viernes, mayo 23, 2014

Luz

Su entrada en cualquier habitación la iluminaba. Era de esas personas cuya energía conseguía hacer resplandecer todo resquicio de amor circundante. Pura alegría en un cuerpo menudo que ocultaba una grandeza de la que ella misma no se sabía poseedora. Caminó resuelta, por una vez, hacia el fondo de la habitación. Estaba ocupada en sus cosas, y era su inconsciencia acerca de su belleza la que le daba aún más fuerza. Los demás, hasta entonces inmersos en sus propios quehaceres y preocupaciones la sintieron, más que la vieron. Esa oleada de tranquila felicidad fue calándoles de una forma nada sutil y las sonrisas empezaron a poblar la habitación.
Ella seguía sin darse cuenta. Su cabeza estaba en otra cosas. Quizás, incluso tenía la frente arrugada por la preocupación que la hizo levantarse de la cama más temprano de lo habitual. Le rozó el brazo. Ella se giró y la sonrisa le volvió al rostro, haciendo brillar más aún esa luz interior que irradiaba. Se fundieron en un abrazo que duró unos minutos y en el que no hacían falta palabras. Allí estaban. Y eso era lo importante.

A R., porque sé que algún día se dará cuenta de que ella es la luz y porque a partir de ahora va a recibir todo el amor que siempre ha merecido.