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domingo, febrero 23, 2020

Paseo

Tengo la manía de mirar las ventanas de los edificios. Imaginar cómo son las viviendas. Pensar quiénes las habitan, cómo son sus vidas. Idealizar, supongo.

No sé cuándo empezó esta manía, pero sé perfectamente cuándo se agudizó. Melilla. Mi primer intento de encontrar un hogar propio. Tardé meses. Me quedé paralizada y mientras tanto soñaba con un lugar mío, en el que sentirme en casa, segura, feliz. Lo que Virginia Woolf proclamaba décadas antes y que yo desconocía era mi anhelo secreto. Así que, mientras no era capaz de moverme, miraba. Contemplaba edificios y ventanas encendidas mientras paseaba, mientras iba al trabajo, mientras volvía de él, cuando salía. Observaba los edificios y las ventanas con sus cortinas y sus luces, a veces con sus siluetas de habitantes que siempre imaginaba con mejores vidas, con mejores elecciones, más felices.

También se despertaba mi curiosidad por saber cómo serían esos pisos, grandes, pequeños, espaciosos, decorados clásicamente, modernos, de familias enteras, de solitarias como yo,...

Ahora, que tengo el que puedo llamar hogar, sigo sintiéndome paralizada y me descubro de nuevo mirando balcones y vanos, preguntándome qué esconden, con ganas de llamar al azar a un telefonillo y decir: ¿me enseñaría su casa? Y pasear por ella como una niña luciendo vestido nuevo. 

Seguramente tiene algo que ver mi incapacidad para sentir que exista un hogar para mí. No sentí tenerlo de niña, me cuesta sentirlo ahora, aunque creo que lo tengo construido, en cierto modo. La angustia de rehacer lo que debería haber sido depurado hace años me convierte en la anhelante paseante que mira hacia arriba mientras camina y fantasea. Y siente que se le escapa entre las manos la posibilidad porque no es capaz de tenerla. 

Y también están mis ansias de ver todo edificio por dentro, descubrir recovecos, saber si están bien o mal construidos o distribuidos, averiguar cómo viven los demás, cómo sienten y cómo siguen cada día con sus vidas, cómo toman elecciones, si son felices, cómo son felices.

A la vez que pienso lo uno y lo otro me pregunto; ¿alguien más mirará hacia dentro?

viernes, mayo 13, 2016

Reflexiones de mañana

Soy una persona sencilla. Y normal. De tan sencilla y normal me ha pasado muchas veces que la gente me ha dicho que soy rara. O más bien, complicada. No me gusta que me digan complicada. Para mí tiene implicaciones en exceso negativas y que nada tienen que ver conmigo. Además, no comprendo por qué mi comportamiento directo, claro, expresando lo que siento o deseo en cada momento, lo que podría llegar a esperar de alguien (aunque no suelo esperar nada, me gusta simplemente vivir y ver dónde me lleva la vida, evitando expectativas en la medida de lo posible), puede llevar a que una persona considere todas esas características complicadas.
Tengo la sensación, cuando me ocurre eso, de que vivo en un mundo al revés. Parece ser que estamos absorbidos por una sociedad tan fiel a no mostrarse, que educa tanto a sus mujeres a que callen, que si alguien, yo, mujer, es directa, es precisa, no permite abusos si los detecta (ains, lo que me queda por aprender sobre opresión patriarcal), y dice claramente 'quiero una pareja, pero no vas a ser tú, al menos en este momento', automáticamente me convierto en una persona a la que es preferible mantener alejada. 
Ni siquiera voy a hablar de lo puta que pueden pensar que soy, simplemente porque el sexo no me parece un tabú. Ni que la mayoría de las personas (menos mal que existen minorías), piensan que por no verlo tabú lo practico a diestro y siniestro y con cualquiera (que no estaría mal, pero no es el caso). De hecho, para quienes me consideran una folladora compulsiva eso es lo peor del mundo mundial. 
Pero no, no voy a hablar del sexo. Hablo de ser sincera. De tener muy claro quien soy y no necesitar a nadie que me haga feliz. De caminar por la vida con el convencimiento de que la única persona que no me puede fallar soy yo. Resulta que ser así, que me ha costado muchos años y mucho esfuerzo, se convierte en un peligro para muchos hombres y alguna que otra mujer. 
Se sienten amenazados. Entonces vivimos en un mundo loco en el que la sinceridad da miedo. No se sabe lidiar con ella. No quieren que hablemos de sentimientos, pero es que ya no desean ni contemplar las opciones que nos ofrece el que tenemos enfrente. Intento pensar que no es que nos quieran obligar a hacer simplemente lo que se espera de nosotros (y por tanto, exigen dotes adivinatorias porque véte tú a saber qué tiene cada uno en su cabecita en cada momento). Pero tampoco les parece bien el diálogo, ni el silencio.
Es decir, no está bien hablar de hacia dónde vamos, pero tampoco está bien simplemente ver hacia donde vamos. 
Y, ¿qué queréis que os diga? Si no vale simplemente con ir viviendo y ver si el conocerse se convierte en amistad, la amistad en querencia, la querencia en amor y el amor es eterno (mientras dure), y tampoco vale hablar de qué queremos que sea eso que acabamos de empezar (amistad, folleteo, amor, incógnita); pues me salgo del juego.
Porque, a todo esto, yo a lo que iba, simplemente, es a vivir, conocer gente, disfrutar de compañía cuando me apetece salir de mi soledad, y no comerme el tarro más de lo que lo hice hace unos años, cuando no tenía tan claro quién era.

sábado, febrero 27, 2016

Mi precipicio

Aterra. Estar al borde del abismo. Sentir el viento gélido que golpea la cara y la llena de vida por el contraste del corazón palpitante. Da un vértigo de los que mariposea en el estómago y revoluciona la cabeza, que da vueltas y vueltas y vueltas en un torbellino del cual sólo conoces el punto inicial: el precipicio frente al que te encuentras.
Siento el miedo, y lo abrazo, lo acaricio, dejo que me invada y reposo mi vida en él. Porque ése es el acantilado ante el que estoy dando el paso. Mi vida. Hubo un tiempo en que creí tenerla controlada. Sabía a qué quería dedicarme, sabía qué persona quería a mi lado (y estaba), no había dudas del lugar donde residiría. El espejismo duró años, incluso después de romperse varias veces.
Pensé que había llegado a acostumbrarme a la incertidumbre, y posiblemente a ella sí que esté acostumbrada. A lo que no me acomodo es a la duda. Al no saber, más bien, al no saberme.
Pero me dejo balancear por los aires de cambio que llegaron sentada en un aula con la luz del sol entrando a raudales y despositando en mí una sonrisa que luego fueron lágrimas. 
A veces lluevo. O arrecio. Ríos que me desbordan y se llevan todas las hojas atascadas en mi, por qué no decirlo, en ocasiones retorcida e imbricada mente. Me desvío del miedo. Abrazo el miedo. Hacía tiempo que no apreciaba el valor de tener frente a mí un mundo de posibilidades. Yo misma las había recortado y había puesto delante de mí las anteojeras para cerrar puertas, ventanas, rendijas y salidas que me aireasen. Me estaba momificando viva.
Me aterro y me alegro por ello. He sabido confundir muy bien raíces con ataduras con las que he apresado mi propio cuerpo y mi capacidad de conocerme para hacerme creer que estaba ahora. No estoy. Y mucho menos en este momento.
Así que, aquí, al borde del precipicio, con el deseo de ser capaz de agarrarme a él por mí misma si hace falta, como pude hacerlo de una barra hace un tiempo, me paro. 
Para ver lo de fuera, toca primero observar dentro. 

sábado, enero 16, 2016

Muerta

Preferir estar muerta. Sentir el cálido abrazo del satén que forra la madera. Mirar desde abajo. Ver desde la tierra cómo los demás se afanan por alejarse de ella. Observar pasos que pisotean el terreno que ahora soy. Menos doloroso que cuando respiraba y era mi apariencia. 
Palpar el vacío, oír el silencio. No hay lágrimas, no hay sonrisas, no hay nada. Sentir nada.
Ausencia. 
Sin presencia no duele. Tampoco hay alegría. Existe la calma. La paz de la inexistencia. 
Si ya no estoy, no preocupa. No molestan desapariciones, no me decepciono, no hay engaños. Hay tierra. No hay yo. Sólo los tú que siempre han sido más importantes. Los vosotros que han plagado mis días para que yo no existiera.
¿Qué hay de malo en la muerte? Mi vida ya es ausencia.

sábado, diciembre 12, 2015

Estoy

No siempre se puede seguir el camino aprendido. Sobre todo si se aprendió tarde. Sirven los puñetazos a los cojines por no partirle la cara a alguien. Sirven las lágrimas derramadas en silencio sobre el ordenador, los apuntes o una misma. Sirve conocerme. Sirve saber que no es real, que solo está en mi cabeza. 
Pero todo ésto es el camino aprendido. La senda natural tira mucho, para el monte que suele ser un despeñadero con caídas en picado que apenas puedo frenar porque me prohibieron colgarme de los precipicios para no hacerme daño. Las heridas ya me las había hecho yo.
Al menos me quedan las viejas amigas. Palabras que vomito en el teclado para dejar que todo se vacíe. Llevo más de un año dejando espacio. Pues aún queda, por lo visto. No sé disfrutar ni de mí misma, aun cuando fue justo eso lo que dije: me voy a dejar disfrutar un poco. 
Ahora, con los apuntes a mis espaldas, me recuerdo: es divertido. Intento que lo sea de nuevo, porque, si no, la angustia me aprisiona de tal manera el pecho que empiezo a no poder respirar. Recuerda las asanas. Recuerda la consciencia. 
La vida es fácil. 
La vida es fácil y rompo con mi tendencia natural de complicarla. Porque no hay nadie más que yo. Y es bonito. 
Tengo que ser agua y fluir, pero no dejarme llevar, porque me creo que mi cauce son recovecos intrincados, cuando soy yo la que construye los muros altos para saltar. 
Me dejo caer, pero por una vez en la calma. O no, pero escucho la música para dejarme mecer y dejar ir y fluir. Dejar ir.
No sé dejar ir o cómo soy capaz de engancharme a la más nimia cosa que me haga daño. Sobre todo personas. Venga, os abro la puerta. Si hace falta voy a empujaros a patadas. Los puños ya están acostumbrados por aporrear cojines. 

domingo, febrero 09, 2014

Palabras que nacen

Abismo estela luna camino subida lágrima destino sueño despertar ansia deseo voluble pasión amor dolor sangre herida respuesta incógnita duda aventura sentido lucha derrota voladura respiro oculto claro directo sencillo complicado duro suave pequeño abrazo mano roce caricia beso roto espejo luna brillo estrella sol alegría luz nacido barco mar

martes, febrero 04, 2014

Camino

Los caminos se bifurcan, se enredan, se dividen. En algunas ocasiones se encuentran, siguen juntos, se separan. Hay caminos muy anchos, por los que gusta caminar, y otros estrechos, que asustan para luego resultar ser lugares acogedores por donde pasar se convierte en una aventura risueña. Hay piedras en las sendas, o puentes caídos, castillos que acechan en sus lindes, lagos tranquilos.
Hubo quien dijo que se hace camino al andar, pero la mayoría miramos primero para saber si hay baldosas amarillas que nos marquen la marcha. En ocasiones, simplemente para saltarlas y pasar a su lado hacia otros espacios que nada tienen que ver con el que parecía nuestro sueño. Porque seguimos soñando mientras caminamos y cambiamos de idea, y volamos, saltamos, nos tropezamos.
Existen rutas hacia el horizonte, otras se desvían para tropezar con lo que nunca pensarías. Hay senderos secretos que descubres por suerte y te adentras, para saber si allí a lo lejos, hay duendes. A veces crees haberte caído sobre brujas y sólo ha sido una gran pendiente, o te deslizas feliz y olvidas que adelante no hay nada perenne.  
Lo elijas o te escoja, caminas por rutas. Avanza sin miedo para no perder el sendero. Adelante. Siempre.

jueves, enero 09, 2014

El tiempo

Miro fotos mías de hace un año y las de ahora y parece que se me vinieron de golpe los siete años que paso de los 30. No sé si es cansancio o que la edad realmente se te echa encima de forma repentina. La cuestión sigue siendo la de siempre. Mirarme y no reconocerme. Es decir, mirarme y no ver en el espejo la persona que soy dentro de mí. Las ideas, ideales, proyectos, sueños... parecen mucho más jóvenes y prestos de lo que me veo a mí misma. Y me pregunto que si este salto de edad interna y externa será para siempre, porque si es así no sé si Peter Pan debería empezar a pensar en coserse otra sombra, que dé más lustre y vivacidad.
Quizás sólo han sido los últimos meses que me han machacado físicamente, pero, sobre todo, internamente. Puede que sólo se trata de necesitar unas vacaciones, incluso de mi cabeza. Una vez más vuelve a mi mente la anécdota repetida por mi madre: con tres años le pregunté cómo se podía apagar el pensamiento... La verdad es que empiezo a necesitar un botón de Off. 
A ver si consigo retomar mis rutinas y me olvido de mí. Y de mis comeduras de tarro tontas. Porque hay que ser idiota para equivocarse a sabiendas y seguir en ello... Al final, tan ofendida siempre porque alguien insulte mi inteligencia, y la primera que la echa por tierra soy yo misma.

martes, enero 07, 2014

Familia

Nunca me sentí en familia en la mía. Antes ni siquiera me sentía parte. Con los años, hubo momentos en que tuve la esperanza de que lo seríamos, una familia. Pero luego la ilusión se deshace. Están ahí, mis hermanos (algunos más, otros menos), mis padres (en acuerdo o en desacuerdo). Y yo estoy, cuando me necesitan. Pero no los siento familia.
Tuve la mía propia. Una vez. Éramos dos, pero éramos familia. Y la de él se convirtió en la mía. Bueno, eso me ha pasado siempre. Las familias de ellos me adoptan como una más. La gente pensaba que yo era hija de mi primera suegra porque hasta nos parecíamos físicamente o eso decían (Freud seguro que habría tenido mucho que decir al respecto).
Cuando no tengo pareja, muchas veces me siento huérfana. Parece que, aunque siempre lo niego, sí soy familiar, y que cuando no tengo esa minifamilia que yo misma creo, estoy algo perdida. Aunque me repongo rápido. Porque cuando me pasan esas cosas que la mayoría corre a contar a su madre, o a su padre, o al hermano mayor, yo tengo a quien llamar. A varios a quien llamar. Y sé que responderán. Y estarán. 
No sé por qué hay personas que me hacen sentir en casa y personas que no. Ni por qué con algunas me pasa al instante y otras tardan un tiempo en convertirse en hermanos. Pero me ocurre. Sucede que me siento niña protegida y me relajo al lado de unos; que con otros me parece ser la hermana mayor y me gusta serlo; que me dejo cuidar y cuido, sin juzgar, sin pedir nada a cambio, incondicionalmente. Como con la familia de sangre.
Una vez una psicóloga me dijo que no tengo que querer a mis hermanos sólo porque lo son. Me dejó anonadada. Pero es cierto que podemos tener hermanos que tengan aquellas cosas que nos sacan de quicio y nos repelen. Podemos estar porque son de nuestra sangre, pero no tenemos que quererlos ni llevarnos bien.
Por eso mis amigos son mi familia. A ellos los quiero. Son afines, aunque tengan cosas muy distintas a mí, son mi refugio, mi hombro en el que llorar, con quienes compartir la risa. Nos elegimos.
Y, aunque sé que mi familia de sangre está y yo estoy para ellos, me he dado cuenta de que necesito crear la mía propia. Y ni siquiera quiero hijos. Supongo que, simplemente, añoro un hogar que sea el mío.

jueves, diciembre 05, 2013

Oleadas

Arrastraba los pies. Como metáfora del peso de su alma, dirían algunos. Pero no, sólo arrastraba los pies. Estaba cansado de sentirse cansado. Así que arrastraba los pies. Y no pensaba. Ese habría sido el logro del día si no fuera porque haberse dejado las gafas sobre la mesa lo había superado. Dejarse las gafas era importante. Así no pudo ver lo que se le venía encima.
En realidad daba igual verlo o no, se le iba a venir encima de todas formas, no se puede huir de un tsunami. Pero no verlo le daba una cierta ventaja: la de la ignorancia. El saber está sobrevalorado.
Pero ahora él no estaba en eso. Estaba en arrastrar los pies camino de ningún sitio. Es un buen lugar, ese ningún sitio. Pero a veces está petado. Mucha gente se siente en casa allí. O no se siente en casa, pero acaba allí igualmente. Cosas de la vida. 
Así que andaba, arrastrando los pies, hacia ningún sitio y rodeado de gente. Sí, había mucha gente ese día. Él lo habría pensado, pero no pensaba. Entonces le dijeron hola. Vaya, eso le obligó a usar la cabeza. Podría haber contestado mecánicamente, pero entonces no habría pasado todo lo demás, así que su mente se activó. Miró y vio esa nebulosa que da el ir sin gafas. Pero sonrió. Y se puso a hablar.
Esa conversación que fue el inicio del dejar de arrastrar los pies, de no pensar... Afortunadamente las gafas seguían en la mesa... Donde las encontró la catástrofe.

sábado, septiembre 14, 2013

STOP

Y no precisamente en el nombre del amor... 
Empiezo a cansarme de estas continuas llamadas de atención del, llámemosle, Universo, para que pare. Cansada porque más que llamadas son brutales golpes que me dejan exhausta y sin entender muy bien a qué viene tanto alboroto.
No lo entiendo. En serio, ya no lo entiendo. He parado tanto, reflexionado tanto y reorganizado tanto mi vida este año (desde desaparición de las redes sociales para lograr el equilibrio hasta dejar de entrenar pasando por cosas que ya ni enumero) que, sinceramente, empiezo a pensar que todo esto es una broma pesada de algún mal karma que tuve que tener...
Porque soy una buena persona. Lo soy.Y, en serio, ¿tan acelerada es mi vida? Yo diría que no. Si me paro un poco y miro alrededor quienes hacen verdaderos malabarismos y machacan sus cuerpos y mentes son quienes tienen hijos y no paran de trabajar, y criarlos, y cuidarse, e intentan mantener las amistades, y vida y...
Y yo no hago mucho más que sobrevivir. Bien, pero sobrevivir. 
Así que, quizás el universo, karma, o lo que quiera que sea, más que pararme a hostias debería remitirme un mail, carta, mensaje en botella o discurso de desconocido (porque los conocidos ya sé qué piensan y me dejan igual de perdida o encontrada) que sea claramente comprensible para mi pobre mente mortal, que, o bien ya ha perdido todas las neuronas con el tinte, o es que intento ver señales donde no las hay y, simple y tristemente, esto es lo que llaman vida. 
Porque si aún me queda por aprender algo, sinceramente, no lo pillo. Así que, energías del mundo, en serio, quizás sería más fácil si me mandáis un whatsapp y, por un tiempo, sois vosotras las que me dejáis a mí tranquilita. 

miércoles, septiembre 11, 2013

Redecidir

No sé si es ya la cuarta o quinta vez que tomo la decisión. Que lo siento muy dentro, lo reflexiono y decido. Me doy cuenta de que tener a mi lado personas que no saben apreciarme, que no me ven, en realidad, sólo me trae daño, máxime cuando esas personas verdaderamente me han hecho daño, aunque fuese involuntario.
Y ya, cansada de tanta decisión y redecisión, no sé casi si expresarlo o mejor dejarlo en un recóndito lugar de mi mente para ver si, de forma definitiva, se convierte en realidad, o, más bien, saco la fuerza de voluntad suficiente como para mantenerme al margen. O firme. Alejada.
Porque no valió borrarte, así que lo intenté volviendo a tenerte en mi vida, pero entonces volviste a hacerme daño, pero, sobre todo, me enfadaste. Y me abriste los ojos. Tú mismo. Así que, quizás, está vez sí sea la definitiva. El punto en el que deje de imaginar presentes que no existen ni existirán, porque ni siquiera yo los quiero. Porque no es lo que quiero. Así de simple.
Absurdo cómo personas que no están tan dentro se quedan más enganchadas que las que de verdad fueron amor. Más fuerte que una enredadera. Creo que ha llegado el momento de la poda.

lunes, junio 04, 2012

El placer de cocinar

Nunca he sido capaz de hacer bien nada manual: las actividades de la antigua 'Plástica' del colegio eran un suplicio que marcaban mi nota más baja; no sé hacer punto, ni coser, ni hacer ganchillo y ni siquiera fui capaz de terminar un cuadrito de punto de cruz que empecé con 9 años y que sólo requería poner los hilos del color del dibujo que venían en la plantilla, ya agujereada para hacerlo más fácil.

Pero, entonces, me hice adulta y descubrí la cocina. No me gusta comer. Sin embargo, cuando, por las circunstancias de la vida (vivir sola) tuve que empezar a cocinar, descubrí que sí hay una tarea que requiere destreza manual y que soy capaz de hacer: transformar ingredientes en comida. 

Me encanta buscar la receta o pedirla y apuntarla. Buscar los ingredientes, lavarlos, cortarlos con mimo, porque 'Como agua para chocolate' me marcó de por vida, cocinarlos primero por separado e ir añadiendo el resto de ingredientes, creando una amalgama de sabores. Oler lo que corto, retocar la receta (soy incapaz de seguir una receta al pie de la letra, salvo, quizás, las de una de mis hermanas); experimentar con las especias o con las combinaciones de sabores, texturas, ingredientes...

Me relaja todo el proceso. Hasta el de ir a hacer la compra. Me gusta pensar en que no sólo seré yo la que disfrutaré la comida. De hecho, cuando cocino suelo perder parte de mi apetito, no así las ganas de ver a alguien saboreando lo que he cocinado. O no verlo, pero saber que alguien podrá decir si le gusta.

Soy extremadamente perfeccionista y sé que mi cocina podría mejorar. Pero ahora me quedo con el placer de verme entre cuchillos, sartenes, cacerolas y fogones. Estar atenta, tener la paciencia de cocinar durante tres horas un arroz con leche; o mimar mis albóndigas; o probar a hacer un pisto con nuevos ingredientes. O casi inventar recetas.

martes, mayo 29, 2012

No me gusta cuando la melancolía se posa sobre mi alma y me oprime el corazón.

Preferiría que no volvieran viejos fantasmas que convierten mi soledad buscada en una soledad repleta, en la que me es difícil moverme.

Me cuesta salir de esos estados en los que la compañía no existe porque mi mente está demasiado ocupada en no estar y buscar lo que parecía haber encontrado.

No puedo explicar la sensación de vacío, porque realmente lo que hace es llenarme, saturarme, impedirme pensar con claridad y convertir cada tarea en un mundo, porque no parece haber forma de salir del círculo.

Porque es eso, ciclos que vuelven y van y, al menos, ya no me amargan ni entristecen. Sólo me dejan como la flor mustia en el calor del mediodía, el árbol que pierde las hojas y dobla las ramas para taparse, la marea que parece que no va a volver nunca porque baja y baja (aunque sea para subir en otro sitio).

Y mis raíces tiran de mí hacia dentro, porque necesito parar, tomar aliento, respirar y elegir de nuevo la dirección, porque me gusta seguir sola, pero extraño el cariño.

Se juntan las ansias y los anhelos con la realidad y todo parece confuso, aunque los ojos lo vean nítido. Y sólo me apetece dejarme llevar, pero por nadie más que por mí misma y mis pensamientos, aún a riesgo de volver a perderme en mi interior.

Me gusta saber que conozco el camino. Al menos así, el ciclo parecerá más corto.

sábado, mayo 12, 2012

Siento los dedos y la mente inquietos. Con ganas de escribir, pero sin encontrar las palabras. Parezco saber lo que quiero soltar, pero entonces, dudo, y no sé si es eso lo que quiero que el texto haga visible o simplemente son pensamientos sin hilos que corren por mi cabeza y me sobresaltan.
No sé si es la sensación de que me equivoco, o de no entender algunas cosas y frustrarme por no entenderlas.
O es las ganas de llorar que parece que no me abandonan, porque las lágrimas suben rápidas a mis ojos, a veces sólo con una nota de una canción, con ver de refilón un nombre, o simplemente, porque sí.
Se puede estar feliz y triste a la vez. Más que tristeza es un pesar, una sensación de volver a fallar, aunque no sea yo.
No se puede esperar todo, pero lo espero. 
No se puede soñar, pero sueño y con el sueño vuelo, y en el sueño, me elevo.
Se puede todo, porque se quiere. Pero sigo sin tener claro que lo que escribo es lo que quiero decir. Puede que sí. Tal vez, no. 
Pero no desespero.

sábado, mayo 05, 2012

La Marilyn que hay en mí

Voluptuosa y sensual, carnal, sexy, extrovertida para esconder la timidez, insegura, icónica.
El rubio trae algo más que pelo claro.
La imagen proyectada varía.
La seguridad ¿ayuda?
Las ganas de cambio.
La vuelta de la energía.
Las ganas de vivir, vivir, vivir hasta el tope, porque siempre ha sido así.
Las noches que activan el cerebro.
El cuerpo que siente, vibra, quiere, pide, da, acaricia, abraza.
La sonrisa perenne, que puede con la tristeza.
Las lágrimas de alegría.
La risa contagiosa que tira al suelo.
Gustar.
Que guste.
Curvas inexistentes que están ahí.
Gesticulación.
Expresividad.
Miradas.
Decisiones.
Y por un compendio de circunstancias y pensamientos, Audrey cede el paso a Marilyn, sin abandonar del todo la escena.

domingo, abril 01, 2012

La sensación de pasar las manos por las páginas de un libro que vas a empezar sólo podría comprenderla quien siente lo mismo. El sentimiento que provocan las primeras palabras que empiezas a leer podría compararse con las mariposas del enamoramiento.
Para mí cada libro es un mundo. No sólo una historia, un mundo en el que perderse, reencontrarse, buscarse o reinventarse. Un lugar en el que olvidarse para no ser encontrada, o un camino para salir hacia donde no sabías que querías dirigirte.
Da igual que pase temporadas de apenas leer o que lea de forma convulsiva o compulsiva.
Las palabras siempre me esperan, las palabras siempre están ahí como refugio.
Como leí hace poco: "Cansado de no entender la soledad que le rodeaba, se refugia en la lectura como si fuese el hogar que nunca tuvo". Pero con una pequeña diferencia. Para mí los libros siempre fueron mi hogar, siempre lo tuve.

domingo, marzo 18, 2012

Intensa

Soy muy intensa. Apasionada. No sé cómo no serlo. No puedo ser apasionada para unas cosas y para otras no. Ni dejar de darlo todo en lo que me interesa, me gusta, me engancha. Esto podría parecer bueno. Pero no lo es siempre. Canso. Canso a las personas que me quieren y me rodean. Asusto a los que no me conocen.
Pero soy así. No quiero dejar de ser así. Quizás me consuma rápido, como las cerillas. Pero no puedo dejar de ser lo que soy.
Si quieres mi pasión, acostúmbrate a mi intensidad.

martes, febrero 21, 2012

Escribir para liberarse. Para dejar la cabeza vacía y las palabras llenas. Ensuciar las hojas.
Dejé de escribir porque creía que así viviría más.
Dejé de escribir porque no quería volcar siempre pensamientos tristes.
Pero si escribir es el consuelo, dejar de hacerlo puede llegar a oprimir el pecho.
Adoro las palabras. Desde siempre.
Me acompañan, me definen, me construyen y construyen mi realidad.
Voy a volver a ellas.
Ellas nunca me dejaron.

domingo, octubre 16, 2011

Al final estudié. No tanto como hubiera debido, como se han visto en los resultados. O hay una hecatombe y todos los que se presentaron estudiaron menos, o este año, por tercero consecutivo, me quedo con las ganas.
Como quiero ser positiva, diré que, al menos, he notado mi estudio: mucho mejor resultado que el año pasado y más tranquilidad al responder.
Pero, sinceramente, empiezo a cansarme. Aún me queda aprobar esta promoción, esperar dos años y aprobar otra más para poder tener un sueldo decente y poder salir de mi organismo, que me tiene frita (por muchas razones, algunas de ellas relacionadas con quienes conviven en mi oficina día a día conmigo. No, no tengo amigos en el trabajo).
Pero bueno. Ahora sé que si empiezo ahora lograrlo puede ser un hecho en 2012... Si convocan.
Ay, virgencita, que convoquen.