martes, mayo 29, 2012

No me gusta cuando la melancolía se posa sobre mi alma y me oprime el corazón.

Preferiría que no volvieran viejos fantasmas que convierten mi soledad buscada en una soledad repleta, en la que me es difícil moverme.

Me cuesta salir de esos estados en los que la compañía no existe porque mi mente está demasiado ocupada en no estar y buscar lo que parecía haber encontrado.

No puedo explicar la sensación de vacío, porque realmente lo que hace es llenarme, saturarme, impedirme pensar con claridad y convertir cada tarea en un mundo, porque no parece haber forma de salir del círculo.

Porque es eso, ciclos que vuelven y van y, al menos, ya no me amargan ni entristecen. Sólo me dejan como la flor mustia en el calor del mediodía, el árbol que pierde las hojas y dobla las ramas para taparse, la marea que parece que no va a volver nunca porque baja y baja (aunque sea para subir en otro sitio).

Y mis raíces tiran de mí hacia dentro, porque necesito parar, tomar aliento, respirar y elegir de nuevo la dirección, porque me gusta seguir sola, pero extraño el cariño.

Se juntan las ansias y los anhelos con la realidad y todo parece confuso, aunque los ojos lo vean nítido. Y sólo me apetece dejarme llevar, pero por nadie más que por mí misma y mis pensamientos, aún a riesgo de volver a perderme en mi interior.

Me gusta saber que conozco el camino. Al menos así, el ciclo parecerá más corto.