miércoles, febrero 15, 2017

Cielo

El viento ayuda en el desplazamiento. Eleva y recorre las plumas cuya suavidad compite con la de las nubes. Mirar hacia abajo no tiene sentido, perdido ya el horizonte. 

Ligera, ligera, ligera.

Lastres abandonados ya no llaman. A los pies de una cama para siempre vacía. El sol que se filtra apenas ciega unos ojos de por sí cerrados. Se queda con el tacto en la cara. El calor de la luz junto al frescor del viento. 

Arriba, arriba, arriba.

Se vislumbran estrellas en un día donde llegará a lo más alto. Sin miedo a Ícaro, porque las caídas anteriores siempre fueron peores. El cuerpo acostumbrado a heridas no sufre por más cicatrices. Los caminos del firmamento los marca ella. 

Paz, paz, paz.

Permanece el silencio que aúlla. Es la calma perdida. Reaparece sin llamar en un vuelo no planeado por el que planea ardientemente. Batir las alas se convierte en el movimiento natural de su pensamiento. 

Hambriento, hambriento, hambriento.

Sacia las ansias con desaparecida voz. Los crujidos de la traquea por la que respira no dejan lugar a dudas. Hay vacíos demasiado llenos. Se pierden los escondites si está expuesta. 

No hay lugar en el que reposar las alas si todo se incendia a su paso. Encuentra el desierto que siempre tuvo. Allí, en la seguridad del hogar perdido, se posa.

domingo, enero 29, 2017

Arroz negro

Dejó que la luz diera vida a lo que había depositado sobre la mesa. Por una vez, el negro sobre blanco no eran las letras que compulsivamente tecleaba en la pantalla para dejar brotar las flores marchitas de su corazón. Los granos de arroz creaban su propia historia sobre el plato, tan blanco que dolía en el reflejo del sol. A través de la ventana entraba a raudales una mañana que empezaba a convertirse en tarde y que jugaba con el agua dentro del vaso para crear tonalidades tornasoladas de arcoiris. Contempló desde arriba, creando así la imagen que las redes sociales aplauden ineludiblemente. Y pensó en las telarañas que se habían instalado en sus rincones, atrapando las moscas de pensamientos en huida.

Intento de fuga en el borde del plato. Un grano rebelde que escaló hacia la cumbre. Como aquel punto y seguido que se convirtió en punto final: descolgado. Casi parpadeante, en un código morse que sólo dice 'no quiero estar ahí dentro'. El problema es cuando ese interior son los pensamientos propios. Le gustaría ser él mismo quien escapa, pero está encallado. Lo bueno es que los pozos estancados sólo huelen cuando se les agita, y pocas personas tenían ese poder. Una y otra vez lo usaban, y no sabía la manera de quitarles de una puñetera vez el palo. Quizás golpearles con él y quedarse, por fin, tranquilo. 

Desvió por un instante la mirada. Se quedó prendada del agua inmóvil del vaso. Clara, como aquellas conversaciones. Casi eran más silencios que palabras dichas, pero tan profundas que se sentía tocado. La vida, los anhelos, las frustraciones, los problemas, las risas, todo era más fácil cuando charlaba de esa manera en que no había ni una pizca de desconfianza. Pero ésta se instaló para quedarse y no restaba quien fuera depositario de sus respuestas. Ni siquiera de sus preguntas. A veces dudaba de que hubiera alguien más allá de sus paredes. 

La hoja del cuchillo, semiescondida, formó la alegoría de los filos que tantas veces le habían cortado, caminando sobre ellos. Las cuchillas habían sido creadas por él, más que nada porque nunca dejó a otra persona construir un mundo inhabitado, repleto de seres humanos a los que jamás abrazaría. 

Todo contacto era falso. Todo afecto era fingido.

Eso es lo que se repite desde que recuerda. Mientras deja que su vida siga escribiendo las mentiras que todo el mundo considera su biografía. Es más fácil mentir cuando la contundencia convierte en verdad cualquier atisbo de oportunidad. El truco está en dejar la puerta lo suficientemente abierta para que el otro piense que es testigo de todo el cuadro. Por eso funcionan las escenas de cine. Por eso funciona él.

Los engranajes no fallan si cada rueda continúa en su sitio. Incluso cuando algún diente está desgastado, sin un encaje perfecto, puede pasar desapercibida la pequeña vibración. Sólo los listos comprenderán que esos ínfimos saltos de raccord son las señales del fin. La mayoría ni los percibe, el resto los toma por errores de montaje que pertenecen a otro. Ni siquiera en la existencia de sus congéneres les parecen avisos, sólo las malas rachas que no duran eternamente, porque nada podría ser infinito. Salvo su propia ignorancia.

Cogió el tenedor con firmeza para acercar a su boca el manjar que había preparado. Estaba listo para engullir las realidades creadas. A la espera de que la ficción, por una vez, superase los días que no dejaban de caer del calendario y le acercaban a la vejez. No quería ser anciano. No por dejar un bonito cadáver. Más bien era una cuestión de inutilidad. Nada más desperdiciado que una vida larga, por cuanto vivir no tiene ningún significado. 

Al primer contacto de la comida con su paladar, degustó ese sabor negro que le provocaba una sonrisa. Se dejó envolver por el placer que explotaba en su lengua. Echó hacia atrás la cabeza, en éxtasis. Todo su ser se concentró en ese único punto que formaban sus papilas gustativas en ese instante. Tan feliz, no se dio cuenta de que su deseo iba a ser concedido mucho antes de lo esperado. 

Gracias a D., cuya foto inspiró este texto.

jueves, enero 12, 2017

Excursión

Coge un hilo y lo enreda con el siguiente. Enlaza oquedades hasta atorar los espacios. Centrifuga cual lavadora a 1.200 revoluciones. Tira, aprieta, estira, pinza, pincha y atasca hasta llenar de aire a presión. Empuja hacía arriba para no dejar hueco. Agita hasta la aceleración máxima, impidiendo la concentración. 

Un punto se convierte en el universo y no existe otra cosa. Angustia. Asfixia. Taquicardia. Miedo. Enfado. Ira. Lágrimas. 

Resiste el cuerpo inerte, que se llena de vida en rebelión. Pero la resistencia sólo provoca más guerra. La goma se estira hasta el infinito, porque siempre vuelve a su posición inicial, incómoda. Los nudos son ovillos con los que han jugado todos los gatos del barrio. Luego, una mano ¿inocente? los lanza para que sean los perros quienes los traigan moviendo la cola alegremente. La pobre pelota es la única que sufre en el juego.

El torbellino tiene un epicentro, al igual que el terremoto. Todo junto alcanza el nivel de tsunami y así se sienten los miembros: apaleados por olas gigantescas que reconfiguran el cerebro, ya maltrecho y con un funcionamiento desigual. Intentar apartar las ramas en la jungla requiere un machete. Pero lo hemos dejado en casa. Toca cortarse las manos y arañarse las piernas para que la respiración vuelva a su sitio, los pulmones.

La hiperoxigenación es tan mala como la ausencia de aire. Se nubla la vista y queda un pequeño recuadro enmarcado en negro. Así, sólo entra en el campo de visión aquello que nos ha quitado el sueño, el hambre, las ganas, la vida... Porque no es vida si vas cómo los burros, ni siquiera es a ciegas, sino dirigida. 

Ojalá una visita al váter fuera la solución definitiva. Pero no se puede tirar de esta cadena.

domingo, enero 08, 2017

Enfermedad

Quisiera dejar dichas todas las palabras que atoran mi garganta.
Quisiera abrazar el vacío que llena lo que mi piel rodea y llamo mi casa.
Quisiera que no hubiera dolor dentro cuando contemplo aquello que me deja sin esperanza.
Quisiera que la sonrisa nunca fuera falsa.
Que mis dedos acariciaran mi cuerpo y mimasen cada centímetro de quien soy.
Quisiera sentir que alcanzo.
Quisiera mirar y ver.
Quisiera saber escuchar los silencios que me golpean.
Quisiera la tristeza.
Quisiera un precipicio al que saltar.
Quisiera, quisiera, quisiera.
Quisiera el todo que soy frente a la nada que me asfixia. Pero sólo encuentro a mí, perdida una y otra vez en el laberinto que construyo desde niña. Donde no hay salida. Porque la única ventana abierta es de un décimo primer piso sin ascensor ni piscina. Y mis piernas se resisten a subir al alféizar para mirar si, desde lo alto, encuentro la escalera de incendios. Sólo hay un mundo y no es redondo. Es circular y me lleva siempre al mismo punto del que salí huyendo. 

Huida. La palabra que define una vida y la llena de frases. No es como si no existiera un discurso. La línea argumental se ha perdido en la inopia de las palabras. Cada dedo sobre una letra, que no es más que la tecla equivocada llenando de x y z lo que debían ser párrafos.

Tanto anhelo expresado para ocultar la verdad: no quiero. No quiero sentir porque cuando siento duelo y si duelo, muero porque vivir asfixia, si es con sentimiento. Porque equivocarse no es un error, si no la forma. No hay manera de salirse del cuadro si lo que te queda es un marco mirando la ilustración que se mueve entre vosotros. Me difumino hasta ser la yo que siempre he creído. 

Entonces, ¿vivo?

Pensar en cuántas pastillas me quedan en el armario y calcular si serían suficientes para remedar el cuadro de Ofelia sobre mi cama. Sin remordimientos. Pero los pies no se mueven y del techo surgen las sombras que el viento agita sobre el lecho a razón de los gorriones que velan el descanso. Sin embargo, sólo queda vigilia hasta una luz insuficiente para resguardar el cálculo y tirar al váter la nocturnidad.

No puedo hablar de ello. Dejar de lado lo políticamente correcto es un precio que se paga con locura. Lo que no me queda tan claro si es la mía o la suya. Porque firmar papeles en blanco es aceptar la pena de esclavitud que ata a las pantallas.

Llamamos al día, día, porque creemos que la noche se ha ido. Pensamos que la oscuridad nos llenó la cabeza de cuervos, pero es el sol el que, agazapado, roba los sueños en los que volamos. Queda pues la semilla entre los dientes para dar testimonio. La vida siempre se hará camino. 

domingo, diciembre 04, 2016

Conversación

Uno frente al otro. Sin palabras vacuas que no sirvan de mucho. Sin ninguna. Mirándose el uno al otro. Sin tocarse. Enfrentados sin enfrentarse. Protegidos por la campana invisible de sus miradas sostenidas. Sonido de respiraciones en paralelo, como las líneas del pentagrama que intenta crear su melodía. Manos tan cerca que ambos sienten el calor del otro, el palpitar de la vida bajo la piel, aunque ni se rozan. 

Rasgos relajados que se contemplan con la serenidad de quien sabe que el vacío no es lo que acaba con todo. Cómodos ante la presencia que, ausente de frases, contempla y se deja ser contemplada. Conversación carente de manierismos. 

Observación plena de significado que dice tanto como ellos quieran compartir. Preguntas contestadas con brillos repentinos que pueden desaparecer tras el parpadeo que cae lento sobre unos iris caramelo. Cortina de pestañas que roza el aire como la comisura de los labios se contrae en una leve sonrisa. 

Electricidad que viaja y chispea entre ambos con relámpagos de vida. Calambres inesperados que despiertan lo dormido durante años de espera. Eriza el vello al encontrarse lo nunca buscado. 

Se tocan las piernas en una caricia involuntaria y termina el momento que ha sido la eternidad del silencio.

Para M., a quien deseo que encuentre sus silencios y sus palabras, su sitio.

sábado, noviembre 26, 2016

Lluvia de otoño

Escuchar la lluvia me recuerda a ti. Tu voz suave acariciándome, como tus dedos recorrían mi pelo y lo convertían en enmarañada cabellera sobre la que nuestras ilusiones cabalgaban a salto de mata. Mi cabeza reposada en tu regazo con los ojos entrecerrados, dejándome acunar por esas palabras que son ahora las gotas repicando contra el suelo, contra los cristales, los aires acondicionados de los vecinos, en una sinfonía descompasada.

Ver la lluvia caer me recuerda a mí. A enfados que me llevaban a la calle sin paraguas. A dejarme empapar sola o contigo al lado, mirándonos y sonriendo porque a los dos nos gusta calarnos. Salir con la bici en busca de la tormenta para llegar con los pantalones pegados a la piel y el pelo chorreando. Y dejarme arrastrar por el agua que escurre de la ropa, mientras mis ojos se llenan del chaparrón que miran.

El frío me recuerda vivir. Dedos que no me responden porque se estiran hacia lugares no visitados. Espacios abiertos que asfixian porque son desconocidos, bailes de silla hasta encontrar el asiento adecuado. El azul que torna mis manos en cadáver para pellizcarme. Miedo. Ganas. 

El viento me lleva hasta él. Me enseñó a sentirme libre y me quitó la libertad. Revolvió mi mundo y lo puso patas arriba para que yo encontrara el centro, Volé tan lejos como pude arrastrada por la ventisca. Paré en seco como el huracán que decide dormir. Arrasó tanto que años después seguían apareciendo retales.

Las oscuridad me recuerda quien fui. Ya no asusta. Camino sola en penumbras porque llevo mi propia luz. A tientas reconozco los perfiles. Mis pies aman el camino. Lo negro es relativo cuando los ojos se acostumbran. No paraliza la caricia suave de la nada sobre mi piel desnuda.

Cae la tarde tras las ventanas y el día se despereza en un sofá con manta. No estás. 

martes, noviembre 22, 2016

Camina

Abandona el vestido que lleva y camina descalza para sentir el suelo que pisa. Algunos tomarán por altivez los ánimos que se da a sí misma para avanzar erguida. Mirada perdida dentro de sí sin dejar de contemplar el mundo, que asombra sin parar la vida que reside en ese cuerpo pequeño. Largas piernas, extensos brazos, marcan los ritmos que también respira. Exhalación hecha humo, se disuelve en espacios vacíos llenos de incertidumbres duras.

La melena que escurre por la espalda es la cascada por la que resbalan las ideas. Se pierden. Regresan en el remanso del lago que acaba allá, al fondo. Pescadora sin red, se lanza a chapotear en aguas poco profundas que esconden abismos negros. No hay oscuridad en la mirada que busca, sólo raspas aplacan los caminos bifurcados. Tantas elecciones siempre llevan al mismo punto, ése en el que todos confluimos.

La tierra se pega a sus plantas y le recuerda que no hace falta tantear a ciegas. La lengua saborea perfectamente cada gota de limón que achina los ojos. Pesa. Cuando cae al estómago revuelve entrañas saturadas de angustia.

Aparta las ramas que frenan otros andares. Corta de raíz, pero le quedan en las manos como sogas atadas a los tobillos. Avanza en el mismo sitio mientras gira el espacio. La gravedad le da pereza. Es hora de cerrar los ojos. Se llena.

miércoles, noviembre 09, 2016

Golpes

Es más dulce el dolor que el látigo que arranca pedazos de tripas y las esparce por tu universo. El mío desapareció bajo el manto huracanado de la silla eléctrica que enchufé yo misma. Desprendo las tiras una a una para dejar la piel en blanco. Vísceras que se tocan y prueban. Es la mejor manera de aparcar las torturas: saboreándolas. 

Habrá un día en que los grilletes que me impongo no pesen. No será la costumbre, si no la liberación a través de mi propio conocimiento del infinito. Esa realidad que es diaria, aunque nunca antes toqué como propia. Era un futuro incierto que me daba más miedo que el sabor a hierro de la sangre, tan conocido.

Los gatos lamen sus heridas. Los humanos metemos el dedo en la llaga para comprobar que seguimos vivos. Existen muchas muertes escondidas. No son necesarias gafas para verlas, sólo ganas. Ansias que sólo aparecen cuando la mano que me pegaba ha aprendido a acariciar. 

El amor lo puede todo, incluso lo peor. Nadie se ha parado a decirlo, porque nadie quiere reconocer que no sabe amar. Desposeerme de mí misma es abrazar quien soy. Abandonar las ilusiones es encontrar los sueños perdidos. Da igual lo adelante que haya llegado en el camino, la autopista es siempre una tentación demasiado fuerte como para no tomar la próxima salida. Habrá que ir preparando los frenos para percibir el paisaje.

martes, octubre 25, 2016

Cuánto dura un pañuelo

De un sólo uso. Así nacieron. Para no lavar lo que mataba, para no expandir la microscópica enfermedad que amenaza. 

Un sólo uso que nadie respeta. Aparece arrugado en las chaquetas viejas, desaparece en bolsillos de pantalones que dejan lavadoras atascadas con sus tristezas. Está aquel, pulcramente olvidado con las lágrimas que inundaron un día, para dejar seco el corazón de ausencia.

Existen aquellos de madres, calientes en su pecho. Enjugan rabietas, limpian peleas, alivian ser el último, borran chocolate, limpian la limpieza.

Pero algunos son arrojados a la primera. Algunos no duran ni el segundo de ser sacados del paquete. Incapaces de contener el rayo que atraviesa la cabeza, la espada que parte en dos el esternón, las riadas que atenazan la lengua y ciegan los ojos.

Ésos son a los que hablo. Esos que me rodean en la cama. Testigos mudos de mi abrazo a la almohada. Guardianes de mis gritos secretos que nadie más escucha. 

Un pañuelo puede durar días, salvo si la que permanece es la pena.