domingo, enero 08, 2017

Enfermedad

Quisiera dejar dichas todas las palabras que atoran mi garganta.
Quisiera abrazar el vacío que llena lo que mi piel rodea y llamo mi casa.
Quisiera que no hubiera dolor dentro cuando contemplo aquello que me deja sin esperanza.
Quisiera que la sonrisa nunca fuera falsa.
Que mis dedos acariciaran mi cuerpo y mimasen cada centímetro de quien soy.
Quisiera sentir que alcanzo.
Quisiera mirar y ver.
Quisiera saber escuchar los silencios que me golpean.
Quisiera la tristeza.
Quisiera un precipicio al que saltar.
Quisiera, quisiera, quisiera.
Quisiera el todo que soy frente a la nada que me asfixia. Pero sólo encuentro a mí, perdida una y otra vez en el laberinto que construyo desde niña. Donde no hay salida. Porque la única ventana abierta es de un décimo primer piso sin ascensor ni piscina. Y mis piernas se resisten a subir al alféizar para mirar si, desde lo alto, encuentro la escalera de incendios. Sólo hay un mundo y no es redondo. Es circular y me lleva siempre al mismo punto del que salí huyendo. 

Huida. La palabra que define una vida y la llena de frases. No es como si no existiera un discurso. La línea argumental se ha perdido en la inopia de las palabras. Cada dedo sobre una letra, que no es más que la tecla equivocada llenando de x y z lo que debían ser párrafos.

Tanto anhelo expresado para ocultar la verdad: no quiero. No quiero sentir porque cuando siento duelo y si duelo, muero porque vivir asfixia, si es con sentimiento. Porque equivocarse no es un error, si no la forma. No hay manera de salirse del cuadro si lo que te queda es un marco mirando la ilustración que se mueve entre vosotros. Me difumino hasta ser la yo que siempre he creído. 

Entonces, ¿vivo?

Pensar en cuántas pastillas me quedan en el armario y calcular si serían suficientes para remedar el cuadro de Ofelia sobre mi cama. Sin remordimientos. Pero los pies no se mueven y del techo surgen las sombras que el viento agita sobre el lecho a razón de los gorriones que velan el descanso. Sin embargo, sólo queda vigilia hasta una luz insuficiente para resguardar el cálculo y tirar al váter la nocturnidad.

No puedo hablar de ello. Dejar de lado lo políticamente correcto es un precio que se paga con locura. Lo que no me queda tan claro si es la mía o la suya. Porque firmar papeles en blanco es aceptar la pena de esclavitud que ata a las pantallas.

Llamamos al día, día, porque creemos que la noche se ha ido. Pensamos que la oscuridad nos llenó la cabeza de cuervos, pero es el sol el que, agazapado, roba los sueños en los que volamos. Queda pues la semilla entre los dientes para dar testimonio. La vida siempre se hará camino.