domingo, enero 21, 2007

Nadie dijo que fuera fácil

Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.
Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.
Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.
El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.
Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.
Arturo Pérez Reverte, revista XL Semanal
No soy devota de Pérez Reverte, casi nunca estoy de acuerdo con él (aunque en muchas cosas que dijo hace años del periodismo me voy pareciendo cada vez más) y jamás lo defendería a capa y espada, pero al leer hoy este artículo suyo he sentido la necesidad de volcarlo aquí.
Decir que me siento identificada con la persona de la que habla sería demasiado, porque ni fui tan 'nerdy' (me permito el vocablo inglés un tanto despectivo, creo, de empollona) ni soy tan lista ahora, pero algo del texto me ha tocado el alma.
No sé si ha sido el haberme sentido desplazada tantas veces en mi infancia, o el análisis casi sutil pero tan de acuerdo conmigo sobre mis jóvenes contemporáneos (y yo misma, a veces la apatía me ataca más que al que más) o, quizás, lo que me ha marcado ha sido vislumbrar que hay más gente que puede pensar que sí somos bastantes y que algo podemos cambiar. El caso es que creo que este artículo merece ser leído y reflexionar sobre él y, sobre todo, debe servir para que los que siempre fuimos raros nos alcemos y digamos: debemos dejar de ser corderos y cerrar el matadero para que no engulla al mundo en que vivimos.

5 comentarios:

suntzu dijo...

Lo quiero. No puedo decir mucho más, excepto que si no fuera porque no conoczco al autor en persona, diría: "ésa fui yo".
Gracias por colgar estas cosas.

suntzu dijo...

Lo quiero. No puedo decir mucho más, excepto que si no fuera porque no conoczco al autor en persona, diría: "ésa fui yo".
Gracias por colgar estas cosas.Nerdy y todo

arwen dijo...

Ya sabía yo que habría alguno más por ahí que estuviera de acuerdo conmigo. Si al final, van a resultar que los pocos son 'los normales'. (Creo que esa es la absoluta y pura verdad).

Anónimo dijo...

Leí el artículo (y además lo he copiado en mi blog) en la radio. Lo volví a releer. Me da igual no conocer al autor en persona. Tampoco conozco a tantos otros que siempre han hablado de mí en sus libros (también lo dijo Pérez-Reverte: que al final todos los libros buenos, o los buenos libros, hablan de uno). Y suscribo palabra por palabra, salvo que no leí El Guardián entre el Centeno hasta que sobrepasé la adolescencia y que a Galdós no le he leído jamás (como a tantos otros). Pero leí otros libros. Leí cómics. Leí, leí, leí. Y busqué la mirada de profesores inteligentes, hasta en la Facultad (por eso fui persiguiendo a Leonardo Ruiz, a Manuel Ángel Vázquez Medel y a Adrián Huici allá donde daban clase). Y me sentí rara porque a los trece, a los quince, a los diecisiete, no sabía quién era Wilkie Collins, pero sí había leído a Ovidio y a Walt Whitman, a Papini y a Rilke. Y porque me gustaban Jimi Hendrix y Frank Sinatra y Tracy Chapman y los prefería a Hombres G.
Así que sí: ese artículo habla de mí.

arwen dijo...

Veis, en el fondo, podemos cambiar el mundo...Somos muchos