domingo, agosto 14, 2016

Donde van los cuadernos

Existe un cementerio de cuadernos. Casi nadie lo sabe. Es uno de los secretos mejor guardados entre los lápices, bolígrafos y los propios cuadernos. Hasta los libros mantienen el silencio. Comprenden que hay que dejarles esa intimidad que ellos no desean. Ellos quieren ser leídos por todos. Pero los cuadernos no son así. Muchos son muy tímidos, a la vez que no quieren ser pasto de la nada una vez sus dueños los acaban. De ahí que crearan su propio camposanto secreto.

Los bolígrafos también mantienen el misterio. Ya saben que en el mundillo de la papelería los llaman cotillas y cuentatodo porque ponen la tinta a las ideas y palabras ajenas, pero no, en este caso son fieles a sus inseparables compañeros. Entienden que su destino es diferente. Ellos, una vez agotados, optan por el reciclado. Pero para las libretas apuestan por ese cementerio, que es el sueño de cualquier amante del papel, como soy yo. Fue, de hecho, mi pasión por el papel y las palabras, y mi infinita curiosidad, lo que me permitió descubrir la existencia de este peculiar y maravilloso lugar.


Seguro que alguno se pregunta si un camposanto tan particular tiene lápidas como los nuestros. O si hay panteones. Es difícil de contestar. Yo no sé si llamarlos panteones, pero sí hay sectores por, digámoslo así, familias. Quiero decir, cuando paseas por el cementerio de cuadernos lo primero que te llama la atención es que, pese a su solidaridad extrema, a la hora de descansar sus ideas prefieren tener espacios separados.

Así, puedes encontrar el panteón de los cuadernos de deberes. Debo decir que es uno de los más concurridos y las conversaciones son de lo más interesante. Sobre todo porque no siempre las correcciones que contienen son las mismas y los debates sobre qué profesor o qué niño hizo la adecuada puede llevar unas cuantas noches. Eso sí, sin ninguna acritud. Son libretas muy académicas y respetuosas con las opiniones impresas de los demás.

Un poquito más adelante está el sector de los diarios. De esa parte poco os puedo decir. Un pequeño pero duro candado guardaba el acceso y sólo pude oír rumores muy suaves, aunque a veces sonaban algo enfadados. No quise forzar la cerradura, hay que respetar la intimidad de quien no quiere ser leído, o al menos, así pienso yo.

No podría faltar, aunque os resulte curioso, el espacio para las libretas de listas, ejercicios en sucio y ese maremágnun de anotaciones que todos tenemos por casa. Ahí las charlas van desde números de teléfono sin nombre del cual intentan averiguar el dueño, hasta direcciones perdidas, pasando por la compra que nunca se llegó a hacer. 

Caminar entre todos esos cuadernos me resultó gratificante, no lo voy a negar. Pasé mis manos por sus tapas, abrí alguno, me quedé embobada dejándoles decirme lo que tenían dentro... Pero la verdad es que mi parte favorita la encontré en el espacio donde los cuadernos de ideas y narraciones habían decidido reposar. Era un espacio no tan silencioso como el de los diarios, pero tampoco tan animado como los cuadernos de deberes. Se encontraba en un pequeño promontorio, con una luz distinta a los de los demás lugares y las conversaciones versaban desde mundos fantásticos creados por sus antiguos propietarios a anécdotas reales convertidas en desahogo escrito, poemas incompletos junto a grandes obras que acabaron en esos orgullosos libros leídos por todos; y un sinfín de dibujos que cobraban vida para permitir que lo que residía en esas palabras fuera más allá de los límites del papel que los contenía. 

Algunas de las libretas que allí estaban no se pueden tocar. Se encuentran allí sin estar, porque son todas esas cuyos autores no se atreven a deshacerse de ellas de ninguna manera, pero tampoco se atreven a releer. Se quedan en el limbo entre nuestra realidad y este cementerio, pero más presentes allí que a nuestro lado, se dejan acunar por el resto de hojas, tapas y espirales que les rodean en el cálido abrazo de quien fue abandonado definitivamente y sabe del dolor que provoca dejar de ser acariciado por las yemas de los dedos, marcado con la punta del bolígrafo o pluma, u olisqueado con ojos perdidos en la tranquilidad de comprender que, por fin, las palabras salieron de uno mismo. 

Me quedé un rato grande junto a estas libretas. Para mí las más valiosas y las que siempre me habían generado más dudas. Porque nunca terminé un cuaderno y, cuando lo hice cargado de mí, intenté perderlo para que nadie lo encontrara. Siempre pensé que esa forma mía de actuar nos condenaba a ambos, cuaderno y yo, a ser descubiertos y leídos por ojos ajenos, a no descansar en ningún lugar por toda la eternidad, a tener un miedo constante a que alguien nos descubriera. Hallar este espacio suyo me hizo sonreír y quedarme tranquila. 

Porque existe un cementerio de cuadernos, donde reposan las ideas.

A M., cuyos cuadernos terminados me han inspirado