lunes, diciembre 30, 2013

Balance

Al final no me resistí. Aunque mi balance de 2013 será breve.
Vete. Vete y no vuelvas, pero déjame aquí a dos personas muy especiales que han llegado, curiosamente cuando empezaste a ir muy mal. Y deja a las que ya estaban y han seguido a mi lado.
Llévate todo lo demás.

viernes, diciembre 27, 2013

Vida

La vida es aquello que ocurre y que casi nunca es como espero. Los segundos que se escurren entre las manos y son, repentinamente, años que han pasado y no me he dado cuenta. 
Sin embargo, lo peor no es esa mirada al presente que se ha convertido en pasado antes de que haya podido reaccionar. No. lo peor es cuando estoy parada frente a mi vida, la miro y me doy cuenta de que no sé qué decisión tomar. Lo que más temo es la indecisión. 
La duda puede empezar por algo sencillo: no sé si salir o quedarme en casa. Y elegir algo tan simple empieza a convertirse en un lastre que se une a otras muchas indecisiones (callar o hablar; ir o quedarme; cambiar o seguir...) hasta que empiezo a sentir, de nuevo, el nudo en la boca del estómago y el pánico empieza a apoderarse de mí.
Sé que ese miedo es más porque vuelvo a estar indecisa que por la misma necesidad de decidir, pero ahí está y parece que le coge el gustillo a mi cuerpo. Porque deja de ser una cuestión de cabeza para ser una cuestión de entrañas. Que se revuelven y se rebelan contra mi propio ser (si entendemos el ser como aquellas palabras con las que nos pensamos y configuramos en nuestra mente). Pero soy consciente de que esa no soy yo, y pataleo en mi interior cual araña flotando a la deriva en un charco que no son más que cuatro gotas escurridas de nuestra barbilla. Me debato peleona hasta que logro parar. El truco es parar. Dejar de decidir. Porque mi decisión pretende ser un análisis de cada pequeño detalle e ínfima posibilidad presente y futura como algo fundamental que podría cambiar mi vida hasta el punto de llevarla a lo más bajo.
No controlar. No querer controlar hasta el mínimo pormenor de lo que ocurre a mi alrededor. 
Volver a arriesgar. 

martes, diciembre 24, 2013

Invierno

Cada copo es distinto. Los rozaba. Cada persona es única. Miraba alrededor, extrañada. 
Había tantas posibilidades. El viento arreciaba.
Existían tan pocas respuestas. La escarcha helada.
Montañas de nieve y tormenta de palabras que se amontonaban sin parar.
Aceras desaparecidas por un blanco manto, mientras el negro llena la página.
Frío, ¿en el alma? Fuerza que se desata y clama.

martes, diciembre 17, 2013

Madrugada

Salir a la calle cuando aún es de noche. Cuando la luz no es luz todavía y las calles parecen mojadas con las legañas de noches apenas descansadas entre sábanas que nos rechazan por solas. Miras al cielo en busca de ese sol que indica que el día es nuevo, y trae esperanza, pero las nubes que percibes ni siquiera dejan ver las estrellas. Das pasos indecisos, que no inseguros, porque la niebla que te rodea no es externa. Y el corazón se empapa de esa lúgubre opacidad por la que no se filtra ninguna claridad. Parece que no habrá día. Te encierras entre cuatro paredes y no es hasta muy tarde que descubres que sí que hubo sol. Pero no lo suficiente como para acabar con las sombras que han salido de los rincones de tu alma expandiéndose y conquistando el terreno que intentaste abonar infructuosamente de certidumbre. Da igual si brilló deshelando las estalactitas que las lágrimas habían formado en las caras de los inocentes. Tú te has quedado en esa madrugada que te abrazó al poner el primer pie fuera de casa.

lunes, diciembre 16, 2013

Me gustaría decir que no habrá más. Pero suelo equivocarme de forma irremediable.
Me gustaría pensar que no me equivoco. Pero lo hago.
Parece ser que nunca salgo del mismo camino, que acabaré horadando. ¿Llegaré al otro lado?

viernes, diciembre 13, 2013

Vendrás

¿Vas a venir o no?
No sé si me apetece.
Pero, ¿vas a venir o no? 
Ya te lo he dicho. Estás empezando a alterarme los nervios. Estoy cansado.
No quieres venir... ¿No quieres venir? (entre susurros) No entiendo por qué.
No te he dicho que no quiera ir. He dicho que no sé si me apetece.
¿No te apetece? Pero, ¿entonces no vienes?
No sé, me cansa.
¿Te canso?
Me cansa. Me cansa la vida, me cansa ir, me cansa hablar sobre si voy a ir.
¿Te canso?
No
¿De verdad?
Entonces, ¿vas a venir o no?

martes, diciembre 10, 2013

#FreeJavier_Ricardo #FreeMarc

Conocí a Javier Espinosa en Melilla. Ya casi ni recuerdo si vino por las crisis política de Melilla o por los problemas con las oleadas de inmigrantes. Sí me acuerdo de que yo era una cría y de que sentí reverencia por él y su forma de trabajar desde el minuto uno. Me lo presentó otro de los periodistas que más me enseñó de la que fue mi profesión, Miguel Gómez Bernardi. Me dijo que acogiera a Javier y compartiese mi despacho con él, que siempre podría aprender algo y que es bueno que los periodistas se apoyen. Yo lo habría hecho igualmente, nunca desarrollé esa faceta competitiva en el periodismo.
Así que Miguel me presentó a Javier y yo le ofrecí nuestros ordenadores, teléfonos, línea de internet y las pocas explicaciones que yo podía darle sobre lo que estaba pasando. Fue fácil. Me pasa a veces que conecto con algunas personas que parecen totalmente ajenas a mí, y con él fue así.  Me escuchaba y preguntaba y, a la vez, me explicaba a mi la situación que yo llevaba contando hacía meses. Me la explicaba enseñándome cómo mirar las cosas de otra manera. 
Me admiraba la facilidad con la que se hacía con la gente. Cómo conseguía que, incluso los más reticentes a hablar, se sintieran cómodos con él y le narraran. Cómo se movía en un sitio desconocido igual que si llevara allí toda la vida. Sus conocimientos y capacidad de interrelacionar sucesos, para mi a veces independientes unos de otros por lejanos, para explicar las causas de lo que sucedía en el ahora.
Recuerdo su risa y su forma de quitarle importancia a las cosas, a sí mismo, para dársela a quienes consideraba que tenían que ser oídos. Recuerdo su paciencia conmigo, con mi insolente, aunque temerosa y reverencial forma de preguntarle por su secuetro en Sierra Leona, porque no me cabía en la cabeza que después de esa experiencia alguien quisiera seguir contando las cosas y arriesgándose para contarlas con todas las perspectivas posibles. Sí, fui tan absolutamente cría de preguntarle.
Compartimos tardes de trabajo en los que yo me peleaba con las palabras y él me ofrecía una charla más útil que algunos de mis años de facultad. Me enseñó a que confiara en mi forma de ver las cosas y de querer contarlas, que yo siempre había deshechado porque soy rara, porque me interesan las cosas de una perspectiva que consideraba excesivamente personal. Él me hizo ver que mi forma de mirar (ajena a la de políticos, desde mi posición de ciudadana de a pie que no comprende) era válida porque era la misma que la de la mayoría de los que me iban a leer. 
En aquellos días, cuando casi le interrogaba sobre su vida profesional, me preguntaba cómo podría llevarlo su pareja. Porque aunque una sea también periodista, hay peligros que asustan a cualquiera. Y hoy, cuando he sabido que lleva tres meses secuestrado, he vuelto a pensar en ella. Y si admiro la valentía de Javier por querer estar y contar, hoy me maravilla la fuerza de Mónica García Prieto, que tambien está y cuenta, pero que, además, hoy comprende y sigue trabajando sin perder sus ganas de contar la verdad, a pesar de saber que él está secuestrado por quienes deberían estarle agradecido. Por contar la realidad.
Desde aquí no pido, EXIJO la liberación de Javier, y de Ricardo y de Marc. Por sus familias. Y porque ellos son los que se atreven y cuentan. Los que hacen visibles a los que nadie quiere ver. Los que nos explican a personas como yo, que nada sabemos, qué ocurre para que nos impliquemos y queramos cambiar este mundo tan estúpido en el que secuestran a personas como ellos. 
Un abrazo Mónica, aunque espero que sea el de Javier el que recibas pronto.

domingo, diciembre 08, 2013

El té

Hay cosas que empezamos a hacer por motivos extraños, y acaban casi definiéndonos. Como el té y yo. El té, las infusiones y yo. Ahora casi retiro a un camarero de la barra para enseñarle a prepararlo. Y nunca me gustó. Sólo me recordaba a cuando estaba enferma.
Pero tuve un novio, muy cafetero él y su familia. Yo no tomo café desde la carrera. Lo cambié por el cacao o el eko o cosas así. Y, al parecer, a él lo del cacao no le parecía guay, o le parecía raro, o algo. Así que, cuando empezamos a visitar a su familia, y sin que yo dijera esta boca es mía, empezó a decir que yo tomaba té. No sé de dónde se lo sacó. Nunca lo había bebido delante suya. Pero soy excesivamente educada (o era idiotamente tímida) y no me atrevía a contradecirle, así que tomaba té. Que no me gustaba. Le echaba un chorrito de leche. Como tampoco me gusta, era apenas una gota para quitarle parte del sabor a la infusión... Y sin saberlo, empecé a beber el té a la manera británica...
Y, tampoco es que me pasara la vida en la casa de sus familiares, pero empezó a convertirse en una costumbre. Y comencé a comprarlo. Luego probé infusiones de frutas, a ésas no necesitaba ponerles leche, y vi que estaban bien.
Y resultó que, en mi propia casa, dejé de tomar cacao. Tomaba té.
Ahora, si le preguntas a mis amigos, te dirán que soy de té. Muy british.
Hoy, si vienes a casa y abres mi armario de la cocina encontrarás unos cuatro tipos distintos, tres rooibos y alguna que otra infusión de frutas.
Nada de cacao, salvo el reservado para la repostería.
Y él ya no está en mi vida. pero el té sigue conmigo.

jueves, diciembre 05, 2013

Oleadas

Arrastraba los pies. Como metáfora del peso de su alma, dirían algunos. Pero no, sólo arrastraba los pies. Estaba cansado de sentirse cansado. Así que arrastraba los pies. Y no pensaba. Ese habría sido el logro del día si no fuera porque haberse dejado las gafas sobre la mesa lo había superado. Dejarse las gafas era importante. Así no pudo ver lo que se le venía encima.
En realidad daba igual verlo o no, se le iba a venir encima de todas formas, no se puede huir de un tsunami. Pero no verlo le daba una cierta ventaja: la de la ignorancia. El saber está sobrevalorado.
Pero ahora él no estaba en eso. Estaba en arrastrar los pies camino de ningún sitio. Es un buen lugar, ese ningún sitio. Pero a veces está petado. Mucha gente se siente en casa allí. O no se siente en casa, pero acaba allí igualmente. Cosas de la vida. 
Así que andaba, arrastrando los pies, hacia ningún sitio y rodeado de gente. Sí, había mucha gente ese día. Él lo habría pensado, pero no pensaba. Entonces le dijeron hola. Vaya, eso le obligó a usar la cabeza. Podría haber contestado mecánicamente, pero entonces no habría pasado todo lo demás, así que su mente se activó. Miró y vio esa nebulosa que da el ir sin gafas. Pero sonrió. Y se puso a hablar.
Esa conversación que fue el inicio del dejar de arrastrar los pies, de no pensar... Afortunadamente las gafas seguían en la mesa... Donde las encontró la catástrofe.

miércoles, diciembre 04, 2013

El precio

Me cuesta desprenderme de ciertos pesares, de ciertos comportamientos y de algunos defectos.
Tardo en dejar de exigirme o de sentirme culpable.
Reacciono a destiempo y con retraso, por lo que a veces gano algún que otro sufrimiento.
Me paralizan las cosas que no me salen tan bien como sé que podría hacer.
Me cabreo conmigo misma cuando sé que lo que hago sólo conseguirá alejar a personas. Me cabreo y no dejo de hacerlo.
Reacciono mal cuando pierdo.
Hablo fatal cuando me tenso. De hecho, me convierto en un camionero.
Pero lo que menos menos menos quiero es seguir sintiendo esto.

domingo, diciembre 01, 2013

Extraño

Los bordes se habían difuminado. No quedaba nada de la realidad que esperaba. Abrir los ojos y ver que no era nada. Que nada era lo que era. Quiso alargar la mano, pero tuvo miedo... De sí  mismo. Las palabras se le amontonaban en la mente y dejaron de tener coherencia, igual que le había ocurrido al mundo que le rodeaba. No había cama, ni ventana, ni paredes, ni ¿vida?
No estaba seguro. De nada.
Pensó que quizás no había abierto los ojos. Pero eso daba más miedo. ¿Soñar con que no había perfiles ni finales? O saber que no los había en el subconsciente... Eso parecía más terrible que alcanzar con su mano y sentir el desvanecimiento de su realidad.
Se creyó quieto. Aunque quizás ya se hubiera levantado y hubiera empezado a andar. Sin contornos no estaba seguro. Puede que caminara inseguro por un pasillo sin finales, aunque con un límite claro. Una puerta bastante difusa.
Entonces, empezó a girar sobre sí mismo. ¿Estaba cayendo? Sólo sabía gritar, silenciosamente, con una mueca terrible por angustiada. A lo mejor alguien vendría a rescatarle.

miércoles, noviembre 20, 2013

Vocación

El 27 de Abril de 2005 (si mi memoria no me falla demasiado) apagué el ordenador de mi despacho, cerré la puerta y dejé atrás y, hasta hoy, de forma definitiva, la que es mi profesión vocacional desde los 10 años. Escribí las últimas palabras que saldrían publicadas firmadas con mi nombre y seguí mi camino sin mirar atrás.
La excusa fue que estaba cansada de vivir lejos de mi pareja de aquel entonces (el que pensaba era el hombre de mi vida). La excusa era que quería tener una vida en común y familia (de dos, pero familia). Y no fue una mera excusa... Del todo.
Porque esta decisión, que me costó tomar unos ocho meses de dudas, de decidirlo y echarme atrás, de estrés, fue principalmente tomada porque no pude. No pude con la profesión que amo, por la que estudié, viví en cuatro ciudades distintas, aprendí cosas que nunca me interesaron, pero que tenía que saber para poder escribir de ellas; superé una timidez brutal que me hacía ponerme enferma cada vez que tenía que enfrentarme a desconocidos, por la que perdí muchos kilos, muchas ilusiones y más de una esperanza.
No pude con escribir día tras día sobre política autonómica (tema nada más lejos de mis intereses pero al que llegué porque los avatares profesionales se emperraron en llevarme a él). No pude con no entender, y muchas veces no querer entender, los entresijos de una política que no me gustaban. No pude con un periodismo que en mi medio, que me dejaba bastante independencia en general, todo sea dicho, pretendía obligarme a titular antes de conocer (para mí el mayor delito del periodista, porque de esta forma obligamos a la realidad de lo que nos cuentan a transformarse en la realidad que queremos contar).
Muy pocas personas saben esto. Muy pocas saben de verdad cómo me sentí y lo que me costó tomar esa decisión.
Pero hoy, al acudir a una charla de corresponsales de guerra, de escuchar a una amiga hablar de su trabajo, y a grandes periodistas de sus vidas profesionales, me he dado cuenta de que mi fracaso, afortunadamente, fue mío. Porque a pesar de todo, a pesar de que el periodismo cada vez es menos periodismo y más entretenimiento porque es lo que quieren vender las empresas, hay muchos (cerca y lejos, en guerra o en paz) que siguen siendo periodistas, es decir, transmisores de la realidad, analistas de las causas y consecuencias, testigos, gracias al cielo no totalmente imparciales, de lo que el ser humano hace cada día con él mismo y el mundo.
Y no me arrepiento, para nada. Tomé una decisión dura y dolorosa que me ha llevado a una vida en la que soy básicamente feliz. Seguramente si hubiera seguido siendo periodista, a parte de que es altamente probable que hubiera acabado ingresada en algún hospital por colapso físico y mental; no sería feliz. Porque dejé de ser capaz de convencerme que hacía todo lo que podía todo lo bien a lo que yo llegaba.
Pero sin arrepentimientos, hoy sentí esa punzada en el corazón del amor perdido. Aunque, afortunadamente, quienes seguís luchando día a día por contarnos la realidad hacéis que esa punzada se transforme en calma. Lo que amo sigue vivo. Y que sea para siempre.

domingo, noviembre 17, 2013

Frío

Los restos del hielo salpicaban los pantalones que apenas le dejaban moverse. Atravesar un río helado tiene sus riesgos, pero parecía que avanzar tras haberlo logrado era aún más peligroso. Daba igual que hubiera encendido una hoguera para secar la ropa, o que la rabia que le hacía seguir avanzando lo calentara a él lo suficiente como para no sentir la congelación. Eran sus miembros los que se negaban a ir más allá. Sus piernas las que le decían 'queremos volver a casa'.
Pero no había otro camino. Adelante. Con hielo o sin él. Adelante. El atrás era un oscuro vacío. Le habría gustado que fuera un vacío figurado, pero no lo era. No había atrás. Su mente no tenía más allá de la última hora registrada en su memoria. Cruzar el río y seguir. Era todo lo que veía cuando cerraba los ojos e intentaba averiguar qué llenaba antes esa negrura interna.
Poco a poco empezó a darle igual el vacío. La rabia crecía por oleadas aún sin saber de dónde. Y era bastante. Para apagar el fuego, recoger lo poco que le quedaba y seguir. No había camino, porque sólo había un sendero. El de su memoria inexistente.
Pelear y avanzar. 
Los ruidos pasados habían desaparecido junto a los recuerdos. Pero parecía que el presente se empezaba a empapar del mudo sonido de su cabeza. O se había quedado sordo o el mundo estaba aguantando la respiración para ver adónde le llevaba su rabia.

jueves, noviembre 14, 2013

Sentado en el parque

Cuando llegó ya estaba sentado en el banco. De negro, con un libro entres sus manos, la cara concentrada, y una gran bolsa de deporte a su lado. No le extrañó. No iba a ser ella la única que decidiera dedicar su media hora de desayuno a leer tranquilamente en el parque. De hecho, sonrió. Escogió un banco un poco más allá entre el sol y la sombra y leyó mientras pelaba y comía sus mandarinas.
Al irse, apenas 20 minutos después, volvió a mirarlo, aún concentrado en su lectura, y volvió a sonreír.
Al día siguiente, cuando retornó con pasos seguros y lo encontró en el mismo banco tampoco le dio demasiada importancia. Ella llevaba varias semanas yendo, invariablemente a la misma hora (a la hora que podía salir de su oficina según los turnos), a ese lugar a leer. Le llamó algo la atención que estuviera en el mismo banco, misma postura, misma bolsa de deporte al lado, pero, ¡qué demonios!, los seres humanos somos animales de costumbres.
Sin embargo, cuando pasó una semana, y un fin de semana y percibió que la bolsa parecía menos voluminosa, mientras el banco empezaba a amontonar libros alrededor de este hombre, sintió curiosidad. ¿Llevaba la misma ropa? Nunca había querido mirarlo muy fijamente por no importunarle, pero ese día no pudo evitar hacerlo. La cara de él seguía concentrada en la lectura, pero parecía distinta. La barba ya estaba presente, algunas ojeras circundaban sus ojos, ¿estaba algo demacrado? No quiso pensar más.
Pero una semana después, él seguía allí. Y allí estaba la tarde que, en uno de sus paseos vespertinos, ella decidió encaminarse hacia ese parque, tranquilo, bastante céntrico y a la vez como alejado de todo. Ya no lo evitaba. Llegó a saludarle con la cabeza. Él tardó días en responder a ese saludo, apenas levantaba los ojos del libro, los libros, porque ya era evidente que los devoraba compulsivamente allí sentado.
Sin atreverse a decir palabra, pero cada vez más preocupada por cómo lo veía demacrarse día tras día, ella empezó a dejarle comida, alguna bebida, incluso un paraguas, porque un día cayeron unas absurdas gotas que sólo sirvieron para mojar los libros que empezaban a ocultar parte de su cuerpo.
En la cama, de noche, ella se imagina la figura de él, enjuta, encogida, quizás aún intentando leer. Y sólo podía darle vueltas a por qué esa terquedad en permanecer allí, no hablar con nadie, apenas mirar a nadie, ni a ella cuando le dejó algo de comida... Quizás ni siquiera la comía él.
Ya llevaba un mes viéndolo a diario. El frío había empezado a hacerle molesto quedarse sentada leyendo y, algunos días, pese a su curiosidad, iba a desayunar a un bar cercano, acompañado de sus compañeros, intentando olvidarlo a él.
Y llegó el día que hizo el 36 desde que lo vio aquella primera mañana. Y no pudo más. Se acercó sin dudas. Retiró un poco una de las montañas de libros, la que estaba más cerca de él. Se sentó a su lado y mirándolo fijamente, lo que hizo que él se girara, le dijo: ¿qué haces aquí? Él parpadeo un poco al retirar los ojos del libro, intentando enfocar su cara correctamente. Y empezó a hablar.

lunes, noviembre 11, 2013

Rozó la barandilla y sintió el frío de la noche que recorría sus dedos, su mano y subía por el brazo, en contraste con la calidez de la mano que reposaba en su hombro. Se giró levemente para asegurarse de que ese peso no era el recuerdo de un cuerpo, y la vio allí, mirando exactamente igual que él, al horizonte infinito.
¿No crees que el invierno está tardando?
Ya sabes que siempre piensas lo mismo para, en dos días, arrepentirte de que el frío cale tus huesos.
Ya, pero me gusta acurrucarme en ti.
Él no le dio importancia. Nunca se la daba. Eso habría significado un signo de debilidad.

domingo, noviembre 03, 2013

Sueños

A veces da miedo cumplir los sueños. O, a veces me parece que me da miedo cumplir mis sueños. No sabría escoger entre la opción de que sea cierto que da miedo o que parece que da miedo. Escucho a Debussy y pienso que siempre quise tocar el piano para tocar cosas como Claro de Luna. Escucho a Debussy y pienso en mi piano, en la habitación contigua, silencioso hace ya demasiados meses (¿quizás un año?). Mi libro de solfeo cerrado sobre él, mis lecciones manuscritas por mi profesora cogiendo polvo, igualmente calladas. Quedas en un clamor que retumba en mi corazón y mi cabeza. Un griterío que dice que no soy capaz, enfrentado a otro que dice que no lo intento. 
Tengo manos de pianista, dicen. Me coloco perfectamente frente al teclado, con mis dedos perfectamente alineados y absolutamente correctos... Pero quietos y sin rozar las teclas... 
Pero cuando toco, cuando recorro las octavas, aunque sean meros ejercicios repetitivos (el portato, los hombros...) soy la música. Me diluyo, desaparezco, más que cuando canto. Cuando toco el piano me disuelvo y vuelo, viajo como las notas, como la melodía, aún en mecánicas escalas repetidas una y otra vez. 
No quiero tener miedo.
Quiero tocar.
Quiero saber tocar y saber leer las partituras que tengo sobre mi piano. Supe hacerlo. Ahora sólo tengo que aprender. A dejarme ser piano. A dejarme ser música. A no soñar, porque ya sea cierto. 

martes, octubre 29, 2013

A la vejez, viruela

Soy una lectora compulsiva. Desde que sé leer. De pequeña, los libros pensados para mi edad me parecían cortos y, muchas veces, carentes de interés por sencillos. De adulta, he leído todo lo que caía en mis manos. Apenas selecciono, porque no leo con ningún otro objetivo que disfrutar la propia lectura, evadirme, a veces; vivir otras vidas. Leo lo que me llega por recomendaciones de amigos, oído al pasar, una portada o título que me llaman la atención o temáticas o autores que me gustaron en el pasado. 
He leído de todo pero nunca leí poesía. A pesar de haber tenido mi época de escribirla como cualquier adolescente hijo de vecino, salvo los poemarios impuestos por el sistema educativo, jamás me atreví a acercarme a ella. Me asustaba. Me asustaba no entender el trasfondo, me asustaba que me aburriera, simplemente pensaba que había demasiado por leer para complicarme la vida.
Hasta ahora. No sé por qué, un amigo pensó que yo podía ser carne de poesía. Y acertó. No voy a nombrar autores porque aún estoy temerosa de mi desconocimiento de este mundo nuevo que se ha abierto ante mis ojos. Sólo puedo decir que, por muy mayor que sea, me alegra haberme encontrado con estas nuevas palabras, esta forma de escribir que me atrapa por sus ritmos, sus rimas existentes o no, sus cadencias, sus tempos y temas...
Me asombro de mí misma pidiendo más, buscando, ávida, esos versos que, más vale tarde, he descubierto hablan de mí, me cuentan a mí, me llenan, vacían, sacian y hacen sonreír o reflexionar.
Debo confesar que para mí es fácil sentirme atrapada. Mi amigo me selecciona. Pero también, estas selecciones, me llevan a desear investigar, probar nuevos caminos, nuevos autores. Descubrir que hay más 'yos' esperándome en verso. Y me gusta sentirme adoptada. Ahora soy una niña caminando por sendas desconocidas, pero que sabe que, quien tiene al lado, conoce el camino. Y ya no es uno, son muchos mis amigos que me enseñan.
Y, sí, alguien dirá por ahí que, a la vejez, viruela. Pero me encanta proclamar que, por fin, soy una conversa.


lunes, octubre 21, 2013

Discusión sobre el amor y otras menudeces con mi álter ego masculino

Mi álter ego masculino declara:
Mirad al cielo. Después mirad al mar. Un reflejo. No es más que la luz del sol al reflejarse en un pez plateado. Es curioso, pero cada vez que recuerdo el mar pienso en peces plateados. ¿Dónde están los peces de colores?
Mirad la noche y observad las farolas. A su alrededor, atraídos por la luz incandescente, numerosas mariposas nocturnas vuelan a su alrededor. Es lo único que podemos ver en la ciudad. La luz oculta las estrellas. El reflejo artificial sobre sus alas oscuras es lo más parecido a estrellas fugaces en la  noche urbana.
¿Acaso no es eso el amor? ¿El reflejo esquivo de un pez perdido en un mar transparente en días de verano? O, ¿el espejismo fugaz de la luz de una farola sobre un breve vuelo circular de una polilla en las noches primaverales?
Siempre hay un pez más grande o un murciélago, dispuestos a apagar el circunstancial reflejo.

... Y yo os digo:
Mirad al cielo y luego al mar, y estaréis tan cegados por la luz que sólo veréis el reflejo y no los peces de colores que surcan cada ola, a veces a contracorriente. 
Mirad la noche y las farolas. Y quedaréis encerrados por los muros de una ciudad que no sois vosotros y que no os dejan ver lo que hay en lo más profundo. Allí donde el amor reside.
Porque el amor no son reflejos ni espejismos. El amor es lo que te permite ver la realidad de quien eres y colorea el mundo para que el dolor que otros provocan no te hiera en exceso. El amor es tu refugio a los cielos que ciegan por su claridad y a las calles apenas aclaradas por tristes farolas.
Y puede que haya peces más grandes, murciélagos o incendios y marejadas. Pero el amor seguirá latiendo.

domingo, octubre 20, 2013

Lluvia

La primera gota cayó sobre el cristal.
La segunda golpeó el suelo.
La tercera y la cuarta mojaron la ropa tendida hacía unos instantes, al sol, para secarse.
La quinta marcó el inicio de un chaparrón que no dejó seco ningún rincón de la calle.
El chaparrón, con sus infinitas gotas rebotando en todas partes, dio pasó a la tormenta.
Tormenta que arreció con el viento y salpicó los bajos de los pantalones del hombre que paseaba.
No llevaba paraguas. Dejó que el agua le calara hasta el alma.

viernes, octubre 18, 2013

Mujeres

Nunca entenderé por qué no os dais cuenta. Por qué no sois conscientes de toda la belleza que se vierte desde dentro y desborda vuestro ser hasta alcanzar a todos los que os rodean. Cómo no veis la fuerza que late inmensa en vuestro corazón.
La inteligencia no sirve de nada si las lágrimas rezuman desde lo más profundo. Y no lo entiendo. No entiendo que no os sepan querer y vosotras no os queráis lo bastante como para que el amor lo pueda todo, porque lo puede todo.
No llego a comprender que ese sentimiento de no valer, de no vivir, de no saber si se está viviendo sea mayoritariamente femenino (o eso me parece). Porque no he conocido personas más fuertes que vosotras, mujeres que me rodeáis y seguís adelante.
Y lloro con vosotras. Pero mis lágrimas son de impotencia. Dolor puro por no ser capaz de mostraros, en el reflejo de mis ojos, en mis palabras, en mis actos hacia vosotras, quienes sois, quienes verdaderamente sois, porque parece que vosotras os perdéis en imágenes irreales salidas de un imaginario colectivo que, en demasiadas ocasiones, ha restado valor a lo femenino.
Y es el sexo, y la pasión, y el trabajo y la belleza y el placer y el dolor y el duelo y la violencia.
Es todo, porque para mí que perdéis el norte, y yo lo pierdo junto a vosotras, porque no lo entiendo.
Y no me bastan los abrazos con que os intento trasmitir esa fuerza que me explota dentro y que vosotras también lleváis, pero dormida por vuestras propia lógica irracional.
Ojalá consiguiera que despertarais. Ojalá lo entendiera.