lunes, julio 09, 2018

Despertares

Todas las mañanas de verano tienen rayos de infancia. De amaneceres de despertar somnoliento y relajado con el sonido de la vida que se levanta. De mirada a la luz que entra entre las lamas de la persiana, a medio bajar para que entre el fresco. De primer pensamiento sobre si hoy saldrás en bici tempranito, sintiendo el aire fresco en toda la piel desnuda y la sonrisa que aparece invocada por ese instante de libertad sobre dos ruedas. 

Algo hay diferente en la salida del sol en el estío. Feliz. Despreocupada. Limpiadora eficaz de las mil preocupaciones que rondan la cabeza, la mayoría creadas por una misma porque me permito que el mundo pese. En estas madrugadas casi mañana, el aire respirado sabe distinto porque aligera los pulmones y abre posibilidades. Sobre todo de calma, de paz más allá del mundo adulto que se han inventado para nosotras y no siempre me vale. 

Despierta antes de que suene el despertador que me devuelva a la madurez de mis años, reposo en la cama y me dejo acunar por los ruidos de esta calle, más ruidosa que antaño y, sin embargo, ajena al bullicio invernal bajo la oscuridad de días más cortos. El sol desprende esa luz anaranjada que acaricia mi cuerpo desnudo y cuyo tacto me vuelve aún más perezosa. Quiero y no quiero levantarme. Quiero, porque siento que mi día estará lleno de opciones deliciosas. No quiero, porque cruza mi mente la constatación de que el trabajo será lo de siempre. 

Entrecierro los ojos y me dejo vacía. Paladeando las legañas infantiles y su natural alegría. Respiro niñez y no me asusto por las primeras notas del móvil avisando que ya es hora de ser mujer. 
Hoy caminaremos juntas. 

sábado, mayo 19, 2018

El tacto en mis pies

Echo de menos caminar sobre suelos de madera. La textura bajo mis pies, el color que dan a la casa, su brillo desgastado por donde más pisaron, pisamos, por donde movemos muebles.

Echo de menos la sensación de hogar de ese piso que no era mío ni jamás lo sería y que, sin embargo, sentí más casa que estos 78 metros cuadrados que llevo habitando más de media vida y no consigo hacer míos por mucho que me empeñe, limpie y redecore.

Echo de menos esos otros suelos entarimados de una infancia en leotardos, de tardes frías junto al abuelo que nunca me dio miedo y sentí cariñoso por algún motivo extraño.

Echo de menos que no sea falso, ni sobre mármol o terrazo. Si no que sea único, y ajado, y viejo y cálido y que me haga pertenecer como nos pertenecíamos el uno al otro. También eso lo añoro: ser dos que son una (pareja). Calidez viva junto a la del suelo que pisábamos y que era para mí el sueño de mi vida hecho realidad.

Y puede que esa fuera la pega. Que el sueño me cegara de la realidad acerca de que ese entarimado no era mío, que la que andaba descalza sobre él no era del todo yo y que tú nunca fuiste capaz de estar al completo porque te parecí demasiado en seguro como para preocuparte. 

Así que ahora echo de menos el recuerdo que se construyó sobre un sueño de la infancia, con lo cual, nunca tuvo cimientos.

¿Puedo añorar un futuro en el que el sueño ya desvanecido sea una realidad construida por mí? Lo hago, soñar de nuevo para crear otro mundo que sea mío, mientras la planta de mis pies rememora ese otro suelo cálido y ajado.

miércoles, abril 25, 2018

Caricias

Siento todos vuestros roces. La mano descuidada que redirige mi camino. La palma amiga que protege inconscientemente. El tacto del abrazo más largo. La rodilla contra la mía por inercia del movimiento. Los dedos sutiles que no saben si hablar. 
Siento lo consciente y el accidente. 
Siento todo. Por encima de la ropa como si fuera sobre mi piel desnuda. Y me estremezco hacia dentro para no ser percibida. Para ocultar que reacciono, que noto, que todo mi cuerpo responde y mi cabeza se dirige rauda al punto exacto donde el otro, quien es externo, pasa a ser parte. 
Y quedo enganchada, prendida, colgada. De mí. De mis sentidos concentrados. 

miércoles, abril 18, 2018

Reencuentro

Dejo huella. Donde voy, a quien amo. Dejo huella. Toda una vida narrándome una historia ficticia para mantenerme a raya. Para creerme segura en el olvido que inventaba para no enfrentarme a la herida. La antigua. La que marcaron como si fuera un animal y no se ha borrado en todos estos años, aunque la haya ocultado con capas de una seguridad ficticia en sonrisas aprendidas para evitar el conflicto. Con quien amaba. Con quien me quiso mucho y mal. 
Y, entonces, de repente, el círculo que llevo recorriendo toda la vida me lleva casi al principio y me tropiezo con ellas. Mis propias huellas. Las que creía inexistentes, borradas, pisoteadas por otras que llegaron después más brillantes, más importantes, siempre mejores que yo. Y no. Ahí están. Las marcas de mis palabras, mis acciones, mi yo por completo o, al menos, esa pequeña parte que me atrevo a mostrar cuando el animal herido se retira un poco y deja asomar levemente a la niña pequeña cuya curiosidad es insondable. 
¿Qué siento? Sorpresa. ¿Alivio? Una alegría antes desconocida y extraña que me hace un poquito más liviana. ¿Ganas de llorar? Lágrimas que no se vierten. Amor. El amor de los otros. Quienes me dicen desde siempre, sin yo escucharlo (sin quererlo escuchar) que existo y dejo marcas. Buenas. De las que gusta acariciarse. De las que pueden ser un abrazo en la deriva. 
Me desmonto toda una arquitectura inventada desde unos cimientos temblorosos que se convirtieron en fuertes a base de aferrarme a ellos. Por una vez no es un derrumbe. Y me replanteo. Revisito aquellas fantasías dadas por verdaderas. Salgo del anillo hacia una nueva elipse. Freno las vueltas para reubicarme. Sonrío.
Si los demás no borran mis rastros, procuraré no ser yo la que desaparezca. 

viernes, marzo 30, 2018

Reconciliación

Hice muy buen trabajo borrando el rastro de mi memoria. El dolor fue tan intenso que arrasé hasta con momentos felices que aparecen difuminados en un paseo sin rumbo que me lleva a los lugares por donde transcurrió mi infancia.
Hice tan buen trabajo que las cientos de reconstrucciones de mi vida no pueden ser llamadas como tales. Reedificar supone partir de unos cimientos, inexistentes en mi caso. Podría hablar de reinventar, pero incluso así sería necesaria una base con la que hilvanar las nuevas realidades de mi persona. Por tanto, en todo este tiempo me he dedicado a ser la pérdida de una identidad que muestra las caras diferentes que me pruebo. 
Sólo ahora, cuando voy encontrando las esquirlas abandonadas en un oscuro y profundo rincón, aparezco o me reconozco en quien soy, compendio de herencias indeseadas de las que formo parte. 
Por fin entiendo que mi pertenencia no está puesta en duda salvo por quien quise ser sin ser de donde venía. Y de dónde vengo es lo que me permite restaurar un yo único y diferente a todo de lo que provengo. 

miércoles, febrero 28, 2018

Aparezco

Hay una tristeza de profundidad abisal. Baja, cae, alcanza lugares inaccesibles mientras arrastra. Tira sin piedad a la vez que pedazos saltan a la superficie como recordatorio de su existencia. Es una pena tan preparada que se agazapa como la mejor cazadora, al acecho sigiloso de quien conoce a su presa. No sirven en ella las mejores linternas colocadas hacia delante con haces de serie de FBI. Queda la luz amortiguada por una oscuridad cortante y silenciosa que penetra en cada resquicio de oxígeno, oprimiendo el pecho hasta hacer a la cabeza, incansable, explotar en los saltos imparables y desbocados.

Se ceba de lluvias torrenciales que amargamente arramblan con el cauce apenas recién creado con temblorosas manos inexpertas. En una corriente infinitamente callada y subterránea hasta que el resquebrajamiento de la personalidad le abre camino sin barreras.

Cuando llega, ya apenas quedan fuerzas para luchar contra ella. Y guerreo. Combato como si se me fuera la vida en ello, porque la vida es lo que me juego y no importa si me siento la célula diminuta frente al gran pez antediluviano cuyos dientes en fauces abiertas son el preludio de convertirme en merienda.

Comprendo tarde que queda poco de mí entre tanta ruina y el submarino de rescate lanza SOS a mí misma como último recurso al recuerdo. Por si despierta la añoranza de esa alegría innata que me ha salvado tantas veces.

Cual terminaciones nerviosas en alerta, saltan los impulsos azules, morados, intermitentes, incansables, convertidos en las sirenas de toda una tropa de ambulancias y coches de bombero que siguen sin acabar del todo con la negrura que me aflige.

Y escribo, escribo, escribo. Escribo para vaciar, para no llorar o llorar sobre el teclado, sobre la hoja, sobre la mesa, sobre cualquier cosa que no sea este clamor doloroso que me hace saltar quieta y acaba con las pocas energías que reservaba.

Y escribo, escribo, escribo como defensa y como ataque, como salida y como huida mientras permanezco mirando la sima a la que he saltado tantas veces en una sola vida que pensé que ya estaría cubierta de todos mis cadáveres y no habría caída posible. Sin embargo, aquí tampoco son suficiente mis huesos para sostenerme, ni siquiera los millones de ellos que se han roto en cada intento de salvar el precipicio que decían llevar al vacío fértil. Pero si fértil es esta hondonada, yo no encuentro los abonos que me permitan no querer llorar tanto que se inunde mi casa, mi ciudad, el mundo hasta ahogarme en mis propias lágrimas, por si así comprendo, de una vez y para siempre, esta congoja inhumana hecha humanamente de mí.

Y rezo a lo que quede de deidad en este mundo sin deidades para que sea suficiente. Que las palabras sean de nuevo tabla y nave. Porque, si no, sólo quedarán ausencias repletas de este sufrimiento al que abrazo porque es lo más conocido que tengo. Y no lo quiero. No lo quiero ya, aunque sea mi más fiel compañero. 

lunes, enero 29, 2018

Juegos vespertinos

Podría esperar una vida entera a que las cosas encontrasen su lugar, porque nada parece en su sitio.Yo sí, estoy, en mi espacio, ése que no deja que los demás entren a pisotear los suelos recién fregados y donde las caricias parecen de acero cuando no son pedidas. O no. Puede que todo esté en su lugar y sea yo la salida de cuadro, de las líneas por donde colorear. En los dibujos no fui tan mala, pero seguir las líneas de escritura siempre fueron un problema, hasta cuando venían marcadas.

En cualquier caso, permanecer en el estado de expectación es, quizás, el recurso de los peter pan más perdidos que sus niños porque son en realidad adultos a media jornada que en la otra mitad les gustaría coger el chupete y echarse a dormir en la cuna, arropados por una mano cariñosa.

O no.

Puede que la madurez que representó toda mi niñez y juventud reviertan en un tiempo loco y sea como un extraño caso del señor Button pero en continuo envejecimiento y con la celulitis empezando a campar a sus anchas en mis glúteos, por muchos esfuerzos que ponga en mantener tersa una piel que no rodea más kilos de los que rodeó el resto de mi vida.

O, tal vez, y sólo tal vez, me esté inventando toda una historia simplemente para reorganizar la que me dieron predestinada aquel caluroso día de hace unas décadas, cuando me decidí a salir por puro aburrimiento y no necesidad. Por necesidad ni me habría tomado la molestia de nacer. Al fin y al cabo no existe ninguna meta ni objetivo que tenga mi vida, más allá de pasar aquí los años que me correspondan intentando no ser demasiado dañina. Especialmente para mí.

Así es más fácil acampar a unas anchas muy estrechas y contemplar los atardeceres que me recomendaba mi oculista, en un romántico intento de mantener mis cansados ojos lectores, sanos el mayor tiempo posible. Como si leer menos fuera una opción. Observar cómo se oculta el sol sí que lo es. Y se puede hacer en la más absoluta soledad sin sentirse pequeña, porque para diminuta, la razón que tengo para estar en movimiento como si fuera yo la tierra que gira alrededor del tiempo que es el astro rey de nuestras vidas.

Sin embargo, no quiero consuelos cuando el sentir ya es suficiente motivo para comprender que en la cabeza habita mi alma, pero es mi corazón el que bombea las ideas que la nutren.

domingo, noviembre 26, 2017

La creación del sueño

Cada vez que intento un futuro nuevo aparecen los lienzos multicolor que tienen miles de trazos distintos. Como tirar de un hilo infinito intrincado en un jersey de los de abuela, que abrazan y calientan hasta el punto que no quieres quitártelo nunca. El riesgo es ese: no querer abandonar la comodidad de la pintura cientos de veces repetida en diversas versiones, pero siempre la misma. 

Añoro la capacidad de olvidar para retornar a una posteridad tan ajena a mí como suficiente para dejarme vivir al son de todos los ritmos que mi cabeza es capaz de imaginar, pero mi boca enmudece para que mis manos no encuentren los picaportes adecuados.

Ojalá esa ceguera única de quienes han aprendido que las utopías saben mejor si las aliñas con el arrojo de crecer al lado de quienes son tan distintos que acaban siendo siameses contigo. Agudizan el resto de sentidos para hermanarse con ese otro yo que reside en cada uno, a veces fragmentado en segmentos diminutos, sólo localizables si les da la luz.

Cojo todos los pinceles disponibles y sólo me encuentro con botes vacíos en los que es imposible humedecer las ideas para aguar las preconcebidas elecciones que me llevaron hasta una cama donde yacer inmóvil mientras se agitan las ventanas hasta estallarme encima.

Los grillos acompañan a las cigarras en sones sólo audibles por mí, como preludio de la sinfonía no escrita por la que reconvertir el pentagrama en salida de incendios despejada.

Así, comprendo que el problema está en el intento y agarro con fuerza la determinación que es ser.

domingo, noviembre 19, 2017

Casa ajena

Recorre los metros de su piso y vislumbra en todos ellos los recuerdos de un pasado que le hizo daño. Reflexiona en sí y se descubre ajena al hogar que se ha construido en los últimos años. Terreno abonado por otros, ausente de su propiedad que la acoge por herencia, si bien lleva toda una vida desheredada.

Intenta recomponer el lugar al que pertenecer, pero los cimientos sobre el regalo de quien le quitó al nacer la capacidad de pertenencia, tiemblan bajo sus ya trémulas piernas. Los ladrillos se le transforman en anclas adheridas a profundidades que abandonó a duras penas en la adolescencia. Vacía cada hueco que puede para limpiar la maleza, con espinas que aún le pinchan y crean tormentas mojadas. Deja espacios en blanco para permitirse respirar sin marcos. Elige amorosamente cada nuevo objeto, escasos. 

Y, a pesar de todos los intentos, se mantiene ajena. No dirá que es su casa. No sentará las bases de la familia que es ella. No se consentirá bajar la guardia. Las lanzas siguen en ristre y los tambores de guerra retumban desde el pecho, aunque no los deje salir fuera. Presta a la guerra, no olvida heridas años ha cicatrizadas, las siente sangrantes y dolientes. No las deja y, con ellas, continúa el miedo y se mantiene presa. De sí misma, sin saberlo, ahogando las posibilidades de encontrar el lugar donde reposar la cabeza, los brazos, el cuerpo entero y su alma en pena. 

Escruta cada pared, que es el horizonte delimitado, para descubrirse en ellas. Es sus propias fronteras de las que no sabe salir, se enreda. Corta las ramas que ha creado y empieza a ver el claro. Dentro, muy dentro. Quizás lo logre. Ser su hogar. Llegar a él antes de volverse una viva muerta.