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jueves, enero 28, 2016

Amor diluído

Las trazas de su amor, que él había ido dejando por su cuerpo, se diluían a una velocidad que la sumían en el desconcierto. Siempre había pensado que esa pasión sería imperecedera para su carne, que su cuerpo no olvidaría cada roce y cada reacción a sus impulsos. Recorría cada recoveco de su propia piel intentando capturar momentos que saltaban a sus ojos desde el recuerdo.
Pero empezaba a necesitar apretar fuertemente los párpados para poder volver a saborear los besos, sentir ese particular olor que era sólo de ellos dos, los bocados marcados en sitios nada aconsejables pero sabrosos... 
No se resignaba a dejar ir. Apresaba con fuerza cada segundo de una historia que había sido eterna pero finita. Lazos que la ataban a una realidad cada vez más difusa y que no dejaba resquicios a las dudas. Había sido un punto y aparte para dar paso a nuevas historias. Se negaba a llamarlo final, porque entendía los hasta luego como menos definitivos que el adios que había escuchado de sus labios.
Sin embargo, si su mente quería resistirse, su cuerpo le gritaba en susurros que ya no existían rastros que seguir para llegar al puerto perdido. Habría que buscar nuevos amarraderos en los que fondear una vida de desasosiego.
No había calma en los brazos que la habían estado acunando tan dulcemente. No habia paz porque no quedaban restos de esos abrazos cálidos que la hacían reclinar la cabeza y dejarse, liberarse de los pesos que normalmente hundían sus hombros en un andar lento.
El camino salado que alcanzó sus labios fue la prueba definitiva. No había marcha atrás. Su cerebro lo había aceptado.

viernes, abril 11, 2014

Tristeza

Decir hasta luego puede ser tan doloroso como decir adiós. Porque es un hasta luego sin plazos, sin buenos días ni buenas noches, es un dejar de sentir que estás. Y aún sabiendo que si estás duele, el dolor de la ausencia también es complicado.
Preferiría no sentir tanto, pero no se puede negar el amor. No puedo evitar querer más y tener que aprender a aceptar que no puedes dar tanto. El amor no se exige ni se elige. Se siente o no. Aprenderlo cuesta, cuando soy yo la que está al lado de querer más, de que la amistad no llegue a ser suficiente.
Y pasará, todo pasará. 
Ojalá pueda haber un hola.

lunes, octubre 21, 2013

Discusión sobre el amor y otras menudeces con mi álter ego masculino

Mi álter ego masculino declara:
Mirad al cielo. Después mirad al mar. Un reflejo. No es más que la luz del sol al reflejarse en un pez plateado. Es curioso, pero cada vez que recuerdo el mar pienso en peces plateados. ¿Dónde están los peces de colores?
Mirad la noche y observad las farolas. A su alrededor, atraídos por la luz incandescente, numerosas mariposas nocturnas vuelan a su alrededor. Es lo único que podemos ver en la ciudad. La luz oculta las estrellas. El reflejo artificial sobre sus alas oscuras es lo más parecido a estrellas fugaces en la  noche urbana.
¿Acaso no es eso el amor? ¿El reflejo esquivo de un pez perdido en un mar transparente en días de verano? O, ¿el espejismo fugaz de la luz de una farola sobre un breve vuelo circular de una polilla en las noches primaverales?
Siempre hay un pez más grande o un murciélago, dispuestos a apagar el circunstancial reflejo.

... Y yo os digo:
Mirad al cielo y luego al mar, y estaréis tan cegados por la luz que sólo veréis el reflejo y no los peces de colores que surcan cada ola, a veces a contracorriente. 
Mirad la noche y las farolas. Y quedaréis encerrados por los muros de una ciudad que no sois vosotros y que no os dejan ver lo que hay en lo más profundo. Allí donde el amor reside.
Porque el amor no son reflejos ni espejismos. El amor es lo que te permite ver la realidad de quien eres y colorea el mundo para que el dolor que otros provocan no te hiera en exceso. El amor es tu refugio a los cielos que ciegan por su claridad y a las calles apenas aclaradas por tristes farolas.
Y puede que haya peces más grandes, murciélagos o incendios y marejadas. Pero el amor seguirá latiendo.

miércoles, septiembre 11, 2013

Redecidir

No sé si es ya la cuarta o quinta vez que tomo la decisión. Que lo siento muy dentro, lo reflexiono y decido. Me doy cuenta de que tener a mi lado personas que no saben apreciarme, que no me ven, en realidad, sólo me trae daño, máxime cuando esas personas verdaderamente me han hecho daño, aunque fuese involuntario.
Y ya, cansada de tanta decisión y redecisión, no sé casi si expresarlo o mejor dejarlo en un recóndito lugar de mi mente para ver si, de forma definitiva, se convierte en realidad, o, más bien, saco la fuerza de voluntad suficiente como para mantenerme al margen. O firme. Alejada.
Porque no valió borrarte, así que lo intenté volviendo a tenerte en mi vida, pero entonces volviste a hacerme daño, pero, sobre todo, me enfadaste. Y me abriste los ojos. Tú mismo. Así que, quizás, está vez sí sea la definitiva. El punto en el que deje de imaginar presentes que no existen ni existirán, porque ni siquiera yo los quiero. Porque no es lo que quiero. Así de simple.
Absurdo cómo personas que no están tan dentro se quedan más enganchadas que las que de verdad fueron amor. Más fuerte que una enredadera. Creo que ha llegado el momento de la poda.

sábado, octubre 29, 2011

La verdad es que no puedo seguir así. No puedo seguir pensando que cambiarás de idea, que qué será mejor que haga para que cambies de idea, no puedo seguir llorando de tristeza que me hunde y no me lleva a ningún lado.
No quieres estar conmigo. No puedo estar contigo. Punto. No hay más.
El dolor que siento ahora, pasará. Las cosas que echo de menos, dejarán de ser tales; los planes que sólo me salen pensando en tu compañía, cambiarán por otros; volveré a ser feliz estando sola, como lo estuve antes y, quizás, hasta me vuelva a enamorar, y se enamoren de mí y no repita los errores tan absurdos, tan dolorosos y tristes ahora, que he cometido contigo.
Pero, por favor, que se me pase la angustia, las ganas de llorar, las dudas, la necesidad de tus abrazos que no tengo.
No puedo seguir así. No voy a seguir así. Es absurdo, es doloroso, es destructivo y no me sirve de nada más que para hundirme más.
No voy a seguir así. Me niego. Tengo una vida. Tuve una vida antes de ti y la tendré después de ti. Una vida que me gusta, que es plena, que está llena de objetivos y felicidad. Esa es mi vida. Plena y feliz.

jueves, octubre 27, 2011

La vida es aprendizaje. Y yo intento aprender de esta situación. Han pasado pocos días. Me duele todo, me duele aún, me duele mucho. Y sé que vendrá más llanto. Pero quiero suavizarlo.
Soy yo la que tiene la llave para que el duelo no se prolongue hasta el sufrimiento extremo. Soy yo la que puede normalizar o intentar normalizar el hecho de que trabajemos juntos y ser adulta. Soy yo la que puede intentar sonreír más que llorar, disfrutar de cada nimia cosa buena que la vida me dé cada día.
Dios siempre me rodeó de buena gente. Ahí están mis amigos. Cuidándome, mimándome, no dejándome sola. Les quiero.
Y mis hermanas, pendientes a pesar de que su vida es ahora complicada. Les quiero.
Soy querida y quiero.
No puedo estar con quien me parece que podía ser el compañero de mi vida.
Pero puedo aprender de todos los errores. Puedo sacar lo bueno que me ha dado él y lo bueno que he descubierto yo por todo lo malo que he hecho.
Y tengo que convencerme, tengo que saber, que no lo volveré a hacer. Que no volveré a ser presa del miedo hasta el punto de perderme en el extremo contrario del que estaba huyendo.
Sé que lo haré. Esa es una de las pocas virtudes que me reconozco. Tropiezo mucho, pero casi nunca con la misma piedra.
Y ahora, que el tiempo cure mi dolor y mi alma pueda descansar.
Negar tres veces, es negar para siempre. No me quieres a tu lado. Así de simple. Y por mucho que digan, no puedo dejar de sentirme responsable de gran parte de ese sentimiento. ¿Es culparme? Teniendo en cuenta que me fui al extremo que no pensé que tuviera jamás (impositivo, controlador), pues no sé si es culparme o ser razonable.

El caso es que todo eso da igual ahora. No me quieres a tu lado y tengo que levantarme cada mañana con ese conocimiento. Y salir de la cama, venir a trabajar, a verte, ir a comer, intentar no pensar e intentar dormir.

E intentar comer.

Intentar seguir con mi vida.

Y dejar que se sequen las lágrimas. Por favor, que dejen de salir las lágrimas. Y el nudo en el estómago, la opresión en el pecho, las ganas de salir corriendo hasta el final del mundo y desaparecer allí. Para que deje de doler.

Pero no va a pasar nada de eso, como no va a pasar que te despiertes una mañana y digas, 'ups, me equivoqué'. Lo que va a pasar es que seguirá mi vida. Y aprenderé. Sabe Dios que aprenderé. No hay nada mejor que una buena ostia para aprender de una vez por todas. O esa es la única esperanza que me queda.

martes, octubre 25, 2011

Mañana voy a verte. Se acabaron las vacaciones y vuelvo a la oficina. Vuelvo a verte y no sé cómo lo voy a llevar. Y tampoco sé si querrás hablar conmigo, y yo necesito hacerlo, y cuanto antes mejor. Necesito darte tus cosas y que yo me lleve las mías porque eso será un paso más para hacerlo real, para no volverme al espejismo. Porque a veces entro en ese espejismo mentiroso de que te voy a llamar o me vas a llamar en cualquier momento y quedaremos para dar una vuelta, o para hacer algo o simplemente nos contaremos algo tonto, como que cambié las ruedas de la bici, o que ayudé a Antonio con su obra.
Con lo fácil que es entrar en algunas rutinas, salir de ellas es muy difícil, doloroso, frustrante, engañoso.
Y tu eras una rutina que me tiene aún encandilada. Pero no voy a pensar esto. Se acabó. Ya no habrá más tú y yo, yo y tú, más paseos por la ciudad que me has descubierto, mientras me descubrías tu alma. Ya no hay más, ya no hay más, ya no hay más.
Mañana te veo. Solo espero poder dormir. Necesito verte tranquila.
Otra noche que se escapa y apenas he dormido. Otra noche de dar vueltas en la cama y vueltas en la cabeza, aunque intento pararlas. No lo he conseguido con ninguna de las dos.
¿Por qué duele tanto? ¿Por qué no se me va la opresión en el pecho y el estómago, la garganta cerrada, los ojos húmedos? ¿Por qué no puedo dejar de pensar en lo feliz que podría haber sido, aunque la conclusión hubiera sido la misma, y lo triste que es darme cuenta ahora que me he impedido ser feliz?
Luché tanto por no dejar de ser yo que me fui al extremo contrario. Y ahora no sé cuánto tiempo me costará volver a mi ser en ese sentido. Cuándo dejaré de convertirme en una maniática controladora que se controla incluso a sí misma de tal manera que derrapa, y mucho.
Aún no me cabe en la cabeza cómo alguien me pudo hacer tanto daño como para llegar aquí. Cuatro años después descubro que me jodió nuestra relación y esta otra, con alguien que no tenía nada que ver contigo, pero que muchas veces aparecía en mi mente con tu mismo nombre.
Me cago en ti y en tu puta forma de ser, que me arrastró hasta años después de haberme alejado. Y tú eres la víctima.
Pero no tienes toda la culpa. Soy especialista en no creerme merecedora de felicidad ni amor. Así es. Es genial, ¿verdad? La forma en la que podemos llegar a jodernos la vida y seguir tan panchos. Hasta que nos quitan lo que queremos. Y entonces es cuando me doy cuenta de que he perdido dos cosas, a ti, al hombre al que quiero, y mi capacidad para dejarme ser feliz.
Lo bueno es que ahora la he encontrado. Pero no la voy a poder disfrutar contigo. Ni yo misma querría volver con la yo en la que me había convertido. Y digo bien, convertido. Porque he sido y soy muchas cosas, pero no en la que había derivado por unos miedos que me han atenazado más de un año.
Un miedo a estar así y una lucha por intentar evitar que doliera así. Pero, ¿sabes qué? Que duele exactamente igual que si me hubiera dejado llevar y ser feliz y no volverme loca, ni paranoica ni desconfiar hasta de mí misma.
No me estabas dejando. No me estabas relegando. No me estabas echando de tu vida.
Sin embargo, todo eso lo he comprendido cuando me has abandonado de verdad. Cuando no has podido más.
Y sé que no he tenido toda la culpa. Los dos la tuvimos por no darnos cuenta que nuestros momentos vitales eran distintos. Si fueras mayor no me habrías permitido tanto tiempo de ida de olla. Aunque también me habrías explicado mejor lo que ocurría y, quizás, habrías tenido las herramientas para mostrarme crudamente lo que veo ahora.
Y no estábamos preparados ninguno de los dos. Eso tampoco ayuda.
No lo sé, en realidad no sé más que no puedo seguir teniendo esta puta esperanza porque lo que está haciendo es dolerme más. Pero es que si no la tengo el dolor se me hace tan insoportable que no puedo ni pensar, ni razonar, ni hacer nada más que vejetar, que mirar al vacío y esperar, no sé el qué.
Necesito dormir. Necesito desconectar de mí misma. Necesito que todas estas palabras me vacíen y dejen espacio a un poquito de risa. A un poquito de poder. A un poquito de tiempo que me cure las heridas.
Por favor, abrazadme mucho. Necesito saber que todo saldrá bien.

lunes, octubre 24, 2011

Me gustaría que ya hubiera pasado el tiempo. Que ya lo tuviera asumido, no doliera y siguiera con mi vida. Pero aún me queda tiempo. Me queda perder toda la esperanza, porque aunque sepa que no hay, me cuesta perderla, siempre me cuesta perderla (y una de las cosas por las que me dejaste es porque no soy positiva, ironías de la vida).
Me gustaría que ya no saltaran las lágrimas a mis ojos en momentos que me pillan totalmente por sorpresa. Me gustaría que ya te recordase con el cariño con el que se recuerdan las cosas que son buenas y ya están atrás.
Me gustaría saber que podré verte y no se me partirá el corazón, que seguiré hablándote y no dolerá, pero aún me queda tiempo. Y voy a tener que seguir hablándote y tú a mí, porque trabajamos juntos.
Me gustaría tener completamente claro que ya acabó y no va a volver. No sentir en ese pequeño rincón de mi corazón que 'podría, podría, podría', porque todo el resto de mi ser está gritando NOOOOOOOO, pero esa pequeña pieza está ganando por goleada.
Me gustaría haber aprendido antes. Pero soy de mollera dura. Y hay pasados que pesan demasiado, me cago en ellos.
Y me gustaría, de verdad que me gustaría, saber que alguna vez saldrá bien. Del todo. Que tendré una seguridad certera. Que me volveré a dejar llevar y que no cometeré los mismos errores.
Pero ahora sólo puedo esperar. Esperar e intentar no llorar, porque duele demasiado.