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domingo, abril 11, 2021

Claros y nubes

Consciente.

De cada célula de su cuerpo, del roce de la ropa en la piel, el suelo bajo sus pies, su propio peso, qué siente.

Una sonrisa se dibuja, sutil, en su rostro. Los ojos, con nubes tristes que van y vienen, a ratos cerrados para apreciar(se) con más claridad. La respiración que se calma en ese estado, la mente que logra parar unos segundos y de ahí la sonrisa.

Saber que es hogar y comprender que quiere a alguien que sea hogar. Un hombre. Tener muy claro que, desde niña, ha sido su propio puerto, que la felicidad está igual de presente en su soledad. Aceptar que ahora, después de más de un año sin abrazos, quiere ese regazo en el que descansar la cabeza, ese cariño entre unos brazos que miman.

Tener la fuerza de decir no. Diez años de aceptación del deseo del otro, la propuesta del otro que son muchos, de sentirse vacía tras haber pensado que sería suficiente, que es el aperitivo antes de un plato principal que no ha llegado por ahora. Quizás porque sus ojos y su tacto estaban posados sobre esos entrantes que se convirtieron en el todo ausente que tenía.

Recordar el abrazo con hueco donde descansar el peso sobre sus hombres, el sostén en las piernas en que reposaba la cabeza para dejarse acariciar el cabello. Demasiado tiempo sin esa serenidad de carantoñas, caricias en ambos sentidos. 

No es lo mismo querer sola que acompañada.

Está segura de que no buscará un hogar que ya tiene. Tiene claro que encontrará esa otra intimidad que anhela.

 Para Freya, cuya conversación y escucha permitió nacer este texto.

jueves, abril 01, 2021

La cuerda

Medio viva. Como la niebla que se disipa, como la marea baja que deja a la vista lo que esconde el agua, como el rayo de sol que atraviesa un cielo de nubes y crea un camino figurado al paraíso. Estoy medio viva. Esa certeza llegó a mi cerebro y la abracé al comprender que es donde estoy desde hace más de un año, pero especialmente desde hace unos poquitos meses.

Vivo a medias porque la mayor parte de mí ha vuelto a ser quien era, quien soy, y el resto aún olvida si yo era/soy risueña, triste, alegre, y tampoco está por la labor, aún, de convertirse en la nueva persona que soy tras mucho trabajo personal para dejar la crisálida de la ansiedad y ser una mariposa con más colores que antes.

Estoy medio viva y necesito más, porque esto me agota y me impide vivir mi vida, no la de antes, esa es irrecuperable y no estoy segura de si la querría de vuelta, si no la vida que tengo ahora, que soy ahora porque he crecido en el sufrimiento.

¿Estar medio viva es respirar a medias? ¿Perder los sueños y quedarse con pesadillas que no entiendo? ¿No ver la puerta que me permitirá volver a estar dentro y rodeada de personas sin acabar temblorosa y con ganas de regresar al nido, al vientre, a la cama cuyo edredón protege como si fuera puerta blindada?

Por ahora es todo eso y la desgana de cocinar, comer, escribir, leer, ver. Me quedan algunas para hablar con amigas, dejar que me acompañen para dar otro pasito más. 

Aunque hoy escribo. Hoy me he sentado aquí a deciros, decirme, que si sé dónde estoy también sabré hacia donde dirigirme. Abrir balcones desde fuera que atravesar con paso firme y mirada serena. A pesar de haber perdido la esperanza una y otra vez, de querer rendirme y no poder, porque no importa lo hundida que esté en las arenas movedizas, mis manos se agarran a cualquier cosa, mis piernas patalean hasta que comprendo que la solución es quedarme parada. 

Medio vivo. Ahora eso tendrá que ser suficiente para coger fuerzas. 

 

Para Rosa G., cuya clase de ying yoga me iluminó

lunes, marzo 29, 2021

Cajón perdido

Hay quien lo llama precipicio. Agujero negro, vacío, desierto interior, son otros de los nombres que se le dan. Incluso pozo sin fondo u oscuridad absoluta. No sé qué apelativo escoger. Cualquiera me valdría si alguno de ellos lo hicera más pequeño, que cupiera en un bolsillo y lo pudiera meter en el cajón de los pañuelos (que no tengo) y olvidarlo como los chales que nunca uso. Sorprenderme de verlo, como los chales. y volver a dejarlo allí dentro porque no es una buena ocasión para usarlo.

Sin embargo, aún no he encontrado forma ni nombre para hacerlo desparecer. Me veo, otra vez, en la senda que me obliga a mirarlo, sentirlo y aprender. Asimilar de nuevo e intentar seguir creciendo, aunque no me vea capaz, como tampoco me veo como persona que se regodee sin más y espere que se vaya por arte de magia.

Así que lo miro, me miro, a la cara. Puedo acabar destrozada o no, pero ya dura menos. Cuando pasa el dolor, aun herida, estudio, a él y a mí en él, observo, tomo notas mentales, busco las herramientas que me dieron, respiro, siempre, respiro, y procuro no dejarle que me trague hasta ese momento en el que sé que tendrán que venir a tirar de mí, aunque sea yo quien haga la mayor parte de la escalada.

No es que me importe que me ayuden. Es que llevo demasiado tiempo contemplando el oleaje intenso y enfadado del mar como para seguir teniéndole miedo. Conozco sus idas y venidas, incluso las imprevistas tienen un patrón, un espacio oxigenado en el centro en el que respirar y ver la luz a través del manto de agua que se cerrará sobre mí y me arrastrá, en el mejor de los casos, a la orilla. En el peor, al fondo, pero ya pillé el truco de tomar impulso desde dentro.

He acabado por aceptar que, con menos intensidad, con más fuerza por mi parte, me acompañará de vez en cuando. Sólo que ahora no vendrá por sorpresa, aunque tampoco llame a la puerta. Percibiré su llegada en pequeños revuelos de mi interior, diminutas huellas que apenas se perciban y detecte; esa sensación de que he vuelto a perderme (de mí). Entonces no será necesario que llegue a lo más hondo, tendré una barca preparada, un avión, una luna sujeta. Mi lucero, aunque sea intermitente, como un faro que me salve de escollos.  

Sin embargo, duele. Y cansa. Me dejo acunar por mí misma y duermo en mis brazos, como refugio propio para despertar de nuevo con el brío necesario para continuar. Dejar el miedo y encenderme con esa luz que me cuesta tanto encontrar. Continua, porque ella es tan mía como él, y ya sabemos que el sol siempre gana.



sábado, junio 13, 2020

Envidia

No soy de naturaleza envidiosa. Me alegro sinceramente por la felicidad y logros de otros. Por vidas repletas y regocijos ajenos. Comparto sanamente y forma parte de mi dicha.

Sin embargo hoy, de nuevo sentada tras el cristal, mirando la vida pasar, envidio. Codicio la valentía del resto, o su fuerza, o su carácter o aquello que les permite ir a la calle, con miedo o sin él, y continuar en viejas rutinas renovadas por un parón obligado. Ambiciono una cabeza en la que no salten mil alarmas cuando me dirijo a la puerta de casa, un cuerpo no atenazado por el temor hasta el punto de ser un bloque de piedra que me inmoviliza entre estas paredes que debía celebrar y empiezan a ser un cárcel casi autoimpuesta, porque me condeno yo, pero no.

Y he buscado toda la ayuda posible y alguna imposible. He expresado y he pedido. Y me obligo, me empujo hasta que el pecho se convierte en bomba que ahoga mi garganta y cierra mi estómago.

Sin éxito.

No quiero envidiar. 

Sólo quiero poder caminar a vuestro lado.

sábado, mayo 30, 2020

No vida

¿Sabéis lo que es tener clarísimo que está en tu cabeza y no conseguir que el cuerpo responda a la lógica aplastante? ¿Comprender con absoluta certeza que soy yo, que no hay nada fuera, pero no evitar que cada músculo esté en posición de defensa y huída? ¿Intentar empujar las piernas, mientras los pulmones quieren colapsar y el corazón se dispara como si estuviera corriendo una maratón en segundos, al mismo tiempo que el cerebro grita "¿qué narices estás haciendo? ¡sal de una puñetera vez!"?

Esa es mi vida en las últimas semanas. 

Contemplar desde dentro y desde fuera a la vez cómo estoy dividida en dos partes que ni siquiera son cuerpo y mente, porque son cuerpo y mente juntos y todo revuelto. Frustrarme por tenerlo claro pero no ser capaz de dar el paso, ni figurada ni literalmente. Tener ganas de llorar y de darme patadas a mí misma. Sentirme tan idiota como me verán los demás, o algunos de los demás, por tener un miedo irracional a algo que llevo haciendo desde la adolescencia: dar un paseo sola. 

Escribo esto desde mi sofá pensando que parece irreal porque aquí, segura, sin ver la calle, ni la gente que hay en ella, ni las mascarillas, ni los coches, ni todo lo que ha vuelto porque eso es la vida, no se siente que haya ocurrido nada. Que sólo estoy inventando una distopía barata y mala porque ninguna protagonista se quedaría en un rincón mirando la vida pasar. Eso sería una novela existencialista, también mala, pero no una distopía. En la ciencia ficción el personaje batallaría, crearía vacunas en semanas, alimentaría a los necesitados, llevaría cuchillos, armas y sonreiría de medio lado. 

Sin embargo, resulta que en esta realidad que me ha tocado vivir y que desde niña me dije que no ocurriría porque moriría antes de que pudiera pasar, no batallo, no salvo a la humanidad, no rescato el último vestigio de nuestra civilización. Apenas me auxilio a mí misma, como para ser la heroína de nadie.

Y no me entendáis mal. No cuento esto para daros pena. Ni siquiera me doy pena yo, siempre supe que soy una cobarde. Lo cuento para intentar sacar de mí la angustia incontrable y transformarla en una historia. Como esas que llevo creando toda la vida para hacer reír a los demás, o para quitarle hierro, o simplemente porque es quien soy. 

Pongo mi ansiedad por escrito para ver si es hoy el día que en lugar de repetirme una y otra vez: "esta noche salgo, esta noche va a ser el día, esta noche caminaré al menos diez minutos y estaré tranquila", sea el momento en que no me digo nada y simplemente abro la puerta.


viernes, junio 14, 2019

Sensimental

He puesto por equivocación sensimental al escribirle a una amiga. En el instante en que iba a corregirla me he dado cuenta de que esa palabra no ha sido un error. Es la descripción perfecta. La combinación del roce en la piel que eriza el vello y la alarma mental de que algo va mal. Las ganas de comerte a besos a alguien y los pies tirando a toda velocidad para el otro lado; la razonable certeza de que ese no es el camino con la constatación de que ya estás en mitad del sendero, la elección consciente de una vida mientras siglos de tradición me lanzan sus cadenas para dejarme ciega y sin fuerza.

Se puede reír y llorar al mismo tiempo. Me puedo ver desde fuera y desde dentro, con desprecio y ternura.

Intentar conciliar ambas partes ya no es tan fácil porque se escapan de las manos las puntadas dadas y las placas tectónicas de este mundo que soy no son tan estables como pudiera parecer desde fuera. Me canso de dar la imagen de una seguridad y aplomo que rara vez poseo, así como esa sensación amarga de que pocos son capaces de comprender que no soy de temer porque sé colocarme en mi sitio.

Tener la garantía de que no tendré el tiempo suficiente para ser yo. Tener la incertidumbre de si no soy yo la culpable. Si no lo he sido siempre.

Y rondando entre tanta sensiblería de culebrón barato, un apego materno que duele como cuchillos que atraviesan la poca carne que cubre mis huesos. Destripar un animal. Ser ese animal. Ser las manos que lo ejecutan. Ya no cabe echarle la culpa a ella porque hace demasiado que comprendí que se trata de mí.

Mientras, el pesar. Por saberme querida, muy querida. Y vista. No quitarme el remordimiento de ser tan injusta con quienes me aman como la vida pudo llegar a ser conmigo en el instante que me puso en este mundo al que no he pertenecido.

Se puede llorar y reír al mismo tiempo.

miércoles, noviembre 07, 2018

Aguanto

Hay mares con menos resaca que la fuerza de mi pensamiento. Tifones menos destructivos que la espiral de mis ideas. Terremotos menos dañinos que mi (insana) necesidad de buscar mil explicaciones y revueltas a lo que, simplemente, es.
Me gustaría ser una de esas personas simples que empiezan y terminan y dan por zanjado, porque en unos días, en horas a veces, siguen adelante con ligereza. 
Sin embargo, nací con el estigma de un cerebro tocado por la sensibilidad extrema y la capacidad de no parar aunque esté exhausta y mi cuerpo perezca en insomnio y hambre.
El mismo seso que me enriquece con una curiosidad de esponja, ahora se convierte en enemigo voraz que prefiere arrasar con las briznas que quedan antes que permitir el refugio mínimo de un diminuto puerto seguro. 
Contener.
Controlar.
Aplacar.
Ser la otra yo que llevo entrenando durante años y que sabe que puede estar aquí y nada más que aquí porque lo que ha pasado está más allá de mis capacidades para ser cambiado y lo que no es mío no puedo entenderlo si la otra persona no se decide a explicarlo.
Voy y vengo. Me mantengo escasos minutos anclada a mí. Vuelvo y ato más fuerte las raíces que me costó encontrar y que me dieron alas. 
La última idea que queda es mi supervivencia.

martes, noviembre 06, 2018

Desamor

Podría pasarme la eternidad que perdurará mi alma intentando comprenderte. Podría rememorar cada segundo, cada palabra, cada gesto, cada escena desde todos los puntos de vista, como en el cine, cuando el director decide poner cámaras en los 360 grados para no dejar nada al descubierto. Podría enfadarme conmigo y contigo. Conmigo por convencerme, ahora, de que no quise mirar, contigo por convencerme, ahora, de que no dijiste.

Podría golpear mi cabeza contra las columnas hasta que el templo se derrumbara sobre ella y los cimientos de lo que soy volvieran a desaparecer, como tantas veces permití que lo hicieran.

Podría llorar océanos de desesperación y tristeza, golpear todos los cojines que encontrase a mi paso, gritar hasta la afonía no sólo de mi voz, sino de mi pensamiento.

Podría hacer todo eso y seguir sin encontrar la calma.

Esta vez, como algo que estreno, simplemente voy a aceptar que ya sé quién soy y qué quiero y el tiempo que nos encontramos duró hasta que logré verlo.

martes, octubre 23, 2018

Instintos

Cuando quieres vaciarte y no puedes. Porque hay vacío y hay dolor y hay rabia y enfado y pena y ganas de hacer explotar el mundo en mil pedazos y quedarte tú viva, contemplándolo con satisfacción porque esta vez has elegido ser tú la que quede.
Cuando aquellas cápsulas congeladas en el polo sur de tu cerebro se derriten como el cambio climático sube el nivel de nuestros mares y se clavan una tras otra, muchas de golpe, a ráfagas, a mazazos, en el momento que menos lo esperas. Se hunden en las entrañas, en el alma, en lo físico y lo metafísico y lo que nos hace humanos. 
Y pasa, porque todo pasa, y también como todo, deja posos, restos, cenizas que tardarán más en disolverse y por eso, en las siguientes semanas, sigo sin ser yo y soy la yo que era a la vez y confundida, porque vuelvo a tener nada claro.
Y busco un camello que me dé la energía que he perdido y que me deja hipnotizada todo el día, como una vaina de judía vacía y tirada a la basura a medio cocer. 
Porque eso es lo que me pasa, que nunca terminé de madurar y las veces que he creído hacerlo se convirtieron en agua de borrajas.
Aun así, sigo. 

domingo, octubre 02, 2016

Porno, feminismo y liberación sexual.

Lo primero, siento la necesidad de aclarar que esta reflexión es puramente personal y que no pretendo dar lecciones a nadie, y mucho menos, decir qué se debe hacer. Pero considero necesario expresar mi punto de vista después de varias conversaciones con amigas y mujeres de mi entorno.

En las últimas semanas no he parado de encontrarme mujeres compartiendo y dando a me gusta al anuncio del Salón del Cine Erótico de Barcelona. Este hecho me chirriaba y me provocaba cierta frustración, porque considero la industria del porno muy dañina para nosotras. Pero me contuve. Sin embargo, como el aluvión no paraba, empecé a plantearme si este ansia de compartir, si tantas mujeres apoyando algo que, para mí, nos perjudica, no entroncaba con una reflexión personal que lleva dando vueltas en mi cabeza desde hace meses. Esto es: ¿realmente tengo libertad sexual?

En pleno siglo XXI y bombardeos constantes de que vivimos en una sociedad igualitaria resultó que me tropecé con un hombre que pretendió culparme de la atracción que sentía hacia mí y que le había llevado a hacerme unos comentarios muy poco apropiados. Al señalarle la inconveniencia de dichas palabras de una forma educada, él se rebeló e insistió en que era mi culpa. Si bien le dejé claro que, independientemente de que yo hubiera o no hecho algo (insinuarme), él es un ser humano adulto que debe saber controlar sus impulsos en aras de la educación y convivencia (igual que lo hago yo y la mayoría de nosotras), sus palabras retumbaron en mi cabeza y me hicieron revisitar nuestros encuentros.

Al rememorar los instantes vividos con él descubrí, no sin sorpresa, que si bien era una persona por la que no me había sentido atraída en ningún momento y que, simplemente veía como un posible amigo o colega, cuando él se había mostrado cariñoso e interesado en mí, automáticamente y sin mediar pensamiento alguno yo había respondido de la misma forma cariñosa y con carga sexual que había recibido de él. Es decir, sin interés alguno por mi parte en tener relaciones sexuales con él, había respondido de una forma sexual a sus acercamientos.

Tal fue mi asombro que me puse a pensar sobre otras ocasiones en las que hombres habían dirigido a mí comentarios subidos de tono, acercamiento físico, interés con algún contenido sexual, etcétera. Y me descubrí ofrenciéndome sin que mediara reflexión alguna por mi parte. De hecho, reconocí ocasiones en las que había tenido sexo con algún hombre, simplemente porque él había mostrado interés y yo pensaba que tenía que responder de la misma manera, sin pararme a decidir si era lo que yo quería o no.

Entendedme. Considero que es absolutamente sano y normal tener relaciones con quien nos dé la gana a cada uno y tantas veces como nos apetezca. Lo que me preocupó y preocupa es que yo responda con complacencia desde un punto de mi ser que escapa a mi control racional y que eso me lleve a acostarme con hombres que no son mi elección, si no yo un mero instrumento de sus deseos.

Al tomar consciencia de este comportamiento repetido, comencé a tener mucho cuidado en cómo respondía a según qué comentarios y comprobé que, efectivamente, mi instinto primario era mostrarme solícita y complaciente. El darme cuenta de ello me ha permitido, en los últimos meses, elegir a quién dedicaba mis atenciones y a quién no, con un alto grado de satisfacción personal. Descubrí que me sentía mejor conmigo misma después de los encuentros sexuales que haya podido tener, porque surgían de mi plena consciencia y elección.

De la misma forma, he comprobado que la mayoría de los hombres no lleva bien que se les señale, ni tan siquiera con la máxima educación y dulzura de la que soy capaz (que son muchas), que no es un comportamiento adecuado insinuarse de forma nada sutil a una mujer que, de ninguna manera y en ningún momento ha mostrado interés, o que si lo ha mostrado en algún punto, ha dejado claro que ya no lo siente.

En cualquier caso, como los resultados de mi toma de conciencia me habían resultado tan positivos, decidí hablarlo con algunas de mis amigas íntimas. Realmente yo pensaba que mi digamos, sumisión en el plano sexual, venía por problemas personales con la afectividad, que ya están resueltos. Pero cual fue mi sorpresa al comprobar que la mayoría de ellas, al contarles mi experiencia, me confesaban que lo sentían igual en muchas ocasiones.

Aunque mis amigas son de grupos diversos, quise cerciorarme y empecé a preguntar a otras mujeres de mi entorno. También muchas de ellas se sorprendían diciéndome que les había pasado, pero que no habían sido conscientes hasta que yo les conté mi situación.
Igualmente, empecé a buscar artículos y libros sobre el tema. De hecho, ahora mismo estoy embarcada en Neoliberalismo Sexual. El mito de la libre elección, de Ana de Miguel, pero he querido escribir ésto antes de terminarlo porque necesitaba que fuera algo personal.

El caso es que resulta que un buen puñado de mujeres se hallan sorprendidas por haber estado aceptando y dando cariño y su propia sexualidad a hombres que, de haberse parado a pensarlo si quiera unos segundos, no habrían sido objeto de su atención. Pero que el mero interés de ellos, les habían llevado a aceptar su compañía.
Es decir: la supuesta libertad sexual de muchas mujeres se reducía, en muchos casos, a acostarse con hombres que habían mostrado interés en ellas, sin que mediara un interés inicial correspondido.

No sé a las que leéis ésto, pero a mí no me parece mucha libertad si mi respuesta parte de mi insconsciente, al que enseñaron que debo ser sumisa, complaciente, predispuesta y servicial.
Pero no me quise quedar solamente ahí, porque no se trata de que venga un tío y nos diga: ¿follamos? y nosotras hayamos dicho sí sin pensar. Así que empecé a centrarme en las 'bromas' de contenido sexual que recibimos a diario cada una de nosotras.

Así comprobé que, por ejemplo, en grupos de whatsapp con presencia heterosexual mixta era muy común que ellos lanzaran 'bromitas' a algunas o todas las chicas del grupo con contenido sexual. Si me centraba en conversaciones de tú a tú, era igualmente común que en algún momento de la relación, ellos dejaran caer con mayor o menor sutileza alguna frase que daba a entender su deseo de mantener relaciones sexuales conmigo o la chica que fuera.

Y aquí, vuelvo a aclarar. No todos los hombres lo hacen. Y ni siquiera les achaco a ellos toda la responsabilidad porque también se trata de mecanismos aprendidos, pero aquí y ahora estoy hablando de lo que nos pasa a las mujeres. De la misma manera, si existe una relación consentida con contenido sexual verbal, es absolutamente aceptable y para nada criticable.

De todas formas, me resultaba llamativo que muchos de esos comentarios de contenido sexual se hicieran sin que mediara ningún tipo de señal previa de atracción, ni por parte de ellos ni de ellas. Simplemente aparecían como algo 'natural'. Tan natural que si yo o alguna otra señalaba la inconveniencia de ese tipo de comentarios saltaban una o varias voces acusándonos de falta de humor y resaltando una y otra vez que era 'broma'.

Así que resulta que es una broma que me digan 'vente a los vestuarios a celebrar que ya estás bien, que me estoy duchando', o 'ese vestido te queda mejor en el suelo' por parte de hombres a los que no les he mostrado interés ninguno. Y yo carezco de humor si no las acepto.

De manera que mis opciones son: o les río la gracia y les sigo el juego aunque no me apetezca; o soy una aburrida, sosa, estrecha, feminazi, por indicar de forma educada que ese comentario está fuera de lugar... Una vez más, no sé vosotras, pero yo ahí no veo libertad ninguna. Primero, porque sólo se me presentan dos opciones, segundo, porque ninguna de ellas me deja a mí bien parada.

Y en medio de este aprendizaje personal llega el anuncio del Salón de Cine Erótico de Barcelona. Un anuncio en el que una actriz porno crítica a una sociedad que demoniza su profesión, mientras hipócritamente lo consume y sexualiza casi el cien por cien de la vida social. Un anuncio tan bien construido y pensado que consigue que una gran cantidad de mujeres, principales perjudicadas por la industria del porno, lo aplaudan, citen, vean, compartan y alaben de forma abrumadora.

Entonces a mí me empieza a entrar urticaria, pero me callo porque no quiero polemizar. Comienzo a leer tímidas críticas al anuncio (mucho menos publicitadas) y me digo, 'ay, menos mal, no me estoy volviendo loca' (adjetivo muy usado a lo largo de la historia para calificar a las mujeres que pensaban, igual que histérica). Pero mis amigas siguen compartiendo. Y yo no puedo más, y les hablo, y les mando un artículo que habla sobre la industria del porno (https://elestadomental.com/diario/el-porno-) y les planteo si se han dado cuenta de que los primeros hipócritas son los miembros de la industria del porno... Entonces es cuando ellas se paran (igual que con el sexo) y reflexionan y surgen voces que me dan la razón y dejan de alabar el anuncio, y surgen voces que me llevan la contraria y yo respeto igualmente.

Sin embargo, la mayoría de quienes no están de acuerdo conmigo me citan a un puñado de actrices que aseguran haber elegido libremente y sentirse cuidadas y arropadas por el mercado. Y, de nuevo, tengo que hacer un parón: una minoría nunca será significativa, así que vuelvo a plantear mi análisis.

El porno tiene una primera cara visible: las películas. Ya hay un buen número de estudios, ensayos y estadísticas que demuestran que la inmensa mayoría del porno actual reproduce deseos y fantasías únicamente masculinas. Si bien en las últimas décadas han surgido directoras que le han dado un enfoque distinto para acoger, no ya la apetencia sexual de lesbianas, si no de mujeres heterosexuales; la gran mayoría de las películas siguen presentando a la mujer como un mero objeto. Me atrevo ir más allá, la mujer es un compendio de agujeros en los que meter las pollas de unos hombres deseosos de manejar, humillar, dañar a su compañera en aras de su exclusivo placer con la excusa de que 'ellas lo quieren'. 

No me vale que me digan que el porno es de consumo exclusivo de adultos y que cada uno puede tener la fantasía o sexualidad que desee, por cuanto a día de hoy el porno es la principal escuela sexual de adolescentes que, de esta forma, aprenden que la única manera de tener sexo es con mujeres sumisas y hombres agresivos. Y si aprenden que ésa es la única opción, deja de haber libertad porque se anulan el resto de infinitas opciones.

Pero luego está la otra parte del porno: la industria. Resulta que esta industria maltrata en bastantes ocasiones a sus actrices, muchas veces con sueldos también más bajos para ellas (ahí reproducen el sistema de mercado quasi universal), pero también las presiona, en el mejor de los casos, y obliga, en el peor, a filmar escenas que no son de su agrado o que pueden llegar (y en ocasiones llega) a producirles daño físico (ni entro en las consecuencias psicológicas).

Aquí aparecerán las críticas de: ellas saben en lo que se meten y lo eligen voluntariamente. Y aquí vuelvo a recordar en qué consiste la libertad y en el escaso margen para ejercerla que tienen muchas mujeres.
Porque si una mujer se encuentra en una situación económica de absoluta pobreza y su única salida es meterse en el porno, no es libertad. Porque si una mujer es arrancada del seno de su familia/entorno/espacio de seguridad y la única opción que le presentan para ganarse la vida es el porno, no hay libertad. Porque si a una mujer se la educa desde niña como si fuera una basura, como si sólo tuviera su cuerpo o su belleza para sostenerse y acaba en el porno, no es libertad. Y, sin llegar a esos extremos: porque si a las mujeres se nos educa para ser serviciales, para estar siempre dispuestas a la ayuda y al servicio de los hombres, a que callemos y aceptemos las referencias sexuales continuas hacia nuestra persona, a ver normal que se nos trate como objetos: no hay libertad. 

Por tanto, me encuentro en un punto en el que tengo que frenar en seco y reconsiderar todo mi planteamiento acerca de mi libertad sexual (y la de todas nosotras). No quiero que, de repente, se haga una caza de brujas contra el porno, ni que se crucifique a las actrices o consumidoras que lo defienden. Tampoco pretendo decir que no haya mujeres que con verdadera libertad elijan hacer porno o consumir el mayoritario, porque las formas de acercarse a la sexualidad son únicas y personales. 

Sin embargo, espero que esta reflexión personal provoque una mirada atenta y racional por parte de otras mujeres (y hombres). Una simple parada en nuestro comportamiento, en nuestras respuestas al acercamiento sexual, en aras de comprobar si de verdad somos libres. Porque da igual si la sociedad insiste en que hay igualdad mientras se nos exige libertad sexual entendida como promiscuidad, pero se nos llama putas si escogemos acostarnos con quienes queramos y tantas veces como queramos. Y, sobre todo, porque no quiero que haya más mujeres que, en algún punto de su vida, se descubran frustradas, tristes, dolidas por haber llevado una vida sexual que iba en contra de su propia naturaleza o deseo. 

domingo, mayo 22, 2016

Descubrimiento

He descubierto que hay lugares a los que no quiero ir con cualquiera.
A recorrer una ruta de faros. Iría contigo, que desde la infancia deseaste vivir en uno, como hago yo; que los contemplas y piensas en libros y noches largas leyendo; en tempestades y mar en calma al que observas, en soledad y buena compañía; en respirar, en aislarse y en seguir viviendo.

A París. Serías tú, que no la percibes como la ciudad del amor, si no como el lugar en el que perderse por librerías, calles empedradas, puentes que cruzar contemplando el Sena; cafés tranquilos mientras los demás corren; belleza, simple belleza.

A cazar la luna. Contigo, que respetas sus ciclos, los tuyos y los míos; que te gusta tanto llena como nueva; que sin mirar al cielo sabes si está completa; que recorres mi tatuaje y lo iluminas como el sol hace con ella.

A ver amanecer. Con quien el primer rayo de sol recuerda que es un nuevo comienzo; que, como yo, sonríe si las nubes se despejan; que odias madrugar, pero no te importa si es para respirar la paz de las primeras horas; que coges mi mano y la aprietas mientras contienes la respiración al sentir ese primer calor que recorre tu piel y te hace sentir la vida en cada partícula de ella.

A contemplar las estrellas. Tú que quieres contar estrellas como pensaron que yo hacía; que las miras y sientes el infinito, y te angustia y te hace grande a la vez; que recuerdas una rosa perdida en un pequeño planeta entre ellas; que no consideras una pérdida de tiempo simplemente estar allí, oyendo al universo moverse.

Si os soy sincera, la mayoría de las veces pienso que todos esos 'tú' serán la misma persona con la que comparta también mi vida. También reconozco, en otras muchas ocasiones, que más de una de las cosas de esa lista las haré sola y será, como mínimo, tan bueno como si las hiciera en compañía. Pero lo que tengo muy claro es que ya no regalaré mis tesoros a quien no se los haya ganado.

viernes, mayo 13, 2016

Reflexiones de mañana

Soy una persona sencilla. Y normal. De tan sencilla y normal me ha pasado muchas veces que la gente me ha dicho que soy rara. O más bien, complicada. No me gusta que me digan complicada. Para mí tiene implicaciones en exceso negativas y que nada tienen que ver conmigo. Además, no comprendo por qué mi comportamiento directo, claro, expresando lo que siento o deseo en cada momento, lo que podría llegar a esperar de alguien (aunque no suelo esperar nada, me gusta simplemente vivir y ver dónde me lleva la vida, evitando expectativas en la medida de lo posible), puede llevar a que una persona considere todas esas características complicadas.
Tengo la sensación, cuando me ocurre eso, de que vivo en un mundo al revés. Parece ser que estamos absorbidos por una sociedad tan fiel a no mostrarse, que educa tanto a sus mujeres a que callen, que si alguien, yo, mujer, es directa, es precisa, no permite abusos si los detecta (ains, lo que me queda por aprender sobre opresión patriarcal), y dice claramente 'quiero una pareja, pero no vas a ser tú, al menos en este momento', automáticamente me convierto en una persona a la que es preferible mantener alejada. 
Ni siquiera voy a hablar de lo puta que pueden pensar que soy, simplemente porque el sexo no me parece un tabú. Ni que la mayoría de las personas (menos mal que existen minorías), piensan que por no verlo tabú lo practico a diestro y siniestro y con cualquiera (que no estaría mal, pero no es el caso). De hecho, para quienes me consideran una folladora compulsiva eso es lo peor del mundo mundial. 
Pero no, no voy a hablar del sexo. Hablo de ser sincera. De tener muy claro quien soy y no necesitar a nadie que me haga feliz. De caminar por la vida con el convencimiento de que la única persona que no me puede fallar soy yo. Resulta que ser así, que me ha costado muchos años y mucho esfuerzo, se convierte en un peligro para muchos hombres y alguna que otra mujer. 
Se sienten amenazados. Entonces vivimos en un mundo loco en el que la sinceridad da miedo. No se sabe lidiar con ella. No quieren que hablemos de sentimientos, pero es que ya no desean ni contemplar las opciones que nos ofrece el que tenemos enfrente. Intento pensar que no es que nos quieran obligar a hacer simplemente lo que se espera de nosotros (y por tanto, exigen dotes adivinatorias porque véte tú a saber qué tiene cada uno en su cabecita en cada momento). Pero tampoco les parece bien el diálogo, ni el silencio.
Es decir, no está bien hablar de hacia dónde vamos, pero tampoco está bien simplemente ver hacia donde vamos. 
Y, ¿qué queréis que os diga? Si no vale simplemente con ir viviendo y ver si el conocerse se convierte en amistad, la amistad en querencia, la querencia en amor y el amor es eterno (mientras dure), y tampoco vale hablar de qué queremos que sea eso que acabamos de empezar (amistad, folleteo, amor, incógnita); pues me salgo del juego.
Porque, a todo esto, yo a lo que iba, simplemente, es a vivir, conocer gente, disfrutar de compañía cuando me apetece salir de mi soledad, y no comerme el tarro más de lo que lo hice hace unos años, cuando no tenía tan claro quién era.

sábado, abril 23, 2016

Realidad

Hay ocasiones en las que no me creo la realidad. Escucho, leo, observo, contemplo la vida que me rodea, el país en el que vivo, el mundo en el que nos encontramos y tengo que frotarme los ojos muy fuerte y, sobre todo, notar los latidos de mi corazón para comprobar que no es un sueño, no es una película que me están vendiendo, no es una de esas de tantas historias (miles seguramente) que he leído desde que fui lo suficientemente despierta como para refugiarme en las palabras.
No sabría por dónde empezar. Intento, de verdad que lo hago, creerme que los políticos que tenemos no nos lo merecemos. Lo doy todo por no sentir como pesadilla propia vivida en carnes ajenas la falta absoluta de humanidad de los humanos que decimos ser. Pruebo a comprobar que no caí en uno de esos mundos surrealistas que crean las mente más ingeniosas que la mía.
Todos los esfuerzos se podrían considerar vanos, puesto que admito la realidad de todo ello (ladrones libres, libertad robada, niños abandonados a una suerte que no es suya,...), pero no dejo de mover la cabeza en intentos infinitos de que esas imágenes, salidas de los relatos más crudos superándolos, se vayan.
No se van.
Sería bonito decir que la consciencia de esa realidad me convierte en una persona lanzada. Que lucho batallas para cambiar el mal sueño en el que vivo. Pero me siento paralizada. Me gustaría saber qué puedo hacer y dar la solución.
Todo eso se queda en nada. Bueno, se transfigura en algo: mi sonrisa, mis palabras. ¿De verdad sirven las líneas negras sobre blanco?
Con el corazón encogido me respondo con el rotundo NO que grita en mi alma.
Y sigo sin creerme que esta sea mi realidad y esta sea yo, luchando contra nada y peleando contra todo desde una cómoda silla sin estar rodeada de vallas.
Puede que sea mi necesidad de dar solución. Quien sepa cual es, que venga a entregármela.

sábado, febrero 27, 2016

Mi precipicio

Aterra. Estar al borde del abismo. Sentir el viento gélido que golpea la cara y la llena de vida por el contraste del corazón palpitante. Da un vértigo de los que mariposea en el estómago y revoluciona la cabeza, que da vueltas y vueltas y vueltas en un torbellino del cual sólo conoces el punto inicial: el precipicio frente al que te encuentras.
Siento el miedo, y lo abrazo, lo acaricio, dejo que me invada y reposo mi vida en él. Porque ése es el acantilado ante el que estoy dando el paso. Mi vida. Hubo un tiempo en que creí tenerla controlada. Sabía a qué quería dedicarme, sabía qué persona quería a mi lado (y estaba), no había dudas del lugar donde residiría. El espejismo duró años, incluso después de romperse varias veces.
Pensé que había llegado a acostumbrarme a la incertidumbre, y posiblemente a ella sí que esté acostumbrada. A lo que no me acomodo es a la duda. Al no saber, más bien, al no saberme.
Pero me dejo balancear por los aires de cambio que llegaron sentada en un aula con la luz del sol entrando a raudales y despositando en mí una sonrisa que luego fueron lágrimas. 
A veces lluevo. O arrecio. Ríos que me desbordan y se llevan todas las hojas atascadas en mi, por qué no decirlo, en ocasiones retorcida e imbricada mente. Me desvío del miedo. Abrazo el miedo. Hacía tiempo que no apreciaba el valor de tener frente a mí un mundo de posibilidades. Yo misma las había recortado y había puesto delante de mí las anteojeras para cerrar puertas, ventanas, rendijas y salidas que me aireasen. Me estaba momificando viva.
Me aterro y me alegro por ello. He sabido confundir muy bien raíces con ataduras con las que he apresado mi propio cuerpo y mi capacidad de conocerme para hacerme creer que estaba ahora. No estoy. Y mucho menos en este momento.
Así que, aquí, al borde del precipicio, con el deseo de ser capaz de agarrarme a él por mí misma si hace falta, como pude hacerlo de una barra hace un tiempo, me paro. 
Para ver lo de fuera, toca primero observar dentro. 

sábado, enero 16, 2016

Muerta

Preferir estar muerta. Sentir el cálido abrazo del satén que forra la madera. Mirar desde abajo. Ver desde la tierra cómo los demás se afanan por alejarse de ella. Observar pasos que pisotean el terreno que ahora soy. Menos doloroso que cuando respiraba y era mi apariencia. 
Palpar el vacío, oír el silencio. No hay lágrimas, no hay sonrisas, no hay nada. Sentir nada.
Ausencia. 
Sin presencia no duele. Tampoco hay alegría. Existe la calma. La paz de la inexistencia. 
Si ya no estoy, no preocupa. No molestan desapariciones, no me decepciono, no hay engaños. Hay tierra. No hay yo. Sólo los tú que siempre han sido más importantes. Los vosotros que han plagado mis días para que yo no existiera.
¿Qué hay de malo en la muerte? Mi vida ya es ausencia.

jueves, diciembre 31, 2015

Balance

Es ya una tradición mi balance a final de año. Pero esta vez lo hago de una manera diferente.
Feliz
Después de tres años en los que sólo me apetecía quemar el año que terminaba, o de meterme debajo de la manta y no salir, o de desaparecer, me descubro sonriendo y feliz. 
2015 empezó estando de baja por lesión y continuó de baja por accidente de tráfico. Pero pasó. Mi cuerpo se va recuperando pero, sobre todo y más importante y lo que me hace decir que este ha sido un buen año, mi mente aprende. Y con ella, aprendo yo. A calmarme, a escucharme, a darme mimos, a buscar en mí lo que fuera no encontraré jamás (por mucho que me haya emperrado). 
Y es una sensación maravillosamente nueva y bonita y agradable. Sentirme aquí dentro y saber que, aunque a veces me salgo del camino, ya sé dónde estoy y qué es lo que tengo: a mí. Y, ¿sabéis? Resulta que no hay nada que me haga más feliz que tenerme a mí. Estar y ser. Ser, sobre todo. Ser de una vez. Y sonreír.
Así que, no sé qué me traerá 2016. Sin embargo, tengo muy claro lo que le traeré yo: más pasitos para crecer, más ganas de vivir, más ganas de ser feliz. 
También sé que toda esta felicidad no sería posible sin quienes me quieren. Quienes han estado a mi lado incondicionalmente, incluso cuando no es fácil estar a mi lado porque es difícil comprenderme.
Por tanto tengo amor y voy teniendo salud. Y un trabajo que me da el dinero para darme pequeños caprichos. ¿Se puede pedir más?
De manera que: gracias 2015, por haberme dado doce meses de aprendizaje, de lágrimas, sonrisas, penas y alegrías. 365 días de VIDA.
2016, entro en ti con ganas. No me defraudes.


sábado, diciembre 12, 2015

Estoy

No siempre se puede seguir el camino aprendido. Sobre todo si se aprendió tarde. Sirven los puñetazos a los cojines por no partirle la cara a alguien. Sirven las lágrimas derramadas en silencio sobre el ordenador, los apuntes o una misma. Sirve conocerme. Sirve saber que no es real, que solo está en mi cabeza. 
Pero todo ésto es el camino aprendido. La senda natural tira mucho, para el monte que suele ser un despeñadero con caídas en picado que apenas puedo frenar porque me prohibieron colgarme de los precipicios para no hacerme daño. Las heridas ya me las había hecho yo.
Al menos me quedan las viejas amigas. Palabras que vomito en el teclado para dejar que todo se vacíe. Llevo más de un año dejando espacio. Pues aún queda, por lo visto. No sé disfrutar ni de mí misma, aun cuando fue justo eso lo que dije: me voy a dejar disfrutar un poco. 
Ahora, con los apuntes a mis espaldas, me recuerdo: es divertido. Intento que lo sea de nuevo, porque, si no, la angustia me aprisiona de tal manera el pecho que empiezo a no poder respirar. Recuerda las asanas. Recuerda la consciencia. 
La vida es fácil. 
La vida es fácil y rompo con mi tendencia natural de complicarla. Porque no hay nadie más que yo. Y es bonito. 
Tengo que ser agua y fluir, pero no dejarme llevar, porque me creo que mi cauce son recovecos intrincados, cuando soy yo la que construye los muros altos para saltar. 
Me dejo caer, pero por una vez en la calma. O no, pero escucho la música para dejarme mecer y dejar ir y fluir. Dejar ir.
No sé dejar ir o cómo soy capaz de engancharme a la más nimia cosa que me haga daño. Sobre todo personas. Venga, os abro la puerta. Si hace falta voy a empujaros a patadas. Los puños ya están acostumbrados por aporrear cojines. 

martes, octubre 21, 2014

PANTA REI

Panta Rei.Todo fluye. O la vida es un continuo cambio. Sinceramente, al pensar en esta expresión, nunca había sido capaz de aplicarla más allá de cada individuo. Con nuestras complejidades y personalidad, la vida fluye, cambia, continúa, nos lleva, siempre alrededor de cada uno de nosotros. 

Pero panta rei, todo fluye, tiene para mí, ahora, un nuevo significado. Desde hace algún tiempo he tenido que pararme, mirarme y descubrirme. Lo sé, la mayoría de las personas lo hacen en la infancia, yo he tenido que esperar 37 años para verme y permitir que los demás me vean. Con esta visión propia, o percepción de mí misma, empecé a cambiar. Cambié cómo me relaciono con los demás, cómo entiendo que soy (y entonces habrá quien diga que cambié quién soy), modifiqué esas ideas preconcebidas que me acompañaron hasta abril y aún sigo en un proceso de fluir que me sigue asombrando y que imagino que terminará el día de mi muerte. 

Hasta aquí todo normal para mí, es decir, todo tal y como lo había imaginado cuando una se decide por dejar de hacerse daño y, de paso, evitar daños colaterales. Pero es que resulta que, efectivamente, todo fluye. 
El Panta rei del que hablaron los griegos (la frase se le atribuye a Heráclito) no es una marea que me lleva a mí sola. Yo soy también río. Soy también agua que discurre y moldea, afecta, arrastra o eleva a quien está a mi alrededor. 

Y, para mi sorpresa (quizás soy muy inocente), las corrientes fueron ampliándose hasta crearme un mundo distinto. Porque mi fluir, mi salida del lugar que tenía asignado en mi familia, por ejemplo, concluyó en más corrientes y reubicaciones. Sentí por primera vez que era parte. Ya no era la piedra contra la que el río familiar se chocaba e intentaba tirar abajo para arrastrarme. Soy corriente que fluye con ellos y hace que ellos se integren en mí, dejándome, por tanto, integrarme a mí. 

No es ser océano, es ser agua, y viento y junco que se deja llevar, porque la corriente también me llevó a descubrir los rincones secos de mi alma. Y, arrastrados, salieron a la luz para que yo empezara a bailar claqué y conociera a personas que enriquecen mi mundo, a la vez que yo aporto al suyo. Abrieron mi alma a salir del foco y retornar a las sombras para dejar que el protagonismo lo tuvieran quienes lo merecen (no voy a negar que a veces vuelvo).

Las mareas se llevaron la pena como arma y herramienta para conseguir amor (incierto) y me hicieron ver la que falsamente usaban los demás, lo que me hizo más libre a mí, y espero que algún día lo consiga para quienes dejé de seguir en ese juego maligno de ser una víctima.

 Y las reglas de la amistad no cambiaron, pero me acompañaron o no en mi cauce, y no hubo lágrimas, ni despedidas, sólo pasos por aquellas ciudades, piedras, caminos, o puentes que se me tendieron en su momento preciso y que quedan atrás porque, como los ríos, las vidas y su fluir se bifurcan.

También la marea me retornó a personas y lugares que pensé que no volvería  pisar, que me negaba a retomar. Pero ya no soy la misma. Discurrir agregó a mi ser retazos de cada orilla y al reencontrarme con esas personas que quise borrar, descubrí que puedo perdonar y compartir su felicidad. Y ellas reaccionaron conmigo de manera distinta porque me vieron, por fin, tal cual soy. 

Así que ahora me digo Panta rei. Y sonrío. Atrás quedaron los miedos que me ataban a unas raíces desarraigadas que sólo me hacían perder el equilibrio, engañarme y castigarme con daños inimaginables. Sonrío porque fluyo y dejo a los demás fluir. Porque me uno a las mareas y floto en ellas, dejándome mojar e iluminar por el sol que cada uno aporta a los demás. Incluso con las tormentas, porque ahora sé que sabré llegar a puerto. Y, si no, habrá quien me agarre y me lleve. Porque ya soy parte. Porque la vida fluye.

Dedicada a Carmen, que me acompaña en el camino, me ha permitido crecer hasta este punto y seguirá junto a mí hasta que madure del todo.

miércoles, junio 25, 2014

La injusticia y yo

El mundo es injusto. La vida es injusta. Lo sé. Las cosas no tienen que ser como yo pienso que deberían, ni siquiera como sería justo que fueran. La vida, el mundo, es como es, porque lo construimos seres humanos imperfectos, con defectos, ambiciones, egos, dudas... Todo eso lo entiendo. Y lo normal y sano sería que pasara por la vida entendiéndolo y dejándolo estar. Debería actuar en mi parcela vital ofreciendo la bondad de la que dispongo, a la espera de ser todo lo justa que pueda llegar a ser, y seguir mi camino.

Sin embargo, mi grado de sensibilidad y empatía rozan al extremo más grande y hay momentos (muchos, aunque espero que cada vez menos), en que esas injusticias me desbordan. Me explotan dentro y salen en forma de lágrimas, o enfado, o rabia... Y, al menos ahora sale, porque peor es cuando se enquista dentro.

Trabajo dentro del sistema. Un sistema que busca el orden. Pero también una organización en la que día a día veo que se busca menos el bien común y más unos objetivos que yo no alcanzo a vislumbrar pero que, desde luego, no me parece que sean el bienestar de la sociedad en general. Ni siquiera el equilibrio de la estructura que lo sostiene. 

Puede que sea que simplemente no lo entiendo, pero, sin ánimo de ofender, debido a mi inteligencia dudo mucho que se trate de eso.

El caso es que, fuera lo que sea, yo no puedo luchar contra el sistema, y menos a base de rabia o lágrimas de impotencia. No puedo dejar que la injusticia me cale de tal manera que me haga daño a mí misma y me bloquee hasta perjudicarme dentro y fuera de mi trabajo.

Porque no es sólo la injusticia global. Acabo empatizando más con la pena y quiero el cambio en el que la siente. Y empiezo a hacerme daño a mí y al de enfrente.

En el trabajo debería ser fácil. Sólo tengo que ser yo. Es decir, no perder la sensibilidad pero no hacerla mi todo. Llegar hasta donde me está permitido y comprender que lo que es, es, y que los cauces de cambio ya los estoy usando, y espero que todos los demás también.

El mundo es injusto, lo acepto, las personas eligen, lo acepto. Ahora tengo que aceptarme a mí, que es en lo que estoy. Mientras yo no me quiera, de nada sirve mirar hacia fuera.
Está claro que necesito un tiempo más dentro. De nuevo, hasta luego. 

martes, junio 17, 2014

I'm a mess

Soy un desastre. Eso es lo primero que se me viene a la cabeza cuando alguien me dice que una foto mía, que a mí no me gusta, 'es muy tú'. No pienso: soy graciosa, soy creativa, soy original o soy una cagaprisas que no se tomó el tiempo suficiente para mejorarla. No. Pienso que soy un desastre.
Y no sólo con eso. Lo cierto es que, después de dos meses de iniciar el camino para quererme, y bien sabe Dios que algo he avanzado, aún no me he desprendido de la sensación de que soy un puto desastre. De que mi vida me arrastra en lugar de vivirla, de que las de los demás son más: buenas, plenas, divertidas, completas, con sentido... Aunque sepa por experiencia que no lo son.
Me quedo con los fragmentos, con fotos fijas de las vidas de los demás, con esos momentos que envidio, pero olvido, consciente o inconscientemente, tanto todo lo de valioso que tengo yo y mi vida como de duro y complicado tienen las suyas.
Esto, aparte de agotador, es inútil.
Aún llegando a ser un desastre: ¿qué habría de malo? Sería yo: encantadora, bondadosa, divertida, a veces alocada, inconsciente muchas veces, con ganas de aprender, curiosa, sexy en ocasiones, inteligente, con carácter, celosa de sus amigos, posesiva de sus pertenencias pero totalmente desprendida si alguien lo necesita, desarraigada en busca de raíces, soñadora, amante de la luna, el mar y los atardeceres, ordenada desordenada... Sería yo y eso tendría que serme suficiente porque soy única y soy lo que tengo.
Por eso ayer me escribí en la piel que soy un desastre, para recordarme que, siéndolo, soy maravillosa. Contradictorio, ¿no? No tanto. Soy un desastre que está recogiendo pedazos y fragmentos y montando las fotografías (literal y figuradamente) para construir mi imagen a través de mis ojos. Verme yo por mí misma.
Porque por mucho que haya rechazado a los demás (no os necesito, no os quiero, no me afectáis), lo cierto es que quiero quererme y que me quieran. Pero de manera natural, sana y sin exigencias. Sin temores. Porque puede que acabe, pero no será un abandono. Y si alguien me abandona, yo ya no lo haré. Me quedo aquí. Mi raíz, ahora lo estoy descubriendo, está en mí, soy yo. Es mi corazón, porque por muy inteligente que soy, es mi alma la que me lleva. Si no siento, no existo. Pero ya no dejaré que mis sentimientos duelan, los cogeré en brazos y caminaré con ellos.
Y seguro que el profesor que me hizo pensar todo esto no sabía que no era fotografía lo que me estaba enseñando.