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sábado, agosto 28, 2021

Suelta lastre

Pocas veces le había entendido. A lo largo de los años lo había intentado mucho, quizás demasiadas veces, porque ahora se sentía muy perdida y con un sabor amargo en la boca. Era el desenlace esperado desde el primer día, aunque no por conocerlo había sido capaz de tirar la toalla.

En lo que era afortunada es en no haberse aislado. Igualmente, comprendía que, a pesar de sus idas y venidas, había perdido: oportunidades, sueños, compañías, ¿una existencia distinta y mejor? Era consciente de que las vidas posibles suelen resultar muy atractivas, porque de ellas borramos cualquier rastro de desgracia, tristeza, tragedia. También sabía que, por eso, son patrañas imaginadas en la cabeza, buenas para hacer un tablón de objetivos, malas para aferrarse a ellas y considerarlas una verdadera posibilidad. No lo son. 

Lo miraba perpleja. Él tenía sus profundos ojos verdeazulados mirándola fijamente, penetrando en sus pupilas para descubrir sus más escondidos pensamientos. Siempre había tenido esa sensación con él, por mucho que el tiempo juntos le hubiera dejado claro que no podía hacer algo así. Sí conseguía detectar cualquier mínimo cambio en ella y preveer su reacción antes de que la hubiera pensado. Esa circunstancia le daba miedo y le resultaba tremendamente atractiva por igual. Quizás era una de las razones por las que había vuelto a él tantas veces, o nunca se había ido del todo. 

Y allí estaba, desconcertada. Nadando en esos iris mar Mediterráneo y sin querer volver a preguntar. Asombrada de su propia reacción. Ahora lo entendía. Él siempre le había hablado con la voz tapada. Y ella no había podido descubrir cómo liberarla para comprenderle. Así de simple. Y lo cierto es que ya estaba cansada de intentarlo. 

Se giró para dar media vuelta en silencio y se fue. Esta vez fue el rostro de él en el que se percibió esa alteración mínima que mostró, por primera vez en todo ese tiempo, estupor y miedo.

Para Javier Rojas, cuyas palabras inspiraron este relato.

domingo, julio 04, 2021

Ver

 

 
 

Contemplaba la belleza de los edificios, la característica luz que acariciaba los naranjos y la Giralda, paseaba por el parque María Luisa respirando su frescura, callejeaba por Santa Cruz para pederse sin miedo. Toda la vida queriendo salir de allí y ahí estaba, de nuevo, no por gusto, si no por trabajo, y a la vez, sintiéndose mas cómoda de lo que se había sentido nunca en esta ciudad. 

Sin embargo, las ganas de dejarla atrás, de vivir en casi cualquier allí, cerca del mar, con entornos más cercanos a ella, más acordes a sus gustos y maneras, permanecía. Al fin y al cabo, desde niña la habían señalado como si fuera una extraña, una extranjera o alguien que no hubiese nacido aquí, cuando la realidad es que era trianera de nacimiento. 

No sabe si empezó ella sintiéndose sin raíces o la desenraizaron quienes insistían desde que recordaba en que no pertenecía, que era una outsider. De hecho, realmente su primer grupo de amigas lo tuvo fuera. Y ahora que lo tiene aquí es porque la mitad son de otras ciudades, otros lugares. A su vuelta, las amigas que creía conservar acabaron por no estar. No por falta de ganas de ella. Y las nuevas, en realidad no llegaron a ser amigas, o solo un tiempo.

«Sevilla apesta a sudor de torero». Al leer esa sentencia comprendió que resumía el sentimiento que le producía su localidad de nacimiento. Por qué se había sentido así desde la más tierna infancia no lo sabía, pero la realidad es que era esa sensación de mundo ajeno, personas con mentes incomprensibles para ella y, por tanto, la suya incomprensible para las demás. 

¿Era malo? ¿Es malo? Sólo durante aquellos años en los que le afectó hasta dejarla en completa soledad, sin amigas, sin lugar en el mundo. Ahora, reconciliada con la ciudad que la vio nacer, con personas raíz que la sujetaban, sostenían, acompañaban y querían, sentía que podía respirar. Sabe que no se quedará aquí para siempre. También que no necesita ponerse plazo porque ya no tiene que huir. 

Al no tratarse de una fuga comprende que será sencillo y que tendrá su momento. Que puede disfrutar del camino y la estancia, la espera y el convencimiento. 

Para ella el olor de Sevilla no será el de azahar. Sin embargo, permanece.

Para Beatriz López Gallego, autora de la magnífica ilustración del texto y que me permitió usar su frase para crear esta historia.

domingo, mayo 02, 2021

Aire

 El viento agitaba su cabello y su vestido como a los árboles, arbustos e hierbas altas. Las nubes corrían casi tan veloces como ella, con la respiración casi cortada y aún suficiente. Era uno de esos días en que puede llover o ser tan claro que apenas puedas abrir los ojos, cegada con la luz. El día perfecto para lanzarse por la pradera y el bosque.

Sólo miró atrás una vez y sonrío. De hecho, no dejaba de hacerlo, mientras daba bocanadas cada vez más grandes y más felices. Corría y corría, sintiéndolo todo: la suave pendiente, las ráfagas de aire, el sol jugando entre clarosocuros nebulosos, cada centímetro de su piel al aire y bajo la suave tela de su ropa. Los pies en flexibles zapatos dando pasos cada vez más rápidos y seguros.

Paró de golpe, al borde del acantilado, donde el mar sonaba allá abajo, fuerte. Gritó a todo pulmón sólo para sentir que era enormemente minúscula. Y empezó a reír, a carcajadas, doblándose por la cintura, respirando con tanta ansia como el mar se batía contra las rocas.

Libertad. 

Libertad única, sola, loca, apacible, a manos llenas y tragos largos. 

Libertad también en compañía. Él se había rezagado porque le hacía feliz verla a ella correr, reírse, llorar de risa, volar sobre el prado, como si fuera a lanzarse por el risco, seguro de que no lo haría y podría llegar a cogerla, abrazarla, dejarse beber a besos, beber al mismo tiempo.

Cayeron al suelo riendo y entrelazados, comiéndose entre carcajadas, suspiros, ansias. Cada uno había venido por su camino. Ambos en paralelo y divergentes, todo a la vez, como querían abrazarse, desnudarse, recorrerse, besarse, morderse, sentirse y gozarse. 

Libertad y felicidad compartidas y únicas para cada uno.

Para J.M. cuya pieza y ejecución me trajo este viaje.

sábado, noviembre 14, 2020

Cuando él toca el piano

 Desde ese rincón, desde el que busca protegerse, de la noche, del dolor, de la sangre; observa. Contempla la oscuridad que se cierne sobre ella, hasta que la luz resquebraja tímida y con fuerza las tinieblas desde ese punto en su pecho que cree detenido desde milenios.

Sin embargo, nunca dejó de palpitar en ámbar vivo, en lava ardiente e inocua que la recorre y calma los estremecimientos del miedo ancestral que se enraíza en ella, por más que arranca una y otra y otra vez las malas hierbas.

Vibra con aquella melodía improvisada y la esperanza avanza a través de la tristeza. No pierde las lágrimas. Encuentra el arcoiris en ellas y puede seguir, así, mirando esas nubes negras sin olvidar la calma después de las múltiples tormentas que la arrasaron.

Siente el abrazo tierno y protector con las notas que tiemblan en la punta de sus dedos y necesitan salir y ser libres, sonar libres, compartirse por el aire infinito y llegar a los corazones sensibles a ellas. Hay quien no sabe escuchar y hay quien escucha aunque no quiera. 

La lágrima roza el labio entreabierto entre el sollozo y la sonrisa de comprender la compañía, la protección, a veces proveniente de ella misma, a veces de unos brazos amigos. Sigilosos se acercan para dar consuelo, ser el paraguas que refleja la luz interna.

Ahí también reside su belleza.


Para Jetro Molina. La inspiración llegó desde las yemas de sus dedos acariciando las teclas.


viernes, julio 24, 2020

Contacto

Tumbados, juntos, en la lánguida penumbra del verano. Con esa pereza rica que se permiten a veces. Recorriéndose en caricias suaves, sin apenas tocarse, pero lo suficiente para sentir el placer de la piel respondiendo a ese contacto y los centros neuronales contestando con gusto.

Los ojos semicerrados, dejándose llevar por la indolencia del calor, disfrutándose con los arrumacos mutuos y propios. La ternura recorriéndoles a ambos y con miradas de deleite. No necesitan nada más, solo sentirse, dejarse llevar como si tocaran el piano en el cuerpo del otro, convirtiendo sus figuras en la magia que se encuentra dentro de ellos.

La respiración se ha calmado y no hacen falta palabras. De hecho están en un silencio gustoso y lleno de significados: amor, cariño, complicidad, confianza. Todo lo que son juntos e individualmente resumido y condensado en mimos. 

La tarde va cediendo, notan los cambios de luz proyectados en la pared que dejan pasar las persianas echadas. No quieren salir de allí. Es su burbuja personal, su espacio seguro y calmo, donde son ellos sin tener que dar explicaciones ni decir nada. 

De manera que la penumbra de la tarde va dejando paso a los rosas y naranjas del atardecer y a las luces de la noche. No quieren romper el sortilegio y permanecen echados, ya casi dormidos y aún rozándose. 

Finalmente el sueño les vence. Duermen con una mano apoyada en la cadera del otro. Sus labios sonríen. 

Felicidad.


Dedicado a Israel Castro, por la selección musical que me ha inspirado y a A. por nuestras prenumbras

jueves, junio 18, 2020

Lejos

«Me deseas por la distancia que nos separa».

La frase cayó entre ellos hasta el abismo que ella tenía claro que existiría eternamente. Hay placeres prohibidos y placeres que nacen para no ser. Para quedarse agazapados con media sonrisa y a la altura de la punta de los dedos, siempre ahí, siempre irrealizables.

Satisfacen como la fruta parcialmente madura, en la que no sabes si te tocará un bocado dulce o ácido y, aún así, la comes porque te ha entrado por la vista y no puedes evitar caer en la tentación. 

De forma que se lanzaron. Se zambulleron en una no existencia palpable, tan real como las pieles propias que se acariciaban en la presente ausencia del otro. Bebieron de las fuentes mutuas en una compañía solitaria que, a pesar de todo, satisfacía una parte de ellos que no habían descubierto hasta entonces. No es que algo fuera mejor que nada; es que la nada estaba tan llena de contenido como un campo vacío puede ser anuncio de una gran cosecha.

Se dejaron caer el uno en el otro hasta sostener las fantasías y las certezas que los componían. Se mezclaron en carne, fluidos y tacto sin rozarse. Se disfrutaron sabiendo que el deleite era personal y no compartido; se complacieron, sin tener claro que al otro le hubiera llegado.

Y hablaron. La caricia dejó de ser importante porque no era del otro. Las palabras sí calaron. Trenzaron hilos compartidos hasta construir un puente sobre el precipicio. Cambiaron tornas por espacios comunes.

Se encontraron. 


jueves, febrero 20, 2020

Cielos

Esa calidez como abrazo de abuela que cuenta mil historias. Desde batallas terminadas porque el cielo azul así lo quiso, hasta amores que se iniciaron para acabar en el ocaso de los días. Un calor fresco que empieza a oler a cambio de estación, a nuevas esperanzas, a desperezarse del crudo invierno. 

Ni siquiera las ráfagas de viento rezagadas que revuelven el pelo y levantan faldas con un toque frío borran el templado deseo de sonreír a un mundo que no se ha parado aún, a pesar de tantas plegarias.

Es un tipo de felicidad que parece sin motivo y que tiene todos los posibles, porque ya sabemos que la dicha se compone de fragmenos inimaginables y cambiantes para cada una y en cada momento. 

Trae al cuerpo y a la mente familias anheladas, amores no deshechos, caminos asfaltados con cariño para que no tropieces. Asume posibilidades convertidas en realidad a golpe de chasquido de dedos, invita a danzar en los pasos de peatones, canta sin atino en duchas improvisadas bajo fuentes de colores, añora pies descalzos sobre arenas finas. 

Y todo en un instante. 

Ese de mirar las nubes y descubrir de nuevo el firmamento.

domingo, enero 26, 2020

Domingo

Caminaba buscando el sol. El frío y la lluvia del invierno se le habían metido en los huesos y el alma; y su espíritu, no especialmente amante del verano, reclamaba, sin embargo, algo de calidez que calmase la oscuridad que se había cernido sobre ella en los últimos días. Con paso ligero, no entendía un paseo a otro ritmo, se deleitaba con la luz brillante y la calma. 

Porque deambular un domingo por la mañana por la ciudad no tiene nada que ver con hacerlo un sábado o un día de diario. El último día de la semana es perezoso y así también la gente, que se levanta tarde por la vida social nocturna de la noche anterior o por el puro placer de permanecer en la cama.

No es que ella no hubiera remoloneado. Pocas cosas le gustaban más que permanecer somnolente en el lecho dejando ir la mente. Al amanecer sus pensamientos eran más claros, menos peligrosos que en las noches y se podía permitir el lujo de divagar sin miedo. 

Pero hoy se había levantado algo más rápido y mientras tomaba su desayuno como le gustaba, como si tuviera todo el tiempo del mundo (lo cual le daba algún problema de retrasos en los días laborales), al ver al astro rey empujando la niebla y las nubes había sentido la repentina necesidad de caminar, de dejar no sólo a sus ideas, si no ella entera deambular sin rumbo.

Despabilada como iba, percibía aún con más claridad la indolencia de la ciudad, con calles casi vacías, y con las pocas personas que se encontraba, igual que ella, sumidas en sus pensamientos y a un ritmo totalmente cambiado con respecto al resto de la semana. No era temprano y, no obstante, parecían las primeras horas del día, por la niebla rebelde que aún dejaba jirones prendidos de los edificios y el silencio en las avenidas. 

Disfrutaba. Su vagabundeo solitario le sacó una sonrisa y dejó a sus pies ligeros. Descubrió edificios que siempre habían estado ahí y nunca se había parado a apreciar, recorrió nuevas calles viejas, contempló sus lugares preferidos y se sintió de nuevo parte y ella. 

Sus pasos perdidos la llevaron a encontrarse.

sábado, enero 25, 2020

De vuelta

Haber desandado tantas veces el camino no hace más fácil no volver a él. Las respuestas aprendidas te permiten vislumbrar las otras sendas, pero no siempre te habilitan a tomarlas antes de tropezar de nuevo con los mismos muros que te llevaron a plantarte delante de ella y decir «no puedo más». Y vuelves a no poder más y a tener ganas de llorar y enfadarte y te enfadas, sobre todo contigo. Y también con esos que te enseñaron mal porque ellos no lo sabían de otra manera. 

Recurres a mil y un trucos y herramientas, te apoyas en esas redes que, gracias al cielo, sí que supiste crear y te sostienen, vaya si te sostienen. Son fuente de vida y confianza, cuando la autoestima se empieza a diluir en la sangre que escapa de ti entre tus piernas sin venir a cuento. Aunque viene a colación porque por mucho que quieras controlar, la vida te enseña que es mentira y que vivir es eso, tener lo inesperado, para bien, para mal, para regular y, sobre todo, para aprender. Aprender otra vez. Lecciones y lecciones y lecciones que ya creías saber al dedillo y que se disuelven como las personas en aquella película que podría ser una metáfora de tu vida, si no fuera porque tuvo un final feliz y ya dudas de que existan realmente.

El pellizco, ese del estómago que sí es bueno y te recuerda que la felicidad no es un estado constante, si no un camino que se va haciendo con cada paso, por minúsculo que me parezca desde este aterrador espacio que conozco tan bien que casi me anula. 

Y recuerdas aquella que eres y te niegas una y otra vez hasta que empiezas a comprender que se trata de abrazarla, abrazarte, aceptar que es una parte de ti y que simplemente necesita el arrumaco que la niña reclama por ausencia en presencia. Procuras no pegarle una nueva patada, ya que perderla de vista no la anula, muy al contrario, la refuerza para que sea ella la que deje tu cuerpo y tu mente con tal paliza que quieras que te lleven a una UCI de la que no salgas en tres meses, para que al volver todo haya cambiado.

Da igual que te asuste el cambio, piensas que sería mejor así y no. No. Dentro de ti pelea la que se paró y dijo estar harta y derruyes de nuevo las piedras con las que te chocas como si fueran lanzadas a ti para romperte. No te rompes.

Te vuelcas en esa soledad que de amiga pasa a contrincante acérrimo para recuperarla y recuperarte. Para usar las esquirlas que han quedado de los ladrillos demolidos para rehacer la casa en la que habitas y que has decorado con tanto amor como fue posible después de haberlo perdido completo, por no haberlo sentido cuando era fundamental.

Entonces te dejas ir, porque la deriva es, realmente, el fluir que tu alma lleva anhelando y no ha comprendido. Sin entenderlo te dejas acunar y acudes a la salvación que existió desde que tienes memoria y te refugias y recuerdas y te calmas y respiras.

Inhalas nuevo aire que es igualmente conocido porque lo elegiste hace tiempo. Te paras. 

La soledad vuelve a tornarse riqueza.

viernes, enero 24, 2020

Letargo

Convencida de haber caído en una hibernación eterna se confió. Abandonó la alerta perenne sin comprender que simplemente acumulaba sus horas frías para revivir con la llegada de una primavera joven. Con esa somnolencia buscada en la que creyó dejar en suspenso el paso de la savia, paró de levantar cortezas acumuladas para impedir que llegasen a ella. 

Se puso en movimiento. Creyéndose atrapada en raíces no deseadas caminó entre parajes humanos, inconsciente de que vivía, tan convencida estaba de que había logrado dejar de latir para siempre. 

Enmascaró cada paso en mecidas del viento, llamó a las nuevas casas donde se encontraba con cambios de estación y se dejó acunar por nuevas aguas sin querer reconocer que había mudado.

Así fue como el candor que volvió a su centro le pilló por sorpresa y no pudo más que sonreír y aceptar que todo ese tiempo había estado equivocada.

Para ILM, cuyas explicaciones me inspiraron.

jueves, julio 25, 2019

Eternas despedidas

La vida está llena de contradicciones y las personas no vamos a ser menos. Personalizo como dicen por ahí que debe hacerse (siempre supe que es mejor/cuando hay que hablar de amor/empezar por uno mismo). La vida está llena de contradicciones y yo no voy a ser menos.

Así que vas a permitirme que me encante desaparecer y sea incapaz de irme de tu no lado a la velocidad requerida para que el pasaje no se nos ponga enfermo. Se me pondría a mí, claro. Tú hace tiempo que no te preocupas por saber si algo necesitaba, al menos, ser escuchado.

Antes había diversión en todo este juego. De repente me di cuenta de que no tenía maldita la gracia y recogí las palabras que chocaron contra las paredes vacías para darles un hogar mejor en el que llenar los espacios en blanco construidos. Se me quedó un hilo enganchado y el jersey ya no es más que una tira diminuta. Soy yo la que ahora lo deshace porque descubrí que no me estaba dando ningún calor. 

El ancla me dice que lleva muchos de tus moluscos renqueantes y la dejo estar. Sé que las aguas claras de mi pensamiento consiguen arrastrar en sus mareas cualquier residuo contaminante. Sólo necesitan los ciclos suficientes para recomponerse.

Hay quien me mira y piensa que mis mayores paradojas tienen que ver con vosotros. 
La realidad es que mi mayor contrasentido soy yo misma.

domingo, julio 14, 2019

Pareja de ases

La sala al principio tenía el típico rumor suave de un espacio que se va llenando de gente diversa. Al ser un auditorio amplio inicalmente había suficientes espacios vacíos como para que las conversaciones no surgieran inmediatamente. Poco a poco, el murmullo fue subiendo. No sólo por una mayor presencia de gente, si no porque empezaban a intuir que algo raro había. Cada una de las personas presentes había recibido una invitación a un evento relacionado con su campo de trabajo o de intereses de ocio. Todo había sido muy cuidadoso, las formas de llegada también, hasta el punto de que no había levantado sospechas en tanto no se habían puesto a hablar entre ellas allí.

Porque, claro, no tenía sentido ninguno que en el mismo sitio y a la vez se fuera a dar una charla sobre las autoras del siglo XX, se fuese a proyectar una película independiente de estreno o se fuera a representar una obra de teatro, entre otras cosas.

De esta forma, unos diez minutos después de que se hubieran abierto las puertas y con el recinto casi lleno, empezaron a oírse algunas voces airadas, otras asustadas y mucho movimiento de gente. En esas estaban, con algunos presentes pensando en salir fuera y pedir explicaciones a quienes les habían acomodado.

A quienes intentaban salir se les indicaba amablemente, pero con contundencia, que permanecieran en sus asientos y se les aseguraba que nada malo iba a ocurrir. No todo el mundo se lo tomaba de la misma manera, pero estaba claro que quienes custodiaban las puertas estaban bien entrenadas. 

Realmente, no les dio tiempo a montar mucho más jaleo. 

De repente, las luces de la sala se apagaron y surgió un foco de luz que iluminaba el centro del telón. El rumor cambió a un silencio de expectación. Poco a poco fueron sentándose de nuevo todos los presentes. 

Antes de que volviera el runrún, ella y él aparecieron en el foco. Miraron la sala que se percibía llena y, al unísono, dijeron:
— Sois idiotas.

Sin mediar ninguna palabra más, volvieron a desaparecer.

Dejaron tras de sí gritos, protestas, estupor, reclamaciones,... Todo inútil. Las luces habían sido encendidas, todas las puertas estaban abiertas y no quedaba nadie a quien quejarse. Exactamente como cada individuo presente les había hecho.

A Joaquín. Algún día...

miércoles, junio 12, 2019

La periferia de la pradera

Había muchísimas cosas de las que había renegado. Para ser sincera, poco del resto de su vida había sobrevivido, ni siquera en parte. Tabla rasa se quedó corta hacía una década, cuando dio el salto definitivo con un nuevo nombre y una nueva nacionalidad.

No es que ella hubiera sido parte, ni siquiera pasiva, de los desmanes que desafortunadamente pusieron a su país en los mapas. Había participado con tesón en la resistencia. Pero ese tesón en la lucha colectiva también lo había utilizado para acabar con una genealogía demasiado tosca. Rechazaba de donde venía porque allí era donde más daño le habían infringido. Físico y moral. Más que en las detenciones por sus actividades revolucionarias.

Sin embargo, allí en ese instante, contemplando un paisaje tremendamente conocido comprendió que lo llevaba en la sangre. La periferia de la pradera había sido el hogar del que careció en su casa. 
En esos campos de las lindes de la ciudad de la infancia había encontrado el oasis en un desierto aterrador plagado de alimañas. En ese espacio de desterrados se encontró siendo social, libre, ella. Había tenido una familia.

Sus acompañantes no se atrevieron a decir una palabra de la sonrisa. La primera que le habían visto en 30 años. 

Para David, que me regaló el título.

viernes, junio 07, 2019

Encuentro

Enlazaban las palabras igual que las ideas. Volaban raudas cual gaviotas en mar brava. Surgían todas las ramificaciones que volvían al tronco originario aportando nueva savia. Se fundían estrellas fugaces cargadas de halos formados por millones de puntos neuronales. 

Las descargas eléctricas podían sentirse en kilómetros a la redonda, pero sólo por aquellas dispuestas a tocar suelo y realidad, en lugar de perderse en el vacío masificado. Era un universo en expansión a vista de tierra, sin peligro de extinguirse, porque el tiempo adquiría la dimensión simultánea que nos negamos en nuestro día a día.

Era hogar y era nuevo. Era de siempre y era recién encontrada. Testigos que daban guion sólo por detallar la circunferencia que se iba convirtiendo en una espiral sin fin, huracán que no arrastra. 

Podría haber durado toda la vida. Puede haber durado la eternidad. La historia es relativa.

miércoles, mayo 22, 2019

Desprendimiento

Me gusta sentir su calor, oscuro, denso, vital, mío. Sobre todo mío. Vertiéndose de la copa para enseñarme quién soy en lo primigenio, donde no quedan testigos que me tergiversen.

Nunca pensé que mi gelidez, el frío que me acompaña, escondiera un calor semejante, que me reconcilia con la mujer que soy, latente tanto tiempo y, sin embargo, palpitante. 

El tacto de esa tibieza que creí repugnante sólo me despierta sorpresa y sonrisas. Quiero tocarla, dejarla escurrir por mis muslos, abandonarme y romper el tabú que a mí misma me atenazaba.

Es yo no que escapa, define. No para delimitar, sino para dejarme recuperar la libertad más que perdida, nunca poseída. Me la cortaron al nacer y mirar entre mis piernas.

Ahora, con este caliz vacío, resquebrajo ideas preconcebidas porque ya no me da asco, ya no me doy asco. Me disfruto, me siento, me permito.

Recorrer mi yo entero y estremecerme.

lunes, julio 09, 2018

Despertares

Todas las mañanas de verano tienen rayos de infancia. De amaneceres de despertar somnoliento y relajado con el sonido de la vida que se levanta. De mirada a la luz que entra entre las lamas de la persiana, a medio bajar para que entre el fresco. De primer pensamiento sobre si hoy saldrás en bici tempranito, sintiendo el aire fresco en toda la piel desnuda y la sonrisa que aparece invocada por ese instante de libertad sobre dos ruedas. 

Algo hay diferente en la salida del sol en el estío. Feliz. Despreocupada. Limpiadora eficaz de las mil preocupaciones que rondan la cabeza, la mayoría creadas por una misma porque me permito que el mundo pese. En estas madrugadas casi mañana, el aire respirado sabe distinto porque aligera los pulmones y abre posibilidades. Sobre todo de calma, de paz más allá del mundo adulto que se han inventado para nosotras y no siempre me vale. 

Despierta antes de que suene el despertador que me devuelva a la madurez de mis años, reposo en la cama y me dejo acunar por los ruidos de esta calle, más ruidosa que antaño y, sin embargo, ajena al bullicio invernal bajo la oscuridad de días más cortos. El sol desprende esa luz anaranjada que acaricia mi cuerpo desnudo y cuyo tacto me vuelve aún más perezosa. Quiero y no quiero levantarme. Quiero, porque siento que mi día estará lleno de opciones deliciosas. No quiero, porque cruza mi mente la constatación de que el trabajo será lo de siempre. 

Entrecierro los ojos y me dejo vacía. Paladeando las legañas infantiles y su natural alegría. Respiro niñez y no me asusto por las primeras notas del móvil avisando que ya es hora de ser mujer. 
Hoy caminaremos juntas. 

domingo, noviembre 26, 2017

La creación del sueño

Cada vez que intento un futuro nuevo aparecen los lienzos multicolor que tienen miles de trazos distintos. Como tirar de un hilo infinito intrincado en un jersey de los de abuela, que abrazan y calientan hasta el punto que no quieres quitártelo nunca. El riesgo es ese: no querer abandonar la comodidad de la pintura cientos de veces repetida en diversas versiones, pero siempre la misma. 

Añoro la capacidad de olvidar para retornar a una posteridad tan ajena a mí como suficiente para dejarme vivir al son de todos los ritmos que mi cabeza es capaz de imaginar, pero mi boca enmudece para que mis manos no encuentren los picaportes adecuados.

Ojalá esa ceguera única de quienes han aprendido que las utopías saben mejor si las aliñas con el arrojo de crecer al lado de quienes son tan distintos que acaban siendo siameses contigo. Agudizan el resto de sentidos para hermanarse con ese otro yo que reside en cada uno, a veces fragmentado en segmentos diminutos, sólo localizables si les da la luz.

Cojo todos los pinceles disponibles y sólo me encuentro con botes vacíos en los que es imposible humedecer las ideas para aguar las preconcebidas elecciones que me llevaron hasta una cama donde yacer inmóvil mientras se agitan las ventanas hasta estallarme encima.

Los grillos acompañan a las cigarras en sones sólo audibles por mí, como preludio de la sinfonía no escrita por la que reconvertir el pentagrama en salida de incendios despejada.

Así, comprendo que el problema está en el intento y agarro con fuerza la determinación que es ser.

domingo, noviembre 19, 2017

Casa ajena

Recorre los metros de su piso y vislumbra en todos ellos los recuerdos de un pasado que le hizo daño. Reflexiona en sí y se descubre ajena al hogar que se ha construido en los últimos años. Terreno abonado por otros, ausente de su propiedad que la acoge por herencia, si bien lleva toda una vida desheredada.

Intenta recomponer el lugar al que pertenecer, pero los cimientos sobre el regalo de quien le quitó al nacer la capacidad de pertenencia, tiemblan bajo sus ya trémulas piernas. Los ladrillos se le transforman en anclas adheridas a profundidades que abandonó a duras penas en la adolescencia. Vacía cada hueco que puede para limpiar la maleza, con espinas que aún le pinchan y crean tormentas mojadas. Deja espacios en blanco para permitirse respirar sin marcos. Elige amorosamente cada nuevo objeto, escasos. 

Y, a pesar de todos los intentos, se mantiene ajena. No dirá que es su casa. No sentará las bases de la familia que es ella. No se consentirá bajar la guardia. Las lanzas siguen en ristre y los tambores de guerra retumban desde el pecho, aunque no los deje salir fuera. Presta a la guerra, no olvida heridas años ha cicatrizadas, las siente sangrantes y dolientes. No las deja y, con ellas, continúa el miedo y se mantiene presa. De sí misma, sin saberlo, ahogando las posibilidades de encontrar el lugar donde reposar la cabeza, los brazos, el cuerpo entero y su alma en pena. 

Escruta cada pared, que es el horizonte delimitado, para descubrirse en ellas. Es sus propias fronteras de las que no sabe salir, se enreda. Corta las ramas que ha creado y empieza a ver el claro. Dentro, muy dentro. Quizás lo logre. Ser su hogar. Llegar a él antes de volverse una viva muerta. 

sábado, octubre 28, 2017

Tras la puerta

Corre a la mirilla, como cada vez que escucha la puerta del bloque cerrarse, ventajas de vivir en el bajo. La mayoría de las veces es para nada y vuelve desilusionado y arrastrando los pies al sofá. Esta vez ha habido suerte: ahí está ella. «Provocando como siempre», se murmura, bajito, para que ella no lo oiga. Lo tiene clarísimo: ella se cimbrea así para él, porque sabe que la está mirando. Mucho quejarse, mucha denuncia, pero está clarísimo que se pavonea en sus narices, allí, detrás de la puerta que los separa, con esos aires de suficiencia por haber estudiado más que él, «hasta el final».
«Quién se habrá creído la putilla ésta», con esos conteneos ¿cómo se va a controlar él, que ya tiene la mano en la entrepierna, agarrando su polla dura contra esa maldita madera que los mantiene lejos? «¿Cómo va a poder controlarse un hombre ante semejante espectáculo?», se dice, por comodidad, inconsciente de que, precisamente, por su condición de hombre, y no animal, no sólo puede, sino que debe controlarse, respetar a su vecina del cuarto, por mucho que ella le sonriera, sea educada, aceptara una vez su invitación a una copa en su casa. Él no está para eso, no está para nada que suponga aceptar que ella es otro ser humano, y menos ahora que su mano sube y baja por su miembro, pantalones de chándal ya a sus pies, mordiéndose el labio y con el ojo derecho tan pegado a la mirilla que casi podría salir por el otro lado. 

Ella lo nota. No puede tener la certeza absoluta, pero sabe que él la vigila detrás de la puerta cada vez que entra en el edificio. LO SABE. Porque siente ese no sé que le eriza la piel y la hace casi correr hasta el primer tramo de escaleras. Por desgracia no tiene escapatoria. No le quedan más ovarios que pasar delante del vano de ese «desgraciado, asqueroso, baboso» que le repele tanto como la asusta.
Cuando se mudó no calibró correctamente el nivel de garrulismo de su «amable» vecino del Bajo C. Aceptó ir a su casa, sin saber que acabaría manoseada antes de lograr traspasar el umbral asqueada y casi gritando auxilio, para nada, porque los vecinos preferían ser testigos que parte.
Alguna vez había pensado encararse, llamar, aporrearle la puerta, que sería como hacerlo en su cara porque seguro estaba detrás, a veces había notado movimiento por la mirilla. Al final había decidido que era imposible dialogar con semejante animal, que ya se había cansado de explicarle por qué no la estaba respetando. Llegó a sonreír al recordar la vez que se le ocurrió llevarle un libro, a ver si así lo entendía. La cara de él, incrédula al principio, colorada poco a poco y de absoluto cabreo cuando empezó a gritarle que quién se había creído ella para insultarle, que si se pensaba que él no había leído nunca... Y, la verdad, hasta ese momento no se lo había planteado, pero entonces comprendió que, quizás, ni había acabado la enseñanza obligatoria.
La sonrisa le duró poco, se puso alerta en cuanto escuchó un ruido en el Bajo C, un espasmo, un gemido ahogado que la asqueó cuando alcanzó el primer escalón y se sintió algo más a salvo.

viernes, octubre 27, 2017

El sueño de la felicidad

Lo tenía clarísimo. Nada más ver la imagen lo comprendió. Era su futuro, ni más ni menos. Y se lo dijo a sí misma: «así voy a acabar, desnuda y rodeada de libros que serán mis muebles, mi cama, mi todo». No sólo es que se lo dijera, lo sintió en su piel. Cada milímetro de su cuerpo reaccionó a la que sería la caricia suave del papel, al tacto delicado de algunos cueros y telas de sus ediciones más queridas. Su olfato despertó con el aroma de tinta, tan conocido, tan querido, tan absolutamente suyo. Sus dedos se crisparon levemente ante la idea de toquetear, a saltos, páginas y páginas; sus ojos se entrecerraron soñadores de las mil y una historias que descubrirían para deleite de su espíritu, que dormiría tranquilo en las narraciones. 
La desnudez sería la alegoría de la ausencia de mayor necesidad que sus queridos libros y el resto de su tiempo estaría destinado a ellos.
No podía haber imagen que la hiciera sentir más feliz. Y así, poco a poco, y con delicadeza, fue descubriendo su cuerpo. A la vez que se quitaba la camiseta, recorría las pilas de libros que ya ocupaban su pasillo desde hace tiempo. Quería más. Se desprendía del sujetador mientras vaciaba la primera estantería y recolocaba los ejemplares por el suelo de su salón. 
Caía la falda desde sus caderas a sus pies con gracia, a la vez que la segunda librería de la sala era despejada. Aquí se detuvo con mayor delicadeza. Eran sus ejemplares de poesía, a algunos de los cuales les tenía especial cariño. Se regodeó, tirada en el suelo, ya desnuda, releyendo versos, poemas, dedicatorias y se dejaba mecer por el embriagador poder de la rima.
Continuó por toda la casa, desparramando libros y libros, pensando en las nuevas adquisiciones para cubrir algunos pequeños huecos en el suelo del dormitorio, y tras acabar, satisfecha, se tumbó, juguetona, sobre todos aquellos que ocupaban su salón. Alargó la mano, perezosa, para alcanzar cualquier libro al azar y lo abrió, igualmente, dejándose ir. 
La felicidad ocupó todo el aire y allí quedó, sin mundo alrededor, sin otros que no fueran los personajes que leía, hermanos ya, hogar. 

Para Á. cuya foto me inspiró, y para V. cuya conversación me llevó a este texto.