jueves, julio 25, 2019

Eternas despedidas

La vida está llena de contradicciones y las personas no vamos a ser menos. Personalizo como dicen por ahí que debe hacerse (siempre supe que es mejor/cuando hay que hablar de amor/empezar por uno mismo). La vida está llena de contradicciones y yo no voy a ser menos.

Así que vas a permitirme que me encante desaparecer y sea incapaz de irme de tu no lado a la velocidad requerida para que el pasaje no se nos ponga enfermo. Se me pondría a mí, claro. Tú hace tiempo que no te preocupas por saber si algo necesitaba, al menos, ser escuchado.

Antes había diversión en todo este juego. De repente me di cuenta de que no tenía maldita la gracia y recogí las palabras que chocaron contra las paredes vacías para darles un hogar mejor en el que llenar los espacios en blanco construidos. Se me quedó un hilo enganchado y el jersey ya no es más que una tira diminuta. Soy yo la que ahora lo deshace porque descubrí que no me estaba dando ningún calor. 

El ancla me dice que lleva muchos de tus moluscos renqueantes y la dejo estar. Sé que las aguas claras de mi pensamiento consiguen arrastrar en sus mareas cualquier residuo contaminante. Sólo necesitan los ciclos suficientes para recomponerse.

Hay quien me mira y piensa que mis mayores paradojas tienen que ver con vosotros. 
La realidad es que mi mayor contrasentido soy yo misma.

domingo, julio 14, 2019

Pareja de ases

La sala al principio tenía el típico rumor suave de un espacio que se va llenando de gente diversa. Al ser un auditorio amplio inicalmente había suficientes espacios vacíos como para que las conversaciones no surgieran inmediatamente. Poco a poco, el murmullo fue subiendo. No sólo por una mayor presencia de gente, si no porque empezaban a intuir que algo raro había. Cada una de las personas presentes había recibido una invitación a un evento relacionado con su campo de trabajo o de intereses de ocio. Todo había sido muy cuidadoso, las formas de llegada también, hasta el punto de que no había levantado sospechas en tanto no se habían puesto a hablar entre ellas allí.

Porque, claro, no tenía sentido ninguno que en el mismo sitio y a la vez se fuera a dar una charla sobre las autoras del siglo XX, se fuese a proyectar una película independiente de estreno o se fuera a representar una obra de teatro, entre otras cosas.

De esta forma, unos diez minutos después de que se hubieran abierto las puertas y con el recinto casi lleno, empezaron a oírse algunas voces airadas, otras asustadas y mucho movimiento de gente. En esas estaban, con algunos presentes pensando en salir fuera y pedir explicaciones a quienes les habían acomodado.

A quienes intentaban salir se les indicaba amablemente, pero con contundencia, que permanecieran en sus asientos y se les aseguraba que nada malo iba a ocurrir. No todo el mundo se lo tomaba de la misma manera, pero estaba claro que quienes custodiaban las puertas estaban bien entrenadas. 

Realmente, no les dio tiempo a montar mucho más jaleo. 

De repente, las luces de la sala se apagaron y surgió un foco de luz que iluminaba el centro del telón. El rumor cambió a un silencio de expectación. Poco a poco fueron sentándose de nuevo todos los presentes. 

Antes de que volviera el runrún, ella y él aparecieron en el foco. Miraron la sala que se percibía llena y, al unísono, dijeron:
— Sois idiotas.

Sin mediar ninguna palabra más, volvieron a desaparecer.

Dejaron tras de sí gritos, protestas, estupor, reclamaciones,... Todo inútil. Las luces habían sido encendidas, todas las puertas estaban abiertas y no quedaba nadie a quien quejarse. Exactamente como cada individuo presente les había hecho.

A Joaquín. Algún día...

viernes, junio 14, 2019

Sensimental

He puesto por equivocación sensimental al escribirle a una amiga. En el instante en que iba a corregirla me he dado cuenta de que esa palabra no ha sido un error. Es la descripción perfecta. La combinación del roce en la piel que eriza el vello y la alarma mental de que algo va mal. Las ganas de comerte a besos a alguien y los pies tirando a toda velocidad para el otro lado; la razonable certeza de que ese no es el camino con la constatación de que ya estás en mitad del sendero, la elección consciente de una vida mientras siglos de tradición me lanzan sus cadenas para dejarme ciega y sin fuerza.

Se puede reír y llorar al mismo tiempo. Me puedo ver desde fuera y desde dentro, con desprecio y ternura.

Intentar conciliar ambas partes ya no es tan fácil porque se escapan de las manos las puntadas dadas y las placas tectónicas de este mundo que soy no son tan estables como pudiera parecer desde fuera. Me canso de dar la imagen de una seguridad y aplomo que rara vez poseo, así como esa sensación amarga de que pocos son capaces de comprender que no soy de temer porque sé colocarme en mi sitio.

Tener la garantía de que no tendré el tiempo suficiente para ser yo. Tener la incertidumbre de si no soy yo la culpable. Si no lo he sido siempre.

Y rondando entre tanta sensiblería de culebrón barato, un apego materno que duele como cuchillos que atraviesan la poca carne que cubre mis huesos. Destripar un animal. Ser ese animal. Ser las manos que lo ejecutan. Ya no cabe echarle la culpa a ella porque hace demasiado que comprendí que se trata de mí.

Mientras, el pesar. Por saberme querida, muy querida. Y vista. No quitarme el remordimiento de ser tan injusta con quienes me aman como la vida pudo llegar a ser conmigo en el instante que me puso en este mundo al que no he pertenecido.

Se puede llorar y reír al mismo tiempo.

miércoles, junio 12, 2019

La periferia de la pradera

Había muchísimas cosas de las que había renegado. Para ser sincera, poco del resto de su vida había sobrevivido, ni siquera en parte. Tabla rasa se quedó corta hacía una década, cuando dio el salto definitivo con un nuevo nombre y una nueva nacionalidad.

No es que ella hubiera sido parte, ni siquiera pasiva, de los desmanes que desafortunadamente pusieron a su país en los mapas. Había participado con tesón en la resistencia. Pero ese tesón en la lucha colectiva también lo había utilizado para acabar con una genealogía demasiado tosca. Rechazaba de donde venía porque allí era donde más daño le habían infringido. Físico y moral. Más que en las detenciones por sus actividades revolucionarias.

Sin embargo, allí en ese instante, contemplando un paisaje tremendamente conocido comprendió que lo llevaba en la sangre. La periferia de la pradera había sido el hogar del que careció en su casa. 
En esos campos de las lindes de la ciudad de la infancia había encontrado el oasis en un desierto aterrador plagado de alimañas. En ese espacio de desterrados se encontró siendo social, libre, ella. Había tenido una familia.

Sus acompañantes no se atrevieron a decir una palabra de la sonrisa. La primera que le habían visto en 30 años. 

Para David, que me regaló el título.

viernes, junio 07, 2019

Encuentro

Enlazaban las palabras igual que las ideas. Volaban raudas cual gaviotas en mar brava. Surgían todas las ramificaciones que volvían al tronco originario aportando nueva savia. Se fundían estrellas fugaces cargadas de halos formados por millones de puntos neuronales. 

Las descargas eléctricas podían sentirse en kilómetros a la redonda, pero sólo por aquellas dispuestas a tocar suelo y realidad, en lugar de perderse en el vacío masificado. Era un universo en expansión a vista de tierra, sin peligro de extinguirse, porque el tiempo adquiría la dimensión simultánea que nos negamos en nuestro día a día.

Era hogar y era nuevo. Era de siempre y era recién encontrada. Testigos que daban guion sólo por detallar la circunferencia que se iba convirtiendo en una espiral sin fin, huracán que no arrastra. 

Podría haber durado toda la vida. Puede haber durado la eternidad. La historia es relativa.

miércoles, mayo 22, 2019

Desprendimiento

Me gusta sentir su calor, oscuro, denso, vital, mío. Sobre todo mío. Vertiéndose de la copa para enseñarme quién soy en lo primigenio, donde no quedan testigos que me tergiversen.

Nunca pensé que mi gelidez, el frío que me acompaña, escondiera un calor semejante, que me reconcilia con la mujer que soy, latente tanto tiempo y, sin embargo, palpitante. 

El tacto de esa tibieza que creí repugnante sólo me despierta sorpresa y sonrisas. Quiero tocarla, dejarla escurrir por mis muslos, abandonarme y romper el tabú que a mí misma me atenazaba.

Es yo no que escapa, define. No para delimitar, sino para dejarme recuperar la libertad más que perdida, nunca poseída. Me la cortaron al nacer y mirar entre mis piernas.

Ahora, con este caliz vacío, resquebrajo ideas preconcebidas porque ya no me da asco, ya no me doy asco. Me disfruto, me siento, me permito.

Recorrer mi yo entero y estremecerme.

lunes, marzo 11, 2019

La insoportable pesadez del universo

Lo más gracioso de todo es que la mayor parte de mi vida pensé que todas las personas eran así. Como yo. Que a todas nos pesaba el mundo y había veces en que era tal el calibre que sentíamos cómo los hombros estaban a punto de ceder y sólo queríamos desaparecer a otro planeta. Porque este era demasiado doloroso para respirar en él.

Convencimiento absoluto de que la angustia que me atenazaba cada pocas semanas no era sólo mía, sino de todo habitante de la tierra. Y, ante esta creencia, no entendía cómo a algunas personas les resultaba extraño mi humor, mi forma de moverme por el mundo. Y me aislaba. O me aislaban.

Fue muchos años después cuando me golpeó la verdad. No hay universalidad en esta sensibilidad extrema de que el universo entero depende de mí. De que soy la responsable de cada daño sufrido por cualquiera, cuanto más si es de mi entorno. De que yo debería poder, debo poder, evitar todo mal que exista y que la supervivencia de toda la naturaleza es algo de mi incumbencia.

Fue ese también el instante en que comprendí que no era real. Que no es mi deuda. Y que estoy menos sola de lo que me he sentido casi toda mi vida.

Con ambos descubrimientos una pensaría que se acabó, que los pozos han sido rellenados y que queda un camino llano. Y no. Saberse acompañada ayuda, pero no elimina. Saberse libre de culpa facilita, pero no borra.

Entonces arremetió la otra certeza. La de que siempre seré así.

miércoles, enero 23, 2019

Al escondite

En el camino de mi cerebro a mi mano se pierden palabras, se pierden maneras y se pierden, sobre todo, sentimientos. Las frases que formo en mi cabeza para dejar constancia de quien soy en narraciones ajenas se despistan en el hombro, remolonean en mi codo y llegan a los dedos tan disueltas que ni el mejor teclado ni la pluma más rápida consiguen atrapar aquello que se formó en mi pensamiento.
Os leo y encuentro en vuestras historias quien soy como si lo dijera, pero cuando me pongo a decirlo yo, desaparezco. Las expresiones tan propias cuando las hallo en vosotras juegan al escondite conmigo en el único trayecto posible para que sepáis de dónde vengo, adónde voy y en qué lugar me encuentro. Y no tiene nada que ver con que mi caligrafía dejara que desear hace tanto tiempo que ya ni recuerde si son trazos o meros garabatos sueltos. Nada cuenta si estoy en mi teclado o en uno ajeno, sola, acompañada, con música o en silencio.
No sé si son mis miedos (a que me encontréis y ya no pueda esconderme más y no haya escapatoria a mi angustia vital), o una simple incapacidad gramatical y de estilo. Si son mis años de profesión, que deformaron mi libertad para constreñirla a las columnas de texto, o la falta de costumbre de dar la cara sin importar los riesgos.
Lo cierto es que mi boca me dice más con total atrevimiento que el negro sobre blanco que me construyó en ajados tiempos.
Sin embargo, me resisto a parar, y lo intento, lo intento, lo intento, lo seguiré intentando, hasta desnudarme en párrafos que dejen mi alma capturada, dentro.

miércoles, noviembre 07, 2018

Aguanto

Hay mares con menos resaca que la fuerza de mi pensamiento. Tifones menos destructivos que la espiral de mis ideas. Terremotos menos dañinos que mi (insana) necesidad de buscar mil explicaciones y revueltas a lo que, simplemente, es.
Me gustaría ser una de esas personas simples que empiezan y terminan y dan por zanjado, porque en unos días, en horas a veces, siguen adelante con ligereza. 
Sin embargo, nací con el estigma de un cerebro tocado por la sensibilidad extrema y la capacidad de no parar aunque esté exhausta y mi cuerpo perezca en insomnio y hambre.
El mismo seso que me enriquece con una curiosidad de esponja, ahora se convierte en enemigo voraz que prefiere arrasar con las briznas que quedan antes que permitir el refugio mínimo de un diminuto puerto seguro. 
Contener.
Controlar.
Aplacar.
Ser la otra yo que llevo entrenando durante años y que sabe que puede estar aquí y nada más que aquí porque lo que ha pasado está más allá de mis capacidades para ser cambiado y lo que no es mío no puedo entenderlo si la otra persona no se decide a explicarlo.
Voy y vengo. Me mantengo escasos minutos anclada a mí. Vuelvo y ato más fuerte las raíces que me costó encontrar y que me dieron alas. 
La última idea que queda es mi supervivencia.