sábado, diciembre 12, 2015

Estoy

No siempre se puede seguir el camino aprendido. Sobre todo si se aprendió tarde. Sirven los puñetazos a los cojines por no partirle la cara a alguien. Sirven las lágrimas derramadas en silencio sobre el ordenador, los apuntes o una misma. Sirve conocerme. Sirve saber que no es real, que solo está en mi cabeza. 
Pero todo ésto es el camino aprendido. La senda natural tira mucho, para el monte que suele ser un despeñadero con caídas en picado que apenas puedo frenar porque me prohibieron colgarme de los precipicios para no hacerme daño. Las heridas ya me las había hecho yo.
Al menos me quedan las viejas amigas. Palabras que vomito en el teclado para dejar que todo se vacíe. Llevo más de un año dejando espacio. Pues aún queda, por lo visto. No sé disfrutar ni de mí misma, aun cuando fue justo eso lo que dije: me voy a dejar disfrutar un poco. 
Ahora, con los apuntes a mis espaldas, me recuerdo: es divertido. Intento que lo sea de nuevo, porque, si no, la angustia me aprisiona de tal manera el pecho que empiezo a no poder respirar. Recuerda las asanas. Recuerda la consciencia. 
La vida es fácil. 
La vida es fácil y rompo con mi tendencia natural de complicarla. Porque no hay nadie más que yo. Y es bonito. 
Tengo que ser agua y fluir, pero no dejarme llevar, porque me creo que mi cauce son recovecos intrincados, cuando soy yo la que construye los muros altos para saltar. 
Me dejo caer, pero por una vez en la calma. O no, pero escucho la música para dejarme mecer y dejar ir y fluir. Dejar ir.
No sé dejar ir o cómo soy capaz de engancharme a la más nimia cosa que me haga daño. Sobre todo personas. Venga, os abro la puerta. Si hace falta voy a empujaros a patadas. Los puños ya están acostumbrados por aporrear cojines.