martes, agosto 30, 2016

Incorpórea



Toda la vida luchando con un cuerpo que no es suficiente para contenerme. Tener que cuidarlo, mantenerlo sano, algo en forma para que no se estropee demasiado, hidratado, flexible, medio decente de cara a la galería, no sea que ofenda a la vista, vestirlo, abrigarlo, darle fresco, soportar su sudor y sus tiritones, dolores, enfermedades... Y alimentarlo. Tener que estar toda una vida ofreciendo cinco comidas al día (porque salió mi cuerpo defectuoso y si no, se debilita y me impide poder pensar). Tener que programar compras semanales y diarias, organizar una agenda de comidas, evitar alergias y malos alimentos, grasas trans, ser omnívoro, vegano o vegetariano, hablar de comida, preparar, comer... Siempre igual.

Y ¿para qué? ¿Qué necesidad de un cuerpo que empieza a pudrirse desde el mismo día que nacemos? No es necesario. Quiero decir, ¿en serio nadie se planteó que el avance de la Humanidad sería lograr ser sólo espíritu? ¿De verdad pensamos que es necesario este amasijo de músculo y hueso que, aparte de necesidades propias, nos hace caer en la batalla estética? Si eres guapa, porque lo eres; si no lo eres, porque deberías serlo.

Sin cuerpo no hay cabida a discusión ni exigencia. No tienes que ser más alta o más baja o más gorda o más delgada. El espíritu no exige. Da. No hay que alimentarlo de cosas materiales que cuestan dinero, se nutre del arte, de la filosofía, del pensamiento. ¿Hay algo más barato que el pensamiento? ¡Es gratis!

Sin cuerpo no habría hambre, sin hambre... Sin hambre se acabarían la mitad de los problemas del mundo. Igualmente se arreglarían la otra mitad de cuestiones peliagudas, puesto que la guerra carecería de sentido si no puedes matar, ¿no? Porque una guerra es eso: vamos a mataros y machacaros para dominaros. Bueno, pues ya no habría nada que dominar salvo mentes. Y las mentes no se subyugan. No hay manera de hacer que alguien piense lo que quieres que piense porque nunca estarás ahi dentro. Así que te pueden decir que tienes razón, aun pensando lo contrario.

Habría que fiarse. La confianza es la base de cualquier relación, seríamos mejores humanos.
Y todo eso con la simple y fácil opción de dejar de lado nuestros cuerpos. ¡Todo son ventajas! 

¿No hay ningún científico en la sala interesado en probar? Me ofrezco de conejillo de indias, estoy cansada de esta materia palpitante que me limita...

sábado, agosto 27, 2016

Pasados

¿Es suficiente esa ira? ¿Serán bastantes los cantos de sirena para arrancarte del letargo? Pocos caminos largos quedan ya en un mundo plagado de humanos. Plaga, eso es lo que son, lo que somos. Romper con todo es arrancarse un pedacito de uno mismo y lanzarlo a la cara de los leones, hambrientos en su jaula y deseosos de sangre para dejar su propia marca. Podría bastar, pero ya es tarde y se ha convertido en un calor que derretirá cualquier intento de fuga. Como el alquitrán deshecho en las calles ardientes del sur. Quienes hablan de freír un huevo no saben que las gallinas pican con mucha rabia. Los dedos quedarán agrietados de por vida para recordar la estupidez humana. Esa es la única conclusión posible. Ser enterrado en un suelo virgen, si es que queda. 

viernes, agosto 19, 2016

Avanzar parado

Corre. Corre porque no hay mañana, no existe hoy. Corre desaforadamente como quien tiene alas, porque te crecerán en tu loca carrera para no estrellarte contra las paredes de un cuerpo que no puede contenerte.
Avanza sin propósito, sólo para que la respiración tenga un motivo para estar desbocada y la cabeza no pueda seguir dando vueltas porque se quede sin oxígeno. 
Grita, chilla, en un silencio sepulcral que se lleva demonios y asusta a los fantasmas que querían volver a quedarse en el castillo ya no abandonado.
Tropieza, cae, hiérete y que la sangre limpie las heridas que nadie llega a ver y duelen como si el corazón estuviera arrancado.
Rueda como las norias que alcanzan a tocar las estrellas y te hacen sentir, de nuevo, estrellado.
Ríe, loco, con carcajadas llenas de gusanos.
Vive, porque no te queda otra, porque la muerte ya no está tras el vallado.
Existe, cuando lo que quieres es desaparecer. Plantea al mundo hasta dónde has llegado.

Y si, al final del todo, entiendes, vuelve a mi lado. 

lunes, agosto 15, 2016

Podríamos correr juntos varios cientos de lunas que dieran a nuestro camino esa irrealidad sobre la que se pueden construir todas las certezas. Podría agarrar tu mano y sentir la fuerza que late en ambos y que sube hasta nuestra sonrisa por sabernos capaces de derrumbar los muros que estrechan un mundo demasiado pequeño para que quepamos en él.
Echaríamos raíces que se moverían cada vez que hiciera falta, para tener un arraigo, nosotros, los desarraigados.
Contaríamos días de pereza y noches en vela con muchos dragones internos que explotarían hacía fuera para dejarnos exhaustos. 
Sería ese el planeta, donde lo inhóspito da pie a lo que hayamos estado buscando.

domingo, agosto 14, 2016

Donde van los cuadernos

Existe un cementerio de cuadernos. Casi nadie lo sabe. Es uno de los secretos mejor guardados entre los lápices, bolígrafos y los propios cuadernos. Hasta los libros mantienen el silencio. Comprenden que hay que dejarles esa intimidad que ellos no desean. Ellos quieren ser leídos por todos. Pero los cuadernos no son así. Muchos son muy tímidos, a la vez que no quieren ser pasto de la nada una vez sus dueños los acaban. De ahí que crearan su propio camposanto secreto.

Los bolígrafos también mantienen el misterio. Ya saben que en el mundillo de la papelería los llaman cotillas y cuentatodo porque ponen la tinta a las ideas y palabras ajenas, pero no, en este caso son fieles a sus inseparables compañeros. Entienden que su destino es diferente. Ellos, una vez agotados, optan por el reciclado. Pero para las libretas apuestan por ese cementerio, que es el sueño de cualquier amante del papel, como soy yo. Fue, de hecho, mi pasión por el papel y las palabras, y mi infinita curiosidad, lo que me permitió descubrir la existencia de este peculiar y maravilloso lugar.


Seguro que alguno se pregunta si un camposanto tan particular tiene lápidas como los nuestros. O si hay panteones. Es difícil de contestar. Yo no sé si llamarlos panteones, pero sí hay sectores por, digámoslo así, familias. Quiero decir, cuando paseas por el cementerio de cuadernos lo primero que te llama la atención es que, pese a su solidaridad extrema, a la hora de descansar sus ideas prefieren tener espacios separados.

Así, puedes encontrar el panteón de los cuadernos de deberes. Debo decir que es uno de los más concurridos y las conversaciones son de lo más interesante. Sobre todo porque no siempre las correcciones que contienen son las mismas y los debates sobre qué profesor o qué niño hizo la adecuada puede llevar unas cuantas noches. Eso sí, sin ninguna acritud. Son libretas muy académicas y respetuosas con las opiniones impresas de los demás.

Un poquito más adelante está el sector de los diarios. De esa parte poco os puedo decir. Un pequeño pero duro candado guardaba el acceso y sólo pude oír rumores muy suaves, aunque a veces sonaban algo enfadados. No quise forzar la cerradura, hay que respetar la intimidad de quien no quiere ser leído, o al menos, así pienso yo.

No podría faltar, aunque os resulte curioso, el espacio para las libretas de listas, ejercicios en sucio y ese maremágnun de anotaciones que todos tenemos por casa. Ahí las charlas van desde números de teléfono sin nombre del cual intentan averiguar el dueño, hasta direcciones perdidas, pasando por la compra que nunca se llegó a hacer. 

Caminar entre todos esos cuadernos me resultó gratificante, no lo voy a negar. Pasé mis manos por sus tapas, abrí alguno, me quedé embobada dejándoles decirme lo que tenían dentro... Pero la verdad es que mi parte favorita la encontré en el espacio donde los cuadernos de ideas y narraciones habían decidido reposar. Era un espacio no tan silencioso como el de los diarios, pero tampoco tan animado como los cuadernos de deberes. Se encontraba en un pequeño promontorio, con una luz distinta a los de los demás lugares y las conversaciones versaban desde mundos fantásticos creados por sus antiguos propietarios a anécdotas reales convertidas en desahogo escrito, poemas incompletos junto a grandes obras que acabaron en esos orgullosos libros leídos por todos; y un sinfín de dibujos que cobraban vida para permitir que lo que residía en esas palabras fuera más allá de los límites del papel que los contenía. 

Algunas de las libretas que allí estaban no se pueden tocar. Se encuentran allí sin estar, porque son todas esas cuyos autores no se atreven a deshacerse de ellas de ninguna manera, pero tampoco se atreven a releer. Se quedan en el limbo entre nuestra realidad y este cementerio, pero más presentes allí que a nuestro lado, se dejan acunar por el resto de hojas, tapas y espirales que les rodean en el cálido abrazo de quien fue abandonado definitivamente y sabe del dolor que provoca dejar de ser acariciado por las yemas de los dedos, marcado con la punta del bolígrafo o pluma, u olisqueado con ojos perdidos en la tranquilidad de comprender que, por fin, las palabras salieron de uno mismo. 

Me quedé un rato grande junto a estas libretas. Para mí las más valiosas y las que siempre me habían generado más dudas. Porque nunca terminé un cuaderno y, cuando lo hice cargado de mí, intenté perderlo para que nadie lo encontrara. Siempre pensé que esa forma mía de actuar nos condenaba a ambos, cuaderno y yo, a ser descubiertos y leídos por ojos ajenos, a no descansar en ningún lugar por toda la eternidad, a tener un miedo constante a que alguien nos descubriera. Hallar este espacio suyo me hizo sonreír y quedarme tranquila. 

Porque existe un cementerio de cuadernos, donde reposan las ideas.

A M., cuyos cuadernos terminados me han inspirado

martes, agosto 09, 2016

Resonancias

Suena el mar en mí
como la luna refleja la mirada.
Retumba la marea en sangre,
mientras amaneceres desbordan la calma.

Olas que van y vienen
                        atrapan mi pensamiento
en momentos donde, por fin, aparezco.
Agua, querría ser, eterna.
Continuo cambio que es inmóvil permanencia.

Bombea la sangre periódicamente
sin dejar de ser de vida, recipiente,
porque ser mujer es eso:
Ser
porque ser yo es tenerlo:
Querer.

Sangre

Sangre: nbr. Palpitar interno. Ríos subterráneos. Aguaceros rojizos que derramas cuando te atraviesan la piel los puñales. Portadora de vida. Creadora de nauseas. Calor humano. La sangre es una, pero muchas. Si la tienes, no la ves, si la pierdes, se te va la vida. Como muchos amores a los que no dimos nunca importancia. Su roja calidez nos llena, pero preferimos obviarla, como los pensamientos que golpean nuestra cabeza y no nos suenan hasta que nos duelen dentro. La sangre lo es todo, y es la nada por no ser vista, igual que las personas que pasamos desapercibidas. Alimento de mosquitos que te irritan la piel y te dejan un poquito más vacía. Pasión que te llena, te inflama para explotar en las entrañas. Fluye durante toda tu vida. Acaba cuando tu corazón para.
Odio la sangre, sobre todo, la que tú derramas.



Los diccionarios son herramientas de compañía del escritor, pero también podrían llegar a ser verdaderos enemigos si el escritor se dejase limitar por las restringidas acepciones de las palabras que se recogen en los diccionarios. El buen escritor, teniendo un conocimiento del significado y uso básicos de una palabra, es capaz de dotarla de todo lo necesario para navegar en contextos muy diferentes y adquirir todos las connotaciones necesarias para sobrevivir en el medio. 
El ejercicio de esta semana consiste en definir una palabra de uso cotidiano. Puedes optar por el formato que quieras ( definición-descripción, entrada de diccionario, transcripción oral de una explicación… ) Ademas, en esta ocasión hemos limitado el ejercicio a un máximo de 150 palabras. 

La palabra seleccionada es sangre, ha sido la elegida por vosotros entre tres opciones salidas al azar de la obra que llevábamos en el bolso en ese momento. Atrévete a enriquecer su entrada de diccionario participando esta semana en el #ColectivoDetroit ¿Cómo?
1. Leer el “enunciado” del ejercicio.
2.Interpretar el “enunciado” del ejercicio libremente.
3. Escribir lo que te sugiera.
4. Publícalo en tu espacio.
5. Cuéntanoslo para que podamos enlazarte tanto en los comentarios como por las redes sociales.
6. No olvides usar el hashtag #ColectivoDetroit, y disfrutar la participación al máximo.
No olvides compartir el proyecto #ColectivoDetroit, se trata de que cada vez podamos leer más ejercicios, compartir la experiencia, y aprender un@s de otr@s.
Antes de ponerte manos a la obra, inspírate con los grandes trabajos del resto del Colectivo.
La sangre de Jen en Quiero ser como maude

domingo, junio 26, 2016

Gota

Escurre lentamente. Rueda dejando un rastro cálido y húmedo. Fino hilo que refleja la luz externa y muestra la oscuridad interna. Agua salada que inunda vidas enteras. Ahora sólo cae. Solitaria. Única. Imparable porque esta vez no levantas la mano para enjugarla. Dejas que elija su propio camino y continúe hasta la barbilla, el cuello, el pecho, el alma que la derrama.

Ni siquiera va deprisa. Lenta, como el dolor que se clava suavemente imitando al puñal cuya fuerza es la de quien te mira a los ojos mientras siente cómo penetra. Se descuelga de tu ojo como primer aviso y no te das cuenta. Sólo percibes que algo pasa cuando su calidez reacciona sobre tu rostro, en ese camino de río diminuto que dice más que todas las mareas de océanos incontroladas.

Lloras. No hay sollozo. Sólo esa lágrima que se desliza y que llama a sus hermanas. Lloras por ti. En silencio. Gotas que mojan tu cuello y te marcan esa presión que apenas te deja respirar y cierra tu garganta. Lloras por ellas. Por todas las mujeres que no tuvieron la oportunidad de elegir ni aunque quisieran. Lloras mientras la vida pasa. Sin palabras. Lloras como si lloviera dentro de tu casa, porque tu casa llueve y no sabes si quieres pararla. 

No sabes si puedes pararla.

Porque cada vez que respiras, cada vez que procuras alejarlas de ti, que tus ojos se sequen, tragar de nuevo, vuelven a salir en desbandada. Hay niebla en tu mirada, la realidad aparece desdibujada. O quizás sean estos perfiles borrosos de lupa mojada la verdad de la existencia que, harta de estar escondida, sale a borbotones ahogando a tus pestañas.

Así que decides dejar de luchar. Serpentea por tu cara aquella primera gota que sólo fue la llamada. Perfila tu nariz, engaña a tus labios, no se deja atrapar por tu lengua y continúa su caída hasta la mano que tienes en tu regazo reposada. Tiemblan tus dedos y se estremece el ser que habita en ti y te llama. Son sus susurros los que, como no quisiste escuchar, se convierten en chaparrón y cantan en notas silenciosas sobre un imaginario pentagrama.

Inmóvil quedas. Quieta ante la fuerza que necesitaba escapar y ha logrado una huída. Sin suspiros. Sin muros que quieran contener la riada. Esperas.

Dicen que todas las tormentas acaban. 

sábado, junio 18, 2016

La espera

Agarraba la mesa con fuerza, el cuerpo completamente tenso, inclinado hacia delante, casi levantado del asiento, con la mirada fija en la puerta. Parecía que podría dejar las huellas profundas de sus dedos en la madera, al observar la crispación que lo mantenía con un rictus concentrado. De verdad que había intentado mantenerse sereno. Sentado y con las manos reposadas sobre su regazo. En serio había jugado a todos los juegos mentales posibles para no acabar casi lanzándose a coger el picaporte. 
Primero había comenzado a pasar las yemas de sus dedos sobre toda la superficie de la mesa, los papeles que reposaban en ella, el bolígrafo, la funda de las gafas que alguien debió dejar olvidada, el bollo, ese vaso ya vacío. Luego fue inevitable que toqueteara los bordes desgastados, sintiera los años de arañazos, inscripciones hechas a punta de lo primero encontrado, y comenzara a tamborilear una melodía absurda escuchada esa misma mañana, mientras, obediente, se encontraba en la fila. 
De ahí a que convirtiera sus extremidades superiores casi en garras aguileñas que estrujaban, apretaban, imploraban con su gesto, sólo hubo un paso: un imperceptible movimiento en la manija de la puerta que le hizo dar un respingo y dirigir su mirada a ella. 
Pero eso había ocurrido hacía horas. Tantas que del bollo sólo quedaban algunos granitos de ajonjolí dispersos sobre el primer folio en blanco, las migas que flotaban acusadoras sobre sus negros pantalones y una pesadez en su estómago que le obligó a beber de un trago el vaso que tenía delante, sin pensar que dosificarlo podría haber sido mejor táctica, ahora que la boca empezaba a resultar algo seca y su lengua una pesada carga.
El giro del picaporte no había sido más que eso, una vuelta. La puerta no se había movido. Nadie había entrado. Nadie lo había llamado siquiera a través de ella. Ni un ruido. Ni un movimiento que pudiera percibir desde el sitio en el que lo habían dejado sentado con la sugerencia, en tono de orden, de que permaneciera allí hasta que lo avisaran. Y allí seguía. 
Inicialmente no le había dado ninguna importancia al retraso. En realidad, como le habían despojado de su reloj, cartera, llaves... De todo lo que llevaba que no era su propia ropa, no tenía muy claro si su espera era de horas o simplemente era su sensación ante la soledad. Pero cuando había percibido que la luz que entraba, difuminada por unas ventanas cubiertas de pesadas cortinas de tela gruesa, había comenzado a moverse, supo que el sol estaba ya bajo y que, increíblemente, lo estaban dejando olvidado en una sala vacía.
Eso era lo que le reconcomía. Los antiguos miedos ya conocidos de que todos lo abandonaban, de que nadie era consciente de su presencia, de que para los demás era una ausencia, le habían golpeado en el momento en que la oscuridad empezó a ocupar el aula. ¿Cómo iba a sustraerse de semejante temor si el día continuaba impasible en su transcurrir de horas mientras él, solo, indefenso al carecer de sus pertenencias, ignorante de qué estaba pasando allá fuera, no se atrevía a moverse por la instrucción tajante recibida cuando aún sentía en su corazón la ilusión de que todo iba a terminar de una vez por todas?
Ahora empezaba a sospechar que había sido un iluso. Que la esperanza, puta, lo había arrastrado a un final incierto que atacaba a sus terrores. Porque, ¿qué iba a ser eso si no una manera extraña, cruel y salvaje de mantenerlo alejado de dónde podría ser útil? Estaba claro que daría más resultado seguir su búsqueda que permanecer quieto, inactivo, lúcido y consigo mismo como única compañía. Cualquier cosa sería más productiva que esa espera. Estaba seguro. No hay utilidad en estar. Tenía que hacer. Quería hacer. Necesitaba hacer. 
Dio otro respingo. ¿Había escuchado algo? Aguzó el oído. Casi sintió a sus orejas elevarse como la de los animales asustados que presienten que se acerca una amenaza. Sin embargo, nada. Había sido una cabezada involuntaria que había hecho que sus manos resbalasen unos milímetros de su agarre y su cuerpo cayera un poco sobre ella. 
Se espabiló agitando la cabeza, aunque realmente lo que quería era erradicar de su mente los pensamientos veloces como rayos que la atravesaban alimentando su ansiedad. Volvió a tamborilear y entonar la dichosa melodía. Sonrió. Le extrañó su sonrisa y la borró rápidamente. No quería permitirse un rastro de felicidad en un momento como ese. No podía ser feliz. No quería serlo hasta que no hubiera acabado con su tarea. Sería como una traición a todo (un todo que no conseguía definir).
Las luces que entraban por las ventanas eran ya de las farolas y focos que iluminaban el patio. Quedaba sobre el campo de juego una pelota deshinchada, olvidada como él, había pensado. Le dio pena el balón. Le supuso tanta tristeza que sintió que sus ojos se humedecían. No daba crédito mientras las lágrimas iban escurriendo por su rostro. Perplejo escuchaba sus propios sollozos. 
'¿Qué me está pasando?' se repetía una y otra vez, tan asustado por su propia reacción que la pregunta saltó de su cabeza a sus labios, primero suave, un susurro apenas perceptible, poco a poco con más fuerza hasta que se convirtió en un grito animal. Ese bramido primitivo lo sorprendió como si hubiera salido de otra boca, tanto que se quedó petrificado, una vez más, con los ojos fijos en la puerta. 
Sus brazos se destensaron y cayeron a los lados de su cuerpo. Las manos volvieron a posarse sobre sus piernas. La respiración, entrecortada hacía unos minutos por el llanto, se acompasó al miedo de forma regular. 
Estaba, de nuevo, como lo habían dejado aquella mañana. Sólo los restos del bollo y el vaso vacío daban testimonio de que habían pasado horas. Sus ojos fijos parpadearon y surgió un suspiro. Decidió hacer caso. Quedarse quieto y esperar.

domingo, mayo 22, 2016

Descubrimiento

He descubierto que hay lugares a los que no quiero ir con cualquiera.
A recorrer una ruta de faros. Iría contigo, que desde la infancia deseaste vivir en uno, como hago yo; que los contemplas y piensas en libros y noches largas leyendo; en tempestades y mar en calma al que observas, en soledad y buena compañía; en respirar, en aislarse y en seguir viviendo.

A París. Serías tú, que no la percibes como la ciudad del amor, si no como el lugar en el que perderse por librerías, calles empedradas, puentes que cruzar contemplando el Sena; cafés tranquilos mientras los demás corren; belleza, simple belleza.

A cazar la luna. Contigo, que respetas sus ciclos, los tuyos y los míos; que te gusta tanto llena como nueva; que sin mirar al cielo sabes si está completa; que recorres mi tatuaje y lo iluminas como el sol hace con ella.

A ver amanecer. Con quien el primer rayo de sol recuerda que es un nuevo comienzo; que, como yo, sonríe si las nubes se despejan; que odias madrugar, pero no te importa si es para respirar la paz de las primeras horas; que coges mi mano y la aprietas mientras contienes la respiración al sentir ese primer calor que recorre tu piel y te hace sentir la vida en cada partícula de ella.

A contemplar las estrellas. Tú que quieres contar estrellas como pensaron que yo hacía; que las miras y sientes el infinito, y te angustia y te hace grande a la vez; que recuerdas una rosa perdida en un pequeño planeta entre ellas; que no consideras una pérdida de tiempo simplemente estar allí, oyendo al universo moverse.

Si os soy sincera, la mayoría de las veces pienso que todos esos 'tú' serán la misma persona con la que comparta también mi vida. También reconozco, en otras muchas ocasiones, que más de una de las cosas de esa lista las haré sola y será, como mínimo, tan bueno como si las hiciera en compañía. Pero lo que tengo muy claro es que ya no regalaré mis tesoros a quien no se los haya ganado.