuando abre los ojos y suelta su cuerpo: la vida.

domingo, enero 29, 2017

Arroz negro

Dejó que la luz diera vida a lo que había depositado sobre la mesa. Por una vez, el negro sobre blanco no eran las letras que compulsivamente tecleaba en la pantalla para dejar brotar las flores marchitas de su corazón. Los granos de arroz creaban su propia historia sobre el plato, tan blanco que dolía en el reflejo del sol. A través de la ventana entraba a raudales una mañana que empezaba a convertirse en tarde y que jugaba con el agua dentro del vaso para crear tonalidades tornasoladas de arcoiris. Contempló desde arriba, creando así la imagen que las redes sociales aplauden ineludiblemente. Y pensó en las telarañas que se habían instalado en sus rincones, atrapando las moscas de pensamientos en huida.

Intento de fuga en el borde del plato. Un grano rebelde que escaló hacia la cumbre. Como aquel punto y seguido que se convirtió en punto final: descolgado. Casi parpadeante, en un código morse que sólo dice 'no quiero estar ahí dentro'. El problema es cuando ese interior son los pensamientos propios. Le gustaría ser él mismo quien escapa, pero está encallado. Lo bueno es que los pozos estancados sólo huelen cuando se les agita, y pocas personas tenían ese poder. Una y otra vez lo usaban, y no sabía la manera de quitarles de una puñetera vez el palo. Quizás golpearles con él y quedarse, por fin, tranquilo. 

Desvió por un instante la mirada. Se quedó prendada del agua inmóvil del vaso. Clara, como aquellas conversaciones. Casi eran más silencios que palabras dichas, pero tan profundas que se sentía tocado. La vida, los anhelos, las frustraciones, los problemas, las risas, todo era más fácil cuando charlaba de esa manera en que no había ni una pizca de desconfianza. Pero ésta se instaló para quedarse y no restaba quien fuera depositario de sus respuestas. Ni siquiera de sus preguntas. A veces dudaba de que hubiera alguien más allá de sus paredes. 

La hoja del cuchillo, semiescondida, formó la alegoría de los filos que tantas veces le habían cortado, caminando sobre ellos. Las cuchillas habían sido creadas por él, más que nada porque nunca dejó a otra persona construir un mundo inhabitado, repleto de seres humanos a los que jamás abrazaría. 

Todo contacto era falso. Todo afecto era fingido.

Eso es lo que se repite desde que recuerda. Mientras deja que su vida siga escribiendo las mentiras que todo el mundo considera su biografía. Es más fácil mentir cuando la contundencia convierte en verdad cualquier atisbo de oportunidad. El truco está en dejar la puerta lo suficientemente abierta para que el otro piense que es testigo de todo el cuadro. Por eso funcionan las escenas de cine. Por eso funciona él.

Los engranajes no fallan si cada rueda continúa en su sitio. Incluso cuando algún diente está desgastado, sin un encaje perfecto, puede pasar desapercibida la pequeña vibración. Sólo los listos comprenderán que esos ínfimos saltos de raccord son las señales del fin. La mayoría ni los percibe, el resto los toma por errores de montaje que pertenecen a otro. Ni siquiera en la existencia de sus congéneres les parecen avisos, sólo las malas rachas que no duran eternamente, porque nada podría ser infinito. Salvo su propia ignorancia.

Cogió el tenedor con firmeza para acercar a su boca el manjar que había preparado. Estaba listo para engullir las realidades creadas. A la espera de que la ficción, por una vez, superase los días que no dejaban de caer del calendario y le acercaban a la vejez. No quería ser anciano. No por dejar un bonito cadáver. Más bien era una cuestión de inutilidad. Nada más desperdiciado que una vida larga, por cuanto vivir no tiene ningún significado. 

Al primer contacto de la comida con su paladar, degustó ese sabor negro que le provocaba una sonrisa. Se dejó envolver por el placer que explotaba en su lengua. Echó hacia atrás la cabeza, en éxtasis. Todo su ser se concentró en ese único punto que formaban sus papilas gustativas en ese instante. Tan feliz, no se dio cuenta de que su deseo iba a ser concedido mucho antes de lo esperado. 

Gracias a D., cuya foto inspiró este texto.

jueves, enero 12, 2017

Excursión

Coge un hilo y lo enreda con el siguiente. Enlaza oquedades hasta atorar los espacios. Centrifuga cual lavadora a 1.200 revoluciones. Tira, aprieta, estira, pinza, pincha y atasca hasta llenar de aire a presión. Empuja hacía arriba para no dejar hueco. Agita hasta la aceleración máxima, impidiendo la concentración. 

Un punto se convierte en el universo y no existe otra cosa. Angustia. Asfixia. Taquicardia. Miedo. Enfado. Ira. Lágrimas. 

Resiste el cuerpo inerte, que se llena de vida en rebelión. Pero la resistencia sólo provoca más guerra. La goma se estira hasta el infinito, porque siempre vuelve a su posición inicial, incómoda. Los nudos son ovillos con los que han jugado todos los gatos del barrio. Luego, una mano ¿inocente? los lanza para que sean los perros quienes los traigan moviendo la cola alegremente. La pobre pelota es la única que sufre en el juego.

El torbellino tiene un epicentro, al igual que el terremoto. Todo junto alcanza el nivel de tsunami y así se sienten los miembros: apaleados por olas gigantescas que reconfiguran el cerebro, ya maltrecho y con un funcionamiento desigual. Intentar apartar las ramas en la jungla requiere un machete. Pero lo hemos dejado en casa. Toca cortarse las manos y arañarse las piernas para que la respiración vuelva a su sitio, los pulmones.

La hiperoxigenación es tan mala como la ausencia de aire. Se nubla la vista y queda un pequeño recuadro enmarcado en negro. Así, sólo entra en el campo de visión aquello que nos ha quitado el sueño, el hambre, las ganas, la vida... Porque no es vida si vas cómo los burros, ni siquiera es a ciegas, sino dirigida. 

Ojalá una visita al váter fuera la solución definitiva. Pero no se puede tirar de esta cadena.

domingo, enero 08, 2017

Enfermedad

Quisiera dejar dichas todas las palabras que atoran mi garganta.
Quisiera abrazar el vacío que llena lo que mi piel rodea y llamo mi casa.
Quisiera que no hubiera dolor dentro cuando contemplo aquello que me deja sin esperanza.
Quisiera que la sonrisa nunca fuera falsa.
Que mis dedos acariciaran mi cuerpo y mimasen cada centímetro de quien soy.
Quisiera sentir que alcanzo.
Quisiera mirar y ver.
Quisiera saber escuchar los silencios que me golpean.
Quisiera la tristeza.
Quisiera un precipicio al que saltar.
Quisiera, quisiera, quisiera.
Quisiera el todo que soy frente a la nada que me asfixia. Pero sólo encuentro a mí, perdida una y otra vez en el laberinto que construyo desde niña. Donde no hay salida. Porque la única ventana abierta es de un décimo primer piso sin ascensor ni piscina. Y mis piernas se resisten a subir al alféizar para mirar si, desde lo alto, encuentro la escalera de incendios. Sólo hay un mundo y no es redondo. Es circular y me lleva siempre al mismo punto del que salí huyendo. 

Huida. La palabra que define una vida y la llena de frases. No es como si no existiera un discurso. La línea argumental se ha perdido en la inopia de las palabras. Cada dedo sobre una letra, que no es más que la tecla equivocada llenando de x y z lo que debían ser párrafos.

Tanto anhelo expresado para ocultar la verdad: no quiero. No quiero sentir porque cuando siento duelo y si duelo, muero porque vivir asfixia, si es con sentimiento. Porque equivocarse no es un error, si no la forma. No hay manera de salirse del cuadro si lo que te queda es un marco mirando la ilustración que se mueve entre vosotros. Me difumino hasta ser la yo que siempre he creído. 

Entonces, ¿vivo?

Pensar en cuántas pastillas me quedan en el armario y calcular si serían suficientes para remedar el cuadro de Ofelia sobre mi cama. Sin remordimientos. Pero los pies no se mueven y del techo surgen las sombras que el viento agita sobre el lecho a razón de los gorriones que velan el descanso. Sin embargo, sólo queda vigilia hasta una luz insuficiente para resguardar el cálculo y tirar al váter la nocturnidad.

No puedo hablar de ello. Dejar de lado lo políticamente correcto es un precio que se paga con locura. Lo que no me queda tan claro si es la mía o la suya. Porque firmar papeles en blanco es aceptar la pena de esclavitud que ata a las pantallas.

Llamamos al día, día, porque creemos que la noche se ha ido. Pensamos que la oscuridad nos llenó la cabeza de cuervos, pero es el sol el que, agazapado, roba los sueños en los que volamos. Queda pues la semilla entre los dientes para dar testimonio. La vida siempre se hará camino. 

domingo, diciembre 04, 2016

Conversación

Uno frente al otro. Sin palabras vacuas que no sirvan de mucho. Sin ninguna. Mirándose el uno al otro. Sin tocarse. Enfrentados sin enfrentarse. Protegidos por la campana invisible de sus miradas sostenidas. Sonido de respiraciones en paralelo, como las líneas del pentagrama que intenta crear su melodía. Manos tan cerca que ambos sienten el calor del otro, el palpitar de la vida bajo la piel, aunque ni se rozan. 

Rasgos relajados que se contemplan con la serenidad de quien sabe que el vacío no es lo que acaba con todo. Cómodos ante la presencia que, ausente de frases, contempla y se deja ser contemplada. Conversación carente de manierismos. 

Observación plena de significado que dice tanto como ellos quieran compartir. Preguntas contestadas con brillos repentinos que pueden desaparecer tras el parpadeo que cae lento sobre unos iris caramelo. Cortina de pestañas que roza el aire como la comisura de los labios se contrae en una leve sonrisa. 

Electricidad que viaja y chispea entre ambos con relámpagos de vida. Calambres inesperados que despiertan lo dormido durante años de espera. Eriza el vello al encontrarse lo nunca buscado. 

Se tocan las piernas en una caricia involuntaria y termina el momento que ha sido la eternidad del silencio.

Para M., a quien deseo que encuentre sus silencios y sus palabras, su sitio.

martes, noviembre 22, 2016

Camina

Abandona el vestido que lleva y camina descalza para sentir el suelo que pisa. Algunos tomarán por altivez los ánimos que se da a sí misma para avanzar erguida. Mirada perdida dentro de sí sin dejar de contemplar el mundo, que asombra sin parar la vida que reside en ese cuerpo pequeño. Largas piernas, extensos brazos, marcan los ritmos que también respira. Exhalación hecha humo, se disuelve en espacios vacíos llenos de incertidumbres duras.

La melena que escurre por la espalda es la cascada por la que resbalan las ideas. Se pierden. Regresan en el remanso del lago que acaba allá, al fondo. Pescadora sin red, se lanza a chapotear en aguas poco profundas que esconden abismos negros. No hay oscuridad en la mirada que busca, sólo raspas aplacan los caminos bifurcados. Tantas elecciones siempre llevan al mismo punto, ése en el que todos confluimos.

La tierra se pega a sus plantas y le recuerda que no hace falta tantear a ciegas. La lengua saborea perfectamente cada gota de limón que achina los ojos. Pesa. Cuando cae al estómago revuelve entrañas saturadas de angustia.

Aparta las ramas que frenan otros andares. Corta de raíz, pero le quedan en las manos como sogas atadas a los tobillos. Avanza en el mismo sitio mientras gira el espacio. La gravedad le da pereza. Es hora de cerrar los ojos. Se llena.

miércoles, noviembre 09, 2016

Golpes

Es más dulce el dolor que el látigo que arranca pedazos de tripas y las esparce por tu universo. El mío desapareció bajo el manto huracanado de la silla eléctrica que enchufé yo misma. Desprendo las tiras una a una para dejar la piel en blanco. Vísceras que se tocan y prueban. Es la mejor manera de aparcar las torturas: saboreándolas. 

Habrá un día en que los grilletes que me impongo no pesen. No será la costumbre, si no la liberación a través de mi propio conocimiento del infinito. Esa realidad que es diaria, aunque nunca antes toqué como propia. Era un futuro incierto que me daba más miedo que el sabor a hierro de la sangre, tan conocido.

Los gatos lamen sus heridas. Los humanos metemos el dedo en la llaga para comprobar que seguimos vivos. Existen muchas muertes escondidas. No son necesarias gafas para verlas, sólo ganas. Ansias que sólo aparecen cuando la mano que me pegaba ha aprendido a acariciar. 

El amor lo puede todo, incluso lo peor. Nadie se ha parado a decirlo, porque nadie quiere reconocer que no sabe amar. Desposeerme de mí misma es abrazar quien soy. Abandonar las ilusiones es encontrar los sueños perdidos. Da igual lo adelante que haya llegado en el camino, la autopista es siempre una tentación demasiado fuerte como para no tomar la próxima salida. Habrá que ir preparando los frenos para percibir el paisaje.