lunes, marzo 11, 2019

La insoportable pesadez del universo

Lo más gracioso de todo es que la mayor parte de mi vida pensé que todas las personas eran así. Como yo. Que a todas nos pesaba el mundo y había veces en que era tal el calibre que sentíamos cómo los hombros estaban a punto de ceder y sólo queríamos desaparecer a otro planeta. Porque este era demasiado doloroso para respirar en él.

Convencimiento absoluto de que la angustia que me atenazaba cada pocas semanas no era sólo mía, sino de todo habitante de la tierra. Y, ante esta creencia, no entendía cómo a algunas personas les resultaba extraño mi humor, mi forma de moverme por el mundo. Y me aislaba. O me aislaban.

Fue muchos años después cuando me golpeó la verdad. No hay universalidad en esta sensibilidad extrema de que el universo entero depende de mí. De que soy la responsable de cada daño sufrido por cualquiera, cuanto más si es de mi entorno. De que yo debería poder, debo poder, evitar todo mal que exista y que la supervivencia de toda la naturaleza es algo de mi incumbencia.

Fue ese también el instante en que comprendí que no era real. Que no es mi deuda. Y que estoy menos sola de lo que me he sentido casi toda mi vida.

Con ambos descubrimientos una pensaría que se acabó, que los pozos han sido rellenados y que queda un camino llano. Y no. Saberse acompañada ayuda, pero no elimina. Saberse libre de culpa facilita, pero no borra.

Entonces arremetió la otra certeza. La de que siempre seré así.

miércoles, enero 23, 2019

Al escondite

En el camino de mi cerebro a mi mano se pierden palabras, se pierden maneras y se pierden, sobre todo, sentimientos. Las frases que formo en mi cabeza para dejar constancia de quien soy en narraciones ajenas se despistan en el hombro, remolonean en mi codo y llegan a los dedos tan disueltas que ni el mejor teclado ni la pluma más rápida consiguen atrapar aquello que se formó en mi pensamiento.
Os leo y encuentro en vuestras historias quien soy como si lo dijera, pero cuando me pongo a decirlo yo, desaparezco. Las expresiones tan propias cuando las hallo en vosotras juegan al escondite conmigo en el único trayecto posible para que sepáis de dónde vengo, adónde voy y en qué lugar me encuentro. Y no tiene nada que ver con que mi caligrafía dejara que desear hace tanto tiempo que ya ni recuerde si son trazos o meros garabatos sueltos. Nada cuenta si estoy en mi teclado o en uno ajeno, sola, acompañada, con música o en silencio.
No sé si son mis miedos (a que me encontréis y ya no pueda esconderme más y no haya escapatoria a mi angustia vital), o una simple incapacidad gramatical y de estilo. Si son mis años de profesión, que deformaron mi libertad para constreñirla a las columnas de texto, o la falta de costumbre de dar la cara sin importar los riesgos.
Lo cierto es que mi boca me dice más con total atrevimiento que el negro sobre blanco que me construyó en ajados tiempos.
Sin embargo, me resisto a parar, y lo intento, lo intento, lo intento, lo seguiré intentando, hasta desnudarme en párrafos que dejen mi alma capturada, dentro.

miércoles, noviembre 07, 2018

Aguanto

Hay mares con menos resaca que la fuerza de mi pensamiento. Tifones menos destructivos que la espiral de mis ideas. Terremotos menos dañinos que mi (insana) necesidad de buscar mil explicaciones y revueltas a lo que, simplemente, es.
Me gustaría ser una de esas personas simples que empiezan y terminan y dan por zanjado, porque en unos días, en horas a veces, siguen adelante con ligereza. 
Sin embargo, nací con el estigma de un cerebro tocado por la sensibilidad extrema y la capacidad de no parar aunque esté exhausta y mi cuerpo perezca en insomnio y hambre.
El mismo seso que me enriquece con una curiosidad de esponja, ahora se convierte en enemigo voraz que prefiere arrasar con las briznas que quedan antes que permitir el refugio mínimo de un diminuto puerto seguro. 
Contener.
Controlar.
Aplacar.
Ser la otra yo que llevo entrenando durante años y que sabe que puede estar aquí y nada más que aquí porque lo que ha pasado está más allá de mis capacidades para ser cambiado y lo que no es mío no puedo entenderlo si la otra persona no se decide a explicarlo.
Voy y vengo. Me mantengo escasos minutos anclada a mí. Vuelvo y ato más fuerte las raíces que me costó encontrar y que me dieron alas. 
La última idea que queda es mi supervivencia.

martes, noviembre 06, 2018

Desamor

Podría pasarme la eternidad que perdurará mi alma intentando comprenderte. Podría rememorar cada segundo, cada palabra, cada gesto, cada escena desde todos los puntos de vista, como en el cine, cuando el director decide poner cámaras en los 360 grados para no dejar nada al descubierto. Podría enfadarme conmigo y contigo. Conmigo por convencerme, ahora, de que no quise mirar, contigo por convencerme, ahora, de que no dijiste.

Podría golpear mi cabeza contra las columnas hasta que el templo se derrumbara sobre ella y los cimientos de lo que soy volvieran a desaparecer, como tantas veces permití que lo hicieran.

Podría llorar océanos de desesperación y tristeza, golpear todos los cojines que encontrase a mi paso, gritar hasta la afonía no sólo de mi voz, sino de mi pensamiento.

Podría hacer todo eso y seguir sin encontrar la calma.

Esta vez, como algo que estreno, simplemente voy a aceptar que ya sé quién soy y qué quiero y el tiempo que nos encontramos duró hasta que logré verlo.

martes, octubre 23, 2018

Instintos

Cuando quieres vaciarte y no puedes. Porque hay vacío y hay dolor y hay rabia y enfado y pena y ganas de hacer explotar el mundo en mil pedazos y quedarte tú viva, contemplándolo con satisfacción porque esta vez has elegido ser tú la que quede.
Cuando aquellas cápsulas congeladas en el polo sur de tu cerebro se derriten como el cambio climático sube el nivel de nuestros mares y se clavan una tras otra, muchas de golpe, a ráfagas, a mazazos, en el momento que menos lo esperas. Se hunden en las entrañas, en el alma, en lo físico y lo metafísico y lo que nos hace humanos. 
Y pasa, porque todo pasa, y también como todo, deja posos, restos, cenizas que tardarán más en disolverse y por eso, en las siguientes semanas, sigo sin ser yo y soy la yo que era a la vez y confundida, porque vuelvo a tener nada claro.
Y busco un camello que me dé la energía que he perdido y que me deja hipnotizada todo el día, como una vaina de judía vacía y tirada a la basura a medio cocer. 
Porque eso es lo que me pasa, que nunca terminé de madurar y las veces que he creído hacerlo se convirtieron en agua de borrajas.
Aun así, sigo. 

lunes, julio 09, 2018

Despertares

Todas las mañanas de verano tienen rayos de infancia. De amaneceres de despertar somnoliento y relajado con el sonido de la vida que se levanta. De mirada a la luz que entra entre las lamas de la persiana, a medio bajar para que entre el fresco. De primer pensamiento sobre si hoy saldrás en bici tempranito, sintiendo el aire fresco en toda la piel desnuda y la sonrisa que aparece invocada por ese instante de libertad sobre dos ruedas. 

Algo hay diferente en la salida del sol en el estío. Feliz. Despreocupada. Limpiadora eficaz de las mil preocupaciones que rondan la cabeza, la mayoría creadas por una misma porque me permito que el mundo pese. En estas madrugadas casi mañana, el aire respirado sabe distinto porque aligera los pulmones y abre posibilidades. Sobre todo de calma, de paz más allá del mundo adulto que se han inventado para nosotras y no siempre me vale. 

Despierta antes de que suene el despertador que me devuelva a la madurez de mis años, reposo en la cama y me dejo acunar por los ruidos de esta calle, más ruidosa que antaño y, sin embargo, ajena al bullicio invernal bajo la oscuridad de días más cortos. El sol desprende esa luz anaranjada que acaricia mi cuerpo desnudo y cuyo tacto me vuelve aún más perezosa. Quiero y no quiero levantarme. Quiero, porque siento que mi día estará lleno de opciones deliciosas. No quiero, porque cruza mi mente la constatación de que el trabajo será lo de siempre. 

Entrecierro los ojos y me dejo vacía. Paladeando las legañas infantiles y su natural alegría. Respiro niñez y no me asusto por las primeras notas del móvil avisando que ya es hora de ser mujer. 
Hoy caminaremos juntas. 

sábado, mayo 19, 2018

El tacto en mis pies

Echo de menos caminar sobre suelos de madera. La textura bajo mis pies, el color que dan a la casa, su brillo desgastado por donde más pisaron, pisamos, por donde movemos muebles.

Echo de menos la sensación de hogar de ese piso que no era mío ni jamás lo sería y que, sin embargo, sentí más casa que estos 78 metros cuadrados que llevo habitando más de media vida y no consigo hacer míos por mucho que me empeñe, limpie y redecore.

Echo de menos esos otros suelos entarimados de una infancia en leotardos, de tardes frías junto al abuelo que nunca me dio miedo y sentí cariñoso por algún motivo extraño.

Echo de menos que no sea falso, ni sobre mármol o terrazo. Si no que sea único, y ajado, y viejo y cálido y que me haga pertenecer como nos pertenecíamos el uno al otro. También eso lo añoro: ser dos que son una (pareja). Calidez viva junto a la del suelo que pisábamos y que era para mí el sueño de mi vida hecho realidad.

Y puede que esa fuera la pega. Que el sueño me cegara de la realidad acerca de que ese entarimado no era mío, que la que andaba descalza sobre él no era del todo yo y que tú nunca fuiste capaz de estar al completo porque te parecí demasiado en seguro como para preocuparte. 

Así que ahora echo de menos el recuerdo que se construyó sobre un sueño de la infancia, con lo cual, nunca tuvo cimientos.

¿Puedo añorar un futuro en el que el sueño ya desvanecido sea una realidad construida por mí? Lo hago, soñar de nuevo para crear otro mundo que sea mío, mientras la planta de mis pies rememora ese otro suelo cálido y ajado.

miércoles, abril 25, 2018

Caricias

Siento todos vuestros roces. La mano descuidada que redirige mi camino. La palma amiga que protege inconscientemente. El tacto del abrazo más largo. La rodilla contra la mía por inercia del movimiento. Los dedos sutiles que no saben si hablar. 
Siento lo consciente y el accidente. 
Siento todo. Por encima de la ropa como si fuera sobre mi piel desnuda. Y me estremezco hacia dentro para no ser percibida. Para ocultar que reacciono, que noto, que todo mi cuerpo responde y mi cabeza se dirige rauda al punto exacto donde el otro, quien es externo, pasa a ser parte. 
Y quedo enganchada, prendida, colgada. De mí. De mis sentidos concentrados. 

miércoles, abril 18, 2018

Reencuentro

Dejo huella. Donde voy, a quien amo. Dejo huella. Toda una vida narrándome una historia ficticia para mantenerme a raya. Para creerme segura en el olvido que inventaba para no enfrentarme a la herida. La antigua. La que marcaron como si fuera un animal y no se ha borrado en todos estos años, aunque la haya ocultado con capas de una seguridad ficticia en sonrisas aprendidas para evitar el conflicto. Con quien amaba. Con quien me quiso mucho y mal. 
Y, entonces, de repente, el círculo que llevo recorriendo toda la vida me lleva casi al principio y me tropiezo con ellas. Mis propias huellas. Las que creía inexistentes, borradas, pisoteadas por otras que llegaron después más brillantes, más importantes, siempre mejores que yo. Y no. Ahí están. Las marcas de mis palabras, mis acciones, mi yo por completo o, al menos, esa pequeña parte que me atrevo a mostrar cuando el animal herido se retira un poco y deja asomar levemente a la niña pequeña cuya curiosidad es insondable. 
¿Qué siento? Sorpresa. ¿Alivio? Una alegría antes desconocida y extraña que me hace un poquito más liviana. ¿Ganas de llorar? Lágrimas que no se vierten. Amor. El amor de los otros. Quienes me dicen desde siempre, sin yo escucharlo (sin quererlo escuchar) que existo y dejo marcas. Buenas. De las que gusta acariciarse. De las que pueden ser un abrazo en la deriva. 
Me desmonto toda una arquitectura inventada desde unos cimientos temblorosos que se convirtieron en fuertes a base de aferrarme a ellos. Por una vez no es un derrumbe. Y me replanteo. Revisito aquellas fantasías dadas por verdaderas. Salgo del anillo hacia una nueva elipse. Freno las vueltas para reubicarme. Sonrío.
Si los demás no borran mis rastros, procuraré no ser yo la que desaparezca.