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sábado, agosto 28, 2021

Suelta lastre

Pocas veces le había entendido. A lo largo de los años lo había intentado mucho, quizás demasiadas veces, porque ahora se sentía muy perdida y con un sabor amargo en la boca. Era el desenlace esperado desde el primer día, aunque no por conocerlo había sido capaz de tirar la toalla.

En lo que era afortunada es en no haberse aislado. Igualmente, comprendía que, a pesar de sus idas y venidas, había perdido: oportunidades, sueños, compañías, ¿una existencia distinta y mejor? Era consciente de que las vidas posibles suelen resultar muy atractivas, porque de ellas borramos cualquier rastro de desgracia, tristeza, tragedia. También sabía que, por eso, son patrañas imaginadas en la cabeza, buenas para hacer un tablón de objetivos, malas para aferrarse a ellas y considerarlas una verdadera posibilidad. No lo son. 

Lo miraba perpleja. Él tenía sus profundos ojos verdeazulados mirándola fijamente, penetrando en sus pupilas para descubrir sus más escondidos pensamientos. Siempre había tenido esa sensación con él, por mucho que el tiempo juntos le hubiera dejado claro que no podía hacer algo así. Sí conseguía detectar cualquier mínimo cambio en ella y preveer su reacción antes de que la hubiera pensado. Esa circunstancia le daba miedo y le resultaba tremendamente atractiva por igual. Quizás era una de las razones por las que había vuelto a él tantas veces, o nunca se había ido del todo. 

Y allí estaba, desconcertada. Nadando en esos iris mar Mediterráneo y sin querer volver a preguntar. Asombrada de su propia reacción. Ahora lo entendía. Él siempre le había hablado con la voz tapada. Y ella no había podido descubrir cómo liberarla para comprenderle. Así de simple. Y lo cierto es que ya estaba cansada de intentarlo. 

Se giró para dar media vuelta en silencio y se fue. Esta vez fue el rostro de él en el que se percibió esa alteración mínima que mostró, por primera vez en todo ese tiempo, estupor y miedo.

Para Javier Rojas, cuyas palabras inspiraron este relato.

domingo, julio 04, 2021

Ver

 

 
 

Contemplaba la belleza de los edificios, la característica luz que acariciaba los naranjos y la Giralda, paseaba por el parque María Luisa respirando su frescura, callejeaba por Santa Cruz para pederse sin miedo. Toda la vida queriendo salir de allí y ahí estaba, de nuevo, no por gusto, si no por trabajo, y a la vez, sintiéndose mas cómoda de lo que se había sentido nunca en esta ciudad. 

Sin embargo, las ganas de dejarla atrás, de vivir en casi cualquier allí, cerca del mar, con entornos más cercanos a ella, más acordes a sus gustos y maneras, permanecía. Al fin y al cabo, desde niña la habían señalado como si fuera una extraña, una extranjera o alguien que no hubiese nacido aquí, cuando la realidad es que era trianera de nacimiento. 

No sabe si empezó ella sintiéndose sin raíces o la desenraizaron quienes insistían desde que recordaba en que no pertenecía, que era una outsider. De hecho, realmente su primer grupo de amigas lo tuvo fuera. Y ahora que lo tiene aquí es porque la mitad son de otras ciudades, otros lugares. A su vuelta, las amigas que creía conservar acabaron por no estar. No por falta de ganas de ella. Y las nuevas, en realidad no llegaron a ser amigas, o solo un tiempo.

«Sevilla apesta a sudor de torero». Al leer esa sentencia comprendió que resumía el sentimiento que le producía su localidad de nacimiento. Por qué se había sentido así desde la más tierna infancia no lo sabía, pero la realidad es que era esa sensación de mundo ajeno, personas con mentes incomprensibles para ella y, por tanto, la suya incomprensible para las demás. 

¿Era malo? ¿Es malo? Sólo durante aquellos años en los que le afectó hasta dejarla en completa soledad, sin amigas, sin lugar en el mundo. Ahora, reconciliada con la ciudad que la vio nacer, con personas raíz que la sujetaban, sostenían, acompañaban y querían, sentía que podía respirar. Sabe que no se quedará aquí para siempre. También que no necesita ponerse plazo porque ya no tiene que huir. 

Al no tratarse de una fuga comprende que será sencillo y que tendrá su momento. Que puede disfrutar del camino y la estancia, la espera y el convencimiento. 

Para ella el olor de Sevilla no será el de azahar. Sin embargo, permanece.

Para Beatriz López Gallego, autora de la magnífica ilustración del texto y que me permitió usar su frase para crear esta historia.

domingo, mayo 02, 2021

Aire

 El viento agitaba su cabello y su vestido como a los árboles, arbustos e hierbas altas. Las nubes corrían casi tan veloces como ella, con la respiración casi cortada y aún suficiente. Era uno de esos días en que puede llover o ser tan claro que apenas puedas abrir los ojos, cegada con la luz. El día perfecto para lanzarse por la pradera y el bosque.

Sólo miró atrás una vez y sonrío. De hecho, no dejaba de hacerlo, mientras daba bocanadas cada vez más grandes y más felices. Corría y corría, sintiéndolo todo: la suave pendiente, las ráfagas de aire, el sol jugando entre clarosocuros nebulosos, cada centímetro de su piel al aire y bajo la suave tela de su ropa. Los pies en flexibles zapatos dando pasos cada vez más rápidos y seguros.

Paró de golpe, al borde del acantilado, donde el mar sonaba allá abajo, fuerte. Gritó a todo pulmón sólo para sentir que era enormemente minúscula. Y empezó a reír, a carcajadas, doblándose por la cintura, respirando con tanta ansia como el mar se batía contra las rocas.

Libertad. 

Libertad única, sola, loca, apacible, a manos llenas y tragos largos. 

Libertad también en compañía. Él se había rezagado porque le hacía feliz verla a ella correr, reírse, llorar de risa, volar sobre el prado, como si fuera a lanzarse por el risco, seguro de que no lo haría y podría llegar a cogerla, abrazarla, dejarse beber a besos, beber al mismo tiempo.

Cayeron al suelo riendo y entrelazados, comiéndose entre carcajadas, suspiros, ansias. Cada uno había venido por su camino. Ambos en paralelo y divergentes, todo a la vez, como querían abrazarse, desnudarse, recorrerse, besarse, morderse, sentirse y gozarse. 

Libertad y felicidad compartidas y únicas para cada uno.

Para J.M. cuya pieza y ejecución me trajo este viaje.

domingo, abril 11, 2021

Claros y nubes

Consciente.

De cada célula de su cuerpo, del roce de la ropa en la piel, el suelo bajo sus pies, su propio peso, qué siente.

Una sonrisa se dibuja, sutil, en su rostro. Los ojos, con nubes tristes que van y vienen, a ratos cerrados para apreciar(se) con más claridad. La respiración que se calma en ese estado, la mente que logra parar unos segundos y de ahí la sonrisa.

Saber que es hogar y comprender que quiere a alguien que sea hogar. Un hombre. Tener muy claro que, desde niña, ha sido su propio puerto, que la felicidad está igual de presente en su soledad. Aceptar que ahora, después de más de un año sin abrazos, quiere ese regazo en el que descansar la cabeza, ese cariño entre unos brazos que miman.

Tener la fuerza de decir no. Diez años de aceptación del deseo del otro, la propuesta del otro que son muchos, de sentirse vacía tras haber pensado que sería suficiente, que es el aperitivo antes de un plato principal que no ha llegado por ahora. Quizás porque sus ojos y su tacto estaban posados sobre esos entrantes que se convirtieron en el todo ausente que tenía.

Recordar el abrazo con hueco donde descansar el peso sobre sus hombres, el sostén en las piernas en que reposaba la cabeza para dejarse acariciar el cabello. Demasiado tiempo sin esa serenidad de carantoñas, caricias en ambos sentidos. 

No es lo mismo querer sola que acompañada.

Está segura de que no buscará un hogar que ya tiene. Tiene claro que encontrará esa otra intimidad que anhela.

 Para Freya, cuya conversación y escucha permitió nacer este texto.

jueves, abril 01, 2021

La cuerda

Medio viva. Como la niebla que se disipa, como la marea baja que deja a la vista lo que esconde el agua, como el rayo de sol que atraviesa un cielo de nubes y crea un camino figurado al paraíso. Estoy medio viva. Esa certeza llegó a mi cerebro y la abracé al comprender que es donde estoy desde hace más de un año, pero especialmente desde hace unos poquitos meses.

Vivo a medias porque la mayor parte de mí ha vuelto a ser quien era, quien soy, y el resto aún olvida si yo era/soy risueña, triste, alegre, y tampoco está por la labor, aún, de convertirse en la nueva persona que soy tras mucho trabajo personal para dejar la crisálida de la ansiedad y ser una mariposa con más colores que antes.

Estoy medio viva y necesito más, porque esto me agota y me impide vivir mi vida, no la de antes, esa es irrecuperable y no estoy segura de si la querría de vuelta, si no la vida que tengo ahora, que soy ahora porque he crecido en el sufrimiento.

¿Estar medio viva es respirar a medias? ¿Perder los sueños y quedarse con pesadillas que no entiendo? ¿No ver la puerta que me permitirá volver a estar dentro y rodeada de personas sin acabar temblorosa y con ganas de regresar al nido, al vientre, a la cama cuyo edredón protege como si fuera puerta blindada?

Por ahora es todo eso y la desgana de cocinar, comer, escribir, leer, ver. Me quedan algunas para hablar con amigas, dejar que me acompañen para dar otro pasito más. 

Aunque hoy escribo. Hoy me he sentado aquí a deciros, decirme, que si sé dónde estoy también sabré hacia donde dirigirme. Abrir balcones desde fuera que atravesar con paso firme y mirada serena. A pesar de haber perdido la esperanza una y otra vez, de querer rendirme y no poder, porque no importa lo hundida que esté en las arenas movedizas, mis manos se agarran a cualquier cosa, mis piernas patalean hasta que comprendo que la solución es quedarme parada. 

Medio vivo. Ahora eso tendrá que ser suficiente para coger fuerzas. 

 

Para Rosa G., cuya clase de ying yoga me iluminó

lunes, marzo 29, 2021

Cajón perdido

Hay quien lo llama precipicio. Agujero negro, vacío, desierto interior, son otros de los nombres que se le dan. Incluso pozo sin fondo u oscuridad absoluta. No sé qué apelativo escoger. Cualquiera me valdría si alguno de ellos lo hicera más pequeño, que cupiera en un bolsillo y lo pudiera meter en el cajón de los pañuelos (que no tengo) y olvidarlo como los chales que nunca uso. Sorprenderme de verlo, como los chales. y volver a dejarlo allí dentro porque no es una buena ocasión para usarlo.

Sin embargo, aún no he encontrado forma ni nombre para hacerlo desparecer. Me veo, otra vez, en la senda que me obliga a mirarlo, sentirlo y aprender. Asimilar de nuevo e intentar seguir creciendo, aunque no me vea capaz, como tampoco me veo como persona que se regodee sin más y espere que se vaya por arte de magia.

Así que lo miro, me miro, a la cara. Puedo acabar destrozada o no, pero ya dura menos. Cuando pasa el dolor, aun herida, estudio, a él y a mí en él, observo, tomo notas mentales, busco las herramientas que me dieron, respiro, siempre, respiro, y procuro no dejarle que me trague hasta ese momento en el que sé que tendrán que venir a tirar de mí, aunque sea yo quien haga la mayor parte de la escalada.

No es que me importe que me ayuden. Es que llevo demasiado tiempo contemplando el oleaje intenso y enfadado del mar como para seguir teniéndole miedo. Conozco sus idas y venidas, incluso las imprevistas tienen un patrón, un espacio oxigenado en el centro en el que respirar y ver la luz a través del manto de agua que se cerrará sobre mí y me arrastrá, en el mejor de los casos, a la orilla. En el peor, al fondo, pero ya pillé el truco de tomar impulso desde dentro.

He acabado por aceptar que, con menos intensidad, con más fuerza por mi parte, me acompañará de vez en cuando. Sólo que ahora no vendrá por sorpresa, aunque tampoco llame a la puerta. Percibiré su llegada en pequeños revuelos de mi interior, diminutas huellas que apenas se perciban y detecte; esa sensación de que he vuelto a perderme (de mí). Entonces no será necesario que llegue a lo más hondo, tendré una barca preparada, un avión, una luna sujeta. Mi lucero, aunque sea intermitente, como un faro que me salve de escollos.  

Sin embargo, duele. Y cansa. Me dejo acunar por mí misma y duermo en mis brazos, como refugio propio para despertar de nuevo con el brío necesario para continuar. Dejar el miedo y encenderme con esa luz que me cuesta tanto encontrar. Continua, porque ella es tan mía como él, y ya sabemos que el sol siempre gana.



sábado, noviembre 14, 2020

Cuando él toca el piano

 Desde ese rincón, desde el que busca protegerse, de la noche, del dolor, de la sangre; observa. Contempla la oscuridad que se cierne sobre ella, hasta que la luz resquebraja tímida y con fuerza las tinieblas desde ese punto en su pecho que cree detenido desde milenios.

Sin embargo, nunca dejó de palpitar en ámbar vivo, en lava ardiente e inocua que la recorre y calma los estremecimientos del miedo ancestral que se enraíza en ella, por más que arranca una y otra y otra vez las malas hierbas.

Vibra con aquella melodía improvisada y la esperanza avanza a través de la tristeza. No pierde las lágrimas. Encuentra el arcoiris en ellas y puede seguir, así, mirando esas nubes negras sin olvidar la calma después de las múltiples tormentas que la arrasaron.

Siente el abrazo tierno y protector con las notas que tiemblan en la punta de sus dedos y necesitan salir y ser libres, sonar libres, compartirse por el aire infinito y llegar a los corazones sensibles a ellas. Hay quien no sabe escuchar y hay quien escucha aunque no quiera. 

La lágrima roza el labio entreabierto entre el sollozo y la sonrisa de comprender la compañía, la protección, a veces proveniente de ella misma, a veces de unos brazos amigos. Sigilosos se acercan para dar consuelo, ser el paraguas que refleja la luz interna.

Ahí también reside su belleza.


Para Jetro Molina. La inspiración llegó desde las yemas de sus dedos acariciando las teclas.


viernes, julio 24, 2020

Contacto

Tumbados, juntos, en la lánguida penumbra del verano. Con esa pereza rica que se permiten a veces. Recorriéndose en caricias suaves, sin apenas tocarse, pero lo suficiente para sentir el placer de la piel respondiendo a ese contacto y los centros neuronales contestando con gusto.

Los ojos semicerrados, dejándose llevar por la indolencia del calor, disfrutándose con los arrumacos mutuos y propios. La ternura recorriéndoles a ambos y con miradas de deleite. No necesitan nada más, solo sentirse, dejarse llevar como si tocaran el piano en el cuerpo del otro, convirtiendo sus figuras en la magia que se encuentra dentro de ellos.

La respiración se ha calmado y no hacen falta palabras. De hecho están en un silencio gustoso y lleno de significados: amor, cariño, complicidad, confianza. Todo lo que son juntos e individualmente resumido y condensado en mimos. 

La tarde va cediendo, notan los cambios de luz proyectados en la pared que dejan pasar las persianas echadas. No quieren salir de allí. Es su burbuja personal, su espacio seguro y calmo, donde son ellos sin tener que dar explicaciones ni decir nada. 

De manera que la penumbra de la tarde va dejando paso a los rosas y naranjas del atardecer y a las luces de la noche. No quieren romper el sortilegio y permanecen echados, ya casi dormidos y aún rozándose. 

Finalmente el sueño les vence. Duermen con una mano apoyada en la cadera del otro. Sus labios sonríen. 

Felicidad.


Dedicado a Israel Castro, por la selección musical que me ha inspirado y a A. por nuestras prenumbras

jueves, junio 18, 2020

Lejos

«Me deseas por la distancia que nos separa».

La frase cayó entre ellos hasta el abismo que ella tenía claro que existiría eternamente. Hay placeres prohibidos y placeres que nacen para no ser. Para quedarse agazapados con media sonrisa y a la altura de la punta de los dedos, siempre ahí, siempre irrealizables.

Satisfacen como la fruta parcialmente madura, en la que no sabes si te tocará un bocado dulce o ácido y, aún así, la comes porque te ha entrado por la vista y no puedes evitar caer en la tentación. 

De forma que se lanzaron. Se zambulleron en una no existencia palpable, tan real como las pieles propias que se acariciaban en la presente ausencia del otro. Bebieron de las fuentes mutuas en una compañía solitaria que, a pesar de todo, satisfacía una parte de ellos que no habían descubierto hasta entonces. No es que algo fuera mejor que nada; es que la nada estaba tan llena de contenido como un campo vacío puede ser anuncio de una gran cosecha.

Se dejaron caer el uno en el otro hasta sostener las fantasías y las certezas que los componían. Se mezclaron en carne, fluidos y tacto sin rozarse. Se disfrutaron sabiendo que el deleite era personal y no compartido; se complacieron, sin tener claro que al otro le hubiera llegado.

Y hablaron. La caricia dejó de ser importante porque no era del otro. Las palabras sí calaron. Trenzaron hilos compartidos hasta construir un puente sobre el precipicio. Cambiaron tornas por espacios comunes.

Se encontraron. 


viernes, mayo 22, 2020

Bach

No se dio cuenta hasta que desapareció. De repente, un día, notó que faltaba algo. Que había un cambio, no llegaba a saber cual era. Pero el vacío, allí reposaba.
La melodía base, la nota que construía su propia canción no estaba y se había percatado demasiado tarde porque nunca la había sentido. La tenía por tan segura que no fue consciente de que era uno de los pilares de su existencia, que daba sentido y continuidad al desastre hasta transformarlo en lo que empezó a llamar felicidad.
Estaba tan en segundo plano, que la obvió como carente de importancia y se dedicó a los acordes libres de sus pasos. Pensó, locamente, que la estructura no requería cimientos, que las casas se empezaban por el tejado, que el amor no era un camino de ida y vuelta.
Hasta que ella se alejó.
Los primeros días la rueda siguió girando como si nada.
La segunda semana el motor empezó a griparse.
El día 21 cuando no recibió respuesta a la llamada no quiso darle importancia.
Al mes, la vorágine de la rutina dejó de serlo y cuando se giró y encontró ausencia el corazón se le encogió un poquito. Pero no quería. No era partidario de reconocer que sentía. Y sin embargo, dolía.
Dolía la falta de risas compartidas, la carencia de palabras escritas a la vez, paseos en silencio en compañía, ser escuchado con ojos embelesados, los ánimos en el desánimo.
Tuvo que reconocer que su existencia se componía de diferentes ritmos.

                                                                       ....

Así es como le gustaba ser y había sido siempre. El bajo constante que se mantiene dando forma imperceptiblemente, salvo para oídos expertos. 
Le gustaba entrar en las vidas y dejarles el buen sabor de boca del círculo cerrado, el arcoiris en mitad de una tormenta.
Se transformaba para adaptarse, sin dejar de ser ella y sin hacer desaparecer al otro. Un potenciador natural del sabor que nadie percibía hasta que faltaba su presencia.
Aunque, en realidad, nunca se iba del todo. Era semilla y polinizadora, era lluvia y era sol, que permite crecer y cuida. 
Con pasos suaves de bailarina entraba y salía del escenario, grácil, como si volara sobre los días de aquellos que se encontraba y decidía adoptar para su causa.

                                                                   ....

Y en mitad del bosque donde la música la había transportado mientras contemplaba los dedos recorrer el piano y las notas la embriagaban, su cabeza descubrió las miles de historias que se escondían debajo de la pieza. Al sentir en la nariz el frescor de los árboles y la caricia de las plantas en sus piernas creyó que sólo cabía un cuento que narrar, hasta que, de un golpe, encontró los ojos de él, igual de extasiados. Todos y cada uno de los relatos que sonaban al mismo compás para quien quisiera dejarse arrastrar, la llevaron.

A J.M. cuya explicación al piano me ha inspirado.

domingo, mayo 10, 2020

Firmamento

Dejar ir.
Dejar ir lo que fue. Lo que nació distinto para cada uno. Lo que no existió.
Dejar ir lo que se deseaba y ahora da miedo. El miedo mismo de antes. Y el de ahora.
Dejar ir el peso y la opresión. Las ganas de una libertad que era falsa.
Dejar ir lugares, personas, sensaciones, recuerdos (ciertos, falsos).
Dejar ir sueños, pesadillas, ideas, fragmentos.

El me dice qué hace.
Yo le cuento qué siento.

Comprender que hay incomunicación que surge de las entrañas.
Aprehender que hay comunicación que no necesita lenguajes, pero es difícil de sobrellevar cuando no se expresa.

Ver el globo que se eleva y serlo.
Acariciar el fino hilo que lo sujeta y sentir el escalofrío suave.
Dejar que su reflejo en el sol se convierta en la luz solar porque hay sombras más reales que los cuerpos.

Fluir.
Como aguas cristalinas.
Estancarse en juncos que se doblan al viento como yo debería y no recuerdo haber hecho.

Dejar ir.
Que alguien me enseñe cómo hacerlo.

Para R.M. por estar, por escuchar, por hacer que surjan las palabras.

jueves, febrero 20, 2020

Cielos

Esa calidez como abrazo de abuela que cuenta mil historias. Desde batallas terminadas porque el cielo azul así lo quiso, hasta amores que se iniciaron para acabar en el ocaso de los días. Un calor fresco que empieza a oler a cambio de estación, a nuevas esperanzas, a desperezarse del crudo invierno. 

Ni siquiera las ráfagas de viento rezagadas que revuelven el pelo y levantan faldas con un toque frío borran el templado deseo de sonreír a un mundo que no se ha parado aún, a pesar de tantas plegarias.

Es un tipo de felicidad que parece sin motivo y que tiene todos los posibles, porque ya sabemos que la dicha se compone de fragmenos inimaginables y cambiantes para cada una y en cada momento. 

Trae al cuerpo y a la mente familias anheladas, amores no deshechos, caminos asfaltados con cariño para que no tropieces. Asume posibilidades convertidas en realidad a golpe de chasquido de dedos, invita a danzar en los pasos de peatones, canta sin atino en duchas improvisadas bajo fuentes de colores, añora pies descalzos sobre arenas finas. 

Y todo en un instante. 

Ese de mirar las nubes y descubrir de nuevo el firmamento.

domingo, enero 26, 2020

Domingo

Caminaba buscando el sol. El frío y la lluvia del invierno se le habían metido en los huesos y el alma; y su espíritu, no especialmente amante del verano, reclamaba, sin embargo, algo de calidez que calmase la oscuridad que se había cernido sobre ella en los últimos días. Con paso ligero, no entendía un paseo a otro ritmo, se deleitaba con la luz brillante y la calma. 

Porque deambular un domingo por la mañana por la ciudad no tiene nada que ver con hacerlo un sábado o un día de diario. El último día de la semana es perezoso y así también la gente, que se levanta tarde por la vida social nocturna de la noche anterior o por el puro placer de permanecer en la cama.

No es que ella no hubiera remoloneado. Pocas cosas le gustaban más que permanecer somnolente en el lecho dejando ir la mente. Al amanecer sus pensamientos eran más claros, menos peligrosos que en las noches y se podía permitir el lujo de divagar sin miedo. 

Pero hoy se había levantado algo más rápido y mientras tomaba su desayuno como le gustaba, como si tuviera todo el tiempo del mundo (lo cual le daba algún problema de retrasos en los días laborales), al ver al astro rey empujando la niebla y las nubes había sentido la repentina necesidad de caminar, de dejar no sólo a sus ideas, si no ella entera deambular sin rumbo.

Despabilada como iba, percibía aún con más claridad la indolencia de la ciudad, con calles casi vacías, y con las pocas personas que se encontraba, igual que ella, sumidas en sus pensamientos y a un ritmo totalmente cambiado con respecto al resto de la semana. No era temprano y, no obstante, parecían las primeras horas del día, por la niebla rebelde que aún dejaba jirones prendidos de los edificios y el silencio en las avenidas. 

Disfrutaba. Su vagabundeo solitario le sacó una sonrisa y dejó a sus pies ligeros. Descubrió edificios que siempre habían estado ahí y nunca se había parado a apreciar, recorrió nuevas calles viejas, contempló sus lugares preferidos y se sintió de nuevo parte y ella. 

Sus pasos perdidos la llevaron a encontrarse.

sábado, enero 25, 2020

De vuelta

Haber desandado tantas veces el camino no hace más fácil no volver a él. Las respuestas aprendidas te permiten vislumbrar las otras sendas, pero no siempre te habilitan a tomarlas antes de tropezar de nuevo con los mismos muros que te llevaron a plantarte delante de ella y decir «no puedo más». Y vuelves a no poder más y a tener ganas de llorar y enfadarte y te enfadas, sobre todo contigo. Y también con esos que te enseñaron mal porque ellos no lo sabían de otra manera. 

Recurres a mil y un trucos y herramientas, te apoyas en esas redes que, gracias al cielo, sí que supiste crear y te sostienen, vaya si te sostienen. Son fuente de vida y confianza, cuando la autoestima se empieza a diluir en la sangre que escapa de ti entre tus piernas sin venir a cuento. Aunque viene a colación porque por mucho que quieras controlar, la vida te enseña que es mentira y que vivir es eso, tener lo inesperado, para bien, para mal, para regular y, sobre todo, para aprender. Aprender otra vez. Lecciones y lecciones y lecciones que ya creías saber al dedillo y que se disuelven como las personas en aquella película que podría ser una metáfora de tu vida, si no fuera porque tuvo un final feliz y ya dudas de que existan realmente.

El pellizco, ese del estómago que sí es bueno y te recuerda que la felicidad no es un estado constante, si no un camino que se va haciendo con cada paso, por minúsculo que me parezca desde este aterrador espacio que conozco tan bien que casi me anula. 

Y recuerdas aquella que eres y te niegas una y otra vez hasta que empiezas a comprender que se trata de abrazarla, abrazarte, aceptar que es una parte de ti y que simplemente necesita el arrumaco que la niña reclama por ausencia en presencia. Procuras no pegarle una nueva patada, ya que perderla de vista no la anula, muy al contrario, la refuerza para que sea ella la que deje tu cuerpo y tu mente con tal paliza que quieras que te lleven a una UCI de la que no salgas en tres meses, para que al volver todo haya cambiado.

Da igual que te asuste el cambio, piensas que sería mejor así y no. No. Dentro de ti pelea la que se paró y dijo estar harta y derruyes de nuevo las piedras con las que te chocas como si fueran lanzadas a ti para romperte. No te rompes.

Te vuelcas en esa soledad que de amiga pasa a contrincante acérrimo para recuperarla y recuperarte. Para usar las esquirlas que han quedado de los ladrillos demolidos para rehacer la casa en la que habitas y que has decorado con tanto amor como fue posible después de haberlo perdido completo, por no haberlo sentido cuando era fundamental.

Entonces te dejas ir, porque la deriva es, realmente, el fluir que tu alma lleva anhelando y no ha comprendido. Sin entenderlo te dejas acunar y acudes a la salvación que existió desde que tienes memoria y te refugias y recuerdas y te calmas y respiras.

Inhalas nuevo aire que es igualmente conocido porque lo elegiste hace tiempo. Te paras. 

La soledad vuelve a tornarse riqueza.

viernes, enero 24, 2020

Letargo

Convencida de haber caído en una hibernación eterna se confió. Abandonó la alerta perenne sin comprender que simplemente acumulaba sus horas frías para revivir con la llegada de una primavera joven. Con esa somnolencia buscada en la que creyó dejar en suspenso el paso de la savia, paró de levantar cortezas acumuladas para impedir que llegasen a ella. 

Se puso en movimiento. Creyéndose atrapada en raíces no deseadas caminó entre parajes humanos, inconsciente de que vivía, tan convencida estaba de que había logrado dejar de latir para siempre. 

Enmascaró cada paso en mecidas del viento, llamó a las nuevas casas donde se encontraba con cambios de estación y se dejó acunar por nuevas aguas sin querer reconocer que había mudado.

Así fue como el candor que volvió a su centro le pilló por sorpresa y no pudo más que sonreír y aceptar que todo ese tiempo había estado equivocada.

Para ILM, cuyas explicaciones me inspiraron.

lunes, octubre 28, 2019

Rehabitar mi cuerpo

Nadie me dijo que vivir en mí me costaría. Que habría un precio para no salirme de los límites que marcan mis huesos, mis músculos, mi piel. 

Nadie me explicó que la mayor parte de mi vida sentiría que somos dos, que yo misma elevaría mi cabeza por encima de lo mundano para intentar despegarme de mi cuerpo tanto como fuera posible. Que respiraría sin querer esos pulmones, ni esas manos, ni ese rostro, ni nada de lo que me convertía en mí corpórea, porque toda mi anatomía me hacía débil, me convertía en parte de esa mitad de la humanidad sometida.

De la misma manera que nadie me explicó mi rechazo, no hubo persona que me adelantara que formaría parte de una lucha. Una guerra contra mí misma que podría haber durado toda mi existencia.
Batallas extenuantes dentro y hacia fuera, porque allá donde acabo había demasiados que me consideraban objeto que poseer. 

Hasta que sí que hubo quien me habló. Quien me hizo comprender que no existo en esa mente etérea que siempre fue mi sueño y por la que tantas veces dejé de comer, porque ¿para qué alimentar algo que no quería?

Entonces, que es ahora, dejo todos los combates encarnizados para habitarme entera, para dejar a mi intelecto sentirse seguro y conectado y, así, disfrutar del paraíso de sensaciones, buenas y malas, y placeres que siempre estuvo en mi carne, mi piel, mis nervios y tendones.

Y dejo de percibirme pequeña, insuficiente, atrapada porque siempre consideré que residía en una cárcel muy limitada de la que no podía salir sin dejar de existir. 

Y respiro a pleno pulmón para dejar que la vida, esa que me quise negar tantas veces, recorra cada átomo de quien soy y me recuerde, me impida olvidar, que ahora sólo yo resido en mi cuerpo.

jueves, julio 25, 2019

Eternas despedidas

La vida está llena de contradicciones y las personas no vamos a ser menos. Personalizo como dicen por ahí que debe hacerse (siempre supe que es mejor/cuando hay que hablar de amor/empezar por uno mismo). La vida está llena de contradicciones y yo no voy a ser menos.

Así que vas a permitirme que me encante desaparecer y sea incapaz de irme de tu no lado a la velocidad requerida para que el pasaje no se nos ponga enfermo. Se me pondría a mí, claro. Tú hace tiempo que no te preocupas por saber si algo necesitaba, al menos, ser escuchado.

Antes había diversión en todo este juego. De repente me di cuenta de que no tenía maldita la gracia y recogí las palabras que chocaron contra las paredes vacías para darles un hogar mejor en el que llenar los espacios en blanco construidos. Se me quedó un hilo enganchado y el jersey ya no es más que una tira diminuta. Soy yo la que ahora lo deshace porque descubrí que no me estaba dando ningún calor. 

El ancla me dice que lleva muchos de tus moluscos renqueantes y la dejo estar. Sé que las aguas claras de mi pensamiento consiguen arrastrar en sus mareas cualquier residuo contaminante. Sólo necesitan los ciclos suficientes para recomponerse.

Hay quien me mira y piensa que mis mayores paradojas tienen que ver con vosotros. 
La realidad es que mi mayor contrasentido soy yo misma.

domingo, julio 14, 2019

Pareja de ases

La sala al principio tenía el típico rumor suave de un espacio que se va llenando de gente diversa. Al ser un auditorio amplio inicalmente había suficientes espacios vacíos como para que las conversaciones no surgieran inmediatamente. Poco a poco, el murmullo fue subiendo. No sólo por una mayor presencia de gente, si no porque empezaban a intuir que algo raro había. Cada una de las personas presentes había recibido una invitación a un evento relacionado con su campo de trabajo o de intereses de ocio. Todo había sido muy cuidadoso, las formas de llegada también, hasta el punto de que no había levantado sospechas en tanto no se habían puesto a hablar entre ellas allí.

Porque, claro, no tenía sentido ninguno que en el mismo sitio y a la vez se fuera a dar una charla sobre las autoras del siglo XX, se fuese a proyectar una película independiente de estreno o se fuera a representar una obra de teatro, entre otras cosas.

De esta forma, unos diez minutos después de que se hubieran abierto las puertas y con el recinto casi lleno, empezaron a oírse algunas voces airadas, otras asustadas y mucho movimiento de gente. En esas estaban, con algunos presentes pensando en salir fuera y pedir explicaciones a quienes les habían acomodado.

A quienes intentaban salir se les indicaba amablemente, pero con contundencia, que permanecieran en sus asientos y se les aseguraba que nada malo iba a ocurrir. No todo el mundo se lo tomaba de la misma manera, pero estaba claro que quienes custodiaban las puertas estaban bien entrenadas. 

Realmente, no les dio tiempo a montar mucho más jaleo. 

De repente, las luces de la sala se apagaron y surgió un foco de luz que iluminaba el centro del telón. El rumor cambió a un silencio de expectación. Poco a poco fueron sentándose de nuevo todos los presentes. 

Antes de que volviera el runrún, ella y él aparecieron en el foco. Miraron la sala que se percibía llena y, al unísono, dijeron:
— Sois idiotas.

Sin mediar ninguna palabra más, volvieron a desaparecer.

Dejaron tras de sí gritos, protestas, estupor, reclamaciones,... Todo inútil. Las luces habían sido encendidas, todas las puertas estaban abiertas y no quedaba nadie a quien quejarse. Exactamente como cada individuo presente les había hecho.

A Joaquín. Algún día...

miércoles, junio 12, 2019

La periferia de la pradera

Había muchísimas cosas de las que había renegado. Para ser sincera, poco del resto de su vida había sobrevivido, ni siquera en parte. Tabla rasa se quedó corta hacía una década, cuando dio el salto definitivo con un nuevo nombre y una nueva nacionalidad.

No es que ella hubiera sido parte, ni siquiera pasiva, de los desmanes que desafortunadamente pusieron a su país en los mapas. Había participado con tesón en la resistencia. Pero ese tesón en la lucha colectiva también lo había utilizado para acabar con una genealogía demasiado tosca. Rechazaba de donde venía porque allí era donde más daño le habían infringido. Físico y moral. Más que en las detenciones por sus actividades revolucionarias.

Sin embargo, allí en ese instante, contemplando un paisaje tremendamente conocido comprendió que lo llevaba en la sangre. La periferia de la pradera había sido el hogar del que careció en su casa. 
En esos campos de las lindes de la ciudad de la infancia había encontrado el oasis en un desierto aterrador plagado de alimañas. En ese espacio de desterrados se encontró siendo social, libre, ella. Había tenido una familia.

Sus acompañantes no se atrevieron a decir una palabra de la sonrisa. La primera que le habían visto en 30 años. 

Para David, que me regaló el título.

viernes, junio 07, 2019

Encuentro

Enlazaban las palabras igual que las ideas. Volaban raudas cual gaviotas en mar brava. Surgían todas las ramificaciones que volvían al tronco originario aportando nueva savia. Se fundían estrellas fugaces cargadas de halos formados por millones de puntos neuronales. 

Las descargas eléctricas podían sentirse en kilómetros a la redonda, pero sólo por aquellas dispuestas a tocar suelo y realidad, en lugar de perderse en el vacío masificado. Era un universo en expansión a vista de tierra, sin peligro de extinguirse, porque el tiempo adquiría la dimensión simultánea que nos negamos en nuestro día a día.

Era hogar y era nuevo. Era de siempre y era recién encontrada. Testigos que daban guion sólo por detallar la circunferencia que se iba convirtiendo en una espiral sin fin, huracán que no arrastra. 

Podría haber durado toda la vida. Puede haber durado la eternidad. La historia es relativa.