miércoles, mayo 14, 2014

Cuento de noche

Nada le podría haber augurado un presente como aquel. En la inmensidad de la noche, contemplaba el cielo iluminado por la luna y el pecho se le henchía de felicidad. Toda la vida se había sentido pequeñita. Siempre, menos ahora, bajo la inmensidad del universo. Otra de las contradicciones de su vida, sentirse grande, fuerte, ella, en un lugar, al que algunos llamarían la nada, donde casi cualquiera podría verse diminuto cual hormiga que sale por primera vez de la protección de su hormiguero.
No importaba ya si era el norte, el sur, cerca de la civilización o alejada de la sociedad. Sus ojos habían aprendido a desechar cualquier contaminación y desarrollaba su trabajo de forma diligente. Había quién no le encontraba utilidad. Afortunadamente, el que le había contratado aún creía en la belleza poética, aparte de los usos prácticos y científicos que suponían una rentabilidad más allá de la económica.
Porque ella era contadora de estrellas.
Pasaba las noches en blanco catalogando el cielo y asegurándose de que las pequeñas luces que se apagaban, inmensas en la realidad de la distancia, no indicaban más que la continuidad de la vida. A veces leía los informes que se apoyaban en sus cálculos, sobre todo al principio, pero ahora, simplemente dejaba que su sonrisa y su respiración acompañaran al recuento mental que hacía cada noche. 
Era una vida solitaria. No por ello se encontraba sola. De hecho, no lo estaba. Habría quien se mofaba de ella porque cuando hablaba así pensaban que se sentía acompañada por los rutilantes astros celestes, pero no, estaba arropada por amigos de carne y hueso, habitantes de la noche como ella que se desperdigaban por el mundo, igual que se había convertido en una nómada por obligación.
Al principio le pesaban los continuos viajes. No comprendía que contar estrellas tuviera que hacerse desde lugares distintos y le pesaban las maletas y cargaba con mucho equipaje. Pero descubrió que no necesitaba tanto. Descubrió que se necesitaba a sí misma y las charlas, y las estrellas, y el contacto con otra piel, y comer, claro, pero la comida no tenía que cargarla... Descubrió que era verdad que las cosas importantes no pesan. 
Aprendió a mirar a los ojos para descubrir en ellos las estrellas. Y su sonrisa se hizo más amplia al comprobar que cada uno llevaba dentro una que iluminaba hacia fuera. 
Así que, cada noche, cuando se tumbaba frente al cielo dispuesta a contar, daba vida a cada una de ellas.