miércoles, enero 23, 2019

Al escondite

En el camino de mi cerebro a mi mano se pierden palabras, se pierden maneras y se pierden, sobre todo, sentimientos. Las frases que formo en mi cabeza para dejar constancia de quien soy en narraciones ajenas se despistan en el hombro, remolonean en mi codo y llegan a los dedos tan disueltas que ni el mejor teclado ni la pluma más rápida consiguen atrapar aquello que se formó en mi pensamiento.
Os leo y encuentro en vuestras historias quien soy como si lo dijera, pero cuando me pongo a decirlo yo, desaparezco. Las expresiones tan propias cuando las hallo en vosotras juegan al escondite conmigo en el único trayecto posible para que sepáis de dónde vengo, adónde voy y en qué lugar me encuentro. Y no tiene nada que ver con que mi caligrafía dejara que desear hace tanto tiempo que ya ni recuerde si son trazos o meros garabatos sueltos. Nada cuenta si estoy en mi teclado o en uno ajeno, sola, acompañada, con música o en silencio.
No sé si son mis miedos (a que me encontréis y ya no pueda esconderme más y no haya escapatoria a mi angustia vital), o una simple incapacidad gramatical y de estilo. Si son mis años de profesión, que deformaron mi libertad para constreñirla a las columnas de texto, o la falta de costumbre de dar la cara sin importar los riesgos.
Lo cierto es que mi boca me dice más con total atrevimiento que el negro sobre blanco que me construyó en ajados tiempos.
Sin embargo, me resisto a parar, y lo intento, lo intento, lo intento, lo seguiré intentando, hasta desnudarme en párrafos que dejen mi alma capturada, dentro.

miércoles, noviembre 07, 2018

Aguanto

Hay mares con menos resaca que la fuerza de mi pensamiento. Tifones menos destructivos que la espiral de mis ideas. Terremotos menos dañinos que mi (insana) necesidad de buscar mil explicaciones y revueltas a lo que, simplemente, es.
Me gustaría ser una de esas personas simples que empiezan y terminan y dan por zanjado, porque en unos días, en horas a veces, siguen adelante con ligereza. 
Sin embargo, nací con el estigma de un cerebro tocado por la sensibilidad extrema y la capacidad de no parar aunque esté exhausta y mi cuerpo perezca en insomnio y hambre.
El mismo seso que me enriquece con una curiosidad de esponja, ahora se convierte en enemigo voraz que prefiere arrasar con las briznas que quedan antes que permitir el refugio mínimo de un diminuto puerto seguro. 
Contener.
Controlar.
Aplacar.
Ser la otra yo que llevo entrenando durante años y que sabe que puede estar aquí y nada más que aquí porque lo que ha pasado está más allá de mis capacidades para ser cambiado y lo que no es mío no puedo entenderlo si la otra persona no se decide a explicarlo.
Voy y vengo. Me mantengo escasos minutos anclada a mí. Vuelvo y ato más fuerte las raíces que me costó encontrar y que me dieron alas. 
La última idea que queda es mi supervivencia.

martes, noviembre 06, 2018

Desamor

Podría pasarme la eternidad que perdurará mi alma intentando comprenderte. Podría rememorar cada segundo, cada palabra, cada gesto, cada escena desde todos los puntos de vista, como en el cine, cuando el director decide poner cámaras en los 360 grados para no dejar nada al descubierto. Podría enfadarme conmigo y contigo. Conmigo por convencerme, ahora, de que no quise mirar, contigo por convencerme, ahora, de que no dijiste.

Podría golpear mi cabeza contra las columnas hasta que el templo se derrumbara sobre ella y los cimientos de lo que soy volvieran a desaparecer, como tantas veces permití que lo hicieran.

Podría llorar océanos de desesperación y tristeza, golpear todos los cojines que encontrase a mi paso, gritar hasta la afonía no sólo de mi voz, sino de mi pensamiento.

Podría hacer todo eso y seguir sin encontrar la calma.

Esta vez, como algo que estreno, simplemente voy a aceptar que ya sé quién soy y qué quiero y el tiempo que nos encontramos duró hasta que logré verlo.

martes, octubre 23, 2018

Instintos

Cuando quieres vaciarte y no puedes. Porque hay vacío y hay dolor y hay rabia y enfado y pena y ganas de hacer explotar el mundo en mil pedazos y quedarte tú viva, contemplándolo con satisfacción porque esta vez has elegido ser tú la que quede.
Cuando aquellas cápsulas congeladas en el polo sur de tu cerebro se derriten como el cambio climático sube el nivel de nuestros mares y se clavan una tras otra, muchas de golpe, a ráfagas, a mazazos, en el momento que menos lo esperas. Se hunden en las entrañas, en el alma, en lo físico y lo metafísico y lo que nos hace humanos. 
Y pasa, porque todo pasa, y también como todo, deja posos, restos, cenizas que tardarán más en disolverse y por eso, en las siguientes semanas, sigo sin ser yo y soy la yo que era a la vez y confundida, porque vuelvo a tener nada claro.
Y busco un camello que me dé la energía que he perdido y que me deja hipnotizada todo el día, como una vaina de judía vacía y tirada a la basura a medio cocer. 
Porque eso es lo que me pasa, que nunca terminé de madurar y las veces que he creído hacerlo se convirtieron en agua de borrajas.
Aun así, sigo. 

lunes, julio 09, 2018

Despertares

Todas las mañanas de verano tienen rayos de infancia. De amaneceres de despertar somnoliento y relajado con el sonido de la vida que se levanta. De mirada a la luz que entra entre las lamas de la persiana, a medio bajar para que entre el fresco. De primer pensamiento sobre si hoy saldrás en bici tempranito, sintiendo el aire fresco en toda la piel desnuda y la sonrisa que aparece invocada por ese instante de libertad sobre dos ruedas. 

Algo hay diferente en la salida del sol en el estío. Feliz. Despreocupada. Limpiadora eficaz de las mil preocupaciones que rondan la cabeza, la mayoría creadas por una misma porque me permito que el mundo pese. En estas madrugadas casi mañana, el aire respirado sabe distinto porque aligera los pulmones y abre posibilidades. Sobre todo de calma, de paz más allá del mundo adulto que se han inventado para nosotras y no siempre me vale. 

Despierta antes de que suene el despertador que me devuelva a la madurez de mis años, reposo en la cama y me dejo acunar por los ruidos de esta calle, más ruidosa que antaño y, sin embargo, ajena al bullicio invernal bajo la oscuridad de días más cortos. El sol desprende esa luz anaranjada que acaricia mi cuerpo desnudo y cuyo tacto me vuelve aún más perezosa. Quiero y no quiero levantarme. Quiero, porque siento que mi día estará lleno de opciones deliciosas. No quiero, porque cruza mi mente la constatación de que el trabajo será lo de siempre. 

Entrecierro los ojos y me dejo vacía. Paladeando las legañas infantiles y su natural alegría. Respiro niñez y no me asusto por las primeras notas del móvil avisando que ya es hora de ser mujer. 
Hoy caminaremos juntas. 

sábado, mayo 19, 2018

El tacto en mis pies

Echo de menos caminar sobre suelos de madera. La textura bajo mis pies, el color que dan a la casa, su brillo desgastado por donde más pisaron, pisamos, por donde movemos muebles.

Echo de menos la sensación de hogar de ese piso que no era mío ni jamás lo sería y que, sin embargo, sentí más casa que estos 78 metros cuadrados que llevo habitando más de media vida y no consigo hacer míos por mucho que me empeñe, limpie y redecore.

Echo de menos esos otros suelos entarimados de una infancia en leotardos, de tardes frías junto al abuelo que nunca me dio miedo y sentí cariñoso por algún motivo extraño.

Echo de menos que no sea falso, ni sobre mármol o terrazo. Si no que sea único, y ajado, y viejo y cálido y que me haga pertenecer como nos pertenecíamos el uno al otro. También eso lo añoro: ser dos que son una (pareja). Calidez viva junto a la del suelo que pisábamos y que era para mí el sueño de mi vida hecho realidad.

Y puede que esa fuera la pega. Que el sueño me cegara de la realidad acerca de que ese entarimado no era mío, que la que andaba descalza sobre él no era del todo yo y que tú nunca fuiste capaz de estar al completo porque te parecí demasiado en seguro como para preocuparte. 

Así que ahora echo de menos el recuerdo que se construyó sobre un sueño de la infancia, con lo cual, nunca tuvo cimientos.

¿Puedo añorar un futuro en el que el sueño ya desvanecido sea una realidad construida por mí? Lo hago, soñar de nuevo para crear otro mundo que sea mío, mientras la planta de mis pies rememora ese otro suelo cálido y ajado.

miércoles, abril 25, 2018

Caricias

Siento todos vuestros roces. La mano descuidada que redirige mi camino. La palma amiga que protege inconscientemente. El tacto del abrazo más largo. La rodilla contra la mía por inercia del movimiento. Los dedos sutiles que no saben si hablar. 
Siento lo consciente y el accidente. 
Siento todo. Por encima de la ropa como si fuera sobre mi piel desnuda. Y me estremezco hacia dentro para no ser percibida. Para ocultar que reacciono, que noto, que todo mi cuerpo responde y mi cabeza se dirige rauda al punto exacto donde el otro, quien es externo, pasa a ser parte. 
Y quedo enganchada, prendida, colgada. De mí. De mis sentidos concentrados. 

miércoles, abril 18, 2018

Reencuentro

Dejo huella. Donde voy, a quien amo. Dejo huella. Toda una vida narrándome una historia ficticia para mantenerme a raya. Para creerme segura en el olvido que inventaba para no enfrentarme a la herida. La antigua. La que marcaron como si fuera un animal y no se ha borrado en todos estos años, aunque la haya ocultado con capas de una seguridad ficticia en sonrisas aprendidas para evitar el conflicto. Con quien amaba. Con quien me quiso mucho y mal. 
Y, entonces, de repente, el círculo que llevo recorriendo toda la vida me lleva casi al principio y me tropiezo con ellas. Mis propias huellas. Las que creía inexistentes, borradas, pisoteadas por otras que llegaron después más brillantes, más importantes, siempre mejores que yo. Y no. Ahí están. Las marcas de mis palabras, mis acciones, mi yo por completo o, al menos, esa pequeña parte que me atrevo a mostrar cuando el animal herido se retira un poco y deja asomar levemente a la niña pequeña cuya curiosidad es insondable. 
¿Qué siento? Sorpresa. ¿Alivio? Una alegría antes desconocida y extraña que me hace un poquito más liviana. ¿Ganas de llorar? Lágrimas que no se vierten. Amor. El amor de los otros. Quienes me dicen desde siempre, sin yo escucharlo (sin quererlo escuchar) que existo y dejo marcas. Buenas. De las que gusta acariciarse. De las que pueden ser un abrazo en la deriva. 
Me desmonto toda una arquitectura inventada desde unos cimientos temblorosos que se convirtieron en fuertes a base de aferrarme a ellos. Por una vez no es un derrumbe. Y me replanteo. Revisito aquellas fantasías dadas por verdaderas. Salgo del anillo hacia una nueva elipse. Freno las vueltas para reubicarme. Sonrío.
Si los demás no borran mis rastros, procuraré no ser yo la que desaparezca. 

viernes, marzo 30, 2018

Reconciliación

Hice muy buen trabajo borrando el rastro de mi memoria. El dolor fue tan intenso que arrasé hasta con momentos felices que aparecen difuminados en un paseo sin rumbo que me lleva a los lugares por donde transcurrió mi infancia.
Hice tan buen trabajo que las cientos de reconstrucciones de mi vida no pueden ser llamadas como tales. Reedificar supone partir de unos cimientos, inexistentes en mi caso. Podría hablar de reinventar, pero incluso así sería necesaria una base con la que hilvanar las nuevas realidades de mi persona. Por tanto, en todo este tiempo me he dedicado a ser la pérdida de una identidad que muestra las caras diferentes que me pruebo. 
Sólo ahora, cuando voy encontrando las esquirlas abandonadas en un oscuro y profundo rincón, aparezco o me reconozco en quien soy, compendio de herencias indeseadas de las que formo parte. 
Por fin entiendo que mi pertenencia no está puesta en duda salvo por quien quise ser sin ser de donde venía. Y de dónde vengo es lo que me permite restaurar un yo único y diferente a todo de lo que provengo. 

miércoles, febrero 28, 2018

Aparezco

Hay una tristeza de profundidad abisal. Baja, cae, alcanza lugares inaccesibles mientras arrastra. Tira sin piedad a la vez que pedazos saltan a la superficie como recordatorio de su existencia. Es una pena tan preparada que se agazapa como la mejor cazadora, al acecho sigiloso de quien conoce a su presa. No sirven en ella las mejores linternas colocadas hacia delante con haces de serie de FBI. Queda la luz amortiguada por una oscuridad cortante y silenciosa que penetra en cada resquicio de oxígeno, oprimiendo el pecho hasta hacer a la cabeza, incansable, explotar en los saltos imparables y desbocados.

Se ceba de lluvias torrenciales que amargamente arramblan con el cauce apenas recién creado con temblorosas manos inexpertas. En una corriente infinitamente callada y subterránea hasta que el resquebrajamiento de la personalidad le abre camino sin barreras.

Cuando llega, ya apenas quedan fuerzas para luchar contra ella. Y guerreo. Combato como si se me fuera la vida en ello, porque la vida es lo que me juego y no importa si me siento la célula diminuta frente al gran pez antediluviano cuyos dientes en fauces abiertas son el preludio de convertirme en merienda.

Comprendo tarde que queda poco de mí entre tanta ruina y el submarino de rescate lanza SOS a mí misma como último recurso al recuerdo. Por si despierta la añoranza de esa alegría innata que me ha salvado tantas veces.

Cual terminaciones nerviosas en alerta, saltan los impulsos azules, morados, intermitentes, incansables, convertidos en las sirenas de toda una tropa de ambulancias y coches de bombero que siguen sin acabar del todo con la negrura que me aflige.

Y escribo, escribo, escribo. Escribo para vaciar, para no llorar o llorar sobre el teclado, sobre la hoja, sobre la mesa, sobre cualquier cosa que no sea este clamor doloroso que me hace saltar quieta y acaba con las pocas energías que reservaba.

Y escribo, escribo, escribo como defensa y como ataque, como salida y como huida mientras permanezco mirando la sima a la que he saltado tantas veces en una sola vida que pensé que ya estaría cubierta de todos mis cadáveres y no habría caída posible. Sin embargo, aquí tampoco son suficiente mis huesos para sostenerme, ni siquiera los millones de ellos que se han roto en cada intento de salvar el precipicio que decían llevar al vacío fértil. Pero si fértil es esta hondonada, yo no encuentro los abonos que me permitan no querer llorar tanto que se inunde mi casa, mi ciudad, el mundo hasta ahogarme en mis propias lágrimas, por si así comprendo, de una vez y para siempre, esta congoja inhumana hecha humanamente de mí.

Y rezo a lo que quede de deidad en este mundo sin deidades para que sea suficiente. Que las palabras sean de nuevo tabla y nave. Porque, si no, sólo quedarán ausencias repletas de este sufrimiento al que abrazo porque es lo más conocido que tengo. Y no lo quiero. No lo quiero ya, aunque sea mi más fiel compañero. 

lunes, enero 29, 2018

Juegos vespertinos

Podría esperar una vida entera a que las cosas encontrasen su lugar, porque nada parece en su sitio.Yo sí, estoy, en mi espacio, ése que no deja que los demás entren a pisotear los suelos recién fregados y donde las caricias parecen de acero cuando no son pedidas. O no. Puede que todo esté en su lugar y sea yo la salida de cuadro, de las líneas por donde colorear. En los dibujos no fui tan mala, pero seguir las líneas de escritura siempre fueron un problema, hasta cuando venían marcadas.

En cualquier caso, permanecer en el estado de expectación es, quizás, el recurso de los peter pan más perdidos que sus niños porque son en realidad adultos a media jornada que en la otra mitad les gustaría coger el chupete y echarse a dormir en la cuna, arropados por una mano cariñosa.

O no.

Puede que la madurez que representó toda mi niñez y juventud reviertan en un tiempo loco y sea como un extraño caso del señor Button pero en continuo envejecimiento y con la celulitis empezando a campar a sus anchas en mis glúteos, por muchos esfuerzos que ponga en mantener tersa una piel que no rodea más kilos de los que rodeó el resto de mi vida.

O, tal vez, y sólo tal vez, me esté inventando toda una historia simplemente para reorganizar la que me dieron predestinada aquel caluroso día de hace unas décadas, cuando me decidí a salir por puro aburrimiento y no necesidad. Por necesidad ni me habría tomado la molestia de nacer. Al fin y al cabo no existe ninguna meta ni objetivo que tenga mi vida, más allá de pasar aquí los años que me correspondan intentando no ser demasiado dañina. Especialmente para mí.

Así es más fácil acampar a unas anchas muy estrechas y contemplar los atardeceres que me recomendaba mi oculista, en un romántico intento de mantener mis cansados ojos lectores, sanos el mayor tiempo posible. Como si leer menos fuera una opción. Observar cómo se oculta el sol sí que lo es. Y se puede hacer en la más absoluta soledad sin sentirse pequeña, porque para diminuta, la razón que tengo para estar en movimiento como si fuera yo la tierra que gira alrededor del tiempo que es el astro rey de nuestras vidas.

Sin embargo, no quiero consuelos cuando el sentir ya es suficiente motivo para comprender que en la cabeza habita mi alma, pero es mi corazón el que bombea las ideas que la nutren.

domingo, noviembre 26, 2017

La creación del sueño

Cada vez que intento un futuro nuevo aparecen los lienzos multicolor que tienen miles de trazos distintos. Como tirar de un hilo infinito intrincado en un jersey de los de abuela, que abrazan y calientan hasta el punto que no quieres quitártelo nunca. El riesgo es ese: no querer abandonar la comodidad de la pintura cientos de veces repetida en diversas versiones, pero siempre la misma. 

Añoro la capacidad de olvidar para retornar a una posteridad tan ajena a mí como suficiente para dejarme vivir al son de todos los ritmos que mi cabeza es capaz de imaginar, pero mi boca enmudece para que mis manos no encuentren los picaportes adecuados.

Ojalá esa ceguera única de quienes han aprendido que las utopías saben mejor si las aliñas con el arrojo de crecer al lado de quienes son tan distintos que acaban siendo siameses contigo. Agudizan el resto de sentidos para hermanarse con ese otro yo que reside en cada uno, a veces fragmentado en segmentos diminutos, sólo localizables si les da la luz.

Cojo todos los pinceles disponibles y sólo me encuentro con botes vacíos en los que es imposible humedecer las ideas para aguar las preconcebidas elecciones que me llevaron hasta una cama donde yacer inmóvil mientras se agitan las ventanas hasta estallarme encima.

Los grillos acompañan a las cigarras en sones sólo audibles por mí, como preludio de la sinfonía no escrita por la que reconvertir el pentagrama en salida de incendios despejada.

Así, comprendo que el problema está en el intento y agarro con fuerza la determinación que es ser.

domingo, noviembre 19, 2017

Casa ajena

Recorre los metros de su piso y vislumbra en todos ellos los recuerdos de un pasado que le hizo daño. Reflexiona en sí y se descubre ajena al hogar que se ha construido en los últimos años. Terreno abonado por otros, ausente de su propiedad que la acoge por herencia, si bien lleva toda una vida desheredada.

Intenta recomponer el lugar al que pertenecer, pero los cimientos sobre el regalo de quien le quitó al nacer la capacidad de pertenencia, tiemblan bajo sus ya trémulas piernas. Los ladrillos se le transforman en anclas adheridas a profundidades que abandonó a duras penas en la adolescencia. Vacía cada hueco que puede para limpiar la maleza, con espinas que aún le pinchan y crean tormentas mojadas. Deja espacios en blanco para permitirse respirar sin marcos. Elige amorosamente cada nuevo objeto, escasos. 

Y, a pesar de todos los intentos, se mantiene ajena. No dirá que es su casa. No sentará las bases de la familia que es ella. No se consentirá bajar la guardia. Las lanzas siguen en ristre y los tambores de guerra retumban desde el pecho, aunque no los deje salir fuera. Presta a la guerra, no olvida heridas años ha cicatrizadas, las siente sangrantes y dolientes. No las deja y, con ellas, continúa el miedo y se mantiene presa. De sí misma, sin saberlo, ahogando las posibilidades de encontrar el lugar donde reposar la cabeza, los brazos, el cuerpo entero y su alma en pena. 

Escruta cada pared, que es el horizonte delimitado, para descubrirse en ellas. Es sus propias fronteras de las que no sabe salir, se enreda. Corta las ramas que ha creado y empieza a ver el claro. Dentro, muy dentro. Quizás lo logre. Ser su hogar. Llegar a él antes de volverse una viva muerta. 

sábado, octubre 28, 2017

Tras la puerta

Corre a la mirilla, como cada vez que escucha la puerta del bloque cerrarse, ventajas de vivir en el bajo. La mayoría de las veces es para nada y vuelve desilusionado y arrastrando los pies al sofá. Esta vez ha habido suerte: ahí está ella. «Provocando como siempre», se murmura, bajito, para que ella no lo oiga. Lo tiene clarísimo: ella se cimbrea así para él, porque sabe que la está mirando. Mucho quejarse, mucha denuncia, pero está clarísimo que se pavonea en sus narices, allí, detrás de la puerta que los separa, con esos aires de suficiencia por haber estudiado más que él, «hasta el final».
«Quién se habrá creído la putilla ésta», con esos conteneos ¿cómo se va a controlar él, que ya tiene la mano en la entrepierna, agarrando su polla dura contra esa maldita madera que los mantiene lejos? «¿Cómo va a poder controlarse un hombre ante semejante espectáculo?», se dice, por comodidad, inconsciente de que, precisamente, por su condición de hombre, y no animal, no sólo puede, sino que debe controlarse, respetar a su vecina del cuarto, por mucho que ella le sonriera, sea educada, aceptara una vez su invitación a una copa en su casa. Él no está para eso, no está para nada que suponga aceptar que ella es otro ser humano, y menos ahora que su mano sube y baja por su miembro, pantalones de chándal ya a sus pies, mordiéndose el labio y con el ojo derecho tan pegado a la mirilla que casi podría salir por el otro lado. 

Ella lo nota. No puede tener la certeza absoluta, pero sabe que él la vigila detrás de la puerta cada vez que entra en el edificio. LO SABE. Porque siente ese no sé que le eriza la piel y la hace casi correr hasta el primer tramo de escaleras. Por desgracia no tiene escapatoria. No le quedan más ovarios que pasar delante del vano de ese «desgraciado, asqueroso, baboso» que le repele tanto como la asusta.
Cuando se mudó no calibró correctamente el nivel de garrulismo de su «amable» vecino del Bajo C. Aceptó ir a su casa, sin saber que acabaría manoseada antes de lograr traspasar el umbral asqueada y casi gritando auxilio, para nada, porque los vecinos preferían ser testigos que parte.
Alguna vez había pensado encararse, llamar, aporrearle la puerta, que sería como hacerlo en su cara porque seguro estaba detrás, a veces había notado movimiento por la mirilla. Al final había decidido que era imposible dialogar con semejante animal, que ya se había cansado de explicarle por qué no la estaba respetando. Llegó a sonreír al recordar la vez que se le ocurrió llevarle un libro, a ver si así lo entendía. La cara de él, incrédula al principio, colorada poco a poco y de absoluto cabreo cuando empezó a gritarle que quién se había creído ella para insultarle, que si se pensaba que él no había leído nunca... Y, la verdad, hasta ese momento no se lo había planteado, pero entonces comprendió que, quizás, ni había acabado la enseñanza obligatoria.
La sonrisa le duró poco, se puso alerta en cuanto escuchó un ruido en el Bajo C, un espasmo, un gemido ahogado que la asqueó cuando alcanzó el primer escalón y se sintió algo más a salvo.

viernes, octubre 27, 2017

El sueño de la felicidad

Lo tenía clarísimo. Nada más ver la imagen lo comprendió. Era su futuro, ni más ni menos. Y se lo dijo a sí misma: «así voy a acabar, desnuda y rodeada de libros que serán mis muebles, mi cama, mi todo». No sólo es que se lo dijera, lo sintió en su piel. Cada milímetro de su cuerpo reaccionó a la que sería la caricia suave del papel, al tacto delicado de algunos cueros y telas de sus ediciones más queridas. Su olfato despertó con el aroma de tinta, tan conocido, tan querido, tan absolutamente suyo. Sus dedos se crisparon levemente ante la idea de toquetear, a saltos, páginas y páginas; sus ojos se entrecerraron soñadores de las mil y una historias que descubrirían para deleite de su espíritu, que dormiría tranquilo en las narraciones. 
La desnudez sería la alegoría de la ausencia de mayor necesidad que sus queridos libros y el resto de su tiempo estaría destinado a ellos.
No podía haber imagen que la hiciera sentir más feliz. Y así, poco a poco, y con delicadeza, fue descubriendo su cuerpo. A la vez que se quitaba la camiseta, recorría las pilas de libros que ya ocupaban su pasillo desde hace tiempo. Quería más. Se desprendía del sujetador mientras vaciaba la primera estantería y recolocaba los ejemplares por el suelo de su salón. 
Caía la falda desde sus caderas a sus pies con gracia, a la vez que la segunda librería de la sala era despejada. Aquí se detuvo con mayor delicadeza. Eran sus ejemplares de poesía, a algunos de los cuales les tenía especial cariño. Se regodeó, tirada en el suelo, ya desnuda, releyendo versos, poemas, dedicatorias y se dejaba mecer por el embriagador poder de la rima.
Continuó por toda la casa, desparramando libros y libros, pensando en las nuevas adquisiciones para cubrir algunos pequeños huecos en el suelo del dormitorio, y tras acabar, satisfecha, se tumbó, juguetona, sobre todos aquellos que ocupaban su salón. Alargó la mano, perezosa, para alcanzar cualquier libro al azar y lo abrió, igualmente, dejándose ir. 
La felicidad ocupó todo el aire y allí quedó, sin mundo alrededor, sin otros que no fueran los personajes que leía, hermanos ya, hogar. 

Para Á. cuya foto me inspiró, y para V. cuya conversación me llevó a este texto.

viernes, octubre 13, 2017

El regalo

Hacía tiempo que no se decidía a entrar. Le daba ese respeto, ese pudor del sentimiento de culpa judeocristiano que consiguió arrancarse, a bocados de su amante, con 20 años. Lo que pasa es que el peso de la cruz había dejado una pequeña marca que aún escocía a veces. Esta no era una de esas ocasiones.

Sacudió la melena, planchó la falda hacia abajo y entró haciendo repicar los tacones, que calzaba sólo porque sabía que era la única manera de cimbrear sus caderas «como una mujer». Siempre que entraba la sonrisa de la dependienta desde el mostrador hacía que su rabadilla temblase. Era ese escalofrío entre placentero y alarmante, como cuando vivíamos en cuevas y olíamos a un depredador y pensábamos por un lado que podríamos tener cena y, por el otro, que igual la cena seríamos nosotras.

Habitualmente se paraba mucho en los aceites y cosas así. Las plumas, los pinceles, la pintura corporal, cualquier cosa que pareciera un juego de dos. Ni siquiera se había atrevido a comprar allí su vibrador. Ese vino a domicilio en una caja enigmática a prueba de vecinos cotillas (literalmente era la publicidad de la web). 

Sin embargo, esta mañana se había despertado de otra forma. Cuando alargó la mano hacia el espacio vacío de la cama no sintió ni el más mínimo rastro de la punzada habitual ahí, en mitad del pecho tirando a la izquierda. Ahí, en la boca del estómago donde antes volaban mariposas. Ahí, en la entrepierna que tantas veces despertó húmeda por la expectativa del roce nocturno con esa piel que no era la suya.

Para nada. Hoy se había despertado descansada. Sonriente. Se había desperezado estirando todos y cada uno de los músculos de su cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo había apoyado sus manos en el cabecero para estirarse cuan larga era y arquear sus caderas con fuerza para sentir los tendones de los muslos tensarse, la espalda descontraerse y saberse fuerte y viva. Y había movido, con la rutina cargada de años, la mano hacia el otro lado de la cama. Desierto, de nuevo, no había percibido el amargor en la boca. La sonrisa había permanecido resplandeciente como el sol que amanecía tras sus cortinas y se había atusado el cabello con determinación, mientras se permitía levantarse perezosamente, con ese ritmo pausado de quien se sabe dueña del día.

Llamó al trabajo. No tenía intención de quedarse encerrada ante un ordenador insípido escribiendo inútiles cartas sin contenido. Iba a aprovechar la luz que brillaba en el cielo, pero también dentro de ella. Se iba a hacer el regalo con el que llevaba soñando años. 

Nunca lo había hecho. Le parecía un gasto inútil, sobre todo «si no lo va a disfrutar nadie». Bien sabía ella que no era el momento de que alguien llegara. Más bien, cualquiera chocaría con el muro que había construido con su esfuerzo titánico. Porque otra cosa no, pero como semidiosa griega no le ganaba nadie.

Sin embargo, este momento que estaba viviendo y que había empezado temprano, que se iba haciendo grande hasta ocupar cada una de las horas que pasaban de la jornada, le gritó desde dentro que lo inútil era estar esperando. Y, sobre todo, que había alguien que quería, deseaba, anhelaba, se merecía disfrutar del ansiado obsequio.

De esta forma, por una vez, devolvió la sonrisa a la dependienta con la misma candidez y seguridad, pasó de largo de los estantes hermosamente colocados y se dirigió a las perchas. No era de gustos baratos y con esto no iba a ser una excepción. Se tomó su tiempo y no miró etiquetas.

Dejó, primero, que los colores le alegraran el alma. Desde negros brillantes a satinados azules, rojos vibrantes, verdes diociochescos, estampados bordados en fucsias noctámbulos... Era un arcoiris que crujía en sedas, encajes, crepés cuyo tacto fue la segunda seducción. Acarició las piezas que más le llamaron la atención y les permitió despertar ese instinto amurallado. Jugueteó con las lazadas, toqueteó las hebillas y broches, incluso olisqueó ese aroma de ropa nueva. 

Finalmente se decidió por tres modelos, uno de ellos sólo de cintura, para comprobar el efecto. Se giró sobre sus talones, y, por primera vez en tantas veces que había entrado, avisó a la vendedora con voz suave, cálida y rotunda. 

— «Vas a tener que ayudarme o enseñarme a hacerlo, si no te importa».
La chica, diligente, se le acercó relajada y le comentó que si era la primera vez, ella le ayudaría, pero que, en el caso de que se decidiera por algún modelo, le explicaría como hacerlo sola. 
— «No nos gusta que nuestras clientas piensen que la única manera de disfrutar de esta prenda es con ayuda. Es más, para nosotras es algo para cada una».

Esta respuesta, quizás repetida cientos de veces, seguía teniendo el convencimiento que su propio despertar había tenido. Y sonrió de nuevo.

Dentro del probador fue más sencillo de lo que había esperado. Parecía que llevaba toda una vida colocándoselo. Quizás llevaba varias haciéndolo. Se ajustó todo lo que pudo desde su inexperiencia y llamó de nuevo a la mujer de la tienda. Con su ayuda, apretó las lazadas y convirtió su cuerpo en lo que siempre había deseado: un sinuoso camino que le llevaba hasta su más temprano deseo. 

Cuando la dependienta se retiró y le dejó espacio para que se contemplara no pudo menos que soltar un grito de asombro. Sintió la presión unos segundos. Esa que desmayaba a sus hermanas en siglos pasados. Y también experimentó el poder de sentirse erguida como nunca, sustentada como nadie, bella porque para ella eso era belleza. La cintura que de niña la llevaba a chillar a su madre que apretara y apretara y apretara los lazos de sus vestidos (y que le granjeó el mote de Escarlata, por la O'Hara), estaba ahí, de avispa, perfecta. 

Y era sólo para ella.

— «¿Es complicado ponérselo una misma?» — preguntó acariciando la seda y pensando que no podía dejarlo ahí, que no podía perder esa sensación de grandeza que le salía en cada, por ahora, exangüe respiración.
— No, no lo es. No sólo te enseño ahora mismo, si no que vas a probarlo para que te convenzas».
«Convencida estoy —se dijo para sus adentros — tan convencida que espero que no te des cuenta de que tiemblo de miedo».

Pocas veces se había permitido salir de las paredes que le habían construido otros, y mucho menos de las almenas que ella misma había dejado crecer más adentro. Así que sí, temblaba de miedo, pero también de una emoción tan infantil y a la vez tan de la mujer que era que sabía que le iba a dar igual el precio. 

Hizo la prueba, hizo y deshizo la lazada como si se hubiera dedicado a ello desde siempre y pagó sin remordimientos. Puede que su banquero no pensara lo mismo, pero por fin le importaba un bledo. Él y el resto que siempre se consideraba con derecho: a juzgarla, a reñirla, a encorsetarla.

Pues ahora sería por voluntad propia que se iba a ceñir, pero con el corsé de sus anhelos. Lo que siempre había considerado un fetiche se convirtió en su arma secreta. No contra los demás, sino su aliada para recordarse. Su luz, su fuerza. 

Y respiraba. Profundamente. Limitada por ballenas, exhalaba como un Buda de esos que siempre le pareció que miraban con suficiencia. 

Y sonreía. Por una vez y para siempre, hacia dentro.

Para I. la mujer que crece conmigo, me enseña, me acompaña, me anima a que me quite esos miedos a  mi cuerpo y a que lo toquen. En definitiva, una amiga a la que quiero.

domingo, octubre 08, 2017

El tiempo está parado, somos nosotros los que transcurrimos

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Nacemos y al poco pensamos que somos eternos, luego tememos nuestro fin. Algunos abrazamos nuestra finitud como un chaleco salvavidas, el único.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Creemos que son los segundos, minutos, horas, los que se mueven indefectiblemente, Nos pensamos inmóviles y somos nosotros los que ocurrimos, quienes estamos y dejamos estar, mientras las horas, minutos, segundos permanecen, impasibles, hasta la infinitud que sólo existe en ellos.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Como ríos que no cesan, como garras indómitas que desgastan las piedras que quieren ser muros que nos sostengan. Algunos arrastramos mareas, otros se estancan en una falsa quietud y permanencia. Somos nosotros los que transcurrimos hacia finales inciertos, por mucho que hayamos pretendido planificar nuestra vida.
Transcurrimos a cámara lenta en comparación con el tiempo quieto. Somos unas minúsculas estrellas fugaces que apenas han nacido cuando sienten su luz apagarse, muchas ocasiones sin haber llegado a ser contempladas por alguien cuyos ojos dieran una segunda vida a nuestra existencia. Caminamos por senderos inciertos, que labramos sobre arenas movedizas a las que damos firmeza con pisadas duras para resecar los lodos de nuestras propias aguas.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Y no queremos saberlo. El conocimiento nos haría libres, así que preferimos vivir ignorantes con las cadenas que subyugan nuestras mentes hasta convertirnos en los guiñoles de otros. Sin aprendizaje no existe el pensamiento que gane la lucha. Sin lucha, la esclavitud está garantizada en todas sus variantes. Es esclavo quien no sabe que no es tener lo que le hace, es ser lo que le permite y reina su existencia.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Puede que en lágrimas que salen y encogen el corazón. También harán limpieza. Porque si no vaciamos primero, no hay espacio para lo que resta. Los ojos vidriosos dejan ver las partes que nos ocultan las luces que ciegan.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.


Versos iniciales del poema El tiempo está parado de Mascha Kaléko, de la edición de Tres maneras de estar sola traducida por Inmaculada Moreno. 

martes, septiembre 26, 2017

Al otro lado del muro.

Ella los mira. Los ha convertido en un foto fija. Los ha transformado en lo que siempre acaba siendo ella: una imagen sin movimiento que debe estar callada y bonita. 

Los contempla. 

Observa a su vecino. Allí, encaramado al muro, ha decidido ignorarla de nuevo. Como hace desde el momento en que a ella se le desarrollaron los pechos y empezaron a murmurar. Lo hizo por el bien de ella. Eso le dijo: «no quiero que no encuentres un buen marido por mi culpa». Que ella quisiera o no tener marido no se contempla. Que quisiera su amistad tampoco. Que quisiera. Punto. No le dieron opción a elegir. Aprendió pronto que esa sería una constante en su vida.

Ahora él está haciéndose el distraído. Disimula girándose al otro lado, pero ella sabe que no es así. Siempre se le escapan los ojos hacia donde se encuentra. Y dibuja una sonrisa triste y casi levanta la mano para saludarla. Pero no lo hace. Nunca lo hace. Ahora es ella la que lo curiosea.

Tras el velo que difumina su rostro también mira al vendedor ambulante con su bici a cuestas. Ése que intenta rozarla cada vez que se la encuentra. El que le susurra libidinosamente, sabiéndose protegido, porque si protesta tiene toda las de perder. El que sueña con recorrerla con su lengua y forzarla, porque si es con su consentimiento no tendría gracia, no dejaría huella. Le ve ajeno, también ignorándola porque la última vez se arriesgó y llevó un cuchillo que le rozó la mano que pretendía tocarla. La hoja afilada rasgó su piel como el papel y la sangre debió ser aviso suficiente. Fue tan sutil que él no supo reaccionar, no vio la herida hasta que fue a alcanzar la fruta que le pedía otra clienta.

Se cruza el estudiante. El que se negó a sentarse a su lado porque «no era digna de educarse». Ni la miró en ese momento, no lo iba a hacer ahora, por la calle. Donde la sabe menos protegida, más fuera de lugar. Porque las plazas no son de ella. Son de él. Son de ellos. Y por eso camina erguido, ajeno, libre. Mientras ella permanece atenta.

Los niños. Los niños siempre la ignoran. Son aleccionados casi desde la cuna en que no hay que acercarse, salvo a la madre y a la hermana «para protegerlas».  Así que directamente se lanzaron al muro, al otro lado. No tenía importancia. A ellos apenas les culpa. Les da el beneficio de la inconsciencia infantil. 

Sin embargo, esta vez no les va a valer de nada todas sus argucias. Podrán intentar no verla, lucharán con no verla y acabarán trepando el muro que tanto les interesa. Porque en esta ocasión ella no está sola, ninguna de ellas. Han ido sumándose, de una en una, silenciosas, ignoradas, no vistas, de cada punto de la ciudad, caminando kilómetros. 

Y se acercan.

Paso a paso, empiezan a formar una masa que observa.
Que analiza como las analizan a ellas.
Que susurra, pero no lo que están acostumbradas a escuchar, lo que les han obligado a escuchar, si no su propia fuerza.
Murmuran quiénes son.
Explican de dónde vienen y adónde van.
No se paran.

La foto cambia.

Ellos miran.

Ellos se asustan.

Ellos corren.

El muro que las encerraba a ellas será su paredón. El lugar donde dejen de ser quienes las manejan.


A  J. A. cuya foto inspiró esta entrada.

sábado, septiembre 16, 2017

El coño y el corazón palpitan juntos, es la cabeza la que nos putea

Pensativa. Analiza una y otra vez. Empieza de nuevo. No es que sus ojos no vean, no están mirando. Ha permitido que desaparezca el latido unívoco y al unísono. Se está alejando de sí misma sin darse cuenta, mientras cree firmemente que es ella más que nunca. Porque piensa. Se piensa. Da vueltas y revisa mentalmente cada ángulo. Incluso los suyos propios. No lo nota. Pierde el contacto y el ritmo se diluye en una cuenta atrás que será sin retorno. Le va a quedar una única baza y la vida no es eso. Son muchos fragmentos caminando sobre el mismo pentagrama. Porque hay un ritmo. Acompasado. Ahora distante, pero tan fuerte que no nace de una única entraña. Se aleja. No se ha movido ni un milímetro del lugar y casi está extraviada. 

Por un instante, se despista. Ahí vuelve. Ese palpitar conjunto intenta revivirla. Su coño se moja y su corazón le grita desde el pecho para ser oído. Ha bastado un roce. Agita la cabeza ensimismada. Intenta dejar de oír. Dejar de sentir porque es lo aprendido. Apreciar, percibir, malo. Analizar, ser lógica, bueno. 

Grito: ¿qué lógica hay en perder lo que nos hace humanas? ¿Lo que aúna alma y cuerpo en una sinfónica y placentera vivencia que estalla en el coño, corre al corazón y explota en mil pedazos en la cabeza, convirtiendo un pensamiento en un universo en expansión?

Está mal. Eso es lo que piensa. Está mal porque es demasiado bueno y prefiere irse al carajo antes de que se vuelva daño y queden esquirlas sangrantes durante años. La mente vuelve a la carga con más fuerza. 'Sufrirás, llorarás, querrás estar muerta'. 

Está muerta ahora si se queda quieta. Porque hay muchas formas de escuchar y la única que habla no es la cabeza. 

Cabizbaja, reflexiona. Y palpitan más fuerte desde el pecho, desde la entrepierna. Los demás tienen que oírlo, se dice. Pero es sólo ella. Y no quiere escuchar. Llegar al cielo no es suficiente cuando aprendió un silencio extendido a su cuerpo, que también debe callar. No compartirse, ni con ella. Ser inmaculada, impoluta, fría, distante, razonable, protegida por el muro de la indiferencia. 

No ser humana. O ser la humana que otros decidieron que fuera. Caminar por una sola ruta marcada por las pisadas de millones de mujeres que antes que ella se dejaron arrastrar por considerar que no tenían más remedio.

Otro roce y vuelven a la carga. No se van a callar tan fácilmente. 

Se quedan. 

A Á. cuya frase dio pie a este texto.

viernes, septiembre 01, 2017

Un enchufe, un mueble y mi padre

Una se piensa que estudiar sirve. Que el saber es útil y que tener la carrera ayuda. Y aquí estoy, llorando como una magdalena y mirando estos cables pelados en mis manos, sin tener muy claro si las lágrimas son por el enchufe, por mí o por mi padre.

Aquí, tirada en el suelo en medio de las convulsiones del llanto, sólo pienso en las veces que no lo escuché, las veces que pensé que yo estaba por encima. Yo había estudiado, había viajado, sabía más. Y no lo escuchaba. Ahora, aquí, en el suelo, con el hueco del enchufe desafiándome desde la pared y estos tres cables en la mano, sólo pienso lo tonta que soy, lo poco que sé, lo estúpido que fue no escuchar porque ¿qué iba a enseñarme él, un pobre paleto de pueblo con toda una vida dedicada a sus labores?

Como un cine en HD, mi cabeza se ha llenado de escenas, aquella en la que él me hablaba de temas en el hogar que podrían ayudarme y que yo ignoré, centrada en mi próximo viaje y en lo pesado que era mi padre. Retazos mínimos de cuando, con total paciencia y aún sabiéndose medio ignorado, me llevó a la pared, me repitió que primero había que cortar la luz y se dispuso a enseñarme cómo se cambiaba el enchufe. 

Me habría venido mejor recordar esa parte hacía diez minutos, antes de que los vecinos comenzaran a salir de sus casas porque había saltado el diferencial del edificio, después de que yo recibiera una bonita descarga.

Aquí estoy, llorando, intentando ir más allá en ese recuerdo para aprehender qué más había que hacer, dónde se colocaba cada cable y si el tornillo se apretaba antes o después de encajar esta maldita pieza negra con esta otra blanca, que realmente es la única que me parece un enchufe.

Sorbo las lágrimas y me apoyo en el mueble celeste, este aparador, más bien de cocina, blanco y azul cielo por el que peleé con uñas y dientes sin pensar si encajaría allá donde acabase viviendo. Qué estupidez sentir perfectamente cada milímetro de la madera como una historia de incalculable valor y no poder poner en pie ni una de las palabras de mi padre sobre el enchufe.

Puede que llore por él, que se fue sin saber que yo me iba a sentar en el suelo una tarde, delante de un enchufe que arreglar porque él intentó enseñarme. Que estaría aquí, con sus palabras rondándome la cabeza, acordándome de él y prestándole toda la atención que no le di en vida. No sabrá nunca que estoy llorando, frustrada, sin tenerle para poder llamarle y que me diga qué hago con el maldito cable que sobra, porque la clavija sólo tiene dos agujeros.

No sabrá que no me acuerdo de ni una maldita frase de las que me dijo acerca de enchufes, grifos, cisternas..., pero que recuerdo cada historia que me contó sobre este mueble que me apoya y que estaba en la cocina de su madre. Que siento su abrazo cuando era niña, y su voz diciéndome que por querer coger las galletas del último estante se subió a la puerta abierta de abajo y acabó con una brecha en la cabeza de la caída. 

No sabrá que siento en la yema de mis dedos el tacto de esa cicatriz que él me hizo tocar con delicadeza mientras me contaba esa historia después de encontrarme a mí trepando por el aparador. 

No me voy a dar por vencida. Voy a enjugar mis lágrimas, respirar profundamente, cortar la luz de mi piso y no pelearme con el enchufe como hacía con mi padre. Voy a escucharle y mirarle con atención. 

Él se lo merece.

Dedicado a A. A. que me dio el título.