jueves, diciembre 20, 2018

Entendimiento

Acabo de llorar en un banco del parque. Las lágrimas han empezado a correr como tantas veces estos días, en cualquier lugar, por el dolor, la rabia y la frustración que siento. Aparecieron por estas palabras de Antonio Díez: «Cuando sangres lo entenderás.Y digo cuando sangres lo entenderás porque ves sangrar y no lo entiendes», enviadas por un amigo. 
Y me he puesto a llorar sin poder evitarlo. Porque yo lo entiendo, porque me duelen las temporeras de Huelva a las que la (in)Justicia patriarcal les dijo el viernes que no merecen causa, me duele Laura asesinada y tirada en el campo, me duele la niña cuyo padre provocó para que le mandara fotos desnuda «para darle una lección» y sale de rositas; me duele la reducción de pena al violador de la niña de once años «porque parecía mayor», me doléis todas y cada una de vosotras, hermanas, que vivís en este mismo mundo que yo, que nos ningunea, oculta, quita el espacio y el oxígeno, maltrata, viola y mata. 
Me duele porque el «nos tocan a una, nos tocan a todas» no es figurado. Porque cada una de nosotras muere un poquito más cuando sabemos, cuando nos llega, cuando por fin nos enteramos PORQUE YA NO NOS VAMOS A CALLAR, que le ha tocado a otra de las nuestras: ha sido violada, violentada, no creída, agredida, asesinada.
Porque hay demasiados hombres y unas cuantas mujeres que NO QUIEREN comprender que cuando tocan a una nos tocan a todas porque el miedo deja de ser esa cosa arrinconada a diario y vuelve a ponerse a nuestro lado y mirarnos a la cara para despertarnos pensando si ese día deberíamos cambiar el camino de ir a la oficina temprano, si mejor corremos en la cinta del gimnasio, si alguien tiene nuestro mismo camino a casa después de esa cena con amigas. 
Me duele alegrarme de que un hombre escuche mis razones sobre por qué necesitamos el feminismo, en lugar de insultarme o ignorarme porque no le gusta lo que oye. 
Me duele tener que explicar un millón de veces más estos días que cuando ponemos el foco en vosotros, hombres, no os estamos acusando a todos de violadores, os estamos acusando a todos de cómplices, de permitir con vuestro silencio, risas, miradas a otros lados, resistencia a empatizarnos, que sigamos siendo esos objetos (de deseo, de odio, de un solo uso o de varios) con que pensáis que podéis adornar el espacio que consideráis únicamente vuestro de una manera tan natural que ni os cabe en la cabeza que no lo estáis compartiendo, si no ocupando y repartiendo como si de parcelas de vuestro reino particular se tratara.
Me duele tanto que me cuesta seguir. Me cuesta mantenerme con estas gafas moradas puestas y luchar y no callarme y no buscar un lanzallamas para quemar todas las malditas instituciones que se llenan la boca de legislación que es papel mojado, porque no forman a quienes deben aplicarlas para que comprendan que la presunción de inocencia del acusado tiene que ir acompañada de la presunción de verdad de la denunciante mujer y dejen de ponernos SIEMPRE en duda.
Lloro y me duele. Y sigo. Y voy a seguir gritando, señalando, NO CALLÁNDOME porque callé durante años, porque muchas aún callan. 
Y hoy son las lágrimas las que inundan mi alma, pero habrá un día que será el orgullo de haber ganado esta guerra que nosotras ni empezamos ni queremos lo que me sostenga en el banco.

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