sábado, junio 25, 2011

No quiero

Llevo dos semanas estudiando para mis oposiciones de promoción interna (a ver si dejo de ser mileurista). En esas dos semanas he estudiado, en total, unas dos horas y media, y, seguramente, estoy tirando para arriba.
Podría encontrar 20.000 excusas: el calor, la infección de las encías por la extracción de las muelas y sus dolores, las migrañas intermitentes por culpa del calor, las cosas que he tenido que arreglar en casa...
Pero serían eso, excusas.
Porque ahora tengo muy clara la realidad: NO QUIERO. No quiero tener que volver a pasar la mayor parte de mi tiempo enfrente de leyes y temas que poco me servirán luego en el desempeño de mi trabajo, no quiero pasar la tensión de exámenes que no apruebo por muy bien preparada que esté, porque el estudio es importante, pero hay parte de suerte; no quiero dejar de hacer lo que ahora hago (aunque sea nada) para pasar calor y dejarme la vista con apuntes. No quiero.
Y por mucho que no quiera, en el fondo de mi corazón sé que esa es la única manera de mejorar mi situación, de abrirme puertas para salir de dónde estoy y desempeñar tareas más gratificantes o más adaptadas a mis gustos (aunque tendría que esperar al menos dos años más para esto después de aprobar).
Así que, sea como sea, queriendo o no, voy a tener que PODER pasarme horas estudiando, subrayando, haciendo test...
Dios, dame fuerzas, porque yo las perdí en alguna parte del camino.

miércoles, junio 15, 2011

Y sube mi indignación

Porque contra todo pronóstico (sentencias precedentes y ley clara) el Constitucional ha declarado legal la reducción de sueldo a los empleados públicos. Muy fuerte
Y ¿se supone que el TC es un órgano jurisdiccional independiente? Y una mierda. Y muy grande.
A tomar por culo los derechos y las garantías.
Y sus señores miembros se sentirán muy seguros ellos con sus sueldos multimillonarios, sus patrimonios y su puta madre.
Siento el lenguaje, pero es que no quepo en mí.

viernes, junio 10, 2011

Llevo días queriendo escribir sin ponerme a ello. Quizás porque no sé por dónde empezar, hacia dónde dirigir mis palabras. No sé si hablar de cómo estoy venga a romper cosas y a estar saturada de trabajo y empiezo a sentirme tan embotada y tensa que no sé cómo desfruncir el ceño. O sobre las acampadas y cómo se dirigen a sitios un poquito alejados de mí, puesto que sigo pensando que no podemos cambiarlo todo de golpe y habría que ir de objetivo pequeño a objetivo pequeño. O sobre las guerras que se crean para mantener un estatus de algunos por el que salimos a la calle para seguir siendo ignorados. O sobre cómo me agobian ciertas cosas que pasan en casa, en la familia, que no puedo evitar, pero que me desasosiegan. O acerca de lo mal que voy gestionando comportamientos aprendidos que debería cambiar y me está costando una lucha diaria. O cómo me agobia tener la sensación de que, en realidad, nunca llegaré a estar totalmente emancipada porque o no gestiono bien mis ingresos o de verdad que no me dan. O sobre cosas más alegres: que se acerca el verano, que el calor no es tan horrible, que mis sobrinas cumplieron años.
No sé, quizás en realidad sólo quiero/quería escribir para soltar todas esas cosas que me saturan y tensan, que no tienen solución y entonces, para qué preocuparse, o que la tienen y, entonces, para qué preocuparse.
O simplemente me gustaría tener tiempo para coger mi pluma nueva, llena de colores, regalo sorpresa, y dejar que la tinta corra y se lo lleve todo.
Quizás echo de menos las palabras.

domingo, mayo 29, 2011

Vergüenza política

Porque no la tienen ni saben lo que es, si no, éso es lo que deberían sentir los políticos de nuestro país que, mientras se mantuvieron casi mudos (si no mudos, prudentes como nunca) antes de las elecciones por las acampadas para pedir el cambio, después de saber que ya tienen lo que querían (el poder que asumen que pueden manejar como les dé la gana), se dedican a lanzar a quienes no tienen más remedio que obedecer para levantar a los que, PACÍFICAMENTE, les están pidiendo responsabilidad y cambio.
No pienso caer en cargar contra la policía. Los verdaderos cobardes son otros que no se dejan salpicar por su culpa.
Lo dicho, una vergüenza muy grande.

jueves, mayo 19, 2011

Orgullo patrio

Jamás pensé que esas palabras se formarían en mi mente. ¿Sentirme orgullosa de mi país? ¿Yo, que jamás he sentido ningún lugar como mi patria? Y, sin embargo, aquí me tenéis, con orgullo patrio por mi gente, por la gente que estamos en la calle, que nos hemos decidido a quejarnos de forma PACÍFICA, que nos hemos lanzado a pedir el cambio que tanta falta hacía.


Sinceramente, había perdido la esperanza. Desde hace mucho tiempo sentía el espíritu enrabietado porque yo sola no sabía como moverme, qué hacer. Y reiteraba la necesidad de salir a las calles, y hacía campaña para ello en casa, en el trabajo, con los amigos, con cualquiera que me preguntara. Pero no supe organizarlo.


Han sabido hacerlo por mí y me siento orgullosa. Orgullosa de que no seamos políticos, pero pidamos un cambio en la política y sobre todo en las personas que se dedican a ello.

Orgullosa de que no seamos economistas, pero intentemos plantear opciones.

Orgullosa de que hablemos, dialoguemos, escuchemos y nos respetemos estando en la calle como hay gente que piensa desde la izquierda, quienes piensan desde la derecha, apolíticos, creyentes y no creyentes, heterosexuales y homosexuales, jóvenes y mayores, trabajadores y parados...

Ahora nos queda, de todas formas, una tarea igual de dura que la de lanzarnos a la calle:

No cansarnos después de este domingo;

no dejarnos politizar, por muchos intentos que hay ahora mismo;

no parar hasta que, de verdad, se vea que algo se mueve por arriba, que es de dónde debería haber venido la responsabilidad y el cambio.

martes, febrero 01, 2011

Ayer ordené mi casa. Especialmente me centré en los libros, que no tengo muchos, pero con las últimas adquisiciones y la recuperación de algunos que tenía prestados, mi estantería era un caos.
Es curioso, ordenar mis cosas también ordena mi cabeza. Igual que limpiar. Parece que conforme le dedico tiempo a buscar espacios externos, los internos se van reubicando, colocando, no dejando huecos en blanco para los pensamientos negativos (porque mi tendencia natural es negativa, alguna pega tenía que tener).
Y redescubro pertenencias (físicas y mentales). Libros que apenas recordaba leídos, pero cuyos lomos me recuerdan lo que sentí al tenerlos entre mis manos y beberme sus palabras. O algunos adquiridos con ansias, para quedar olvidados en la estantería por la urgencia de otros que captaron más mi atención en aquel momento.
A la vez, mis pensamientos se sosiegan, mi mente se calma y se ralentizan todas esas ideas que me rondaban y que no querían alejarse de mí. Aparecen nuevas ideas, nuevos ánimos, resaltan intereses relegados...
Hacer limpieza no es sólo limpiar.

miércoles, enero 05, 2011

Cuando debería estar en la cama esperando a los Reyes Magos, no puedo despegarme del sofá porque mis dedos tienen ganas de escribir y mi cabeza no para de dar vueltas. Y me gustaría que parara. Quizás por eso mis manos se deslizan veloces por el teclado.

Aún quedan quince minutos del 5 de enero y miro atrás, a ese 2010 que ya se nos fue y despedí rodeada de amigos, pero sin la persona que quiero a mi lado.

Porque 2010 me trajo eso, a la persona con la que me gustaría compartir mi vida, pero con la que hay muchas partes de la misma que no puedo compartir. Difícil de encajar. Espero que no imposible, deseo que no inalcanzable.

Pero 2010 no sólo me trajo amor. 2010 me trajo felicidad, fortaleza y alegría, mucha alegría. Me trajo comprensión (sobre todo de mí misma, con todo lo que la necesitaba) y me brindó sosiego de espíritu y calma de pensamiento. Me enseñó a quererme para querer mejor a los demás y me mostró los caminos que creía perdidos.

Los últimos doce meses me mostraron que podía seguir queriendo y a la vez dejar los lastres de ese querer. Y me enseñaron que los sueños hay que tenerlos, aunque sea para dejarlos de lado al llegar un determinado momento.

En 365 días intenté estudiar para frustrarme por no hacerlo, aprendí a enamorarme de nuevo y a que existen personas que pueden sorprender y a las que debes dejar que te sorprendan.

Aprendí que mis amigos me quieren más de lo que nunca pensé porque me aguantaron cuando el no era mi palabra y yo mi único centro. Conseguí dejar el egocentrismo, aunque aún busco el equilibrio para no abandonarlo tanto como para volver a perderme.

Fui feliz. Muy feliz. Casi más que en toda mi vida. Y fui feliz por nada más que yo, y eso fue muy importante.

Y ahora estoy en el quinto día de 2011, un año impar. Los años impares siempre se me dieron mejor que los pares, no sé por qué. Y si esto sigue siendo así, estos próximos doce meses van a ser de los difíciles de creer porque 2010 será complicado de superar.

lunes, diciembre 13, 2010

Odio los días en los que las pesadillas se me enroscan al cuerpo y no me dejan hasta bien entrada la tarde.
Odio los días en los que el ceño se me frunce y la garganta se me cierra porque me callo muchas cosas que no puedo decir si quiero seguir sobreviviendo.
Odio los días en los que me apetece dar golpes, gritar, dar patadas, porque no puedo hacerlo (porque no se lo merecen muchos de los que me rodean).
Odio los lunes.
Odio los días nublados.
Odio los días en los que todo se junta.

jueves, noviembre 25, 2010

He hecho limpieza en casa (necesito espacio para mis apuntes, esos de la oposición que no sé si llegará a haber tal y como están las cosas) y al hacerlo me he vuelto a tropezar con un buen número de cuadernos, de diferentes tamaños, colores y formas, pero todos preciosos, que he comprado en diferentes sitios o me han regalado a lo largo de los últimos años.
Siempre que veo tantas páginas en blanco no puedo evitar imaginarlas llenas de palabras, en letra clara y bonita (cosa que no tengo), con historias que hagan reír, o llorar, o enternecerse, o, por qué no, enfadarse.
Siempre que me encuentro con esos pequeños espacios abiertos me detengo unos minutos a recorrerlos, a olerlos, a pensarlos, a proponerme llenarlos de pensamientos, pero siempre, no sé por qué, me parezco incapaz de crear algo lo suficientemente bello, o bueno, o intenso, o como quiera que sea, valedero para llenar esas páginas en blanco.
Afortunadamente, la frustración me dura cada vez menos, como cada vez menos comprendo que algo que yo misma compré para llenar permanece en mis estanterías vacío, triste de su inutilidad por no ser usado para lo que se creó.
Supongo que algún día superaré el miedo tonto de que alguien descubra lo que escribo y lo lea y me descubra a mí...
Porque sí, soy capaz de desnudarme delante de todos los que me puedan leer desde un ordenador, pero no soportaría que alguien leyera ni una sola de mis palabras manuscritas. ¿Será una cuestión de mi mala caligrafía?

lunes, noviembre 22, 2010

A pesar de todo, hay veces que se me olvida. Se me olvida la sonrisa, se me olvida la amabilidad, se me olvida que todo lo externo no importa tanto porque lo de dentro está a buen recaudo, es seguro, es claro, es calmo y es feliz.
Hay veces que tantos envites agotan y se te quitan las ganas, porque no puede ser siempre uno el que se esfuerce y porque ya no se sabe si merece la pena.
Pero siempre merece la pena. Y ya no la merece por los demás, sino para mantener protegido ese interior delicado que tanto trabajo costó recuperar y hacer brillar como nunca debió dejar de brillar.
Mejor no permitir a la marea que tome el control, porque entonces pierdo el puerto, el norte, el sur y la sonrisa, y eso sí que no es permisible porque costó recuperarla y porque nadie ni nada merece la pena de volver a estar enfadada con el mundo, aunque el mundo se merezca un buen enfado, otro buen empellón y alguna que otra sacudida a ver si espabila.
Así que recuerdo, respiro, tomo aire y vuelvo a respirar para no dejar que el enfado, la incompetencia ajena, la caradura de muchos y el mal carácter de los demás me contagien.
Soy mejor que eso.
A ver si no se me olvida.

lunes, noviembre 15, 2010

Hasta los mismísimos

La verdad es que no me gusta usar este blog de forma reivindicativa. Pero como sí que lo utilizo para desahogarme y ya estoy que no puedo más, pues nada, os toca aguantaros.
Y os preguntaréis, pero ¿qué te tiene tan indignada? Pues me tiene tan indignada el tratamiento que se está dando a los funcionarios desde diferentes frentes, la pérdida del norte de muchos y el engaño tan grande que se está tramando para, una vez más, dejar a los ciudadanos con menos garantías.
Todo esto viene a colación no ya porque nos hayan bajado el sueldo, amenacen con bajarlo aún más (eso sí, los altos cargos que cobran dos o tres mil euros más que yo-triste mileurista que dejará de serlo el año que viene- al mes, puestos a dedo y sin una tarea específica ahí seguirán), y ni siquiera porque se trata de desprestigiarnos y meternos a todos en el mismo saco.
Mi indignación ha llegado a sus cotas más altas por una medida, decretaria, que se pretende poner en marcha en Andalucía. Los lumbreras de nuestro (des)Gobierno regional han decidido (no sé si la excusa ha sido bajar los costes o qué, la verdad es que ya ni me he querido meter ahí) que lo mejor para los andaluces es que los servicios públicos ofrecidos desde organismos externos (es decir, con una cierta independencia para que me entendáis) pasen a ser atendidos por 'agencias' en las cuales se erradicarán a los funcionarios en su mayoría y se contratará a quién decida el político de turno.
Ya me parece bastante desvergüenza que tengan la desfachatez de plantear así, tal cual, que nada de exigir oposiciones limpias o preparación legislativa ni nada que no sea un currículum adaptado a las necesidades del que se contrate a quienes vayan a ocupar los puestos en la agencia.
Lo de que de verdad me duele, lo que me sobrepasa es que NADIE parece estar dándose cuenta de lo que supone que alguien sobre cuya cabeza penderá la espada del despido sea quien se encargue de garantizar los servicios públicos.
Yo comprendo que una mayoría ciudadana simplemente nos odie, pero, ¿por qué hay tan pocas voces que expliquen por qué los funcionarios somos una garantía para los ciudadanos?
Al parecer no es importante el hecho de que si a un funcionario le viene un político con unas intenciones dudosas, el funcionario, garante de la legalidad y sin riesgo de perder su trabajo o mayores represalias, defenderá el derecho del ciudadano. Mientras un contratado que debe su cargo al amigo de turno, pocas pegas prondrá a la hora de servir a su señor.
Y sí, ya sé que los temarios de oposiciones parecen absurdos en ocasiones, pero son los que nos dan las llaves para asegurar que nadie se sobrepasa en sus funciones, ni pretende dar gato por libre al ciudadano.
Eso da igual. Aquí lo importante es que los funcionarios somos unos vagos que nos merecemos la muerte por leones, independientemente de que simplemente optamos por una decisión personal que, con suerte, nos llevó a perder dos o tres años de nuestra vida para estar donde estamos.
Y sí, hay funcionarios vagos. Pero también hay trabajadores muy muy perros que ahí siguen, chupando del trabajo de los demás. Y que nadie intente refutármelo, porque antes de estar donde estoy, estuve al otro lado.

viernes, octubre 01, 2010

Y, por fin, llegó el día

Mi relación con ellos siempre ha sido un tanto tempestuosa. Comenzó por mis hermanas y luego un novio me los marcó tanto que pensé que no podría volver a ser lo mismo. Pero ellos están por encima de cualquier ruptura. Están tan en mi sangre que las veces cuando ya nada parece dejarme ver la luz, son los únicos que consiguen hacerme levantar y gritar al mundo aquí sigo.
Y llevaba catorce años queriendo verlos. Siempre algo me lo había impedido (un examen, la lejanía, la falta de dinero-ser pobre es un asco).
Pero ayer me resarcí de todo ese tiempo.
Ayer los tuve enfrente, apenas a unos metros (y eso que no pude conseguir entrada de la zona caliente) y me hicieron llorar.
Ayer estuve en el concierto de U2 y descubrí que todo el tiempo de espera mereció la pena.

Actualización: soy torpe y no pude meter el vídeo aquí. Os dejo arriba la canción que me hizo llorar...

miércoles, septiembre 08, 2010

Nuevas escenas de mi vida surrealista

Yo me muevo en bici. Es más rápido, más cómodo y más ecológico. La uso incluso para salir por la noche y, por supuesto, cuando voy a trabajar. En estos casos, la dejo en un aparcamiento para bicis que hay en la plaza enfrente de mi oficina. Una plaza bastante concurrida, por cierto, porque en ella hay un museo.
El caso es que, normalmente, yo dejaba mi bici atada con dos pitones o cadenas o como queráis llamarlo, pero hace un tiempo un compañero de trabajo me dijo 'eres una exagerada, con uno va de sobra'.
Y como yo soy razonable y ponerle los dos me aburría porque soy un poco torpe con esto de estirar cadenas enrolladas (las mías son de estas que vienen en espiral muy pequeña), pues me dije, nada, con una sola.
Lo que yo no sabía es que este hecho iba a suponer un atractivo para los amantes de lo ajeno. Pero así ha sido. Ayer, cuando fui a recoger mi bici tras terminar de trabajar, allí estaba ella, flamante, tranquila y... sin amarrar. No sé qué pasó o en qué estaría pensando el que lo hizo, pero se llevaron mi candado y dejaron la bici suelta.
Mi padre y compañeros de trabajo tienen la teoría de que alguien pilló al ladrón y optó por huir sin su verdadero botín. Pero yo estoy segura de que lo que ocurrió es que un coleccionista de cadenas de colores quiso llevarse mi pitón para su colección.
... Y sí, no insistáis, había cerrado bien el candado.

lunes, agosto 16, 2010

Realmente llega un momento en el que piensas que nunca te volverá a pasar. Pero, entonces, en el momento más inesperado, llega también la persona menos esperada y la sonrisa tonta se te cuelga de la cara y ya no hay forma de borrarla.
Un roce adquiere un significado gigantesco, una mirada llena un mundo y una palabra acaricia los oídos como si fuera la más bella canción.
Y el mundo vuelve a hacerse pequeño porque no te cabe tanta felicidad en el corazón.
Dan igual todas las cosas, porque me lanzo, me lanzo, me lanzo y sólo me dejo sentir, porque sentir amor es lo más bonito del mundo.
Y sí, me estoy enamorando como una tonta.

sábado, mayo 15, 2010

Ese liviano sentimiento llamado felicidad

A veces se nos olvida. A mí se me olvida. Olvido que hay felicidad, que soy alegre, que tengo muchas cosas buenas, que soy muchas cosas buenas, que siempre hay opciones, que tener un largo camino por delante es lo mejor que puede pasarnos, que siempre hay sol detrás de las nubes, que hay quien nos quiere, que queremos, que estamos vivos.
A veces se olvida, pero, afortunadamente, hay recuerdos muy fuertes, porque dejan de ser recuerdos y se convierten en lo que somos, en los que vivimos, en lo que tenemos.
Y esa es la felicidad. En grandes o pequeñas cosas, esa es la felicidad.
Entonces es cuando me siento como rozando con los dedos la hierba que crece al sol y al viento, la brisa marina que descoloca mi pelo, el ligero corazón y la sonrisa perenne.
Pero, lo mejor de todo indiscutiblemente, es que, de una vez por todas, he aprendido que no se me olvide.
La amnesia se llevará otras cosas...

domingo, mayo 02, 2010

Por qué me llamaron Bridget Jones III

Desde diciembre que pude retomar mis actividades deportivas acudo a clase de aquafitness al menos tres veces por semana. Como hay mucha demanda y sólo hay 22 plazas siempre voy un poco antes para apuntarme y, en tanto empieza la clase, me gusta mirar a los niños pequeños aprender a nadar en la misma piscina poco profunda en la que, después yo, recibiré mis clases de aquafitness.
Me encanta ver cómo esos niños tienen mucho menos miedo al agua que yo, disfrutan, se divierten y, también, les tengo un poco de envidia... Entre otras cosas porque a ellos les dejan usar una especie de colchonetas rectangulares semirígidas y a nosotros no. He pedido varias veces a los monitores que me dejaran subirme a ellas al terminar la clase infantil y siempre se habían negado. Pero como soy como soy, sólo estaba esperando mi momento, que llegó el viernes pasado.
Como siempre estaba mirando cómo acababan las clases sus niños y de repente vi que uno de ellos salía de la piscina tambaleante y me dirigí a recogerlo, porque han pintado el suelo de la piscina y ahora resbala de miedo. Le ayudé a subirse a estas colchonetas, colocadas tres de ellas seguidas, y vi cómo caminaba por ellas con paso seguro hasta llegar al final y tirarse a la piscina... Y me dio mucha envidia.
Era ya tarde así que el monitor cogió al niño, que no llega a los dos años y se fue con él a secarlo y llevarlo con sus padres... Y entonces vi mi oportunidad, con casi todos los monitores distraídos con los niños, un amigo animándome desde la piscina grande y mi poca cabeza, puse un pie sobre las tres colchonetas para ver si aguantaban mi peso... Un poco tarde. Uno de los monitores más jóvenes que me vio, salió corriendo y, para mi sorpresa, en lugar de decirme algo corrió él sobre las tres colchonetas y se lanzó con una pirueta a la piscina.
Su actitud, aparte de asombrarme, me resultó una provocación obvia y, con los meses de deseo empujándome, me quité rápidamente las chanclas y comencé a andar por las colchonetas... Que resultaron no ser tan estables como yo pensaba. Aquello empezó a llenarse de agua y tambalearse peligrosamente y pensando en la poca profundidad de la piscina (1,20 metros) lo que me había parecido una idea genial no me lo pareció tanto, y fue ralentizando mi paso, cada vez más insegura, hasta que me paré completamente.
En esos momentos ya no era sólo el monitor que me había precedido el que me estaba mirando. Como este chico se había puesto a gritarme (tiene un torrente de voz que parece que usa megáfono cada vez que habla) que qué estaba haciendo, que yo sabía que eso no estaba permitido, etcétera, ya estaba casi toda la piscina mirándome para ver qué estaba pasando.
Y ahí me tenéis a mí, haciendo equilibrios cual surfista, escuchando al monitor diciéndome que si me caía de espaldas y me daba de nuca contra el borde (peligrosamente cerca, pero no lo suficiente como para tener confianza en dar marcha atrás) el gimnasio no se haría responsable y pensando, durante el minuto más largo de mi vida, cómo salir de ese embrollo.
Obviamente, la alfombra de tres colchonetas a esas alturas se había converitido en dos colchonetas flotando a la deriva y sobre la que yo estaba permanecía entre enganchada en el borde y soltada... Y no pude aguantar más. Con cierto miedo, pero ya sin dudas, pegué un salto hacia delante y caí sobre mis pies (afortunadamente me dio la cabeza como para encogerme) en el agua... Sin gorro, sin gafas...
Cuando salí sólo vi a otra de las monitoras entre divertida y asustada, y el monitor que seguía gritándome que no llevaba gorro, que incumplía las normas de la piscina y que venía hacía mí... Que ya corría a por mis zapatillas abandonadas al borde de la piscina, para tirárselas a la cabeza... E incumplir una norma más de la piscina...
Lo mejor de todo es que aún no me han prohibido la entrada en las clases de aquafitness... Y que he descubierto la forma de volver a subirme a las colchonetas sin que me pase lo mismo de nuevo...

miércoles, abril 07, 2010

Nueva York como en casa


Quien me lo iba a decir a mí. Jamás habría imaginado que una de las ciudades más grandes del mundo, que más respeto me inspiraban (una es cobardica desde la cuna) me haya hecho sentirme como en casa mucho más que algunas de las ciudades en las que viví.


Pues sí, resulta que mi paso por Nueva York me ha dejado una liviana alegría en el alma porque desde el primer momento en que puse mis pies sobre sus calles sentí la ciudad mía. Mientras mis compañeras de viaje se asombraban de la majestuosidad e inmensidad de la city, yo, aún repitiéndome 'qué fuerte estar aquí', sólo decía que era tan normal pasear por allí, que yo pertenecía a esas calles.


Y no os creáis, no se trataba de un déjà vu porque NYC haya salido en tantas películas. De hecho, apenas reconocí calles de las que había visto en el cine, en la tele... Más bien ha sido un sentimiento anclado en mi corazón extrañamente que, incluso, se ha visto reflejado en mi comportamiento.


Más de uno y más de dos (foráneos y neoyorquinos) me han preguntado en los ocho días que he pasado allí si mi residencia estaba en Nueva York 'porque se te ve tan suelta, tan observadora de lo que te rodea con total naturalidad'. Y yo respondía que no, que nada más lejos, que simplemente me sentía cómoda, segura, confortable... En una ciudad que creí que me alienaría y me haría sentirme pequeñita pequeñita.


Y no sé si querría vivir allí, porque me sigue pareciendo inmensa. Pero sí sé que me pertenece y yo le pertenezco a ella.


Quizás ese sea uno de sus encantos... Que te acoge sin importar de dónde vengas.

domingo, marzo 21, 2010

Por qué me llamaron Bridget Jones II

Yo trabajo en una oficina con atención al público. La gente que viene a verme está en un momento no del todo bueno de su vida, así que siempre intento mantener la seriedad, la comprensión y una sonrisa en la cara para intentar hacer a la gente sentirse cómoda. Pero, sobre todo, intento ser profesional... O lo intentaba, hasta que llegó un compañero mucho más joven a la oficina. Es un chico muy agradable, muy gracioso y que siempre le saca punta a todo. Yo siempre le decía que soltar las cosas que suelta al final le iba a acarrear consecuencias en nuestra oficina, sin imaginarme que me las acarrearía a mí.
Hace unos días, justo en el momento en el que se sentaba una persona en mi mesa, le contesté a este compañero una pregunta de una forma que podría dar lugar a dobles interpretaciones. Nada más hablar pensé en su respuesta y en que no se cortaba un pelo, así que lo miré rauda en plan de 'no vayas a decir lo que creo que vas a decir'... Y no lo dijo. Pero al ver su cara de extrañeza por mi mirada se repitió en mi cabeza, como un eco muy cinematográfico, la frase que yo pensé que iba a decir... Y empecé a reírme.
Al ver a la persona sentada en mi mesa intenté serenarme y desearle buenos días, pero otro compañero me dijo '¿de qué te ríes?' y, curiosamente, su pregunta me hizo reír más fuerte, a carcajadas, con convulsiones y con un volumen superior al ruido general de la oficina... Intenté serenarme de nuevo, pero al volver a dirigirme al usuario que tenía enfrente, su cara, entre divertida y extrañada, me hace reír más... Y empiezan a caer las lágrimas de mis ojos.
Ya llevo unos cinco minutos riendo y sin poder pedirle la documentación a la persona, así que, desesperada, le pido disculpas aún riéndome y me voy al baño. Me echo agua en la cara, me la seco, intento respirar serenamente, me vuelvo a mojar la cara, me siento a reírme porque ya me duelen las costillas, me levanto, respiro, vuelvo a mojarme la cara y me digo 'vale, ya está'.
Salgo del baño me dirijo a mi mesa serena, veo a la persona que me espera, veo a mi compañero que no me contestó lo que esperaba y... más carcajadas.
Aún así, con lágrimas en los ojos, llorosa y con dolor de costillas me siento y tengo la moral de pedirle la documentación que necesitaba al que me estaba esperando. Me voy serenando y el chico me dice 'menos mal que yo soy de los que me tomo a bien mi situación, que si no...' y, claro, me vuelve a entrar la risa. Ya no puedo más, estoy tirada sobre el teclado pero consigo hacer mi trabajo.
Me sereno, le pregunto su estado civil (es necesario) y me dice 'te diga lo que te diga te va a hacer gracia, ¿verdad?', así que, unos quince minutos después, yo sigo riendo, y ya hay cachondeo generalizado en la oficina, sobre todo porque los compañeros sentados más lejos al principio pensaron que estaba llorando y se me habían acercado para ver qué me pasaba...
Al final conseguí serenarme, y, más roja que un tomate maduro, pedir disculpas al chico y darle toda la información que necesitaba... Para al segundo de haberse levantado seguir riendo...
... Y lo peor de todo es que, ni en ese momento ni ahora, recuerdo cuál fue la pregunta que lo provocó todo...