sábado, junio 18, 2016

La espera

Agarraba la mesa con fuerza, el cuerpo completamente tenso, inclinado hacia delante, casi levantado del asiento, con la mirada fija en la puerta. Parecía que podría dejar las huellas profundas de sus dedos en la madera, al observar la crispación que lo mantenía con un rictus concentrado. De verdad que había intentado mantenerse sereno. Sentado y con las manos reposadas sobre su regazo. En serio había jugado a todos los juegos mentales posibles para no acabar casi lanzándose a coger el picaporte. 
Primero había comenzado a pasar las yemas de sus dedos sobre toda la superficie de la mesa, los papeles que reposaban en ella, el bolígrafo, la funda de las gafas que alguien debió dejar olvidada, el bollo, ese vaso ya vacío. Luego fue inevitable que toqueteara los bordes desgastados, sintiera los años de arañazos, inscripciones hechas a punta de lo primero encontrado, y comenzara a tamborilear una melodía absurda escuchada esa misma mañana, mientras, obediente, se encontraba en la fila. 
De ahí a que convirtiera sus extremidades superiores casi en garras aguileñas que estrujaban, apretaban, imploraban con su gesto, sólo hubo un paso: un imperceptible movimiento en la manija de la puerta que le hizo dar un respingo y dirigir su mirada a ella. 
Pero eso había ocurrido hacía horas. Tantas que del bollo sólo quedaban algunos granitos de ajonjolí dispersos sobre el primer folio en blanco, las migas que flotaban acusadoras sobre sus negros pantalones y una pesadez en su estómago que le obligó a beber de un trago el vaso que tenía delante, sin pensar que dosificarlo podría haber sido mejor táctica, ahora que la boca empezaba a resultar algo seca y su lengua una pesada carga.
El giro del picaporte no había sido más que eso, una vuelta. La puerta no se había movido. Nadie había entrado. Nadie lo había llamado siquiera a través de ella. Ni un ruido. Ni un movimiento que pudiera percibir desde el sitio en el que lo habían dejado sentado con la sugerencia, en tono de orden, de que permaneciera allí hasta que lo avisaran. Y allí seguía. 
Inicialmente no le había dado ninguna importancia al retraso. En realidad, como le habían despojado de su reloj, cartera, llaves... De todo lo que llevaba que no era su propia ropa, no tenía muy claro si su espera era de horas o simplemente era su sensación ante la soledad. Pero cuando había percibido que la luz que entraba, difuminada por unas ventanas cubiertas de pesadas cortinas de tela gruesa, había comenzado a moverse, supo que el sol estaba ya bajo y que, increíblemente, lo estaban dejando olvidado en una sala vacía.
Eso era lo que le reconcomía. Los antiguos miedos ya conocidos de que todos lo abandonaban, de que nadie era consciente de su presencia, de que para los demás era una ausencia, le habían golpeado en el momento en que la oscuridad empezó a ocupar el aula. ¿Cómo iba a sustraerse de semejante temor si el día continuaba impasible en su transcurrir de horas mientras él, solo, indefenso al carecer de sus pertenencias, ignorante de qué estaba pasando allá fuera, no se atrevía a moverse por la instrucción tajante recibida cuando aún sentía en su corazón la ilusión de que todo iba a terminar de una vez por todas?
Ahora empezaba a sospechar que había sido un iluso. Que la esperanza, puta, lo había arrastrado a un final incierto que atacaba a sus terrores. Porque, ¿qué iba a ser eso si no una manera extraña, cruel y salvaje de mantenerlo alejado de dónde podría ser útil? Estaba claro que daría más resultado seguir su búsqueda que permanecer quieto, inactivo, lúcido y consigo mismo como única compañía. Cualquier cosa sería más productiva que esa espera. Estaba seguro. No hay utilidad en estar. Tenía que hacer. Quería hacer. Necesitaba hacer. 
Dio otro respingo. ¿Había escuchado algo? Aguzó el oído. Casi sintió a sus orejas elevarse como la de los animales asustados que presienten que se acerca una amenaza. Sin embargo, nada. Había sido una cabezada involuntaria que había hecho que sus manos resbalasen unos milímetros de su agarre y su cuerpo cayera un poco sobre ella. 
Se espabiló agitando la cabeza, aunque realmente lo que quería era erradicar de su mente los pensamientos veloces como rayos que la atravesaban alimentando su ansiedad. Volvió a tamborilear y entonar la dichosa melodía. Sonrió. Le extrañó su sonrisa y la borró rápidamente. No quería permitirse un rastro de felicidad en un momento como ese. No podía ser feliz. No quería serlo hasta que no hubiera acabado con su tarea. Sería como una traición a todo (un todo que no conseguía definir).
Las luces que entraban por las ventanas eran ya de las farolas y focos que iluminaban el patio. Quedaba sobre el campo de juego una pelota deshinchada, olvidada como él, había pensado. Le dio pena el balón. Le supuso tanta tristeza que sintió que sus ojos se humedecían. No daba crédito mientras las lágrimas iban escurriendo por su rostro. Perplejo escuchaba sus propios sollozos. 
'¿Qué me está pasando?' se repetía una y otra vez, tan asustado por su propia reacción que la pregunta saltó de su cabeza a sus labios, primero suave, un susurro apenas perceptible, poco a poco con más fuerza hasta que se convirtió en un grito animal. Ese bramido primitivo lo sorprendió como si hubiera salido de otra boca, tanto que se quedó petrificado, una vez más, con los ojos fijos en la puerta. 
Sus brazos se destensaron y cayeron a los lados de su cuerpo. Las manos volvieron a posarse sobre sus piernas. La respiración, entrecortada hacía unos minutos por el llanto, se acompasó al miedo de forma regular. 
Estaba, de nuevo, como lo habían dejado aquella mañana. Sólo los restos del bollo y el vaso vacío daban testimonio de que habían pasado horas. Sus ojos fijos parpadearon y surgió un suspiro. Decidió hacer caso. Quedarse quieto y esperar.

domingo, mayo 22, 2016

Descubrimiento

He descubierto que hay lugares a los que no quiero ir con cualquiera.
A recorrer una ruta de faros. Iría contigo, que desde la infancia deseaste vivir en uno, como hago yo; que los contemplas y piensas en libros y noches largas leyendo; en tempestades y mar en calma al que observas, en soledad y buena compañía; en respirar, en aislarse y en seguir viviendo.

A París. Serías tú, que no la percibes como la ciudad del amor, si no como el lugar en el que perderse por librerías, calles empedradas, puentes que cruzar contemplando el Sena; cafés tranquilos mientras los demás corren; belleza, simple belleza.

A cazar la luna. Contigo, que respetas sus ciclos, los tuyos y los míos; que te gusta tanto llena como nueva; que sin mirar al cielo sabes si está completa; que recorres mi tatuaje y lo iluminas como el sol hace con ella.

A ver amanecer. Con quien el primer rayo de sol recuerda que es un nuevo comienzo; que, como yo, sonríe si las nubes se despejan; que odias madrugar, pero no te importa si es para respirar la paz de las primeras horas; que coges mi mano y la aprietas mientras contienes la respiración al sentir ese primer calor que recorre tu piel y te hace sentir la vida en cada partícula de ella.

A contemplar las estrellas. Tú que quieres contar estrellas como pensaron que yo hacía; que las miras y sientes el infinito, y te angustia y te hace grande a la vez; que recuerdas una rosa perdida en un pequeño planeta entre ellas; que no consideras una pérdida de tiempo simplemente estar allí, oyendo al universo moverse.

Si os soy sincera, la mayoría de las veces pienso que todos esos 'tú' serán la misma persona con la que comparta también mi vida. También reconozco, en otras muchas ocasiones, que más de una de las cosas de esa lista las haré sola y será, como mínimo, tan bueno como si las hiciera en compañía. Pero lo que tengo muy claro es que ya no regalaré mis tesoros a quien no se los haya ganado.

lunes, mayo 16, 2016

Amar amor

He sido el primer amor de dos personas.   
Perdí la virginidad con quien la perdió conmigo.
Quité la virginidad en más de un sentido. 
Amé como si fuera eterno. 
Lloré cuando terminó como si aquello no tuviera sentido. 
He tenido mariposas en mi estómago, 
en mis labios se colgó la sonrisa tonta 
sólo por oír en el móvil tu sonido.
He andado sobre el suelo porque
el amor me dio alas.
He creído firmemente que sólo viviría contigo.
Me han dolido las palabras que querían decir adiós,
he sangrado por tus silencios y
llovido lágrimas de olvido. 
He sido éxtasis, pasión, derrota y sinsentido. 
Me han regalado la luna, robado el corazón, hecho añicos la razón 
y convertido en baile mi camino. 
Dolió a gritos hasta que el silencio barrió lo vivido. 
Y a pesar, y con todo, 
sólo pienso que, si vuelvo a amar,
quiero que sea así, con alma, corazón, alas, 
sin ningún miedo al vacío.

viernes, mayo 13, 2016

Reflexiones de mañana

Soy una persona sencilla. Y normal. De tan sencilla y normal me ha pasado muchas veces que la gente me ha dicho que soy rara. O más bien, complicada. No me gusta que me digan complicada. Para mí tiene implicaciones en exceso negativas y que nada tienen que ver conmigo. Además, no comprendo por qué mi comportamiento directo, claro, expresando lo que siento o deseo en cada momento, lo que podría llegar a esperar de alguien (aunque no suelo esperar nada, me gusta simplemente vivir y ver dónde me lleva la vida, evitando expectativas en la medida de lo posible), puede llevar a que una persona considere todas esas características complicadas.
Tengo la sensación, cuando me ocurre eso, de que vivo en un mundo al revés. Parece ser que estamos absorbidos por una sociedad tan fiel a no mostrarse, que educa tanto a sus mujeres a que callen, que si alguien, yo, mujer, es directa, es precisa, no permite abusos si los detecta (ains, lo que me queda por aprender sobre opresión patriarcal), y dice claramente 'quiero una pareja, pero no vas a ser tú, al menos en este momento', automáticamente me convierto en una persona a la que es preferible mantener alejada. 
Ni siquiera voy a hablar de lo puta que pueden pensar que soy, simplemente porque el sexo no me parece un tabú. Ni que la mayoría de las personas (menos mal que existen minorías), piensan que por no verlo tabú lo practico a diestro y siniestro y con cualquiera (que no estaría mal, pero no es el caso). De hecho, para quienes me consideran una folladora compulsiva eso es lo peor del mundo mundial. 
Pero no, no voy a hablar del sexo. Hablo de ser sincera. De tener muy claro quien soy y no necesitar a nadie que me haga feliz. De caminar por la vida con el convencimiento de que la única persona que no me puede fallar soy yo. Resulta que ser así, que me ha costado muchos años y mucho esfuerzo, se convierte en un peligro para muchos hombres y alguna que otra mujer. 
Se sienten amenazados. Entonces vivimos en un mundo loco en el que la sinceridad da miedo. No se sabe lidiar con ella. No quieren que hablemos de sentimientos, pero es que ya no desean ni contemplar las opciones que nos ofrece el que tenemos enfrente. Intento pensar que no es que nos quieran obligar a hacer simplemente lo que se espera de nosotros (y por tanto, exigen dotes adivinatorias porque véte tú a saber qué tiene cada uno en su cabecita en cada momento). Pero tampoco les parece bien el diálogo, ni el silencio.
Es decir, no está bien hablar de hacia dónde vamos, pero tampoco está bien simplemente ver hacia donde vamos. 
Y, ¿qué queréis que os diga? Si no vale simplemente con ir viviendo y ver si el conocerse se convierte en amistad, la amistad en querencia, la querencia en amor y el amor es eterno (mientras dure), y tampoco vale hablar de qué queremos que sea eso que acabamos de empezar (amistad, folleteo, amor, incógnita); pues me salgo del juego.
Porque, a todo esto, yo a lo que iba, simplemente, es a vivir, conocer gente, disfrutar de compañía cuando me apetece salir de mi soledad, y no comerme el tarro más de lo que lo hice hace unos años, cuando no tenía tan claro quién era.

lunes, mayo 09, 2016

Un juego

Con la ilusión de un niño con zapatos nuevos. Así se había dirigido, raudo, hacia el puente que le llevaría a una nueva vida. Así lo había bautizado. Pensaba que dejar atrás todo suponía ir hacia delante. Estaba convencido de que para hacer el verdadero camino no se podían cargar los pesares del tiempo pasado. Como si la memoria del teléfono estuviera llena y ninguna aplicación funcionara correctamente. Como si el espacio disponible en el disco duro del cerebro fuera tan limitado como la ram de un ordenador y para poder seguir trabajando hubiera que hacer limpieza.
Para él, los recuerdos eran archivos para borrar. No tenía en cuenta que detrás de cada uno de ellos, formando aún parte de su vida presente, había personas. Algunas lo habían amado, otras lo seguían queriendo, otras eran esas piedras en la calzada que nos hacen mirar en perspectiva y tomar decisiones.
Daba exactamente igual quiénes fueran y qué le aportaban o si lo necesitaban o querían junto a ellas. Eran elementos a eliminar, porque el futuro era un presente lejano que se le planteaba mucho más brillante que su día a día actual. Hay quién dice que cualquier tiempo pasado es mejor, porque olvida que en la memoria los oscuros se difuminan. Para él, esta frase hecha era una mentira más de las que rodeaban su existencia. Lo real, lo verdaderamente bueno, siempre estaba adelante. Y estaba tontamente convencido de que lo alcanzaría y podría parar de correr. Mañana. Quizás pasado.
Iluso. Cegado como tantos por la fantasía de que existe el futuro. Engañado por un sistema que lo quería lejos del ahora que existe para poder timarle con sus patrañas de felicidad para el día siguiente. 'No te pares ahora', le decían, 'no mires cómo te apaleamos', susurraban. 'Fíjate únicamente en lo que deseas más allá de hoy, porque es allí donde reside la verdadera felicidad'.
Tan convencido estaba de que las risas, los abrazos, las caricias, el amor, la dicha, estaban allí, lejos, en un día que no era hoy, en una época que sería futura y mejor y tangible, que aceptaba sin dudarlo el borrado de una historia que era él, que le había llevado allí, que le unía a personas con quien había reído, amado, acariciado. Nada de eso parecía tener ya valor o importancia. Sólo quería sentir, sólo sabía que cada mañana se despertaba a la misma hora, las 7.02, que cada día terminaba de trabajar a la misma hora, las 19.18; que cuando llegaba a casa vegetaba en un sillón mirando una pantalla distinta a la de su trabajo pero igual de alienante, y que ése era su momento de gracia porque allí, en esos reflejos, estaba el puente hacia la felicidad. No veía las llamadas de amigos que rechazaba, los abrazos de quien le quería que se encontraban con el muro de frío hielo en que se convertía al contemplar el futuro que le presentaban. No era, al fin y al cabo. No estaba.
Sin darse cuenta, se había convertido ya en esos días por venir que tanto ansiaba. Esto es: era ya un espejismo. Él mismo era tan real como lo era la vida que se le había vendido. Por tanto, no era. Acercarse a él era como sentir la presencia de un fantasma helado que eriza la piel y provoca, más que miedo, tristeza. Alma en pena sería la mejor definición que se le podría dar.
Sin embargo, en su fuero interno se veía como una luz brillante y sonriente. Sus vacíos ojos no eran conscientes de lo que el espejo le devolvía cada mañana. Porque no se miraba. Sólo observaba la pantalla que le contaba lo que había más allá del triste hoy. Vivía en la nada. 

sábado, abril 23, 2016

Realidad

Hay ocasiones en las que no me creo la realidad. Escucho, leo, observo, contemplo la vida que me rodea, el país en el que vivo, el mundo en el que nos encontramos y tengo que frotarme los ojos muy fuerte y, sobre todo, notar los latidos de mi corazón para comprobar que no es un sueño, no es una película que me están vendiendo, no es una de esas de tantas historias (miles seguramente) que he leído desde que fui lo suficientemente despierta como para refugiarme en las palabras.
No sabría por dónde empezar. Intento, de verdad que lo hago, creerme que los políticos que tenemos no nos lo merecemos. Lo doy todo por no sentir como pesadilla propia vivida en carnes ajenas la falta absoluta de humanidad de los humanos que decimos ser. Pruebo a comprobar que no caí en uno de esos mundos surrealistas que crean las mente más ingeniosas que la mía.
Todos los esfuerzos se podrían considerar vanos, puesto que admito la realidad de todo ello (ladrones libres, libertad robada, niños abandonados a una suerte que no es suya,...), pero no dejo de mover la cabeza en intentos infinitos de que esas imágenes, salidas de los relatos más crudos superándolos, se vayan.
No se van.
Sería bonito decir que la consciencia de esa realidad me convierte en una persona lanzada. Que lucho batallas para cambiar el mal sueño en el que vivo. Pero me siento paralizada. Me gustaría saber qué puedo hacer y dar la solución.
Todo eso se queda en nada. Bueno, se transfigura en algo: mi sonrisa, mis palabras. ¿De verdad sirven las líneas negras sobre blanco?
Con el corazón encogido me respondo con el rotundo NO que grita en mi alma.
Y sigo sin creerme que esta sea mi realidad y esta sea yo, luchando contra nada y peleando contra todo desde una cómoda silla sin estar rodeada de vallas.
Puede que sea mi necesidad de dar solución. Quien sepa cual es, que venga a entregármela.

Armadura

Día a día
el metal cubre,
en derredor, mi cuerpo
para formar la armadura
que me proteja.
Mientras, intento
derrumbar, desde dentro,
las piezas
del sistema.
Este juego requiere
reglas nuevas.

jueves, marzo 24, 2016

Reflejo

Se acariciaba sus mariposas tatuadas mientras sonreía y pensaba que le gustaría que esta primavera estuviera cargada de sus alas y colores, para llenar la ciudad de esa sensación de libertad y ligereza que le provocan. Se acariciaba la piel y recordaba la que había liado días antes en aquella calle que bajaba a la playa.
Prácticamente se tiró al suelo para fotografiar uno de esos lepidópteros que se encontraba en mitad de la calzada, mientras, a su alrededor, los coches pitaban y sus amigos se llevaban las manos a la cabeza pensando que, esta vez sí, la atropellaban.
Sonreía con el recuerdo mientras seguía desnudándose con calma. Se paró un momento en las caderas en tanto se quitaba la falda. Sus manos se quedaron atrapadas en el punto exacto en el que él solía reposar sus dedos, roce mínimo que siempre la hizo estremecerse y sentir que estaba, que era, que lo quería allí.
Pero el pensamiento revoloteó de su cabeza con el cimbreo de su pelo y se despojó de la falda, que quedó en el suelo, a la vez que ella daba un paso adelante hacia el baño.
Miró unos segundos hacia la ventana, iluminada por la luna llena que ofrecía a la habitación, en penumbras, una luz mágica que le llevó al día en el que le regalaron el satélite de la tierra. Un dibujo que estuvo en casa muchos años después de que se fuera quien le hizo el regalo... La luna no se fue nunca, seguía en la piel de su espalda.
Cuando acercó sus dedos para rozar esa luna eterna, sintió en su mano aquella otra que la sujetó con fuerza para llevarla, corriendo, a la caza del astro nocturno. Se sonreían en la carrera. Y el corazón se le llenó de nuevo con esa alegría ligera que sintió aquella noche en que todo parecía posible... Aunque fuera un imposible y en eso se quedó: una historia sin principio y con un final en solitario. 
No le pesaba, sólo le dolió los pocos días de lágrimas inundando su alma por saber que la decisión correcta la obligaba a aceptarse y cambiar todo aquello que le llevaba a herirse continuamente. Sonrió, agradecida porque un imposible se convirtió en liberación. Y su cuerpo se estremeció cuando levantó los dedos de su espalda para poder deshacerse de la camisa.
Al desabotonar la parte superior apareció su pájaro. Sobre el pecho izquierdo volaba hacia la libertad o daba alas a su corazón. Cada uno lo veía como mejor le venía. Para sí misma, ese ave era el Fénix que representaba las veces que las cenizas no habían acabado con ella. Lleno de color, porque la alegría en blanco y negro no tiene sentido.
Como no lo tenían sus impulsos reiterados de exigir amor a base de regalar el suyo. También le había marcado la piel esa concepción dolorosa. Su muñeca derecha dejaba ver el fractal cuyo punto inicial sólo podía ser ella misma. La necesidad de mirarlo seguía en ella, recordatorio perenne de que el amor no se exige y empieza en ella para poder terminar en alguien más. Lección aprendida. O eso quería creer.
La blusa también cayó al suelo con la ligereza de la seda y rozó sus pies, algo fríos. Como los inviernos pasados en el Norte. Curiosamente no los recordaba así, porque el candor de su espíritu en esos tiempos era mayor que cualquier situación meteorológica adversa. Los recuerdos también los construimos nosotros, y no sólo la realidad de lo ocurrido...
Otro estremecimiento, esta vez la llevó a abrazarse instintivamente y a extrañarse de lo que abrazaba. Ante esa sensación inesperada, no pudo menos que mirarse en el espejo, ya dentro del baño. Como siempre, lo primero en que se quedó prendada su mirada fueron sus propios ojos. No percibió cambio en ellos. El brillo seguía allí. Ese brillo que la hacía sonreír, reponerse cuando se caía, reír a carcajadas, sentirse viva. Pero se llenaron de interrogantes cuando salieron de esa visión y se dirigieron al rostro. ¿De dónde habían salido esas arrugas? Se abrazó aún más fuerte, con lo que sintió engrandecida esa extrañeza que le había llevado a mirar su reflejo.
Abrió la mirada para contemplarse entera. Desnuda. Frente al espejo. Con ojos interrogantes. No entendía cuándo se había convertido en esa anciana que le miraba extrañada.


De como una conversación lleva a crear historias. Gracias turistaentupelo.

lunes, marzo 14, 2016

La discriminación tiene una única cara

He leído Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie, mientras me llegaban fotos de los refugiados a las puertas de Grecia, la UE decidiendo cerrar sus fronteras y exportar a los exiliados sin importarle los derechos humanos, noticias sobre mujeres asesinadas, hombres reivindicando su derecho a follarse a la que quieran (opine ella lo mismo o no)... Y no deja de sorprenderme cómo dan igual las naciones, las razas, lo que sea, cuando se trata de hundir en la más triste de las miserias a quien tengamos al lado. 
Gracias a Dios decidí ser una persona desinformada, y digo gracias, porque, si no, es posible que ya hubiera muerto de rabia. Pero leyendo Americanah y viendo lo que pasa ahora mismo por el mundo no he podido evitar pensar que a los seres humanos nos encanta poner etiquetas, marcos, cajas, para, después, organizarlas y estar, el organizador, por encima de todos los demás.
Da igual si es porque él sea blanco y tú negro; o él hombre y tú mujer; o él 'civilizado' y residente en un país sin guerra y tú un exiliado a la fuerza por el horror a la muerte, el hambre o la pura desesperación; las formas de quitarle importancia a que tú estés ahogándote serán las mismas en cualquier lugar y en cualquier circunstancia.
Esto es: estás exagerando, eso no es aquí, eso era hace siglos, estás siendo una víctima sin motivo. Es decir, la justificación de la opresión, sea del tipo que sea, nunca será con la base de quién la ejerce, si no que estará en los ojos de quien dice padecerla. No es que te opriman, es que tú crees que te oprimen, pero que va. 
No es que en Estados Unidos (lo cito por mi reciente lectura) por el simple hecho de ser negro seas ya sospechoso de lo que sea, lo primero que se les ocurra siempre que  no sea bueno; no es que por ser mujer hayas tenido que aguantar TODA TU VIDA acosos, miedos o desprecio por el mero hecho de haber nacido con un determinado sexo; no es que te traten como a un animal por poner en peligro tu vida para huir de una muerte segura y te atrevas a cruzar fronteras. No, el problema está en que tú, negro; tú, mujer; tú, exiliado, estás mirando las cosas desde el prisma equivocado y con unos conceptos basados en sucesos pasados.
Lo peor es que esa justificación no proviene únicamente del privilegiado. Simplemente el que se crea que está mejor que tú intentará restar importancia a lo que padeces para no sentirse mal por estar un poco por encima tuya, porque le gusta estar ahí y no quiere perder tampoco esa posición, aunque no sea la más alta. No quiere equipararse a ti, y no se le pasa por la cabeza que se pueda igualar hacia arriba, porque parece que todos nos pensamos con derecho a merecer algo mejor, pero sólo si no conlleva que todos los demás también lo tengan.
Eso es lo que más me ha impactado del libro: la constatación de que para nuestra desgracia, dan igual los miles de kilómetros de distancia que separen a dos seres humanos. Cuando se trate de querer privilegios, la forma de ejercerlos y mantenerlos será la misma. ¿No es triste que en lo que más nos parezcamos sea en la manera de rechazar al otro? 
En Americanah, la protagonista dice no haber pensado que era negra hasta que no pisó Estados Unidos y se lo hicieron ver claro. Me apena y me cabrea pensar que los cientos de niños que llegan desde Siria a Europa empiecen a verse como desheredados, se consideren personas sin ningún derecho, porque eso sea lo que les estemos mostrando. No nuestra mano, no nuestra empatía. Nuestra espalda y nuestro 'no lo mereces'.
Quisiera pensar que si somos tan iguales en las formas de desprecio, llegemos a ser capaces de parecernos en las formas de erradicarlo. Que nos levantemos contra la opresión sea del tipo que sea y no sólo contra la que tengamos cerca. Porque, para mí, ser feminista y no defender los derechos del resto de seres humanos no me cabe en la cabeza. Pero hay quien pelea por los refugiados y pega a su pareja. 
Cambiemos la realidad. Luchemos hombro con hombro contra cualquier tipo de opresión, no le quitemos importancia a quien denuncia que lo devalúan de la manera que sea. 
Y, no, no creo que sea lo mismo que te obligen a vivir en el barro en tanto otros deciden dónde acabarás, a pedir el mismo salario. Lo que tristemente es igual es la necesidad del ser humano de decir a otros seres humanos que son menos. 

sábado, febrero 27, 2016

Mi precipicio

Aterra. Estar al borde del abismo. Sentir el viento gélido que golpea la cara y la llena de vida por el contraste del corazón palpitante. Da un vértigo de los que mariposea en el estómago y revoluciona la cabeza, que da vueltas y vueltas y vueltas en un torbellino del cual sólo conoces el punto inicial: el precipicio frente al que te encuentras.
Siento el miedo, y lo abrazo, lo acaricio, dejo que me invada y reposo mi vida en él. Porque ése es el acantilado ante el que estoy dando el paso. Mi vida. Hubo un tiempo en que creí tenerla controlada. Sabía a qué quería dedicarme, sabía qué persona quería a mi lado (y estaba), no había dudas del lugar donde residiría. El espejismo duró años, incluso después de romperse varias veces.
Pensé que había llegado a acostumbrarme a la incertidumbre, y posiblemente a ella sí que esté acostumbrada. A lo que no me acomodo es a la duda. Al no saber, más bien, al no saberme.
Pero me dejo balancear por los aires de cambio que llegaron sentada en un aula con la luz del sol entrando a raudales y despositando en mí una sonrisa que luego fueron lágrimas. 
A veces lluevo. O arrecio. Ríos que me desbordan y se llevan todas las hojas atascadas en mi, por qué no decirlo, en ocasiones retorcida e imbricada mente. Me desvío del miedo. Abrazo el miedo. Hacía tiempo que no apreciaba el valor de tener frente a mí un mundo de posibilidades. Yo misma las había recortado y había puesto delante de mí las anteojeras para cerrar puertas, ventanas, rendijas y salidas que me aireasen. Me estaba momificando viva.
Me aterro y me alegro por ello. He sabido confundir muy bien raíces con ataduras con las que he apresado mi propio cuerpo y mi capacidad de conocerme para hacerme creer que estaba ahora. No estoy. Y mucho menos en este momento.
Así que, aquí, al borde del precipicio, con el deseo de ser capaz de agarrarme a él por mí misma si hace falta, como pude hacerlo de una barra hace un tiempo, me paro. 
Para ver lo de fuera, toca primero observar dentro. 

jueves, febrero 25, 2016

Mi pijama rosa

Me pongo este pijama y te recuerdo a ti. Rememoro tu presencia, grande, fuerte, alto, delante de mí y mirándome, pequeña, fina, en apariencia frágil, siempre delgada. Me viene una sonrisa que congela esa imagen como un cuadro. Imborrable y eterno, un instante en que se cruzaron nuestras miradas.
Me pongo este pijama y te recuerdo a ti, aunque sólo me viste una vez con él y apenas fue un segundo, nada. 
Reconozco la sensación de que podría estar segura entre unos brazos que me abarcaban por completo, pero a sabiendas de que sería yo la que permanecería firme cual estaca. Evoco las ganas de que fuera verdad, que, por una vez, yo quisiera ser la salvada. 
Sólo un instante que se viene a mis labios y me vuelve al presente, donde ya estoy a salvo, sola, frente al espejo, mirando mi cara. Descubriendo en mis ojos el brillo que antes te reservaba. A ti, a otros, a quien fuera que no fuese yo y que me hiciera creer que necesitaba ser rescatada, para acabar siendo yo el salvavidas al que quebraban las alas.
Ahora esa mirada me la dirijo a mí. Y la sonrisa vuelve a mi rostro, confiada. 
Y te recuerdo a ti, y sonrío más, porque soy feliz, aquí, sola, frente al reflejo, con mi pijama rosa con conejitos y bragas dibujadas. 

sábado, febrero 06, 2016

La belleza está en el rojo

Una gota, otra, otra… Iban convirtiéndose en un charco a los pies de la mesa. El silencio era tan intenso que se oía el ruido de cada gota al golpear el suelo, al rebotar. El cuchillo había entrado muy profundo. En las películas dicen siempre que es mejor dejar el arma dentro, para que no se desangre tan rápidamente. No es que tuviera prisa, pero no quería dejarlo allí clavado, le parecía morboso. El cuerpo sobre la mesa, la silla en el suelo y el rastro de sangre que se precipitaba desde el borde, no le parecían truculentos. El cuchillo clavado en el cuerpo, sí. Cosas de la estética. O de la belleza. La composición del rojo profundo contrastado contra el nogal de la madera le parecía bonita. El arma incrustada hasta la empuñadura, no. Eso hubiera sido ostentoso.
De manera que se fue y dejó que los últimos estertores de vida, ahogados en sangre, nublasen los ojos, ya de por sí asustados, de aquel que, segundos antes, sin comprender del todo qué ocurría, lo habían mirado suplicantes. Ya no los veía. Se había acostumbrado a esa mirada. Le aburría, era siempre igual. Daba igual la edad y el sexo, le parecían todos esos ojos idénticos en su última interrogación. Lo que no llegaba a comprender era la duda, porque lo explicaba todo con una precisión médica. Cada uno de ellos había sabido qué iba a ocurrir. Está bien, no con el tiempo suficiente para reaccionar, eso podría haberle restado teatralidad a la escena y no podía permitirlo. Para nada. Le había costado mucho desarrollar cada guión como para dejar que una mala improvisación acabara con su trabajo. Ya le había pasado sobre las tablas y no iba a aceptar que estos actores amateurs destrozaran su obra como lo habían hecho profesionales años atrás, cuando escuchaba aún los aplausos de un público casi oculto por el brillo de las candilejas.
En fin, no quería entretenerse más. Era muy pesado escuchar las sirenas, aunque se imaginaba que esta vez tardarían más. Carlos era solitario. Pasaba tanto tiempo en casa sumido en sus propios proyectos -por llamar de alguna manera a lo que él consideraba obras menores- que no habría mucha gente que lo echara de menos. Además, era el inicio del puente de Mayo… Muchos de sus amigos habrían optado por disfrutar de los primeros calores lejos de la ciudad que apestaba a contaminación y mal karma. ¡Qué gente! Ya nadie se deleitaba con ese estupendo ritmo acelerado, donde el más llamativo de los humanos no era más que parte de un paisaje anónimo en el que pocos se fijaban. Bueno, para eso estaba él. Para sacar a los perdidos en la maraña social de su anonimato y hacerlos brillar, preferiblemente sobre fondo rojo. Antes, de niño, era más de amarillo… Pero pocas cosas en el cuerpo son amarillas. Y la ropa amarilla sienta fatal a todo el mundo. Y, ¡qué narices!, años de teatro le habían dejado de recuerdo esa estúpida superstición con su color preferido. Lo cambió al rojo sin problemas. Más caliente. Más vibrante. Más vivo. ¿O era irónico decir que el rojo de la sangre derramada era vivo, cuando el cuerpo yacía inerte y los ojos vidriosos mantenían su interrogación?
Tendría que pensarlo en casa, son temas para meditar. A lo mejor tenía que dejar aparcados los cuchillos y pasarse a… No sabía. El cuchillo era cercano, personal, y ofrecía una sensación tan real y… No, estaba claro. Dejarlo no era una opción. Pero quizás tendría que buscar zonas menos sangrantes… Claro que eso podría dar tiempo a sobrevivir. Lo cual tampoco era una posibilidad. La belleza de la muerte es que termina, no como esos estúpidos que se jactaban de haber vuelto de ella. ¿Qué mérito tiene la suerte? Su labor sí que era meritoria. Dejaba escenarios perfectos, lo que le hacía florecer una sonrisa de satisfacción. Estaba atractivo con esa sonrisa. Lo sabía. Sabía que ellas lo miraban más cuando había dejado a Carlos, Juana, Felipe, Esteban, Rosa o María en su hogar, envueltos con su propio calor. Lo miraban y lo seguían. Era un placer añadido con el que no había contado la primera vez que escribió su obra. Pero ahora no se permitía obviarlo. Con ellas era dulce. Nada de esos juegos de dominación y violencia. Dios le librara de eso. Ellas se merecían la dulzura del amante del buen hacer. No dejaba de ser otro papel que cumplía a la perfección. Deseo es deseo. Y a él le sobraba. Deseo de vida. La muerte sólo era una pequeña parte.
Joder, casi se le olvida. Había quedado. Y Elena es de las que se enfada si tiene que esperar… Que ella haga esperar es otra cosa. Se miró en el espejo de casa. Vale, la sonrisa seguía ahí. No había manchas… A ver, no, eso no era una mancha, qué obsesión le había entrado. No quería que se repitiera como aquella vez en que su madre se asustó pensando que le estaba ocultando algún accidente… Y todo por unas gotitas en los bajos de la camisa. Desde entonces, era muy escrupuloso y se cambia de ropa y, si hacía falta, tiraba la que tuviera una mínima mancha. No por él, que él le habría contado todo. Pero su madre nunca entendió la belleza que él veía. Se acordaba de pequeño… Al final iba a tener razón ella y no era hijo suyo. Aunque mandaba narices que eso lo dijera la mujer que lo dio a luz en pleno julio a las cuatro de la tarde y pesando casi cinco kilos. Otra cosa no, pero enterarse de que él nacía, se tuvo que enterar.
Ya se estaba desviando otra vez de la cuestión. Tenía que peinarse y darse prisa o llegaría tarde y Elena le montaría el pollo. Y no tenía ganas. Tenía ganas de sexo. Tenía ganas de ver el deseo de ella en sus ojos y las ganas y la forma de controlarse. Siempre se controlaba. Pero hoy no quería que lo hiciera. Hoy era un día para disfrutar del deseo, y ella iba a tener que formar parte. O, si no, la despacharía pronto. Ya habría otra. Y sonrió de nuevo al pensarse sobre ella, desnudos, jadeantes, sedientos el uno del otro… Mmm, no quería pensarlo ahora o Elena se pondría a la defensiva. Otro pensamiento, otro pensamiento… ¡Las lilas! ¡Joder! ¡Mierda! ¿Qué hay abierto a esta hora? La mente trabajaba rápido. No iba a ir a un chino… Ellos son amarillos, se rió de su propio chiste sin gracia. Pero no tenía mucho tiempo. Bah, iría al chino. Ella no se iba a dar cuenta. No veía.
Sin embargo, era su abuela, se merecía un respeto, ¿no? Unas bonitas lilas. Quizás al día siguiente le diera tiempo antes de visitarla. Piensa, piensa, piensa, ¿te dará tiempo? Sí, seguro que sí. Todo era cuestión de no enredarse esta noche. No iba a dormir en la casa de ella, fuera la que fuera. Esta vez no. No le gustaba no hacerlo. Parecía un amante ocasional. Lo era, pero eso ellas no lo sabían hasta el cabo de los días, cuando no recibían la llamada, cuando el silencio les pesaba. Le gustaba imaginarlas sobre fondo azul, deseosas, interrogantes. Esa duda no le molestaba, al contrario que las de los ojos antes de dejar de respirar. Claro que él no tenía el placer de contemplarlas en esos momentos. Una vez lo intentó, pero casi lo descubren y la gracia habría terminado. Porque no iba a ser tan maleducado de no acompañarla una vez que ella lo hubiera saludado. Eso no. La cortesía es lo primero en un caballero. Y él no iba a dejar de serlo por mucho que pareciera pasado de moda entre los ‘modernos’. Esos modernos barbudos que se pensaban la cima del mundo. ¡Arg! No soportaba ese vello facial descuidado que quería ser el indicativo de pertenencia al grupo cool. Grupo cool, pero, ¿quiénes se habrían creído? Con sus términos acuñados de forma aleatoria para ser diferentes, cuando todos acababan siendo iguales. No, de eso nada, él no iba a dejarse barba, como tampoco había empezado a usar cremas porque lo dijeran en la tele. Cara diariamente afeitada y pelo peinado, no esas patrañas de despeinarse durante horas.
Menos mal. Elena no había llegado aún. Se sentó en una mesa. Pensaba que el local estaría más lleno. Tenía que reconocerlo. Odiaba a los barbudos pero adoraba sus locales. No es que él fuera muy retro, pero ese ambiente que no era más que artificio volvía a recordarle esos momentos en los que el teatro era su hogar. Porque esos bares ‘modernos’ no eran más que un escenario para él. La recreación de unos espacios que nada parecían tener que ver con las calles que los rodeaban y que empezaban a ser habitados por personajes. Nadie de los que se encontraba allí dentro le parecía auténtico. Salvo él. Los demás, a quienes miraba con ese desprecio del que se cree superior sólo por creer saber, no eran más que fachadas que intentaban encajar en un decorado pensado para ellos.
Elena interrumpió sus pensamientos. Se le acercó sonriente, como siempre. No le quedaba otra que admitirlo. Le gustaba esa sonrisa. Se dieron los dos besos de rigor y ella se sentó sin parar de hablar. A veces le saturaba su charla. Pero intentó escucharla. Hoy debía mostrar interés, para hacerla sentir cómoda. Quería ir a su casa. Y si se volvía arisco, no habría ninguna posibilidad. Así que intentó olvidarse de los demás personajes y la miró a ella. Seguía sonriendo, aunque a veces su gesto se volvía adusto. No había tenido buena semana. Punto para él. Estaría más vulnerable. Las malas semanas la ponían mimosa. Su gran oportunidad. Sonrió, pero con disimulo, estaba contándole un problema. Pero él lo que quería era llevar la conversación a su terreno… ¿No acababa de comprar ella un cuadro? ¡Bingo! Excusa perfecta. Estaba verdaderamente orgullosa de su adquisición y se dejaría mimar…
Hacía rato que había desistido de mirar el reloj. No conseguía más que ponerle nervioso y, en realidad, no tenía prisa. Sabía que iba a dormir en casa para comprar las lilas al día siguiente. Pero podía volver de madrugada. Ya no necesitaba dormir mucho. Y, aunque lo necesitara, sus próximas escenas se le planteaban vívidamente cada noche y tenía que anotarlas para ir eligiendo protagonistas. Así que decidió dejarse llevar por la conversación. Elena estaba verdaderamente maravillosa. Una pena que no fuera capaz de enamorarse. Se sorprendió de su pensamiento. ¿Podía enamorarse? Una cosa más a meditar en casa. Hoy no iba a dar abasto. Enamorarse acabaría con ellas siguiéndole a los rincones oscuros después de dejar sus escenarios… Concentración, concentración, Elena le mira interrogante. ¿A qué tenía que responder?
Finalmente, había sido ella la que lo cogió de la mano. Acariciaba su antebrazo con suavidad mientras caminaban hacia su piso. No paraba de hablar maravillas del cuadro. Artista nuevo, a ella no le importaba. Le habían impactado los colores. Podría ser abstracto, pero veía algo, siempre veía algo. Era parte de su encanto. Descubrir lo que los demás no veían.
Sirvió unas copas de vino tinto y lo acercó al dormitorio. El cuadro presidía la habitación desde la cabecera de la cama. Era magnífico. Tonos rojos, anaranjados, amarillos (en esta obra lo perdonaba), destacando sobre la colcha de un blanco puro. Ella no paraba de hablar. Había dejado de escucharla. Estaba embobado por esas manchas sugerentes de un rojo intenso y de un naranja encendido. Había dejado de oírla. Por eso no comprendió qué pasaba cuando ella lo giró suavemente en un gesto que parecía decirle bésame. Se acercó a sus labios y sintió la hoja atravesándole el abdomen. No pensaba que ella tuviera tanta fuerza. No creía que ella pudiera tener esa energía. Y lo supo.
Supo que él la estaba mirando con los ojos interrogantes que había visto tantas veces. Quizás a ellos les había ocurrido lo mismo. Habían dejado de escucharlo y por eso no comprendían que todas sus palabras eran la explicación de lo que estaba pasando. Y ahora que volvía a prestar atención a las palabras era tarde. Estaba ya tumbado sobre la virginidad del cobertor. Ella también había retirado el cuchillo. Pero no se había ido. Estaba allí, contemplándolo. Con el mismo brillo en los ojos que había dedicado al cuadro minutos antes. Podía oírla. ‘Sé lo que has estado haciendo. Sé que fuiste tú el que hizo desaparecer a Esteban. ¿No te gustaban las escenas? Pues esta vez serás tú el protagonista y yo quien me lleve los aplausos’.

Notó cómo su respiración se ahogaba y supo que la sangre había empezado a colapsar sus pulmones. Las lilas ahora parecían algo lejano.

jueves, enero 28, 2016

Amor diluído

Las trazas de su amor, que él había ido dejando por su cuerpo, se diluían a una velocidad que la sumían en el desconcierto. Siempre había pensado que esa pasión sería imperecedera para su carne, que su cuerpo no olvidaría cada roce y cada reacción a sus impulsos. Recorría cada recoveco de su propia piel intentando capturar momentos que saltaban a sus ojos desde el recuerdo.
Pero empezaba a necesitar apretar fuertemente los párpados para poder volver a saborear los besos, sentir ese particular olor que era sólo de ellos dos, los bocados marcados en sitios nada aconsejables pero sabrosos... 
No se resignaba a dejar ir. Apresaba con fuerza cada segundo de una historia que había sido eterna pero finita. Lazos que la ataban a una realidad cada vez más difusa y que no dejaba resquicios a las dudas. Había sido un punto y aparte para dar paso a nuevas historias. Se negaba a llamarlo final, porque entendía los hasta luego como menos definitivos que el adios que había escuchado de sus labios.
Sin embargo, si su mente quería resistirse, su cuerpo le gritaba en susurros que ya no existían rastros que seguir para llegar al puerto perdido. Habría que buscar nuevos amarraderos en los que fondear una vida de desasosiego.
No había calma en los brazos que la habían estado acunando tan dulcemente. No habia paz porque no quedaban restos de esos abrazos cálidos que la hacían reclinar la cabeza y dejarse, liberarse de los pesos que normalmente hundían sus hombros en un andar lento.
El camino salado que alcanzó sus labios fue la prueba definitiva. No había marcha atrás. Su cerebro lo había aceptado.

domingo, enero 24, 2016

La novia después de tirarte a otra

Sé que es difícil de entender que no necesitar novio no significa que una no quiera tener pareja, ni que tenerla no sea una prioridad. Ya sé que para la mayoría de la población, especialmente los hombres, es imposible que una mujer esté feliz sola y, sin embargo, tampoco cerrada a que pueda surgir algo. 
Pero ocurre. Pasa que existimos un buen montón de mujeres (guapas, inteligentes, graciosas, independientes, cariñosas) que disfrutamos de nuestra soltería pero aún pensamos que pueda ocurrir encontrar un hombre (guapo, inteligente, gracioso, independiente, cariñoso) y que, de repente, entre nosotros pase un no sé qué, que nos haga plantearnos disfrutar de unas historias compartidas. Y que si no se da este caso, tampoco nos cogemos un trauma.
Y, ¿a qué viene todo ésto? Viene a que empieza a ser muy común que mis amigas y yo hablemos de lo raro que es que el hombre dé el primer paso. Y de que si nosotras lo damos suelen darse dos únicas posibilidades: o nos miran como si acabáramos de pedir en matrimonio y salen despavoridos; o se creen que todo el monte es orégano y que hemos venido a bajarnos las bragas y ya.
Y, sinceramente, ya he tenido demasiados 'no quiero novia' para echársela nada más follarme. 
Ahora quiero ser la novia que te echas después de tirarte a otra. 
Muy duro, lo sé. Pero yo lo valgo. 
No es que vaya a estar ausente, el que me busque, me encontrará aunque sea para decirle no gracias, pero una es ya muy mayor para ser la de antes o la de en medio (hay quien lo intenta, al parecer la fidelidad no es un valor en alza) y quiero ser el plato principal y único durante el tiempo que dure (allá sean cuatro días o diez años).
Así, que, señores, si alguna de nosotras (únicas, estupendas, libres y felices) se encuentra con alguno de vosotros, mejor obvien el tan manido 'no, si yo no busco nada serio. Pero si hay sexo tampoco pasa nada' (por desgracia, cita textual), e intenten ser, iba a decir hombres, pero sería machista, intenten ser humanos y vivir, arriesgarse y darse la oportunidad de conocer a una magnífica persona que, tal vez, no se convierta en tu pareja, pero sí podrá ser, al menos, alguien interesante que conociste una vez y que se merece más respeto que una bajada de bragas. 

domingo, enero 17, 2016

Exijo demasiado

Que me mires y sonría.
Que sepas cómo retirar las nubes de mi cabeza con sólo tocar mi pelo.
Que estés.
Que me veas.
Que te quedes tanto como yo quiera quedarme.
Que los silencios tengan el mismo valor que las conversaciones.
Que riamos.
Que entiendas mis lágrimas y las enjugues.
Que me acompañes en las tormentas y me enseñes a huir de ellas.
Que te mojes bajo la lluvia conmigo.
Que veas en el mar lo mismo que yo miro.
Que camines sin rumbo a mi lado y lleguemos a nuestro destino.
Que seas mi hogar.
Que sea yo el tuyo.
Que tu mano pueda sostenerme.
Que nunca necesite que me sostenga tu mano.
Que leas conmigo.
Que me descubras todos los mundos que no conozco.
Que te gusten los míos.
Que me hagas sentir una pequeñita gigante.
Que tengas ese hueco sólo para mí en tu pecho, ése donde puedas acunarme.
Que tus besos me quiten el aliento con sólo rozar mis labios.
Que deshagas mi cama para hacerme el amor.
Que me folles durante horas sin dejarme exhausta.
Que me quieras porque soy yo.
Que me quieras aunque a veces dejo de serlo.

Dicen que pido demasiado, pero a cambio, yo te ofrezco:
Mis noches y mis días, todas las sonrisas del mundo, lágrimas de alegría, penas compartidas, felicidad a raudales, cariño, caricias, sexo sin prisas; largos paseos y tardes de manta, reflexiones y locuras, entenderte aunque no comprenda, verte, mirarte, quedarme, estar, irme cuando haga falta, volver porque me extrañas, juegos sorpresa, seriedad sólo si hace falta, compañía, mi energía.
Y, sobre todo, amarte, no porque me completes, si no porque elijo que compartas mi vida.

sábado, enero 16, 2016

Muerta

Preferir estar muerta. Sentir el cálido abrazo del satén que forra la madera. Mirar desde abajo. Ver desde la tierra cómo los demás se afanan por alejarse de ella. Observar pasos que pisotean el terreno que ahora soy. Menos doloroso que cuando respiraba y era mi apariencia. 
Palpar el vacío, oír el silencio. No hay lágrimas, no hay sonrisas, no hay nada. Sentir nada.
Ausencia. 
Sin presencia no duele. Tampoco hay alegría. Existe la calma. La paz de la inexistencia. 
Si ya no estoy, no preocupa. No molestan desapariciones, no me decepciono, no hay engaños. Hay tierra. No hay yo. Sólo los tú que siempre han sido más importantes. Los vosotros que han plagado mis días para que yo no existiera.
¿Qué hay de malo en la muerte? Mi vida ya es ausencia.

jueves, diciembre 31, 2015

Balance

Es ya una tradición mi balance a final de año. Pero esta vez lo hago de una manera diferente.
Feliz
Después de tres años en los que sólo me apetecía quemar el año que terminaba, o de meterme debajo de la manta y no salir, o de desaparecer, me descubro sonriendo y feliz. 
2015 empezó estando de baja por lesión y continuó de baja por accidente de tráfico. Pero pasó. Mi cuerpo se va recuperando pero, sobre todo y más importante y lo que me hace decir que este ha sido un buen año, mi mente aprende. Y con ella, aprendo yo. A calmarme, a escucharme, a darme mimos, a buscar en mí lo que fuera no encontraré jamás (por mucho que me haya emperrado). 
Y es una sensación maravillosamente nueva y bonita y agradable. Sentirme aquí dentro y saber que, aunque a veces me salgo del camino, ya sé dónde estoy y qué es lo que tengo: a mí. Y, ¿sabéis? Resulta que no hay nada que me haga más feliz que tenerme a mí. Estar y ser. Ser, sobre todo. Ser de una vez. Y sonreír.
Así que, no sé qué me traerá 2016. Sin embargo, tengo muy claro lo que le traeré yo: más pasitos para crecer, más ganas de vivir, más ganas de ser feliz. 
También sé que toda esta felicidad no sería posible sin quienes me quieren. Quienes han estado a mi lado incondicionalmente, incluso cuando no es fácil estar a mi lado porque es difícil comprenderme.
Por tanto tengo amor y voy teniendo salud. Y un trabajo que me da el dinero para darme pequeños caprichos. ¿Se puede pedir más?
De manera que: gracias 2015, por haberme dado doce meses de aprendizaje, de lágrimas, sonrisas, penas y alegrías. 365 días de VIDA.
2016, entro en ti con ganas. No me defraudes.


sábado, diciembre 12, 2015

Estoy

No siempre se puede seguir el camino aprendido. Sobre todo si se aprendió tarde. Sirven los puñetazos a los cojines por no partirle la cara a alguien. Sirven las lágrimas derramadas en silencio sobre el ordenador, los apuntes o una misma. Sirve conocerme. Sirve saber que no es real, que solo está en mi cabeza. 
Pero todo ésto es el camino aprendido. La senda natural tira mucho, para el monte que suele ser un despeñadero con caídas en picado que apenas puedo frenar porque me prohibieron colgarme de los precipicios para no hacerme daño. Las heridas ya me las había hecho yo.
Al menos me quedan las viejas amigas. Palabras que vomito en el teclado para dejar que todo se vacíe. Llevo más de un año dejando espacio. Pues aún queda, por lo visto. No sé disfrutar ni de mí misma, aun cuando fue justo eso lo que dije: me voy a dejar disfrutar un poco. 
Ahora, con los apuntes a mis espaldas, me recuerdo: es divertido. Intento que lo sea de nuevo, porque, si no, la angustia me aprisiona de tal manera el pecho que empiezo a no poder respirar. Recuerda las asanas. Recuerda la consciencia. 
La vida es fácil. 
La vida es fácil y rompo con mi tendencia natural de complicarla. Porque no hay nadie más que yo. Y es bonito. 
Tengo que ser agua y fluir, pero no dejarme llevar, porque me creo que mi cauce son recovecos intrincados, cuando soy yo la que construye los muros altos para saltar. 
Me dejo caer, pero por una vez en la calma. O no, pero escucho la música para dejarme mecer y dejar ir y fluir. Dejar ir.
No sé dejar ir o cómo soy capaz de engancharme a la más nimia cosa que me haga daño. Sobre todo personas. Venga, os abro la puerta. Si hace falta voy a empujaros a patadas. Los puños ya están acostumbrados por aporrear cojines. 

martes, octubre 21, 2014

PANTA REI

Panta Rei.Todo fluye. O la vida es un continuo cambio. Sinceramente, al pensar en esta expresión, nunca había sido capaz de aplicarla más allá de cada individuo. Con nuestras complejidades y personalidad, la vida fluye, cambia, continúa, nos lleva, siempre alrededor de cada uno de nosotros. 

Pero panta rei, todo fluye, tiene para mí, ahora, un nuevo significado. Desde hace algún tiempo he tenido que pararme, mirarme y descubrirme. Lo sé, la mayoría de las personas lo hacen en la infancia, yo he tenido que esperar 37 años para verme y permitir que los demás me vean. Con esta visión propia, o percepción de mí misma, empecé a cambiar. Cambié cómo me relaciono con los demás, cómo entiendo que soy (y entonces habrá quien diga que cambié quién soy), modifiqué esas ideas preconcebidas que me acompañaron hasta abril y aún sigo en un proceso de fluir que me sigue asombrando y que imagino que terminará el día de mi muerte. 

Hasta aquí todo normal para mí, es decir, todo tal y como lo había imaginado cuando una se decide por dejar de hacerse daño y, de paso, evitar daños colaterales. Pero es que resulta que, efectivamente, todo fluye. 
El Panta rei del que hablaron los griegos (la frase se le atribuye a Heráclito) no es una marea que me lleva a mí sola. Yo soy también río. Soy también agua que discurre y moldea, afecta, arrastra o eleva a quien está a mi alrededor. 

Y, para mi sorpresa (quizás soy muy inocente), las corrientes fueron ampliándose hasta crearme un mundo distinto. Porque mi fluir, mi salida del lugar que tenía asignado en mi familia, por ejemplo, concluyó en más corrientes y reubicaciones. Sentí por primera vez que era parte. Ya no era la piedra contra la que el río familiar se chocaba e intentaba tirar abajo para arrastrarme. Soy corriente que fluye con ellos y hace que ellos se integren en mí, dejándome, por tanto, integrarme a mí. 

No es ser océano, es ser agua, y viento y junco que se deja llevar, porque la corriente también me llevó a descubrir los rincones secos de mi alma. Y, arrastrados, salieron a la luz para que yo empezara a bailar claqué y conociera a personas que enriquecen mi mundo, a la vez que yo aporto al suyo. Abrieron mi alma a salir del foco y retornar a las sombras para dejar que el protagonismo lo tuvieran quienes lo merecen (no voy a negar que a veces vuelvo).

Las mareas se llevaron la pena como arma y herramienta para conseguir amor (incierto) y me hicieron ver la que falsamente usaban los demás, lo que me hizo más libre a mí, y espero que algún día lo consiga para quienes dejé de seguir en ese juego maligno de ser una víctima.

 Y las reglas de la amistad no cambiaron, pero me acompañaron o no en mi cauce, y no hubo lágrimas, ni despedidas, sólo pasos por aquellas ciudades, piedras, caminos, o puentes que se me tendieron en su momento preciso y que quedan atrás porque, como los ríos, las vidas y su fluir se bifurcan.

También la marea me retornó a personas y lugares que pensé que no volvería  pisar, que me negaba a retomar. Pero ya no soy la misma. Discurrir agregó a mi ser retazos de cada orilla y al reencontrarme con esas personas que quise borrar, descubrí que puedo perdonar y compartir su felicidad. Y ellas reaccionaron conmigo de manera distinta porque me vieron, por fin, tal cual soy. 

Así que ahora me digo Panta rei. Y sonrío. Atrás quedaron los miedos que me ataban a unas raíces desarraigadas que sólo me hacían perder el equilibrio, engañarme y castigarme con daños inimaginables. Sonrío porque fluyo y dejo a los demás fluir. Porque me uno a las mareas y floto en ellas, dejándome mojar e iluminar por el sol que cada uno aporta a los demás. Incluso con las tormentas, porque ahora sé que sabré llegar a puerto. Y, si no, habrá quien me agarre y me lleve. Porque ya soy parte. Porque la vida fluye.

Dedicada a Carmen, que me acompaña en el camino, me ha permitido crecer hasta este punto y seguirá junto a mí hasta que madure del todo.

domingo, agosto 10, 2014

Encontrar mi mirada.

Quiero empezar a mirarme
y, por fin,
verme,
descubrirme
y ser.
Atreverme a mostrar todas las yo
que bullen en el vacío que ahora me llena.
Quiero encontrar mi mirada en mi propio cuerpo.
Recorrerme y saberme mía,
Aceptarme.
Quiero mirar al mundo,
aprender,
enseñar quien soy sin miedos ni quejas.
Estar aquí dentro y
allá fuera.
Quiero encontrar esa mirada que me diga:
ésta también es tu casa.
Sin que hagan falta palabras.
Quiero mirar adentro
Y saber
que ya no habrá nada que despierte mis miedos
y me devuelva,
descalza, a la Isa insana.

Dedicado a Xose, quien me dijo que escribiera 'la otra parte' y está, siempre, aún en la distancia.

miércoles, julio 09, 2014

Mirada de gato

Hay héroes por todos conocidos y los hay que ni pretendían serlo. Que surgen de las noches con luna, de un gato que se enrosca entre las piernas marcando el aire con su ondulante y erecta cola, y de unas notas de swing al piano que transportan a esos años en los que cualquiera podía ser un héroe, porque todos veían la cotidianidad como una oportunidad para ser mejores personas.
Silcat fue el nombre que decidió darse. Silcat era la firma que dejaba en esos hogares anónimos a los que llevaba una paz y la alegría de recuperar lo más ansiado. Nunca quiso decir cómo había comenzado todo, quizás fue por aquella vez que, simplemente, dejó fruta en la puerta de la anciana vecina a la que escuchó ansiar unos melocotones que no podía permitirse.
Se supone que la magia no existe, pero desde ese momento, desarrolló un sentido que le hacía olfatear, sentir aquello que los demás habían perdido y eran incapaces de encontrar. Y él se topaba con sus deseos. A veces eran cosas materiales (el libro de la infancia, las gafas regaladas por una persona especial que ya no estaba...), otras eran más confusas y sin embargo no complicadas para él. 
Silcat entraba en las viviendas de quienes habían perdido la esperanza y el hogar volvía a llenarse de la calma que da saber que todo saldrá bien. Recorría habitaciones semidesiertas y a oscuras y con sus ojos de gato percibía una tristeza oculta que sólo necesitaba un soplo de alegría, pesares que él cargaba y desaparecían, amores asustados que él llenaba de la confianza para afianzarse.
Al principio era invisible. Es decir, nadie sabía de su presencia y achacaban a la suerte recuperar lo perdido. Pero a raíz de que esa niña de profundos ojos verdes se quedara contemplándolo en medio de la oscuridad de la noche y le preguntara quién era, tuvo que nombrarse. Así que creó su firma. Esa S gatuna que lo significaba todo para muchos y para él no era más que un rastro innecesario. No le pesaban sus noches de insomnio, sus días le daban suficientes motivos para sentirse feliz.

Dedicado a Pedro, un profesor de claqué que inspira no sólo baile



jueves, junio 26, 2014

GRITOS

Chillar, gritar, pegar, empujar, soltar la rabia, la frustración contra personas que me decepcionan, pero en realidad me decepciono de mí por esperar lo que sé que no debo esperar,  ni de mí misma, ni de ellos. Saber que necesito volver a mi hogar (yo) a lamer las heridas, que salí demasiado pronto al mundo, necesitar irme al acantilado perdido y gritar al viento, meterme en el mar y nadar con rabia, correr como una loca con el viento revolviendo mi pelo y el aliento perdido y olvidarme de quien mira y de que hay pensamientos, cantar a gritos para que la música se lleve mi voz y el cansancio interno.
¿Cómo se puede estar enfadada 37 años y cómo se deja de estar? Romper, destruir, pero también crear, vaciar, vaciar completamente con palabras, imágenes, pinturas, garabatos, comidas, nuevos órdenes, nuevos caos, palabras, músicas, destrozar y reconstruir, quedarme en nada y llenarme de todo lo que no sea esta rabia contra el mundo, contra un sistema al que parezco no pertenecer y sin embargo estoy absolutamente imbuida en él y asimilada por elección propia consciente, aunque quizás hablara un inconsciente cargado de miedo a una incertidumbre que en realidad es lo único que podría darme la vida.
Llorar como escape, reír como solución definitiva, que me duela el costado, levantar peso, hacer reír a los demás, escuchar al que lo necesita, ofrecerme, aceptar los regalos, regalar todo lo que son lastres pasados, regalar lo que es presente inútil, vivir ahora, vivir el minuto, vivir. Ser. SER. EXISTIR. YO.

miércoles, junio 25, 2014

La injusticia y yo

El mundo es injusto. La vida es injusta. Lo sé. Las cosas no tienen que ser como yo pienso que deberían, ni siquiera como sería justo que fueran. La vida, el mundo, es como es, porque lo construimos seres humanos imperfectos, con defectos, ambiciones, egos, dudas... Todo eso lo entiendo. Y lo normal y sano sería que pasara por la vida entendiéndolo y dejándolo estar. Debería actuar en mi parcela vital ofreciendo la bondad de la que dispongo, a la espera de ser todo lo justa que pueda llegar a ser, y seguir mi camino.

Sin embargo, mi grado de sensibilidad y empatía rozan al extremo más grande y hay momentos (muchos, aunque espero que cada vez menos), en que esas injusticias me desbordan. Me explotan dentro y salen en forma de lágrimas, o enfado, o rabia... Y, al menos ahora sale, porque peor es cuando se enquista dentro.

Trabajo dentro del sistema. Un sistema que busca el orden. Pero también una organización en la que día a día veo que se busca menos el bien común y más unos objetivos que yo no alcanzo a vislumbrar pero que, desde luego, no me parece que sean el bienestar de la sociedad en general. Ni siquiera el equilibrio de la estructura que lo sostiene. 

Puede que sea que simplemente no lo entiendo, pero, sin ánimo de ofender, debido a mi inteligencia dudo mucho que se trate de eso.

El caso es que, fuera lo que sea, yo no puedo luchar contra el sistema, y menos a base de rabia o lágrimas de impotencia. No puedo dejar que la injusticia me cale de tal manera que me haga daño a mí misma y me bloquee hasta perjudicarme dentro y fuera de mi trabajo.

Porque no es sólo la injusticia global. Acabo empatizando más con la pena y quiero el cambio en el que la siente. Y empiezo a hacerme daño a mí y al de enfrente.

En el trabajo debería ser fácil. Sólo tengo que ser yo. Es decir, no perder la sensibilidad pero no hacerla mi todo. Llegar hasta donde me está permitido y comprender que lo que es, es, y que los cauces de cambio ya los estoy usando, y espero que todos los demás también.

El mundo es injusto, lo acepto, las personas eligen, lo acepto. Ahora tengo que aceptarme a mí, que es en lo que estoy. Mientras yo no me quiera, de nada sirve mirar hacia fuera.
Está claro que necesito un tiempo más dentro. De nuevo, hasta luego. 

martes, junio 17, 2014

I'm a mess

Soy un desastre. Eso es lo primero que se me viene a la cabeza cuando alguien me dice que una foto mía, que a mí no me gusta, 'es muy tú'. No pienso: soy graciosa, soy creativa, soy original o soy una cagaprisas que no se tomó el tiempo suficiente para mejorarla. No. Pienso que soy un desastre.
Y no sólo con eso. Lo cierto es que, después de dos meses de iniciar el camino para quererme, y bien sabe Dios que algo he avanzado, aún no me he desprendido de la sensación de que soy un puto desastre. De que mi vida me arrastra en lugar de vivirla, de que las de los demás son más: buenas, plenas, divertidas, completas, con sentido... Aunque sepa por experiencia que no lo son.
Me quedo con los fragmentos, con fotos fijas de las vidas de los demás, con esos momentos que envidio, pero olvido, consciente o inconscientemente, tanto todo lo de valioso que tengo yo y mi vida como de duro y complicado tienen las suyas.
Esto, aparte de agotador, es inútil.
Aún llegando a ser un desastre: ¿qué habría de malo? Sería yo: encantadora, bondadosa, divertida, a veces alocada, inconsciente muchas veces, con ganas de aprender, curiosa, sexy en ocasiones, inteligente, con carácter, celosa de sus amigos, posesiva de sus pertenencias pero totalmente desprendida si alguien lo necesita, desarraigada en busca de raíces, soñadora, amante de la luna, el mar y los atardeceres, ordenada desordenada... Sería yo y eso tendría que serme suficiente porque soy única y soy lo que tengo.
Por eso ayer me escribí en la piel que soy un desastre, para recordarme que, siéndolo, soy maravillosa. Contradictorio, ¿no? No tanto. Soy un desastre que está recogiendo pedazos y fragmentos y montando las fotografías (literal y figuradamente) para construir mi imagen a través de mis ojos. Verme yo por mí misma.
Porque por mucho que haya rechazado a los demás (no os necesito, no os quiero, no me afectáis), lo cierto es que quiero quererme y que me quieran. Pero de manera natural, sana y sin exigencias. Sin temores. Porque puede que acabe, pero no será un abandono. Y si alguien me abandona, yo ya no lo haré. Me quedo aquí. Mi raíz, ahora lo estoy descubriendo, está en mí, soy yo. Es mi corazón, porque por muy inteligente que soy, es mi alma la que me lleva. Si no siento, no existo. Pero ya no dejaré que mis sentimientos duelan, los cogeré en brazos y caminaré con ellos.
Y seguro que el profesor que me hizo pensar todo esto no sabía que no era fotografía lo que me estaba enseñando.

lunes, junio 16, 2014

¿Crezco?

Es curioso. De primera ha dolido. Es la verdad. He sentido un dolor de ausencia. De, otra vez, no estar. Quizás algo de rabia también. Porque justo ese día... 
Pero cuando he respirado, cuando me he parado a mirarme dentro me he dicho, ese día, como los demás desde hace dos meses, yo tomé una decisión por mí y para mí. No pretendía una respuesta, no era una compra, no era una llamada de atención. Provenía de un sentimiento de amor que acabará desapareciendo (el amor si no es de ida y vuelta se diluye, como casi todo) pero que aún hoy sostengo.
Precisamente por eso, porque por una vez surgió de un amor que no buscaba aprobación, ni respuesta directa (entregar amor para exigirlo a cambio es el mayor error que he cometido a lo largo de toda mi vida y por el que siempre me he chocado contra el mismo muro), ha dolido tres minutos, y después el nudo se ha deshecho y he pensado: es igual. La realidad es que no quiero estar en esa vida. No es la mía ni es la que me haría feliz. No me gustan las víctimas. Sin ser consciente, yo misma lo he sido durante años y ahora, con mucho esfuerzo, estoy dejando de jugar a ese papel. Así que no voy a caer en el juego de otro. No dos veces.
Ni siquiera es una crítica hacia ti. Cada uno elige sus caminos y yo no soy nadie para juzgarlos, sobre todo cuando yo he tomado tan retorcidas sendas durante 37 años. No puedo criticar a quien es yo y a quien quiero de forma sincera. Ni mucho menos pretender que cambie, porque te quiero como eres y te acompañaría en el camino para mejorar, en el que estoy también yo porque desgraciadamente nuestros problemas coinciden demasiado, pero no te puedo acompañar en el camino de la autodestrucción.
Simplemente constato. Me doy cuenta de que empiezo a sentir que soy yo la que está aquí. Que empiezo a saber lo que quiero y, ante todo, me quiero a mí, feliz y cariñosa conmigo misma. Y si alguien entra en mi vida, quiero que sea igual conmigo: cariñoso y feliz a mi lado. Y que me deje serlo al suyo. Que me busque, como busco yo. Los dramas vendrán solos, no porque los creemos nosotros. Para eso, el teatro.
¿Quizás estoy consiguiendo crecer?

martes, junio 10, 2014

Caricias

La mano se deslizaba suave, acariciando la silueta de cada letra. Como tatuajes, se había pintado el cuerpo para no olvidar y ahora él susurraba cada palabra, no como recuerdo, sino para conocerla. Los dedos, dulces y ágiles, dibujaban de nuevo lo ya escrito, provocando algún estremecimiento en el cuerpo en duermevela que se dejaba acariciar. 
Ya no esperaba. Había dejado de esperar cuando sintió la yema del índice posarse sobre la P. Perdono, se perdonaba a ella, sobre todo, porque antes no lo había hecho. Escondida casi en el interior del muslo, no preguntó más tarde por qué eligió empezar por esa palabra. Ya no quería preguntar más. No estaba segura si necesitaba saber, porque ahora se sabía a sí misma, y sentía, se dejaba sentir y sentía. Los dedos continuaban su camino de palabra en palabra. Quiero, aprendo, deseo, recibo, amo, puedo... Un cuerpo y cientos de posibilidades para que ella se conociera. Y lo había hecho. Paso a paso. Día tras día. Seguía haciéndolo. 
En realidad, las palabras se habían borrado hacía tiempo, pero seguían allí y él sabía cómo encontrarlas. 

miércoles, junio 04, 2014

Camino

Lo más extraño es descubrir que lo que me pasé diciéndole a otra persona meses es lo que debería haberme aplicado. Quererme, escucharme, pararme, primarme. De repente, comprender que le miraba y me veía a mí, en realidad, en tantas cosas... ¿Somos uno desdoblado? Es extraño. A veces nos daba miedo. Ser tan parecidos. O me lo daba a mí. Lo malo es que verdaderamente lo éramos, no lo sabía yo, en tantas cosas malas. Porque son insanas. 'No sé mantener relaciones sanas'. Esa debió ser mi frase. Esa era mi forma. Está dejando de serlo, pero aún me siento tambaleante en ese campo. Casi me da miedo hablar o callar, porque no sé si estoy equivocando de nuevo el camino. Quiero decir, con tantos años sin darme cuenta de que no me relacionaba bien, a lo mejor acabo haciendo lo mismo de manera contraria, ¿o ya son paranoias?
El caso es que pensaba que había llegado a mi vida por un motivo totalmente equivocado. Aún queda vida y camino por andar, pero empiezo a vislumbrar otras razones. Tenía que aprender. Yo debía atreverme a mirar dentro. Lo estoy haciendo. Ni siquiera lo voy a llamar bajada a los infiernos porque para mí está siendo duro, pero la paz, por primera vez, el conocimiento desde dentro. Paso a paso. Ya no tengo prisa.

miércoles, mayo 28, 2014

Asustada

Estoy asustada. Me gustaría decir que no. Me encantaría no estarlo. Pero estoy asustada. Me da miedo que las decisiones que estoy tomando me aten a un sitio en el que no querría estar siempre, me asusta equivocarme en desprenderme de ciertos lastres que, puede que no lo sean al final. Me da pavor que vuelva al camino que llevaba antes y que me conducía irremediablemente a la infelicidad, que era la infelicidad, que era cruel para mí y la que me hacía daño era yo.
Así que me da miedo avanzar y me da miedo que el avance sea en realidad quedarme quieta. Y me da miedo que avanzando vuelva atrás, al dolor, a la tristeza, a hacerme daño y a hacérselo a los que quiero. Porque la niña enfadada que aún está en mí, aunque cada vez crece más y cada vez está más calmada, se rebelaba contra el abandono dañando y atacando a muerte. Y no quiero volver a eso.
Sin embargo, con miedo, me siento ligera y sonrío. Sonrío porque nunca había mirado tan adentro. Antes no  me había atrevido a querer cambiar tantas cosas que me hacían chocarme contra los mismos muros una y otra vez, por las que elegía personas equivocadas o a las correctas, pero en unas relaciones que yo convertía en insanas y las mataba lentamente o de forma brusca. 
Así que, asustada o no, seguiré adelante. Pisando las piedras y sin miedo a las heridas porque, realmente, la sangre la derramé hace mucho tiempo.

viernes, mayo 23, 2014

Luz

Su entrada en cualquier habitación la iluminaba. Era de esas personas cuya energía conseguía hacer resplandecer todo resquicio de amor circundante. Pura alegría en un cuerpo menudo que ocultaba una grandeza de la que ella misma no se sabía poseedora. Caminó resuelta, por una vez, hacia el fondo de la habitación. Estaba ocupada en sus cosas, y era su inconsciencia acerca de su belleza la que le daba aún más fuerza. Los demás, hasta entonces inmersos en sus propios quehaceres y preocupaciones la sintieron, más que la vieron. Esa oleada de tranquila felicidad fue calándoles de una forma nada sutil y las sonrisas empezaron a poblar la habitación.
Ella seguía sin darse cuenta. Su cabeza estaba en otra cosas. Quizás, incluso tenía la frente arrugada por la preocupación que la hizo levantarse de la cama más temprano de lo habitual. Le rozó el brazo. Ella se giró y la sonrisa le volvió al rostro, haciendo brillar más aún esa luz interior que irradiaba. Se fundieron en un abrazo que duró unos minutos y en el que no hacían falta palabras. Allí estaban. Y eso era lo importante.

A R., porque sé que algún día se dará cuenta de que ella es la luz y porque a partir de ahora va a recibir todo el amor que siempre ha merecido.

martes, mayo 20, 2014

Descenso a los infiernos

Paso a paso y lento bajaba a los infiernos. No iba asustado. El fuego purifica y si es personal, posiblemente más. Era un descenso voluntario, obligado por unas circunstancias externas que no dejaban más opciones a quienes tenían un mínimo de dignidad humana y algo de razón y cariño a la vida. Ya había dejado atrás la mitad de un equipaje que le había estado pesando demasiado desde el momento en que salió del útero materno y sus ojos se posaron sobre una realidad que no parecía hecha para él. No estaba hecha para nadie que mirara. Sólo los ciegos aguantaban esa parcela de sociedad útil que no era más que un espejismo de lo que era verdaderamente ser humano.
Tarareaba. Cualquiera se lo habría imaginado con la vista fija en el suelo, los hombros caídos, el paso arrastrado y los brazos bamboleantes a ambos lados de su robusto cuerpo. Sin embargo, él caminaba erguido, tarareando, la mirada fija en el horizonte en el que, cada vez más cerca, se percibían las llamas, los hombros hacia atrás y la marcha marcada por igual por brazos y piernas rítmicamente. Hay que vivir sin miedo, incluso cuando suponga bajar al abismo que cada uno lleva dentro. 
Esta vez parecía definitiva. Los dedos acusadores, las miradas que gritaban 'loco', las murmuraciones más que a sus espaldas a su cara, mostraban que sus pasos no iban mal encaminados. Pero, sobre todo, era la ligereza cada vez mayor que sentía lo que le hacía reafirmarse en su propósito. Lo iba a conseguir. Así que la melodía iba empapándole y llenando el aire. Sugería espacios, paisajes, palabras y momentos que llenarían una vida, la suya, únicamente con lo que él eligiera. Para bien y para mal.

Dedicado a V. por inspirarlo, por escuchar mi ascenso de mi infierno personal y por compartir.

miércoles, mayo 14, 2014

Cuento de noche

Nada le podría haber augurado un presente como aquel. En la inmensidad de la noche, contemplaba el cielo iluminado por la luna y el pecho se le henchía de felicidad. Toda la vida se había sentido pequeñita. Siempre, menos ahora, bajo la inmensidad del universo. Otra de las contradicciones de su vida, sentirse grande, fuerte, ella, en un lugar, al que algunos llamarían la nada, donde casi cualquiera podría verse diminuto cual hormiga que sale por primera vez de la protección de su hormiguero.
No importaba ya si era el norte, el sur, cerca de la civilización o alejada de la sociedad. Sus ojos habían aprendido a desechar cualquier contaminación y desarrollaba su trabajo de forma diligente. Había quién no le encontraba utilidad. Afortunadamente, el que le había contratado aún creía en la belleza poética, aparte de los usos prácticos y científicos que suponían una rentabilidad más allá de la económica.
Porque ella era contadora de estrellas.
Pasaba las noches en blanco catalogando el cielo y asegurándose de que las pequeñas luces que se apagaban, inmensas en la realidad de la distancia, no indicaban más que la continuidad de la vida. A veces leía los informes que se apoyaban en sus cálculos, sobre todo al principio, pero ahora, simplemente dejaba que su sonrisa y su respiración acompañaran al recuento mental que hacía cada noche. 
Era una vida solitaria. No por ello se encontraba sola. De hecho, no lo estaba. Habría quien se mofaba de ella porque cuando hablaba así pensaban que se sentía acompañada por los rutilantes astros celestes, pero no, estaba arropada por amigos de carne y hueso, habitantes de la noche como ella que se desperdigaban por el mundo, igual que se había convertido en una nómada por obligación.
Al principio le pesaban los continuos viajes. No comprendía que contar estrellas tuviera que hacerse desde lugares distintos y le pesaban las maletas y cargaba con mucho equipaje. Pero descubrió que no necesitaba tanto. Descubrió que se necesitaba a sí misma y las charlas, y las estrellas, y el contacto con otra piel, y comer, claro, pero la comida no tenía que cargarla... Descubrió que era verdad que las cosas importantes no pesan. 
Aprendió a mirar a los ojos para descubrir en ellos las estrellas. Y su sonrisa se hizo más amplia al comprobar que cada uno llevaba dentro una que iluminaba hacia fuera. 
Así que, cada noche, cuando se tumbaba frente al cielo dispuesta a contar, daba vida a cada una de ellas.

martes, mayo 06, 2014

Mar

El rastro firme de los sueños no se diluía al abrir los ojos con somnolencia. La luna seguía brillando para iluminar el rostro sorprendido en una sonrisa. El azul del mar, casi negro, lamía la orilla de sus pies para convertirlos en recuerdos. Los caminos hacia la playa quedaron desiertos. Sólo tú rompías el silencio. Tu presencia marcaba el cielo. 

viernes, abril 11, 2014

A veces, sólo yo

A veces. Sólo yo…
Respiro y siento el aire
que llena mi espíritu de fuego
A veces. Sólo yo…
Huyo hacia esos rincones
donde mi vida desaparece en sueños
A veces. Sólo yo…
No sé dónde esconder la ira,
a dónde mandar el miedo
A veces. Sólo yo…
Grito en un aullido sordo
que inunda lo que deseo
A veces. Sólo yo…
Porque no queda nada,
Ni mis propios restos.
Sólo un latido incesante
que me agita, me revuelve,
me deja exhausta y sin aliento.

Tristeza

Decir hasta luego puede ser tan doloroso como decir adiós. Porque es un hasta luego sin plazos, sin buenos días ni buenas noches, es un dejar de sentir que estás. Y aún sabiendo que si estás duele, el dolor de la ausencia también es complicado.
Preferiría no sentir tanto, pero no se puede negar el amor. No puedo evitar querer más y tener que aprender a aceptar que no puedes dar tanto. El amor no se exige ni se elige. Se siente o no. Aprenderlo cuesta, cuando soy yo la que está al lado de querer más, de que la amistad no llegue a ser suficiente.
Y pasará, todo pasará. 
Ojalá pueda haber un hola.

jueves, marzo 20, 2014

Sueños

Se giró para descubrir, sorprendido, que no había nadie. Era la almohada la que daba calor a su espalda. Intentó comprender. Abrió algo los ojos y volvió a mirar. Sí, es cierto, no había nadie. Pero, ¿lo había habido? ¿Había sido un sueño? Acostumbrado a esos paseos nocturnos tan reales que confundía recuerdos con meros mundos oníricos no conseguía desperezarse de la somnolencia para centrar su mente y recordar. ¿Había estado ella a su lado esa noche? Quizás se hubiera ido hace mucho tiempo. Quizás ese amargor que le quedaba no ya en la boca, incluso en su estómago tirando hacia abajo del corazón, le indicaba que había sido un sueño. Que las caricias que había prodigado sobre ese cuerpo delgado no eran reales. Que los besos húmedos que lo habían dejado sin aliento sólo habían sido espejismos de la noche. 

No lo sabía. No quería saberlo. Se debatía con las sábanas como su mente se debatía con el despertar. Prefería seguir dormido. Prefería seguir en ese mundo en el que ella seguía allí, en el que la cama parecía un país infranqueable que sólo les pertenecía a ellos, donde las preocupaciones tenían fácil solución porque el remedio era conjunto. 

La realidad- los motores de los coches en la calle, los gritos de los adolescentes que iban al instituto cercano, los vecinos en la ducha- insistían en que saliera de su sopor. Y él se resistía, y apretaba los párpados violentamente, y los puños, y todo su cuerpo se encogía más y más, intentando desaparecer en sí mismo para desaparecer en ella, cada vez más sueño y menos real, cada vez más alejada y dolorosamente solo. ¿Podría abrir los ojos y conseguir que todo fuera real como lo había sido en la oscuridad?

Pasarían horas antes de averiguarlo. Cuando ellos entraron en la casa, gritaron su nombre por todas las habitaciones hasta llegar al dormitorio, al fondo. Lo encontraron hecho un ovillo, agarrado a una almohada que aún conservaba el olor de ella. Con una sonrisa. Y un corazón parado.

domingo, marzo 09, 2014

Silencio

Si tú te quisieras... Si tú te quisieras también yo podría quererte. Dijiste mirándote al espejo fijamente para intentar descubrir el fondo de tu alma. Pensabas que así desaparecerías, tú. Un imposible, sigues ahí. En el espejo y en lo profundo de tus ojos.
Yo me quedé quieto. Y callé.

domingo, marzo 02, 2014

Al menos, esta noche, la lluvia empapó junto a mi cuerpo, mi alma.

sábado, marzo 01, 2014

Aquel segundo en el que lo comprendes y no queda nada. Y ese es el todo con el que tienes que volver a cargar y seguir adelante.

viernes, febrero 28, 2014

Otra vez

Sólo puedo decir que espero, algún día, aprender de verdad. Quererme. Y no repetir una y otra vez los mismos errores. Empieza a ser doloroso y cansino.

miércoles, febrero 26, 2014

Sabor salado

Hay ocasiones en que, aún estando feliz, las lágrimas se quedan en el borde de mis ojos. Hago el esfuerzo por contenerlas, y lo logro, mientras su pesar se mantiene en el centro de mi pecho, como una señal de que aún están, de que siguen agazapadas por si la ocasión les permite escapar de mis párpados abiertos y correr libres por mi cara hasta mis labios, donde sentir su sabor salado volverá a hacerme parar y respirar profundamente, una, dos, tres veces.

Puede que sepa por qué están ahí, o que no tenga ni idea, pero ellas son testarudas y se mantienen. Desafiantes las siento mirarme desde lo más profundo de mi ser y decirme ¿ahora qué? Ahora nada. Ahora, como siempre, seguir. O quedarme quieta, con la ilusión de que las comprenderé y, entonces, se transformarán en cristalinas gotas que escurren entre mis risas.

Las lágrimas me hacen ponerme mimosa. Echaros de menos. Tener ganas de abrazos, de esconderme en vuestros brazos, en vuestros cuerpos, y dejar que vuestro olor me recuerde que el mío es otro y que sola también sé caminar y sonreír al sol o las nubes.

El viento las secará. Pero, sobre todo, las dejaré ir yo. 

martes, febrero 25, 2014

Now

No podía. No quería dejarlo atrás. En realidad, ya lo había hecho, pero pensaba que cargar con esa cruz era su sacrificio para lograr la felicidad ajena. Se equivocaba. Era su felicidad la que podría generar alegría alrededor. Las cruces se plantan y se quedan allí, igual que el presente se convierte en pasado en el momento que ha sido vivido. No hay más. Ni siquiera el futuro. Las posibilidades son tan infinitas (siempre hay otra opción) que considerar si quiera que será puede ser un absurdo.
Mejor estar. Ahora.

jueves, febrero 20, 2014

Primavera

Me gusta salir a la calle y encontrarme el anuncio de la primavera: esa brisa que más que fría es fresca, esa flor que empieza a mostrar sus colores, tímida, el sol. La luz que se mantiene más allá de las primeras horas de la tarde para alargarse y animarme a seguir el camino. Hasta el corazón se aligera, deseoso de un verano cada vez más cercano y que augura sonrisas, pies mojados por el mar, compañías felices y ganas de vivir.
La primavera me hace florecer como a las plantas. Me saca de mi letargo y me renueva la energía para mantener la sonrisa y tender la mano. 
Y el olor a azahar, que pronto inundará las calles y me hará recordar otros momentos felices, no con melancolía, si no con la suave ligereza de sentirme bien. 
Sonreir, de nuevo, a la vida. 

jueves, febrero 13, 2014

Lo bello

La belleza está en la luz. Y las sombras que se proyectan. La belleza está en una mirada, porque cualquier objeto puede ser bello, cualquier alma conlleva hermosura. Un roce puede ser hermoso. Hasta un grito. Un recuerdo teñido de tristeza. La sonrisa que despierta ese retal que encuentras perdido en un cajón en el que nadie piensa.
Las personas son terriblemente bellas. Todas. Pero no podemos serlo para todos, nos hastiaríamos y dejaríamos de apreciar lo magníficamente singular de cada pequeño o gran encanto. Un detalle o un paisaje completo. La mirada microscópica o el telescopio que enseña una estrella. Formas de mirar, maneras de encontrar. Lo bello.


Hay quien es de amaneceres y quien es de atardeceres. Los hay de lluvia, sol, mar o sierra. De piedras o de arena. También están los que están tan impregnados de ella que en todo descubren la belleza. Y la plasman y nos llegan, a veces como una ola, otras como un golpe seco. Para que paremos y lo reflexionemos.
Luces y sombras. La luz. La belleza.

martes, febrero 11, 2014

Creer

Descubrir poco a poco nuevas formas y caminos. Dejar la mente abierta para encontrar que me hallo en senderos antes desconocidos. Sonreír ante esa belleza que era ajena hasta hace poco. Contemplar nuevas formas de expresión de lo bello, de lo poético, del sentimiento puro. Una imagen, pocas palabras, unos versos. 
Llenarme de alegría, aunque destile tristeza. Compartir una soledad que es nostalgia. Aprender. Aprender sin darme cuenta. Recordar, que supe, que sabía, que sé. Redescubrirme en esa joven que fui, la niña que sigue latiendo por la ilusión, pero con el conocimiento que dan los años.
Ser feliz. 
Ser feliz. 
Ser feliz, aún en la tristeza.
Ser feliz, en la melancolía.
Ser feliz, aunque sepa que duela.

domingo, febrero 09, 2014

Palabras que nacen

Abismo estela luna camino subida lágrima destino sueño despertar ansia deseo voluble pasión amor dolor sangre herida respuesta incógnita duda aventura sentido lucha derrota voladura respiro oculto claro directo sencillo complicado duro suave pequeño abrazo mano roce caricia beso roto espejo luna brillo estrella sol alegría luz nacido barco mar

martes, febrero 04, 2014

Camino

Los caminos se bifurcan, se enredan, se dividen. En algunas ocasiones se encuentran, siguen juntos, se separan. Hay caminos muy anchos, por los que gusta caminar, y otros estrechos, que asustan para luego resultar ser lugares acogedores por donde pasar se convierte en una aventura risueña. Hay piedras en las sendas, o puentes caídos, castillos que acechan en sus lindes, lagos tranquilos.
Hubo quien dijo que se hace camino al andar, pero la mayoría miramos primero para saber si hay baldosas amarillas que nos marquen la marcha. En ocasiones, simplemente para saltarlas y pasar a su lado hacia otros espacios que nada tienen que ver con el que parecía nuestro sueño. Porque seguimos soñando mientras caminamos y cambiamos de idea, y volamos, saltamos, nos tropezamos.
Existen rutas hacia el horizonte, otras se desvían para tropezar con lo que nunca pensarías. Hay senderos secretos que descubres por suerte y te adentras, para saber si allí a lo lejos, hay duendes. A veces crees haberte caído sobre brujas y sólo ha sido una gran pendiente, o te deslizas feliz y olvidas que adelante no hay nada perenne.  
Lo elijas o te escoja, caminas por rutas. Avanza sin miedo para no perder el sendero. Adelante. Siempre.