jueves, febrero 15, 2007

La grandiosidad tiene un punto curioso. ¿Qué incita a un ser humano a construir algo mucho más grande que él, como símbolo de su grandeza? ¿Por qué hay quien pretende perdurar por los siglos? Supongo que la capacidad humana del egocentrismo siempre puede superar cualquier cota lógica, si bien al reflexionar sobre esta idea se me viene a la cabeza que quienes quisieron perdurar no se pararon a pensar si esa durabilidad les haría verdadera justicia.



Porque una cosa es el concepto, grande o pequeño, que tengamos cada uno de sí mismo y, otro bien distinto, son los ojos con los que nos mirarán y nos juzgarán quienes ni siquiera han convivido con nuestro tiempo y, por tanto, posiblemente no sean capaces de ponerse en nuestro lugar o, al menos, intentar comprendernos.



Si ya es difícil practicar la empatía con el que se encuentra cerca, esos grandes emperadores, locos, conquistadores o lo que sea, quizás debieron reflexionar un poquito acerca de la imagen que se harían de ellos las generaciones venideras que contemplaran sus obras.



Un ejemplo puede ser el Coliseo romano. A pesar de los sucesivos expolios, se ha mantenido durante siglos para ¿mayor gloria de Vespasiano, que mandó su construcción? No creo que este emperador, ni Trajano, que lo tuvo abierto 117 días ininterrumpidamente, esperasen que los turistas que ahora pasean por Roma lo primero que piensen es lo enorme que es y luego se acuerden de las numerosas películas en las que han visto a gladiadores matando leones, y leones comiéndose a cristianos en ese reciento, sin acordarse del nombre de quienes lo construyeron y usaron.



La gloria se queda en la capacidad de los obreros y arquitectos en construirlo y, sobre todo, en Hollywood que rodó películas, no en el nombre de quien quiso glorificarse.



E igual pasa con otras construcciones magníficas que encontramos en Roma, que ahora me pilla cercana. Está claro que poca gente desconoce a Miguel Ángel, Bernini, Borromini, Caravaggio o cualquiera de los grandes del arte que dejaron sus obras a mayor gloria, sobre todo, de Dios. Sin embargo nadie se acuerda de los hombres, muchos de ellos Papa en busca de inmortalidad terrenal, que los contrataron, cuidaron, amenazaron o mimaron para que adornasen sus palacios, sus terrenos, sus vidas.



Una vez más, la gloria se queda en el maestro, no el que tuvo la intención.



Sin embargo, hay que agradecerles a estos personajes estrambóticos y bastante egocéntricos su ansia por ser recordados o que se recordase a Dios, su implacable tenacidad para lograr obras que se salieran de lo común, porque, quizás, sin ellos, nadie habría querido mantener la Capilla Sixtina, o estudiar el foro romano, y no habríamos podido recordar, clave humana para no repetir la misma historia...Aunque el ser humano siempre tropiece al menos dos veces con la misma piedra.



1 comentario:

suntzu dijo...

Supongo que el deseo de perdurabilidad, el que nonos olviden, forma parte de todos nosotros. Algunos encuentran la forma de darle cuerpo a ese deseo de trascendencia y otros, no. Pero como siempre, la vida nos enseña lo vano que resulta esto par quien lo costea. Resulta irónico ver las momias de faraones egipcios expuestas tras cristaleras para que, miles de años después, la gente se recree en tu cadáver sin ni siquiera plantearse que lo que miran es eso, los restos humasno de alguien que alguna vez creyó tener el mundo a sus pies.
Por suerte este afán de trascendencia nos ha dejado, como muy bien apuntas, obras maravillosas como el Coliseo, las pirámides o la Sixtina. Menos mal que somos vanidosos por naturaleza.