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viernes, mayo 13, 2016

Reflexiones de mañana

Soy una persona sencilla. Y normal. De tan sencilla y normal me ha pasado muchas veces que la gente me ha dicho que soy rara. O más bien, complicada. No me gusta que me digan complicada. Para mí tiene implicaciones en exceso negativas y que nada tienen que ver conmigo. Además, no comprendo por qué mi comportamiento directo, claro, expresando lo que siento o deseo en cada momento, lo que podría llegar a esperar de alguien (aunque no suelo esperar nada, me gusta simplemente vivir y ver dónde me lleva la vida, evitando expectativas en la medida de lo posible), puede llevar a que una persona considere todas esas características complicadas.
Tengo la sensación, cuando me ocurre eso, de que vivo en un mundo al revés. Parece ser que estamos absorbidos por una sociedad tan fiel a no mostrarse, que educa tanto a sus mujeres a que callen, que si alguien, yo, mujer, es directa, es precisa, no permite abusos si los detecta (ains, lo que me queda por aprender sobre opresión patriarcal), y dice claramente 'quiero una pareja, pero no vas a ser tú, al menos en este momento', automáticamente me convierto en una persona a la que es preferible mantener alejada. 
Ni siquiera voy a hablar de lo puta que pueden pensar que soy, simplemente porque el sexo no me parece un tabú. Ni que la mayoría de las personas (menos mal que existen minorías), piensan que por no verlo tabú lo practico a diestro y siniestro y con cualquiera (que no estaría mal, pero no es el caso). De hecho, para quienes me consideran una folladora compulsiva eso es lo peor del mundo mundial. 
Pero no, no voy a hablar del sexo. Hablo de ser sincera. De tener muy claro quien soy y no necesitar a nadie que me haga feliz. De caminar por la vida con el convencimiento de que la única persona que no me puede fallar soy yo. Resulta que ser así, que me ha costado muchos años y mucho esfuerzo, se convierte en un peligro para muchos hombres y alguna que otra mujer. 
Se sienten amenazados. Entonces vivimos en un mundo loco en el que la sinceridad da miedo. No se sabe lidiar con ella. No quieren que hablemos de sentimientos, pero es que ya no desean ni contemplar las opciones que nos ofrece el que tenemos enfrente. Intento pensar que no es que nos quieran obligar a hacer simplemente lo que se espera de nosotros (y por tanto, exigen dotes adivinatorias porque véte tú a saber qué tiene cada uno en su cabecita en cada momento). Pero tampoco les parece bien el diálogo, ni el silencio.
Es decir, no está bien hablar de hacia dónde vamos, pero tampoco está bien simplemente ver hacia donde vamos. 
Y, ¿qué queréis que os diga? Si no vale simplemente con ir viviendo y ver si el conocerse se convierte en amistad, la amistad en querencia, la querencia en amor y el amor es eterno (mientras dure), y tampoco vale hablar de qué queremos que sea eso que acabamos de empezar (amistad, folleteo, amor, incógnita); pues me salgo del juego.
Porque, a todo esto, yo a lo que iba, simplemente, es a vivir, conocer gente, disfrutar de compañía cuando me apetece salir de mi soledad, y no comerme el tarro más de lo que lo hice hace unos años, cuando no tenía tan claro quién era.

martes, mayo 20, 2014

Descenso a los infiernos

Paso a paso y lento bajaba a los infiernos. No iba asustado. El fuego purifica y si es personal, posiblemente más. Era un descenso voluntario, obligado por unas circunstancias externas que no dejaban más opciones a quienes tenían un mínimo de dignidad humana y algo de razón y cariño a la vida. Ya había dejado atrás la mitad de un equipaje que le había estado pesando demasiado desde el momento en que salió del útero materno y sus ojos se posaron sobre una realidad que no parecía hecha para él. No estaba hecha para nadie que mirara. Sólo los ciegos aguantaban esa parcela de sociedad útil que no era más que un espejismo de lo que era verdaderamente ser humano.
Tarareaba. Cualquiera se lo habría imaginado con la vista fija en el suelo, los hombros caídos, el paso arrastrado y los brazos bamboleantes a ambos lados de su robusto cuerpo. Sin embargo, él caminaba erguido, tarareando, la mirada fija en el horizonte en el que, cada vez más cerca, se percibían las llamas, los hombros hacia atrás y la marcha marcada por igual por brazos y piernas rítmicamente. Hay que vivir sin miedo, incluso cuando suponga bajar al abismo que cada uno lleva dentro. 
Esta vez parecía definitiva. Los dedos acusadores, las miradas que gritaban 'loco', las murmuraciones más que a sus espaldas a su cara, mostraban que sus pasos no iban mal encaminados. Pero, sobre todo, era la ligereza cada vez mayor que sentía lo que le hacía reafirmarse en su propósito. Lo iba a conseguir. Así que la melodía iba empapándole y llenando el aire. Sugería espacios, paisajes, palabras y momentos que llenarían una vida, la suya, únicamente con lo que él eligiera. Para bien y para mal.

Dedicado a V. por inspirarlo, por escuchar mi ascenso de mi infierno personal y por compartir.

martes, febrero 25, 2014

Now

No podía. No quería dejarlo atrás. En realidad, ya lo había hecho, pero pensaba que cargar con esa cruz era su sacrificio para lograr la felicidad ajena. Se equivocaba. Era su felicidad la que podría generar alegría alrededor. Las cruces se plantan y se quedan allí, igual que el presente se convierte en pasado en el momento que ha sido vivido. No hay más. Ni siquiera el futuro. Las posibilidades son tan infinitas (siempre hay otra opción) que considerar si quiera que será puede ser un absurdo.
Mejor estar. Ahora.

domingo, febrero 09, 2014

Palabras que nacen

Abismo estela luna camino subida lágrima destino sueño despertar ansia deseo voluble pasión amor dolor sangre herida respuesta incógnita duda aventura sentido lucha derrota voladura respiro oculto claro directo sencillo complicado duro suave pequeño abrazo mano roce caricia beso roto espejo luna brillo estrella sol alegría luz nacido barco mar

martes, febrero 04, 2014

Camino

Los caminos se bifurcan, se enredan, se dividen. En algunas ocasiones se encuentran, siguen juntos, se separan. Hay caminos muy anchos, por los que gusta caminar, y otros estrechos, que asustan para luego resultar ser lugares acogedores por donde pasar se convierte en una aventura risueña. Hay piedras en las sendas, o puentes caídos, castillos que acechan en sus lindes, lagos tranquilos.
Hubo quien dijo que se hace camino al andar, pero la mayoría miramos primero para saber si hay baldosas amarillas que nos marquen la marcha. En ocasiones, simplemente para saltarlas y pasar a su lado hacia otros espacios que nada tienen que ver con el que parecía nuestro sueño. Porque seguimos soñando mientras caminamos y cambiamos de idea, y volamos, saltamos, nos tropezamos.
Existen rutas hacia el horizonte, otras se desvían para tropezar con lo que nunca pensarías. Hay senderos secretos que descubres por suerte y te adentras, para saber si allí a lo lejos, hay duendes. A veces crees haberte caído sobre brujas y sólo ha sido una gran pendiente, o te deslizas feliz y olvidas que adelante no hay nada perenne.  
Lo elijas o te escoja, caminas por rutas. Avanza sin miedo para no perder el sendero. Adelante. Siempre.

viernes, enero 17, 2014

Quietud

Pararse. Pensar. Pararse. No querer mirar al pasado. Pararse. Imaginar un futuro. Pararse. Soñar con el presente ideal. Te quedas quieta y descubres que ni en sueños te crees el presente perfecto, siempre le encuentras los fallos: las esquinas dobladas, el borde algo roto, el suelo gastado, la tela ajada. Te paras y piensas. Que sería mejor no pensar. Ya puestos, ni sentir. Que dejarse llevar es lo que haces siempre y acabas en el mal camino. O la mala corriente que da al mar agitado de las tormentas. Soñar... Es bonito hasta despierta. Lo malo es que siempre termina... ¿Mal? Puede. Seguro. No lo sé. Frenar. En seco. Con los frenos chirriando y las ruedas echando humo. Para evitar estrellarse. Pero ya te habías chocado hace tiempo. Sólo que no te habías dado cuenta. Ahora sólo constatas las heridas que sangrarán en un futuro no muy lejano.

viernes, diciembre 27, 2013

Vida

La vida es aquello que ocurre y que casi nunca es como espero. Los segundos que se escurren entre las manos y son, repentinamente, años que han pasado y no me he dado cuenta. 
Sin embargo, lo peor no es esa mirada al presente que se ha convertido en pasado antes de que haya podido reaccionar. No. lo peor es cuando estoy parada frente a mi vida, la miro y me doy cuenta de que no sé qué decisión tomar. Lo que más temo es la indecisión. 
La duda puede empezar por algo sencillo: no sé si salir o quedarme en casa. Y elegir algo tan simple empieza a convertirse en un lastre que se une a otras muchas indecisiones (callar o hablar; ir o quedarme; cambiar o seguir...) hasta que empiezo a sentir, de nuevo, el nudo en la boca del estómago y el pánico empieza a apoderarse de mí.
Sé que ese miedo es más porque vuelvo a estar indecisa que por la misma necesidad de decidir, pero ahí está y parece que le coge el gustillo a mi cuerpo. Porque deja de ser una cuestión de cabeza para ser una cuestión de entrañas. Que se revuelven y se rebelan contra mi propio ser (si entendemos el ser como aquellas palabras con las que nos pensamos y configuramos en nuestra mente). Pero soy consciente de que esa no soy yo, y pataleo en mi interior cual araña flotando a la deriva en un charco que no son más que cuatro gotas escurridas de nuestra barbilla. Me debato peleona hasta que logro parar. El truco es parar. Dejar de decidir. Porque mi decisión pretende ser un análisis de cada pequeño detalle e ínfima posibilidad presente y futura como algo fundamental que podría cambiar mi vida hasta el punto de llevarla a lo más bajo.
No controlar. No querer controlar hasta el mínimo pormenor de lo que ocurre a mi alrededor. 
Volver a arriesgar. 

martes, diciembre 17, 2013

Madrugada

Salir a la calle cuando aún es de noche. Cuando la luz no es luz todavía y las calles parecen mojadas con las legañas de noches apenas descansadas entre sábanas que nos rechazan por solas. Miras al cielo en busca de ese sol que indica que el día es nuevo, y trae esperanza, pero las nubes que percibes ni siquiera dejan ver las estrellas. Das pasos indecisos, que no inseguros, porque la niebla que te rodea no es externa. Y el corazón se empapa de esa lúgubre opacidad por la que no se filtra ninguna claridad. Parece que no habrá día. Te encierras entre cuatro paredes y no es hasta muy tarde que descubres que sí que hubo sol. Pero no lo suficiente como para acabar con las sombras que han salido de los rincones de tu alma expandiéndose y conquistando el terreno que intentaste abonar infructuosamente de certidumbre. Da igual si brilló deshelando las estalactitas que las lágrimas habían formado en las caras de los inocentes. Tú te has quedado en esa madrugada que te abrazó al poner el primer pie fuera de casa.

lunes, diciembre 16, 2013

Me gustaría decir que no habrá más. Pero suelo equivocarme de forma irremediable.
Me gustaría pensar que no me equivoco. Pero lo hago.
Parece ser que nunca salgo del mismo camino, que acabaré horadando. ¿Llegaré al otro lado?

viernes, diciembre 13, 2013

Vendrás

¿Vas a venir o no?
No sé si me apetece.
Pero, ¿vas a venir o no? 
Ya te lo he dicho. Estás empezando a alterarme los nervios. Estoy cansado.
No quieres venir... ¿No quieres venir? (entre susurros) No entiendo por qué.
No te he dicho que no quiera ir. He dicho que no sé si me apetece.
¿No te apetece? Pero, ¿entonces no vienes?
No sé, me cansa.
¿Te canso?
Me cansa. Me cansa la vida, me cansa ir, me cansa hablar sobre si voy a ir.
¿Te canso?
No
¿De verdad?
Entonces, ¿vas a venir o no?

domingo, diciembre 08, 2013

El té

Hay cosas que empezamos a hacer por motivos extraños, y acaban casi definiéndonos. Como el té y yo. El té, las infusiones y yo. Ahora casi retiro a un camarero de la barra para enseñarle a prepararlo. Y nunca me gustó. Sólo me recordaba a cuando estaba enferma.
Pero tuve un novio, muy cafetero él y su familia. Yo no tomo café desde la carrera. Lo cambié por el cacao o el eko o cosas así. Y, al parecer, a él lo del cacao no le parecía guay, o le parecía raro, o algo. Así que, cuando empezamos a visitar a su familia, y sin que yo dijera esta boca es mía, empezó a decir que yo tomaba té. No sé de dónde se lo sacó. Nunca lo había bebido delante suya. Pero soy excesivamente educada (o era idiotamente tímida) y no me atrevía a contradecirle, así que tomaba té. Que no me gustaba. Le echaba un chorrito de leche. Como tampoco me gusta, era apenas una gota para quitarle parte del sabor a la infusión... Y sin saberlo, empecé a beber el té a la manera británica...
Y, tampoco es que me pasara la vida en la casa de sus familiares, pero empezó a convertirse en una costumbre. Y comencé a comprarlo. Luego probé infusiones de frutas, a ésas no necesitaba ponerles leche, y vi que estaban bien.
Y resultó que, en mi propia casa, dejé de tomar cacao. Tomaba té.
Ahora, si le preguntas a mis amigos, te dirán que soy de té. Muy british.
Hoy, si vienes a casa y abres mi armario de la cocina encontrarás unos cuatro tipos distintos, tres rooibos y alguna que otra infusión de frutas.
Nada de cacao, salvo el reservado para la repostería.
Y él ya no está en mi vida. pero el té sigue conmigo.

miércoles, diciembre 04, 2013

El precio

Me cuesta desprenderme de ciertos pesares, de ciertos comportamientos y de algunos defectos.
Tardo en dejar de exigirme o de sentirme culpable.
Reacciono a destiempo y con retraso, por lo que a veces gano algún que otro sufrimiento.
Me paralizan las cosas que no me salen tan bien como sé que podría hacer.
Me cabreo conmigo misma cuando sé que lo que hago sólo conseguirá alejar a personas. Me cabreo y no dejo de hacerlo.
Reacciono mal cuando pierdo.
Hablo fatal cuando me tenso. De hecho, me convierto en un camionero.
Pero lo que menos menos menos quiero es seguir sintiendo esto.

jueves, octubre 03, 2013

Enfado ¿universal?

Hay veces en las que no puedo con mi sino. Etapas en las que no comprendo por qué me pasan ciertas cosas, aunque tengan una fácil explicación lógica, y me resisto, como pez atrapado entre las redes. Y me siento triste, y enfadada. Me enfado contra todos, contra el mundo, cuando en el fondo estoy enfadada conmigo.
Porque en el fondo es eso, enfado conmigo. Por inocente, por crédula, por naif, por irresponsable, por ¿tontalculo? Un enfado que es tan profundo que me cuesta desprenderme de él, que me lleva a acciones que no me gustan y que me hacen repetirme una y otra vez y otra y otra que, cueste lo que cueste, no puedo pagarlo con quien menos se lo merece (en este caso, cualquiera).
Y me entran ganas de gritar y de romper cosas, pero, oye, soy civilizada y ni grito ni rompo cosas (gracias unaexcusa por la idea de cantar a gritos como sustituto de un viaje a cualquier acantilado perdido a desgañitarme), pero siento mi alma como un león enjaulado en este puñado de carne, huesos y sangre que soy (a día de hoy, otra vez, más hueso que otra cosa).
Y me enfada aún más dejar que la melancolía del otoño, la revolución hormonal (consecuencia de una de esas cosas que me pasan y no comprendo por qué) y mi propia pesadumbre me hagan seguir en este círculo autodestructivo, porque sí, lo miremos por donde lo miremos, cualquier enfado, por muy metafísico que nos parezca, es agotador y poco productivo porque, como dice mi padre, gastas el doble de energía: la de enfadarte y la de desenfadarte. 
Así que intento ser calmada, y zen, y meditabunda, pero, ¿a quién quiero engañar? En mi vida he sido ninguna de esas cosas. Soy más bien, no sé, un torbellino que en demasiadas ocasiones se eleva para acabar estampado contra el suelo de la realidad, después de vivir en su propio mundo, no de ensueño, porque eso sería pedir demasiado. 
Así que aquí estoy, pensando que, quizás las palabras, esas grandes amigas que siempre fueron refugio, hagan que la rabia se vaya... O me demuestren que, efectivamente, no vale la pena la energía gastada que, por otro lado, necesito para empezar a ser más carne y menos hueso... O quizás, simple y llanamente, el teclado se haya convertido en mi nueva forma silenciosa de gritar y gritar al mundo '¡oye, que ya lo capto!'. Aunque, seamos sinceros, en realidad captar captar, capto pocas cosas. Soy más de estamparme, como ya he dicho. O de recibir las hostias del destino con puro estoicismo (cosa también falsa como estas propias palabras demuestran). 
Así que me quedan muy pocas opciones. O todas las del mundo. Pero parece que seguir enfadada no debería ser una de ellas. No me sirve de mucho. Así que, aquí va mi grito: ¡FUERAAAAAAA!

jueves, septiembre 26, 2013

Inútiles intentos

El autoengaño es fácil. Eso dicen. Quizás soy una mala alumna. No lo consigo. Puedo deciros y decirme que no es lo que siento, pero siempre sé lo que late en el fondo. A veces duele. 
Sé cuando me ilusiono, aunque no lo diga. Sé cuando me equivoco, aunque me lance al error; sé cuando intento autoengañarme y sé cómo no lo consigo.
También pensaba que sabía que ir directamente hacia las cosas eran una forma de valentía. Pero quizás es sólo, como me dijo una amiga, una forma de chapotear en charcos fácilmente esquivables por no querer aprender. Aunque más bien me conozco demasiado como para no saber que el riesgo me vale la pena.
Las posibles futuras lágrimas bien valen lanzarse. Porque da igual hacía donde haga mi salto al vacío, lo que me mueve es esa excitación de sentir que el suelo ya no está bajo mis pies, el viento en la cara, y sentir ese resto de confianza hacia los otros que, a pesar de todo, aún late en mi corazón. 
No es que no quiera saltar el charco y evitar el barro, simplemente sé que SIEMPRE me levantaré.
No hace mucho también le explicaba a alguien, lo bueno de que el corazón se te rompa (a ella le dije te rompan, pero eso no era cierto, me lo rompí yo) en millones de pedazos hasta el punto de que te duela físicamente es que, cuando ya has tocado fondo después de escarbar y escarbar, y sales, y vuelves; SABES, verdaderamente sabes, que no habrá absolutamente nada que te deje atrapada en ese barro. 
Así que he decidido abandonar mis inútiles intentos de dejar de ser quien soy. No voy a ser kamikaze, pero tampoco voy a protegerme tanto como para renunciar a ilusionarme, intentarlo, vivirlo, disfrutarlo y, si toca, sufrirlo, con una sonrisa y algunas lágrimas.
Y habrá personas que no lo valgan, o que no me merezcan, o que no vean quien soy. Pero yo sí los veré a ellos. Y no les voy a dejar hacerme perderme, pero tampoco voy a dejar de lanzarme. Como algunos dirían, that's life. Y a mí, me gusta vivirla.

martes, mayo 14, 2013

La vida tiene mil vueltas y yo a veces creo que estoy en un no parar. Sensaciones de no haber madurado o de no saber tomar decisiones de adulto. Sentirse vieja y niña a la vez, no soportar que me digan cómo tengo que vivir o qué tengo que hacer; los chantajes psicológicos o el intento de uso de la presión del grupo... Me siguen quemando igual, pero luego me paro y me siento pequeñita pequeñita.
Siempre pensé que cuando creciera (esa expresión que parece no acabar nunca) me sentiría adulta. Pero crezco y crezco, o, más exactamente, envejezco y envejezco (no en el sentido de las arrugas si no, más global, en el del pasar del tiempo) y cuando me paro y me miro veo a la misma niña de siempre. Más segura, es cierto, pero la niña. Por mucho que me digan, mi vida me parece un juego de casitas, en el que no tengo la mía (que no tendría que ser una propiedad).
Incluso ahora, cuando me he decidido y tengo la grandísima suerte de poder optar por un hogar en el sitio que quiero, siento que sigue siendo un juego. Que el dinero que invertiré y que se irá como agua entre las manos, no será de una vida real y adulta. Que seguiré siendo la niña que sueña con una libertad que en realidad ya tiene.
A veces pienso que no soy capaz de encontrar mi lugar en el mundo aunque esté en él. 
Y no es que siempre quiera (personas, viajes, sueños, trabajos, ocupaciones). No es que sea infeliz. Ni siquiera es que me sienta sola.
Es la insistente sensación de que todo esto es una prueba, y de que la realidad vendrá en un momento en el que yo ya estaré muerta y no podré hacer nada.
Lo más extraño es mantener esta sensación aun cuando soy feliz y sé que soy feliz. Podía sobrellevarla cuando estaba insatisfecha y triste, pero ahora, ahora no sé cómo gestionarla. Porque me asalta la duda de que, quizás, la verdad es que esta es la prueba, que mi vida es el expermiento y que, al final, será otra la que VIVA.

domingo, octubre 28, 2012

Pequeñas ilusiones se enroscan en la piel del tosco sátiro. Siempre huyendo de la belleza, aunque parezca siempre buscarla, y, de repente, se ve embebido por ella. Y, pese a su ceño y su empeño, la sonrisa le ilumina la ruda cara que siempre ha pretendido esconder deseos, sueños y temores.
Un resquicio de verdad y esperanza apenas se vislumbra en sus ojos, pero es lo suficiente como para que el lujurioso ser tiemble, espera que imperceptiblemente, ante el temor de ser descubierto. Porque su corazón es blando. Su corazón quiere, late, sufre, desea...
Y se mueve. Se mueve para evitar el contacto de esa otra piel que, cándidamente, lo ha tocado simplemente para decirle que está cerca. Sin intenciones. Sin los dobles juegos a los que él está acostumbrado. Y eso le desconcierta. Y eso le da esperanza. Y le asusta.
Pero, a la vez, se siente tan atraído que se paraliza. Sólo es capaz de alejarse el milímetro necesario para no sentir el roce. Sin embargo, nota la presencia, el otro corazón que palpita suave, en calma, sin la agitación que a él lo tiene de forma atormentada clavado sin escape, porque no es capaz de huir. 
La figura fuerte se convierte en su interior en un pequeño animal asustado. Intenta ocultarlo. Se yergue, intenta ser firme. Y tiembla. Porque sabe que esta vez atravesarán su dura piel y la rendición será su condena.

lunes, junio 18, 2012

Cuando el cansancio pesaba sobre sus párpados, sus dedos se volvían veloces sobre el teclado. Su cerebro, por una vez, vencía sus propias trabas y se dejaba mostrar convertido en palabras a veces hiladas, a veces inconexas, que mostraban significados tan dispares como la mente que las producía.

No lograba vencer el sueño a tantas ansias por salir como el espíritu tenía. Aunque los ojos sí se cerraban, sí parpadeaban cada vez de forma más pesada, mientras existía una lucidez distinta, otro despertar, dentro del duermevela.

Nunca leía lo que sus manos escribían en esos momentos de intimidad profunda. Se atrevía a lanzarlo al mundo, pero jamás lo leía. No porque tuviera miedo de descubrirse a sí misma. Sino por el temor a dejar que los demás la encontraran. A censurarse de nuevo. Así que se dejaba llevar y dejaba que sus letras volasen libres. Quien las entendiera, que lo hiciese; quien se viera reflejado, que lo fuera; quien simplemente leyera, libre era.

sábado, abril 21, 2012

Odio comer, pero adoro cocinar. Me dan miedo las alturas, pero sueño muchas veces que vuelo. La monotonía, rutina, la estabilidad me matan, pero escogí un trabajo prácticamente inamovible. Hablo sin parar, pero sé escuchar. Tengo mucho genio, pero soy dulce. Soy asocial, pero muy sociable. Estoy desarraigada, pero las personas me atan a los lugares.

No sé por qué muchos piensan que sólo puedes ser una cosa. Quizás porque siempre estuve llena de contradicciones me siento en casa con quienes están en un torbellino de movimiento o son diversos dentro de sí mismos.

sábado, febrero 04, 2012

Por qué me llamaron Bridget Jones IV

En mi oficina utilizamos sellos. No de esos modernos de los que tienen 'autotinta' o como se diga. Los tradicionales que, primero mojas, y luego estampas. Y, claro, algún día, el tampón se queda sin tinta y no se ve el sello.
Eso me pasó la semana pasada y fui al armario de material a coger un nuevo tampón. Pero no había. Y mi jefe, que a veces parece que paga él el material, me dijo: 'No voy a pedir uno nuevo, rellena el tuyo con los botes de tinta'.
Y allí que fui yo a mi mesa, con mi tampón, mi bote de tinta y mi buen espíritu. Y allí que estoy con el bote de tinta boca abajo y aquello que no mancha nada, ni rellena nada ni nada de nada. Hasta que me dice un compañero 'tienes que apretar un poco el principio del bote, que tiene como una almohadilla para empapar el tampón'.
Claro, y a mí se me olvida que ahora voy mucho al gimnasio. Y que las cosas con suavidad salen mejor, y que la tinta y yo juntas nunca ha sido buena idea....
Conclusión: plástico del bote destrozado, tinta azul que salta por todas partes: mi mesa, mi jersey, mi ordenador, el suelo, el reposa muñecas... Ni os cuento cómo estaban mis manos y mis uñas (ni cómo siguen ahora, días después).
Pero eso no fue lo peor. Lo único que había en mi oficina para recoger el desastre era lejía... Mis manos destrozadas por la lejía, mi mesa oliendo como la más relimpia del mundo mundial y yo colocada todo el día por el olor...
Si es que es lo que tiene volver a mi ser...

lunes, diciembre 13, 2010

Odio los días en los que las pesadillas se me enroscan al cuerpo y no me dejan hasta bien entrada la tarde.
Odio los días en los que el ceño se me frunce y la garganta se me cierra porque me callo muchas cosas que no puedo decir si quiero seguir sobreviviendo.
Odio los días en los que me apetece dar golpes, gritar, dar patadas, porque no puedo hacerlo (porque no se lo merecen muchos de los que me rodean).
Odio los lunes.
Odio los días nublados.
Odio los días en los que todo se junta.