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sábado, noviembre 14, 2020

Cuando él toca el piano

 Desde ese rincón, desde el que busca protegerse, de la noche, del dolor, de la sangre; observa. Contempla la oscuridad que se cierne sobre ella, hasta que la luz resquebraja tímida y con fuerza las tinieblas desde ese punto en su pecho que cree detenido desde milenios.

Sin embargo, nunca dejó de palpitar en ámbar vivo, en lava ardiente e inocua que la recorre y calma los estremecimientos del miedo ancestral que se enraíza en ella, por más que arranca una y otra y otra vez las malas hierbas.

Vibra con aquella melodía improvisada y la esperanza avanza a través de la tristeza. No pierde las lágrimas. Encuentra el arcoiris en ellas y puede seguir, así, mirando esas nubes negras sin olvidar la calma después de las múltiples tormentas que la arrasaron.

Siente el abrazo tierno y protector con las notas que tiemblan en la punta de sus dedos y necesitan salir y ser libres, sonar libres, compartirse por el aire infinito y llegar a los corazones sensibles a ellas. Hay quien no sabe escuchar y hay quien escucha aunque no quiera. 

La lágrima roza el labio entreabierto entre el sollozo y la sonrisa de comprender la compañía, la protección, a veces proveniente de ella misma, a veces de unos brazos amigos. Sigilosos se acercan para dar consuelo, ser el paraguas que refleja la luz interna.

Ahí también reside su belleza.


Para Jetro Molina. La inspiración llegó desde las yemas de sus dedos acariciando las teclas.


domingo, mayo 10, 2020

Firmamento

Dejar ir.
Dejar ir lo que fue. Lo que nació distinto para cada uno. Lo que no existió.
Dejar ir lo que se deseaba y ahora da miedo. El miedo mismo de antes. Y el de ahora.
Dejar ir el peso y la opresión. Las ganas de una libertad que era falsa.
Dejar ir lugares, personas, sensaciones, recuerdos (ciertos, falsos).
Dejar ir sueños, pesadillas, ideas, fragmentos.

El me dice qué hace.
Yo le cuento qué siento.

Comprender que hay incomunicación que surge de las entrañas.
Aprehender que hay comunicación que no necesita lenguajes, pero es difícil de sobrellevar cuando no se expresa.

Ver el globo que se eleva y serlo.
Acariciar el fino hilo que lo sujeta y sentir el escalofrío suave.
Dejar que su reflejo en el sol se convierta en la luz solar porque hay sombras más reales que los cuerpos.

Fluir.
Como aguas cristalinas.
Estancarse en juncos que se doblan al viento como yo debería y no recuerdo haber hecho.

Dejar ir.
Que alguien me enseñe cómo hacerlo.

Para R.M. por estar, por escuchar, por hacer que surjan las palabras.

sábado, febrero 27, 2016

Mi precipicio

Aterra. Estar al borde del abismo. Sentir el viento gélido que golpea la cara y la llena de vida por el contraste del corazón palpitante. Da un vértigo de los que mariposea en el estómago y revoluciona la cabeza, que da vueltas y vueltas y vueltas en un torbellino del cual sólo conoces el punto inicial: el precipicio frente al que te encuentras.
Siento el miedo, y lo abrazo, lo acaricio, dejo que me invada y reposo mi vida en él. Porque ése es el acantilado ante el que estoy dando el paso. Mi vida. Hubo un tiempo en que creí tenerla controlada. Sabía a qué quería dedicarme, sabía qué persona quería a mi lado (y estaba), no había dudas del lugar donde residiría. El espejismo duró años, incluso después de romperse varias veces.
Pensé que había llegado a acostumbrarme a la incertidumbre, y posiblemente a ella sí que esté acostumbrada. A lo que no me acomodo es a la duda. Al no saber, más bien, al no saberme.
Pero me dejo balancear por los aires de cambio que llegaron sentada en un aula con la luz del sol entrando a raudales y despositando en mí una sonrisa que luego fueron lágrimas. 
A veces lluevo. O arrecio. Ríos que me desbordan y se llevan todas las hojas atascadas en mi, por qué no decirlo, en ocasiones retorcida e imbricada mente. Me desvío del miedo. Abrazo el miedo. Hacía tiempo que no apreciaba el valor de tener frente a mí un mundo de posibilidades. Yo misma las había recortado y había puesto delante de mí las anteojeras para cerrar puertas, ventanas, rendijas y salidas que me aireasen. Me estaba momificando viva.
Me aterro y me alegro por ello. He sabido confundir muy bien raíces con ataduras con las que he apresado mi propio cuerpo y mi capacidad de conocerme para hacerme creer que estaba ahora. No estoy. Y mucho menos en este momento.
Así que, aquí, al borde del precipicio, con el deseo de ser capaz de agarrarme a él por mí misma si hace falta, como pude hacerlo de una barra hace un tiempo, me paro. 
Para ver lo de fuera, toca primero observar dentro. 

sábado, enero 16, 2016

Muerta

Preferir estar muerta. Sentir el cálido abrazo del satén que forra la madera. Mirar desde abajo. Ver desde la tierra cómo los demás se afanan por alejarse de ella. Observar pasos que pisotean el terreno que ahora soy. Menos doloroso que cuando respiraba y era mi apariencia. 
Palpar el vacío, oír el silencio. No hay lágrimas, no hay sonrisas, no hay nada. Sentir nada.
Ausencia. 
Sin presencia no duele. Tampoco hay alegría. Existe la calma. La paz de la inexistencia. 
Si ya no estoy, no preocupa. No molestan desapariciones, no me decepciono, no hay engaños. Hay tierra. No hay yo. Sólo los tú que siempre han sido más importantes. Los vosotros que han plagado mis días para que yo no existiera.
¿Qué hay de malo en la muerte? Mi vida ya es ausencia.

sábado, diciembre 12, 2015

Estoy

No siempre se puede seguir el camino aprendido. Sobre todo si se aprendió tarde. Sirven los puñetazos a los cojines por no partirle la cara a alguien. Sirven las lágrimas derramadas en silencio sobre el ordenador, los apuntes o una misma. Sirve conocerme. Sirve saber que no es real, que solo está en mi cabeza. 
Pero todo ésto es el camino aprendido. La senda natural tira mucho, para el monte que suele ser un despeñadero con caídas en picado que apenas puedo frenar porque me prohibieron colgarme de los precipicios para no hacerme daño. Las heridas ya me las había hecho yo.
Al menos me quedan las viejas amigas. Palabras que vomito en el teclado para dejar que todo se vacíe. Llevo más de un año dejando espacio. Pues aún queda, por lo visto. No sé disfrutar ni de mí misma, aun cuando fue justo eso lo que dije: me voy a dejar disfrutar un poco. 
Ahora, con los apuntes a mis espaldas, me recuerdo: es divertido. Intento que lo sea de nuevo, porque, si no, la angustia me aprisiona de tal manera el pecho que empiezo a no poder respirar. Recuerda las asanas. Recuerda la consciencia. 
La vida es fácil. 
La vida es fácil y rompo con mi tendencia natural de complicarla. Porque no hay nadie más que yo. Y es bonito. 
Tengo que ser agua y fluir, pero no dejarme llevar, porque me creo que mi cauce son recovecos intrincados, cuando soy yo la que construye los muros altos para saltar. 
Me dejo caer, pero por una vez en la calma. O no, pero escucho la música para dejarme mecer y dejar ir y fluir. Dejar ir.
No sé dejar ir o cómo soy capaz de engancharme a la más nimia cosa que me haga daño. Sobre todo personas. Venga, os abro la puerta. Si hace falta voy a empujaros a patadas. Los puños ya están acostumbrados por aporrear cojines. 

miércoles, febrero 26, 2014

Sabor salado

Hay ocasiones en que, aún estando feliz, las lágrimas se quedan en el borde de mis ojos. Hago el esfuerzo por contenerlas, y lo logro, mientras su pesar se mantiene en el centro de mi pecho, como una señal de que aún están, de que siguen agazapadas por si la ocasión les permite escapar de mis párpados abiertos y correr libres por mi cara hasta mis labios, donde sentir su sabor salado volverá a hacerme parar y respirar profundamente, una, dos, tres veces.

Puede que sepa por qué están ahí, o que no tenga ni idea, pero ellas son testarudas y se mantienen. Desafiantes las siento mirarme desde lo más profundo de mi ser y decirme ¿ahora qué? Ahora nada. Ahora, como siempre, seguir. O quedarme quieta, con la ilusión de que las comprenderé y, entonces, se transformarán en cristalinas gotas que escurren entre mis risas.

Las lágrimas me hacen ponerme mimosa. Echaros de menos. Tener ganas de abrazos, de esconderme en vuestros brazos, en vuestros cuerpos, y dejar que vuestro olor me recuerde que el mío es otro y que sola también sé caminar y sonreír al sol o las nubes.

El viento las secará. Pero, sobre todo, las dejaré ir yo. 

jueves, enero 09, 2014

El tiempo

Miro fotos mías de hace un año y las de ahora y parece que se me vinieron de golpe los siete años que paso de los 30. No sé si es cansancio o que la edad realmente se te echa encima de forma repentina. La cuestión sigue siendo la de siempre. Mirarme y no reconocerme. Es decir, mirarme y no ver en el espejo la persona que soy dentro de mí. Las ideas, ideales, proyectos, sueños... parecen mucho más jóvenes y prestos de lo que me veo a mí misma. Y me pregunto que si este salto de edad interna y externa será para siempre, porque si es así no sé si Peter Pan debería empezar a pensar en coserse otra sombra, que dé más lustre y vivacidad.
Quizás sólo han sido los últimos meses que me han machacado físicamente, pero, sobre todo, internamente. Puede que sólo se trata de necesitar unas vacaciones, incluso de mi cabeza. Una vez más vuelve a mi mente la anécdota repetida por mi madre: con tres años le pregunté cómo se podía apagar el pensamiento... La verdad es que empiezo a necesitar un botón de Off. 
A ver si consigo retomar mis rutinas y me olvido de mí. Y de mis comeduras de tarro tontas. Porque hay que ser idiota para equivocarse a sabiendas y seguir en ello... Al final, tan ofendida siempre porque alguien insulte mi inteligencia, y la primera que la echa por tierra soy yo misma.

martes, enero 07, 2014

Familia

Nunca me sentí en familia en la mía. Antes ni siquiera me sentía parte. Con los años, hubo momentos en que tuve la esperanza de que lo seríamos, una familia. Pero luego la ilusión se deshace. Están ahí, mis hermanos (algunos más, otros menos), mis padres (en acuerdo o en desacuerdo). Y yo estoy, cuando me necesitan. Pero no los siento familia.
Tuve la mía propia. Una vez. Éramos dos, pero éramos familia. Y la de él se convirtió en la mía. Bueno, eso me ha pasado siempre. Las familias de ellos me adoptan como una más. La gente pensaba que yo era hija de mi primera suegra porque hasta nos parecíamos físicamente o eso decían (Freud seguro que habría tenido mucho que decir al respecto).
Cuando no tengo pareja, muchas veces me siento huérfana. Parece que, aunque siempre lo niego, sí soy familiar, y que cuando no tengo esa minifamilia que yo misma creo, estoy algo perdida. Aunque me repongo rápido. Porque cuando me pasan esas cosas que la mayoría corre a contar a su madre, o a su padre, o al hermano mayor, yo tengo a quien llamar. A varios a quien llamar. Y sé que responderán. Y estarán. 
No sé por qué hay personas que me hacen sentir en casa y personas que no. Ni por qué con algunas me pasa al instante y otras tardan un tiempo en convertirse en hermanos. Pero me ocurre. Sucede que me siento niña protegida y me relajo al lado de unos; que con otros me parece ser la hermana mayor y me gusta serlo; que me dejo cuidar y cuido, sin juzgar, sin pedir nada a cambio, incondicionalmente. Como con la familia de sangre.
Una vez una psicóloga me dijo que no tengo que querer a mis hermanos sólo porque lo son. Me dejó anonadada. Pero es cierto que podemos tener hermanos que tengan aquellas cosas que nos sacan de quicio y nos repelen. Podemos estar porque son de nuestra sangre, pero no tenemos que quererlos ni llevarnos bien.
Por eso mis amigos son mi familia. A ellos los quiero. Son afines, aunque tengan cosas muy distintas a mí, son mi refugio, mi hombro en el que llorar, con quienes compartir la risa. Nos elegimos.
Y, aunque sé que mi familia de sangre está y yo estoy para ellos, me he dado cuenta de que necesito crear la mía propia. Y ni siquiera quiero hijos. Supongo que, simplemente, añoro un hogar que sea el mío.

miércoles, noviembre 20, 2013

Vocación

El 27 de Abril de 2005 (si mi memoria no me falla demasiado) apagué el ordenador de mi despacho, cerré la puerta y dejé atrás y, hasta hoy, de forma definitiva, la que es mi profesión vocacional desde los 10 años. Escribí las últimas palabras que saldrían publicadas firmadas con mi nombre y seguí mi camino sin mirar atrás.
La excusa fue que estaba cansada de vivir lejos de mi pareja de aquel entonces (el que pensaba era el hombre de mi vida). La excusa era que quería tener una vida en común y familia (de dos, pero familia). Y no fue una mera excusa... Del todo.
Porque esta decisión, que me costó tomar unos ocho meses de dudas, de decidirlo y echarme atrás, de estrés, fue principalmente tomada porque no pude. No pude con la profesión que amo, por la que estudié, viví en cuatro ciudades distintas, aprendí cosas que nunca me interesaron, pero que tenía que saber para poder escribir de ellas; superé una timidez brutal que me hacía ponerme enferma cada vez que tenía que enfrentarme a desconocidos, por la que perdí muchos kilos, muchas ilusiones y más de una esperanza.
No pude con escribir día tras día sobre política autonómica (tema nada más lejos de mis intereses pero al que llegué porque los avatares profesionales se emperraron en llevarme a él). No pude con no entender, y muchas veces no querer entender, los entresijos de una política que no me gustaban. No pude con un periodismo que en mi medio, que me dejaba bastante independencia en general, todo sea dicho, pretendía obligarme a titular antes de conocer (para mí el mayor delito del periodista, porque de esta forma obligamos a la realidad de lo que nos cuentan a transformarse en la realidad que queremos contar).
Muy pocas personas saben esto. Muy pocas saben de verdad cómo me sentí y lo que me costó tomar esa decisión.
Pero hoy, al acudir a una charla de corresponsales de guerra, de escuchar a una amiga hablar de su trabajo, y a grandes periodistas de sus vidas profesionales, me he dado cuenta de que mi fracaso, afortunadamente, fue mío. Porque a pesar de todo, a pesar de que el periodismo cada vez es menos periodismo y más entretenimiento porque es lo que quieren vender las empresas, hay muchos (cerca y lejos, en guerra o en paz) que siguen siendo periodistas, es decir, transmisores de la realidad, analistas de las causas y consecuencias, testigos, gracias al cielo no totalmente imparciales, de lo que el ser humano hace cada día con él mismo y el mundo.
Y no me arrepiento, para nada. Tomé una decisión dura y dolorosa que me ha llevado a una vida en la que soy básicamente feliz. Seguramente si hubiera seguido siendo periodista, a parte de que es altamente probable que hubiera acabado ingresada en algún hospital por colapso físico y mental; no sería feliz. Porque dejé de ser capaz de convencerme que hacía todo lo que podía todo lo bien a lo que yo llegaba.
Pero sin arrepentimientos, hoy sentí esa punzada en el corazón del amor perdido. Aunque, afortunadamente, quienes seguís luchando día a día por contarnos la realidad hacéis que esa punzada se transforme en calma. Lo que amo sigue vivo. Y que sea para siempre.

sábado, octubre 05, 2013

Imagen proyectada

Sería bonito, aunque quizás fuera más acertado decir curioso, vivir por un día viéndote con los ojos que te ven los demás. Descubriendo esas sutilezas propias que a uno mismo se le escapan y que, sin embargo, parecen claras como cristales limpios para el resto del mundo.
Quizás así podría averiguar cómo o cuándo mi cara dejó de reflejar mi alma. O si mi cara ve más allá que yo y es ese claro reflejo de mi espíritu, que yo no consigo percibir del todo. Porque no deja de asombrarme cómo, cuando peor estoy, cuando más enrabietada, triste, perdida, angustiada o sollozante me siento por dentro, más bien me ven por fuera. 
Después de casi dos meses de desesperación, quizás haya llegado a una calma que no me atrevo a creer, pero que mi cara sí cree y muestra día tras días, ganándose los cumplidos y la felicidad por mí de los que me rodean.
No me importa desprender ese algo que los demás advierten. Lo que me extraña es que yo tenga que pararme a pensarlo, por no sentirlo así, por no sentirme así.
Quizás el destino pretende que aprenda a través de las palabras ajenas, o más bien, de los ojos ajenos, que ya he llegado a ese punto de sosiego al que, en mi opinión, me debería conducir toda esta serie de calamitosas desdichas que me han tenido asustada y en tensión en las últimas semanas.
Quizás debería mirarme en otro espejo. Tus ojos.

miércoles, septiembre 25, 2013

El pasado que ya no soy

Abrir una libreta nueva y encontrar una foto antigua tiene algo de magia. Al principio no sabía qué hacía ahí, una foto del año 97 en una libreta del año pasado, pero luego he caído que la busqué por mi melena... Echaba de menos mi melena.
Hace un año echaba de menos mi melena y busqué una foto. Hoy la he encontrado y he echado de menos esa mirada. Después de un arduo trabajo conseguí sentirme a gusto en mi ser y, ahora, de repente, he sentido un latigazo de añoranza por esa niña que sonreía en la foto, confiada, quizás porque no sabía todo lo que le venía encima y que me ha conformado hasta ser quien soy el día de hoy. 
No quiero ser esa niña, porque con 21 años era una niña. Esa niña a la que la presión provocaba problemas estomacales que la dejaban muerta durante días (pero que seguía trabajando igual). Esa niña que jugaba a ser adulta y no lo era, porque ni siquiera aún lo soy. 
Pero lamento haber perdido la inocencia de esa mirada que pensé que no perdería (está mermada, algo queda); haber dejado atrás esa confianza en el futuro, esa confianza sin dudas hacia la persona que me quería y me hacía la foto. Porque ahora miro de soslayo siempre, y no tengo esa fe ciega en lo que me dicen.
He sentido añoranza del no saber. 
Y me ha resultado curioso. Me siento muy a gusto en mi piel y en mi corazón. Si ahora miro atrás es para sonreír y darme cuenta de que el camino andado me ha permitido ser quien soy. Y, de repente, he extrañado aquellas partes de quien fui que me hacían confiada. Porque no sé si mi mochila me deja confiar, porque confío, pero siempre a la espera de la desilusión. Era más bonita la fe ciega.
Como todo, madurar tiene una parte fea.


sábado, mayo 12, 2012

Siento los dedos y la mente inquietos. Con ganas de escribir, pero sin encontrar las palabras. Parezco saber lo que quiero soltar, pero entonces, dudo, y no sé si es eso lo que quiero que el texto haga visible o simplemente son pensamientos sin hilos que corren por mi cabeza y me sobresaltan.
No sé si es la sensación de que me equivoco, o de no entender algunas cosas y frustrarme por no entenderlas.
O es las ganas de llorar que parece que no me abandonan, porque las lágrimas suben rápidas a mis ojos, a veces sólo con una nota de una canción, con ver de refilón un nombre, o simplemente, porque sí.
Se puede estar feliz y triste a la vez. Más que tristeza es un pesar, una sensación de volver a fallar, aunque no sea yo.
No se puede esperar todo, pero lo espero. 
No se puede soñar, pero sueño y con el sueño vuelo, y en el sueño, me elevo.
Se puede todo, porque se quiere. Pero sigo sin tener claro que lo que escribo es lo que quiero decir. Puede que sí. Tal vez, no. 
Pero no desespero.

miércoles, enero 05, 2011

Cuando debería estar en la cama esperando a los Reyes Magos, no puedo despegarme del sofá porque mis dedos tienen ganas de escribir y mi cabeza no para de dar vueltas. Y me gustaría que parara. Quizás por eso mis manos se deslizan veloces por el teclado.

Aún quedan quince minutos del 5 de enero y miro atrás, a ese 2010 que ya se nos fue y despedí rodeada de amigos, pero sin la persona que quiero a mi lado.

Porque 2010 me trajo eso, a la persona con la que me gustaría compartir mi vida, pero con la que hay muchas partes de la misma que no puedo compartir. Difícil de encajar. Espero que no imposible, deseo que no inalcanzable.

Pero 2010 no sólo me trajo amor. 2010 me trajo felicidad, fortaleza y alegría, mucha alegría. Me trajo comprensión (sobre todo de mí misma, con todo lo que la necesitaba) y me brindó sosiego de espíritu y calma de pensamiento. Me enseñó a quererme para querer mejor a los demás y me mostró los caminos que creía perdidos.

Los últimos doce meses me mostraron que podía seguir queriendo y a la vez dejar los lastres de ese querer. Y me enseñaron que los sueños hay que tenerlos, aunque sea para dejarlos de lado al llegar un determinado momento.

En 365 días intenté estudiar para frustrarme por no hacerlo, aprendí a enamorarme de nuevo y a que existen personas que pueden sorprender y a las que debes dejar que te sorprendan.

Aprendí que mis amigos me quieren más de lo que nunca pensé porque me aguantaron cuando el no era mi palabra y yo mi único centro. Conseguí dejar el egocentrismo, aunque aún busco el equilibrio para no abandonarlo tanto como para volver a perderme.

Fui feliz. Muy feliz. Casi más que en toda mi vida. Y fui feliz por nada más que yo, y eso fue muy importante.

Y ahora estoy en el quinto día de 2011, un año impar. Los años impares siempre se me dieron mejor que los pares, no sé por qué. Y si esto sigue siendo así, estos próximos doce meses van a ser de los difíciles de creer porque 2010 será complicado de superar.

lunes, diciembre 13, 2010

Odio los días en los que las pesadillas se me enroscan al cuerpo y no me dejan hasta bien entrada la tarde.
Odio los días en los que el ceño se me frunce y la garganta se me cierra porque me callo muchas cosas que no puedo decir si quiero seguir sobreviviendo.
Odio los días en los que me apetece dar golpes, gritar, dar patadas, porque no puedo hacerlo (porque no se lo merecen muchos de los que me rodean).
Odio los lunes.
Odio los días nublados.
Odio los días en los que todo se junta.

lunes, noviembre 22, 2010

A pesar de todo, hay veces que se me olvida. Se me olvida la sonrisa, se me olvida la amabilidad, se me olvida que todo lo externo no importa tanto porque lo de dentro está a buen recaudo, es seguro, es claro, es calmo y es feliz.
Hay veces que tantos envites agotan y se te quitan las ganas, porque no puede ser siempre uno el que se esfuerce y porque ya no se sabe si merece la pena.
Pero siempre merece la pena. Y ya no la merece por los demás, sino para mantener protegido ese interior delicado que tanto trabajo costó recuperar y hacer brillar como nunca debió dejar de brillar.
Mejor no permitir a la marea que tome el control, porque entonces pierdo el puerto, el norte, el sur y la sonrisa, y eso sí que no es permisible porque costó recuperarla y porque nadie ni nada merece la pena de volver a estar enfadada con el mundo, aunque el mundo se merezca un buen enfado, otro buen empellón y alguna que otra sacudida a ver si espabila.
Así que recuerdo, respiro, tomo aire y vuelvo a respirar para no dejar que el enfado, la incompetencia ajena, la caradura de muchos y el mal carácter de los demás me contagien.
Soy mejor que eso.
A ver si no se me olvida.

viernes, octubre 16, 2009

Decepción

Duele. Duele cuando una persona que considerabas tu amigo se comporta de tal forma que no sabes qué pensar. Duele cuando toda la confianza que existía parece rota en millones de pedazos por una sola frase mal dicha en un mal momento. Duele cuando las disculpas parecen no dar frutos y las peticiones de ayuda parecen no ser escuchadas.

Inevitablemente duele cuando no pides lo que das, pero sí esperas esa mano tendida y te encuentras la espalda de quien mira de reojo para ver si vuelves a reaccionar o, finalmente, te alejas.

Duele cuando verse menos se convierte en no saber nada, no entender nada, no poder hablar nada porque una amistad son dos y si uno esconde la cabeza, el otro no puede obligarle a sacarla.

Duele que la diferencia cultural surja repentinamente y sin aviso, agazapada tras unas frases intercaladas en dos idiomas que no comprendes por mucho que entiendas cada palabra.

Duele que tengas que aguantarte las ganas de plantarte en su casa y zarandearle para que reaccione porque sabes que ahora tú también necesitas tu espacio, porque ahora tienes que ser tú lo importante o volverás al pozo del que esperabas salir con su ayuda, y han tenido que ser otros los que te tiraran la escala.

Pero sobre todo duele el empezar a sentir que todo se ha roto y que aunque en un futuro vuelva, tú ya no serás la misma, porque hay decepciones que se quedan pegadas al alma.

A pesar de todo, yo seguiré buscando el arcoiris de la esperanza.

Actualización: Volvimos a hablar y parece que hubo algún punto más de encuentro. Sigo echándolo muchísimo de menos, me falta en muchos momentos, pero todos necesitamos a veces nuestros espacios para reencontrarnos con nosotros y así poder reencontrarnos con los demás. De manera que, aclarados algunos puntos dolorosos, creo que empiezo a acercarme al arcoiris y que, más tarde o más temprano, volveremos a compartir esa luz... Gracias a todos por vuestra comprensión.

miércoles, septiembre 03, 2008





Odio los días nublados que me entristecen y consiguen que las nubes se instalen en mi alma.



Odio los dentistas que dicen que no te ponen anestesia porque, total, no vas a sentir nada.



Odio los días de mucho trabajo en los que llego a casa y parece que todo no sirvió para nada.



Odio las frases que desilusionan y dejan un sabor extraño en la boca, aunque sean tontas.



Odio los pensamientos recurrentes, absurdos, pero que descolocan.



Odio los dolores de espalda por dormir acurrucada.



Odio que el peso en el espíritu me dure días...



Afortunadamente, en ocasiones consigo sacudirme la tristeza, el pesar, la congoja y el humor espeso y negro que se enroscan en mi alma y, con mucho cuidado y buena letra, empiezo a enderezar la espalda y a sonreirme a mí misma.



Ayudan conversaciones entretenidas con amigos, unos largos en la piscina, unas palabras escritas recibidas, las vacaciones que se acercan y las malditas ganas de no volver a dejar que sólo el cielo consiga nublar mis ansias de disfrutar de mi semana.

sábado, mayo 24, 2008

Lluvia

Cae la lluvia tras la ventana. Tack, tack, tack.
Se oyen los rayos en la lejanía, acercándose.
Sigue la tormenta con su fuerza para limpiar el ambiente: de polen, de contaminación, de primavera, de tristezas.
Caen las gotas sobre el alféizar. Dejan ríos de agua que se deslizan por la fachada para hacer dibujos imposibles que, impasibles, continuan hasta el suelo en el que formarán los charcos donde los niños juegan.
Llueve la lluvia y las mantas me vienen a la cabeza.
Se explaya la tormenta para recordar tiempos pasados y augurar futuros que nunca llegan hasta que los alcanzas y los agarras con tus propias manos.
Miedos infantiles se deslizan por la mente para intentar acaparar atenciones perdidas en miedos de adultos que nos parecen más serios y están hechos de la misma pasta.
Cae la lluvia y el sueño se despereza hasta despejarme del todo y querer entrar en la cama para no moverse, e impide entrar en la cama para quedarse quieta y no querer levantarse para no saber adónde ir.
Mecen las gotas con su ritmo sólo por ellas marcado, mientras los cielos truenan y centellean y parecen gritar todo lo callado.
Oigo la lluvia y quiero mojarme bajo ella. Y cantar, y bailar y volverme loca porque loca se vuelve la cabeza cuando cae la lluvia y sólo la escuchas a ella.
Cae la lluvia tras mi ventana. Los cielos no lloran, se revelan.

viernes, noviembre 30, 2007

¿Dificultades?

Es difícil asumir, es difícil aceptar, es difícil continuar caminos tortuosos que son rectos aunque no podamos verlo en determinados momentos. Es fácil sonreír, es fácil ponerse a cantar para que el espíritu se eleve, los pies se hagan ligeros y nos demos cuenta de que somos nosotros quienes llevamos las riendas de nuestra vida.
El destino, el hado, pueden ser dulces engaños para olvidarnos de que las elecciones las hacemos nosotros, pero prefiero el libre albedrío para saber que las equivocaciones son mías, pero también los aciertos, las alegrías, la felicidad. Prefiero saber que soy yo, más que nunca, la que domina las circunstancias, o se deja dominar por ellas, si es lo que mi corazón decide en cada momento, seguido de la estela de sueños que acunan mis noches para hacerme despertar en un mundo igual y diferente, complejo y simple, sutil y directo, porque soy todas esas cosas y alguna más que no reconocería a la cara de nadie para no asustarme.
Y la marea de la melancolía suele arrastrarme con facilidad, a mí de naturaleza cambiante y maleable porque es la luna la que domina mis pasiones, aunque, en el fondo, todos sabemos que las pasiones dominan y nos llenan. Sin embargo, esta vez la melancolía viene con pequeñas lágrimas que me permiten asumir, comprender, asimilar que, poco a poco, vuelvo a un ser que sabía no estaba perdido, pero que, seguramente por voluntad propia, había decidido sepultar bajo un alud de sentimientos diferidos.

jueves, noviembre 15, 2007

Saudade


El problema de que las raíces sean personas radica en que, cuando te alejas de la que es la principal, el desarraigo es profundo. No se trata de un pequeño trasplante a tierras más cálidas, ni buscar un nuevo injerto que te mantenga en tu sitio. Se trata de ubicarse en una nueva situación, un nuevo lugar, una nueva vida que, además y a pesar de lo que tardaste en decidirte, nunca creíste que pudiera llegar.

Nunca me he sentido especialmente de ningún sitio, me he sentido de personas, de abrazos, de conversaciones, de sonrisas, de compañías que se me han brindado. Y ahora, al perder a la que marcó mis decisiones, mis pautas, mis lugares, no es que sienta el suelo desaparecer bajo mis pies, es que ha desaparecido literalmente. Hacia donde dirigir mis pasos se convierte en un juego de miles de posibilidades que me hacen estirarme, aguzar la vista, sonreírme a mí misma.

Pero, entonces, cuando menos lo esperas, llega la saudade. Una carta enviada a destiempo, más bien, unas palabras inesperadas, unidas en un sin sentido, una sinrazón para mí, porque aún no puedo creerlo, porque me parece imposible que haya vuelto a caer en la desilusión de esperar lo esperado y encontrarme con lo inesperado.

La saudade de la distancia, de la pérdida, de la añoranza, esta vez más que de una persona de la vida compartida que soy consciente de que no volverá, porque mi capacidad para tirar de mis raíces se agotó cuando comprendí que ellas nunca se alargarían para buscar el agua que me diera la vida.

Porque puedo vivir muchas vidas pero al final sólo me queda la mía y, entonces, prefiero vivir ésta, aunque me entristezca comprobar que no supe, no supimos conjugar ambas para que ninguno de los dos perdiera.

Y sé que la saudade me durará. Y sé que pasará, como pasa la vida, aunque el amor permanezca. Porque esta vez no quiero olvidar, sólo seguir adelante y reconocer, recordar, que fue hermoso, que fui querida, que amé, que aún amo y que ojalá no sea una pérdida, ojalá pudiera ser una transformación, aunque sepa que no lo será, aunque sepa que dejaré de oír tu voz, de descubrir tu mirada, de sentir tus caricias... Porque aunque todo esto cueste, sé que tengo que vivir mi vida.
Foto extraída de http://www.allposters.es/